[R-P] 2 Cubas
Aurelio Bujaldon
abujaldon en arlinkbbt.com.ar
Mie Nov 14 15:38:02 MST 2007
Me lo mandó un amigo y me pareció valioso.
Aurelio
-----------------------------------------------------------
Las dos Cubas
María Elena González Deluca
La conciencia de un privilegio incómodo fue inevitable hace unos días,
mientras compartíamos con un grupo de académicos europeos la excelente
cerveza cruda, dispensada por un sofisticado y estilizado envase de vidrio,
y disfrutábamos de la noche cálida del Caribe, en la Plaza Vieja,
cuidadosamente restaurada, de La Habana colonial.
El lugar recuerda a Sevilla, o a alguno de esos preservados espacios
cuadrados de calles empedradas, rodeados de antiguos edificios, las plazas
europeas, donde los turistas pasean, comen, beben, conversan y miran.
De regreso por calles que bajo la luz mortecina tienen un misterioso
atractivo, entramos al Floridita y salimos quejosos por el ambiente
ajetreado y por el daiquiri con sabor a limonada y precio inflado para
turistas.
Disfrutamos cada mañana el desayuno buffet cuya abundancia y calidad invita
a los excesos. El hotel manejado por Sofitel de Francia, el Sevilla, en La
Habana vieja, es de primera: encantador con sus cien años de existencia,
renovado, con todos los servicios, incluso Internet carísimo a 6 pesos
convertibles la hora. Vamos al Hotel Nacional, elegante y señorial, de
sólida y ecléctica arquitectura, con una vista maravillosa al mar, jardines
impecables, en las terrazas mesas y enormes sillones de mimbre con mullidos
cojines, ocupados por turistas que consumen costosas bebidas. El servicio de
su restaurante, el Aguiar, es de refinada elegancia: la mantelería
impecable, la hilera de 3 copas para cada tipo de bebida al frente de cada
plato y la fila de cubiertos a los lados, los mesoneros profesionales,
correctos, atentos al protocolo, elegantes en black tie, las lámparas de
cristal, los enormes espejos, y la pianista que toca en el piano de cola
crean una atmósfera de lujo.
La comida y la bebida, inmejorables. Varios restaurantes en La Habana acogen
con esa clásica elegancia burguesa a los turistas que recorren la ciudad.
Una tarde de calor bochornoso asistimos a un agasajo oficial en la Marina
Hemingway. Es un exclusivo complejo residencial de lujo, con canales y casas
espectaculares que rentan los acaudalados turistas extranjeros dueños de los
lujosos yates amarrados a su frente, como en cualquier canal de Miami Beach.
El acceso rigurosamente controlado.
En estos lugares se consume lo mejor, se disfruta todo lo bueno que puede
comprar el peso cubano convertible (1 cuc = 0.80 $) que manejan los
turistas. Allí no hay cubanos, excepto los trabajadores y uno que otro
invitado. Es la Cuba del turista y de unos pocos privilegiados, donde todo
funciona bien y muy bien, hay abundancia, hay riqueza. Se puede ser feliz en
esa Cuba exclusiva, donde cada centavo de cuc que se gasta es para el
Estado, el dueño de todo y de todos.
Pero la mayor parte de esta reciente visita la pasamos, con una amiga,
gastando suela por las calles de La Habana: la de los cubanos de a pie, la
de la gente que anda a la caza del "rebusque", la de los/as jóvenes
jineteros/as que no discriminan edad y apariencia ante la vista de
extranjeras/os que puedan regalarles un momento de disfrute del lujo
reservado a los turistas.
Admiramos el malecón de los tiempos de la ocupación americana, la monumental
arquitectura, la imponente ciudad colonial, el refinamiento de la
sacarocracia cubana visible en los majestuosos palacios con poderosas
columnas, grandes escalinatas, bronce, cristal, vitrales, hermosas rejas de
elaborada factura, maderas preciosas ornamentadas. Ell mármol de Carrara por
todas partes: en edificios públicos, en mansiones privadas, en paseos
públicos, en monumentos, en grandes plazas.
La gran burguesía, creadora de esas fastuosas construcciones que completan
en El Vedado y Miramar el paisaje urbano prerrevolucionario, fue tan
poderosa que su antiguo esplendor se advierte pese a la ruina deplorable de
su grandiosa arquitectura. Es agobiante ver los edificios que resisten como
restos de una guerra: sin ventanas, oscuros, con aguas de incierta
procedencia corriendo libremente, con paredes descascaradas, escalinatas
derruidas, muros agrietados, remendados, apuntalados.
Estremece el ánimo ver la gente que habita en ellos, sentados en los
umbrales, parados en las puertas, viendo el mundo pasar con mirada hostil o
cansada, niños descalzos en la mugre.
