[R-P] Norman Mailer. Un arquetipo norteamericano
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Nov 21 18:51:39 MST 2007
Norman Mailer
Un arquetipo norteamericano
Por ENRIQUE LACOLLA
Combatiente en el frente de las ideas y las palabras, Norman Mailer
fue un arquetipo del escritor comprometido con la realidad y consigo
mismo.
La muerte de Norman Mailer nos remite a la figura de uno de los
novelistas más vigorosos y desordenados de la literatura
norteamericana de posguerra. Aunque posguerra sea apenas un decir,
toda vez que Estados Unidos ha estado permanentemente en guerra desde
1945 a la fecha, si no de una manera abierta en todas las ocasiones,
sí en lo referido a la actividad incansable de sus servicios de
inteligencia y a su constante interferencia en los asuntos mundiales;
interferencia en parte debida al propio peso específico de la nación,
que la pone frente a responsabilidades difíciles de rehuir, y en parte
motivada por la voluntad de poder de sus estratos dirigentes,
propulsados a su vez por la fiebre emanada de la descomposición del
puritanismo y de las fatalidades del capitalismo imperial.
La torrencial escritura de Mailer lo situó como uno de los pocos
novelistas de la actualidad que se animaron a lidiar con las formas y
los contenidos de nuestro tiempo a la manera en que lo hicieran los
grandes autores del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Esto
es, con predisposición atlética, dispuesta a abrazar una realidad
social multifacética y al mismo tiempo a reflejarla a través del
prisma de los seres singulares, aunque estos casi siempre aparezcan
perdidos en un maremágnum de acontecimientos que no manejan, pero de
los cuales parecen percibir su sentido final anárquico y perverso.
En este plano Mailer ha sido uno de los grandes novelistas de nuestro
tiempo. Incluso el carácter un poco incoherente de su obra, su mezcla
de periodismo y literatura, de imaginación y adherencia a las
realidades puntuales de la guerra y la política en un torbellino que
no cesa, implica una identificación con las coordenadas de la era que
estamos viviendo. Al practicar esta identificación Mailer no pudo
evitar el cinismo; pero, ¿de qué otra forma es viable aproximarse a
los factores que caracterizan al mundo contemporáneo?
El cinismo es, en efecto, difícil de eludir si se consideran los
desarrollos del mundo actual y sobre todo si el observador mira desde
el vientre de la bestia, en el seno de la primera potencia mundial, y
si es sincero consigo mismo y respecto de la circunstancia que lo
envuelve. La cuestión consiste en no dejarse subyugar por esa
sensibilidad, sino en manejarla como un dato insoslayable si se quiere
describir la naturaleza de los tiempos que corren.
Un escritor omnicomprensivo
Norman Mailer fue un escritor desordenado pero impulsado por una
vitalidad exuberante. Esta vitalidad le consentía controlar hasta
cierto punto, "por prepotencia de trabajo", las pulsiones destructoras
que recorrían su psiquis y que lo llevaran a pasar por muchos
episodios violentos, incluída una breve estación en prisión por haber
atacado con un cortaplumas a una de sus esposas.
No vamos a hacer un análisis de la obra del escritor norteamericano,
el único equiparable a la gran generación de autores salidos de la
primera posguerra: William Faulkner, Ernest Hemingway, Francis Scott
Fizgerald, John Dos Passos y Thomas Wolfe, aunque Mailer fue todavía
más ambicioso que estos. Después de todo, salvo quizá Dos Passos,
ninguno de ellos pretendió equipararse a León Tolstoi o Dostoievsky...
Lo que queremos destacar es la inmersión que Mailer practicó en
realidad y que lo llevó, en un par de sus novelas, a fraguar una serie
de retratos inolvidables y de frescos sociales que componen una suerte
de epopeya al vitriolo de nuestro tiempo.
Los desnudos y los muertos fue una de ellas. Fue el primero y quizá
más cumplido de sus trabajos, realizado cuando tenía apenas 25 años.
Brindaba una visión sorprendentemente compleja del caleidoscopio
norteamericano a partir de la experiencia de un puñado de soldados
metidos en una misión de patrullaje en el frente del Pacífico. Fruto
de sus reminiscencias bélicas, es tal vez la novela más articulada de
Mailer, con un principio y un final entre los cuales se inserta una
ajustada y rica batería de hechos y retratos psicológicos.
Su obra posterior fue enorme y variada, pero menos estructurada, como
si sintiera que el tiempo le pisaba los talones y estuviera obligado a
saltar de un tema a otro, sin reposo, para responder a su apetito
descomunal. Esa obra, en cualquier caso, fue siempre estimulante y
estuvo asistida por un sentido de compromiso político que lo vinculó
al periodismo, al que supo imprimir una inflexión nueva, dotando así
de plena validez a la observación –o tal vez la boutade– de Jean-Paul
Sartre en el sentido de que "el periodismo es la literatura de nuestro
tiempo".
Del remolino de hojas producidas por Mailer a lo largo de los casi
setenta años que ocupó su carrera, muchas de las más significativas
están en las mil y pico páginas de El fantasma de Harlot, una novela
sobre la CIA que, hasta donde se sabe, quedó inconclusa, a menos que
entre los papeles del escritor figure su secuela.
La obra, en efecto, fue publicada en 1991 y Mailer debe haber tenido
el tiempo suficiente para completarla, si los fantasmas que lo
acechaban no lo desviaron demasiado hacia la redacción de otros
trabajos, también inconclusos, entre los que figura The castle in the
forest, primer volumen de una biografía novelada de Adolfo Hitler.
El fantasma de Harlot nos remite a lo que señalábamos primero: a que
Estados Unidos ha estado en guerra desde que obtuvo la victoria sobre
Alemania y Japón. A pesar de que la paz reinó entre las
superpotencias, la hostilidad latente entre estas y el hervor de las
insurrecciones sociales que puntearon y puntean nuestra época
suministran un inagotable caldo de cultivo para los conflictos de todo
tipo. Y Estados Unidos ha construido un formidable aparato de
información y desinformación, de ingerencia encubierta,
desestabilización y tácticas y estrategias "preventivas" que,
combinado a las agresiones explícitas, configuran el ejercicio de una
guerra constante.
Movimiento y cambio
La vieja tesis trotskista de la "revolución permanente" (que en
realidad estaba referida al hecho de que, en unas condiciones sociales
dadas, la revolución no podía detenerse hasta poner en el pináculo del
poder a la clase más radical, capaz de realizar el cambio necesario),
se ha transformado en la receta de la burguesía o, si se quiere, de
los apéndices tentaculares de un sistema anónimo que se encarna en los
organismos multinacionales de crédito y tiene como órganos ejecutivos
a los gobiernos, los partidos, los medios de comunicación, los
servicios de inteligencia y las fuerzas armadas. Esta constelación de
poder busca la inestabilidad permanente no para procurar un cambio que
arribe a fin alguno, sino para mantener la situación en una suerte de
desorden perdurable, que inhiba la construcción de cualquier salida
superadora de parte de clases o conglomerados sociales capaces de
ofrecerse como relevos.
Norman Mailer no se propuso nunca dibujar una respuesta a este
problema. Pero al describir mucho del tumulto que nos envuelve, brindó
algunas de las claves que sirven para interpretarlo. El fantasma de
Harlot y su zambullida en el corazón de las tinieblas representado por
el mayor aparato de inteligencia del mundo occidental, es un tour de
force que acopla documentación y hermenéutica, no en el sentido del
análisis científico sino de una comprensión humana que desnuda las
motivaciones recónditas, los apetitos reprimidos, las lealtades
torcidas, las heroicidades ocultas y la mezquindad y el sadismo de un
mundo construido en base a una voluntad puesta al servicio de un poder
al que se proclama superior, pero al cual el aparato de seguridad
tiende a suplantar construyéndose a su vez como un nuevo poder, que
absorbe las facultades del otro.
Pocas veces Mailer ha sido más elocuente y más dúctil en el manejo de
sus recursos. Retratar la sombría y fascinante presencia de la Agencia
Central de Inteligencia en la vida norteamericana no era una tarea
menor. Y, suponemos, no era tampoco un asunto exento de riesgos. Sin
embargo, para quien entendía que los maestros literarios del gran
siglo norteamericano -Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Steinbeck-
habían perdido vuelo y consistencia artística cuando se habían
convencido de la inutilidad de desafiar a la sociedad y se habían
rendido a la complacencia hacia el sistema, el descompromiso era
imposible.
Para Mailer la ética resultaba inseparable de la estética. En la
adhesión firme a este principio, para algunos superado, residió y
reside la perdurabilidad del gran escritor que nos ha dejado y que
comprimió en su obra muchos de los datos que hicieron de Estados
Unidos un punto de referencia que una vez fue admirable para el mundo.
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