Pasamos días metiéndonos en donde la prudencia permitía y la curiosidad nos
llamaba, sin impedimentos; viendo y hablando con gente sencilla en
encuentros casuales, haciendo preguntas simples que conducían muchas veces a
largos, inesperados y dramáticos testimonios. Taxistas, caleseros,
mesoneros, transeúntes, profesoras, vendedores, empleados, un jubilado, el
cuidador de una escuela, un miembro seglar de la orden franciscana, una
médico.
Las quejas son unánimes y coincidentes y los juicios duros, desafiantes.
Varios recuerdan que cuando la URSS los amparaba, comían completo y estaban
mejor.
Observamos desencanto, poca resignación y rabia, que alguno manifiesta con
una palabrota.
La libreta de racionamiento determina los productos y cantidades que el
Estado reparte al mes: 6 libras de arroz y de azúcar, 6 huevos, el
equivalente de un vaso escaso de aceite, un trozo de carne o pescado, un
jabón de aseo cada dos meses y uno para la ropa cada tres. Nada de granos,
ni frutas, ni variedad de legumbres, leche sólo para niños menores de 7
años. Una abuela protesta porque no consigue manteca para untar el pan que
le da a sus nietas, así "aguantan". La escuela da "una comida fuerte a los
estudiantes" para que "aguanten" las 8 horas, nos dice el cuidador de un
plantel donde asisten niños de 7º a 9º grado, entre 12 y 14 años: un pan con
queso, o con mortadela, una hamburguesa, arroz, o un huevo con pan. No se
permite, en aras de la igualdad, que lleven comida de su casa.
La escuela, a dos cuadras del Capitolio, exhibe un cartel: "Bienvenido
Presidente Chávez", Ah, ¿estuvo por aquí?, preguntamos. "Nooo", responde sin
malicia, a él lo llevan a las escuelas mejores. Allá también.
Otro día, una profesora guarda la comida que nos sirven en un agasajo para
su hijo de 11 años. En la escuela no come completo. Su esposo médico trabaja
en Yaracuy y cuando puede envía algunos lujos como cereales, leche -hoy un
lujo también aquí-, y otras cosas así.
Las cifras oficiales indican que en Cuba no hay desnutridos, o muy pocos.
Entonces ¿cómo hacen? Porque la gente no miente sobre la escasez de
alimentos.
Se las rebuscan y cuando pueden van a los agros.
¿Qué es eso? Son los agromercados donde se consiguen a "precio de mercado",
un huevo a 2 cuc, productos que ofrecen cooperativas o pequeños productores
particulares, el Estado retiene el equivalente del 90 % del beneficio. Los
agro, los precarios abastos donde "funciona el mercado" también son del
Estado.
Pero acaso no hay una agricultura productiva en esos suelos que parecen tan
fértiles?
No, la producción agrícola es muy baja porque pocos están dispuestos a
trabajar por nada. La caña de azúcar, es una sombra de lo que fue.
Cuba es una sociedad que no produce. Los turistas son la gran fuente de
ingresos.
Unos dicen que la atención a la salud está bien, otros la cuestionan,
algunas medicinas deben conseguirlas por "la libre" (el mercado), las
toallas y sábanas en los hospitales de tan usadas dan grima, hay muchos
consultorios cerrados y la espera es larga porque los médicos los mandan a
Venezuela y Bolivia. "Claro; nos faltan muchas cosas" nos dice una médico
dermatólogo, con más de veinte años de servicio, que gana 26 cuc.
Lo más importante es que les falta una alimentación adecuada, el primer
mandamiento de la salud.
Las mejores clínicas, las de lujo, son para los extranjeros, o sus
gobiernos, que pagan la atención en convertibles. Allí no van los cubanos.
Todos pueden tener una carrera universitaria si lo quieren, así hay
mesoneros agrónomos, caleseros ingenieros, mucamas graduadas en biología.
Otros rechazan la oportunidad ¿para qué estudiar? Una mansión
prerrevolucionaria en El Vedado, en estado ruinoso, sin ventanas, con
escalones rotos, es la sede de una Universidad para adultos, allí se
estudian licenciaturas, nos dice un vecino. También hay clases por
televisión para presos o amas de casas, es el programa "Universidad para
todos", un físico, un astrónomo, un internacionalista, un economista, una
geógrafa, imparten clases, ninguno deja de mencionar a la revolución, citar
al comandante y criticar al imperio; el economista critica la propiedad
privada y la privatización del conocimiento en el sistema capitalista, y
remata con mucha convicción: "esto explica que en el capitalismo la ciencia
no avance". Uno entiende que sólo un prisionero mental aceptará esa mentira.
Los cubanos sólo tienen dos periódicos: Granma y Juventud Rebelde, que en 4
páginas despachan lo que la población debe saber.
Nadie se entera de nada que el Estado quiera silenciar. Tampoco tienen
acceso a Internet, excepto en algunos centros autorizados o eludiendo
controles, como lo hace Yoani la autora del blog más popular en estos días.
Una minoría tiene correo electrónico. Las direcciones y contraseñas se
venden en el mercado negro.
"Aquí el Estado es dueño de todo" repiten cuando uno pregunta "¿Y esto es
suyo?".
Cada institución del Estado tiene compañías que administran determinados
bienes. La "Oficina del Historiador" se encarga de las restauraciones, mueve
las brigadas que pintan y reparan, administra los fondos, también las
donaciones extranjeras, y controla mediante la compañía "Fénix", los museos,
los sitios históricos, los monumentos, los caballos y carruajes que pasean
turistas. El historiador, Eusebio Leal, tiene fama de buen relacionista,
obtiene fondos para las restauraciones, sabe halagar a los capitalistas
extranjeros para conseguir donaciones. Y como todo lo histórico atrae al
turista, que deja dinero, los empleados de turismo se consideran
privilegiados, porque del turista reciben propinas y a veces pueden evadir
los controles y guardarse algún dinerillo extra.
Observo mucho malestar: la gente se queja de todo y ya no se traga la excusa
del embargo.
Las cifras oficiales indican que el comercio con Estados Unidos ha crecido
más de 100 veces durante el gobierno de Bush, 2001- 2006, es el de mayor
crecimiento y el tercero del continente, después del comercio con Venezuela,
el más importante del mundo, y con Canadá. Un seglar de la orden de San
Francisco, con quien converso largamente, confirma mi impresión. "¿Hasta
donde llegará esto? " pregunto. Esto, dice, es una enorme falacia y la gente
se da cuenta. Sin duda, cómo no darse cuenta.
Hay dos Cubas, la falacia es que la Cuba revolucionaria cree que derrotó al
mercado, pero vive de la otra Cuba, la de los turistas, donde funciona el
mercado, controlado pero mercado. La revolucionaria es una especie de gran
"Apartheid" para los nativos, excluidos de la Cuba que disfruta de todo lo
que no pueden tener pero quieren. Se exige a los cubanos poner el hombro a
la revolución, "priorizar los recursos del país para el turismo", que trae
el dinero de las economías de mercado y mantienen la segregación. No tienen
otra opción, son los mismos cubanos que desfilan con banderitas en las
convocatorias oficiales, "intenta no ir y verás", nos dicen. Mayor falacia
imposible.
Cuba, me dice el seglar, no tiene gobierno actualmente porque el que mandaba
terminó su vida política y está a punto de concluir su vida biológica.
En todo caso ya no manda, pero nadie lo desafiará mientras viva. El sucesor
oficial, no es capaz y no lo respetan. Pero aunque se habla de transición,
el gobierno teme ceder poder porque sabe que si cede un poco puede se
forzado a conceder más. Y todos temen perder el poder. Sin embargo, "esto
está llegando a su fin".
Mi impresión es que desaparecido el jefe máximo, las presiones por el cambio
van a ser muy fuertes. Y si el gobierno niega los cambios, las protestas van
a ser difíciles de contener.
Dos cosas colmaron mi indignación.
Una fue en nuestra visita al parque donde venden los helados Copelia.
Pregunté a la joven que nos servía por qué en un local contiguo había una
larga cola de gente y donde estábamos nosotros había muy pocos clientes.
Allá venden helados para los cubanos, respondió. Pero, ¿son los mismos
helados? No, fue la respuesta. ¿Por qué? Por la calidad ¿Cómo?: "Los de allá
son artificiales, estos son naturales". Efectivamente, los naturales son más
caros, se pagan en cuc, los otros son hielo con sabor artificial, se pagan
en pesos cubanos. Mantener la revolución exige sacrificar hasta el simple
placer de tomarse un buen helado.
Otra experiencia la refirió una escandalizada profesora de la Universidad de
la Laguna, de las Islas Canarias. En la ciudad de Trinidad, una madre se le
acercó y le ofreció a su hijo de 12 o 13 años. "Mi bambino por un peso" fue
la oferta por los servicios del precoz jinetero.
Mi indignación, sin embargo, no es con los cubanos. El drama que viven, el
trato brutal que reciben, llena de tristeza.
Mi indignación es con los turistas de la izquierda mundial, indiferentes,
cegados por su espeso velo revolucionario, arrogantes en su profunda
deshonestidad intelectual y cobardía moral, que en nombre de la solidaridad
revolucionaria han perdido el sentido más elemental de la solidaridad
humana. Visitan Cuba y salen elogiando la dignidad del pueblo cubano y los
logros de la revolución, en educación y salud. O, cuando algo de honestidad
les impide seguir con la impostura, sencillamente callan.
Parece más importante el sueño de la utopía y la membresía del club de los
políticamente correctos, que el sufrimiento de un pueblo entero.
Afortunadamente, los cubanos parecen estar cambiando y se dan el lujo de
lanzar advertencias: "No dejen que les pase esto en Venezuela", nos dijo un
calesero que al saber de nuestra procedencia nos advirtió que nos daría un
paseo equivalente a una lección. Por algo trabaja para la Oficina del
Historiador.
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular