[R-P] El duende de la barba blanca
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Lun Nov 12 15:50:26 MST 2007
El duende de la barba blanca
Jorge Waisburd llevaba un registro sobre todas las maneras posibles en
que sus compatriotas escribían su apellido, partiendo del hecho de
reconocer que las posibilidades de equivocación eran tan infinitas
como comprensibles. Nadie imaginaba que ese abstruso sonido escondía
algo tan sugerente como "Barba Blanca", que es lo que originariamente
quería decir.
Lo traté durante los últimos diez años, a partir de conocerlo en la
dirección de la "2x4" y pude admirar el notable sentido poético con
que asumía la tarea radial tanto como la pasión irresistible que tenía
hacia el tango, hacia su música y hacia sus letras.
Jorge poseía, además de una voz única en el medio, de tonos graves,
ronca y aterciopelada a la vez, una inagotable creatividad sonora, un
exquisito buen gusto para elegir melodías, acordes y arpegios que
usaba en sus pequeñas composiciones radiales, que le dieron una
personalidad única en el mundo a aquella "2X4" de fines del siglo
pasado.
Era dueño de dos atributos contradictorios, un gozoso sentido del
humor y un carácter irascible y, muchas veces, caprichoso: dos
poderosas razones para que nos peleásemos tantas veces y con tanta
vehemencia como con frecuencia y vehemencia nos divertíamos juntos.
Con Jorge aprendí, ya grande, cuando se cree que ya es imposible
aprender nada, la belleza de un texto evocativo fundido a unos lentos
acordes de un bandoneón tocado por Rovira o por Mingo, ese amigo de su
corazón que una noche se tomó el piro, dejándolo con el alma herida
para siempre.
Improvisaba, con una música de fondo que hacía subir y bajar, al ritmo
de su fantasía, inolvidables poemitas espontáneos que llevaban a sus
oyentes por delicados y somnolientos senderos, donde la llovizna caía
sobre un desconsuelo, o el sol sonreía ante un beso primerizo.
Este ruso más argentino que el dulce de leche, criado en la amistad y
el respeto a Lionel, su casi tío Edmundo Rivero, cuya voz, recordaba
Jorge, acompañaba las fiestas familiares, los cumpleaños y los Años
Nuevos, hizo los mejores programas de tango de todos los tiempos, un
género al que el mal gusto, la obviedad y la mala poesía amenazan
permanentemente en reducirlo a una ramplona sucesión de tangos
mediocres, presentados por estólidos y mal envejecidos locutores.
Admiraba a los poetas y por eso ofreció su amistad a Alejandro
Zwarcman –otro rusito que le ha dado al tango contemporáneo algunas de
las mejores letras, como "Pompeya no olvida"- y que hoy lo llora con
razón y sin consuelo.
Amaba y respetaba infinitamente a los músicos, a quienes recibía con
los brazos abiertos en la radio, cuando llegaban con sus CDs recién
salidos. Pepe Libertella y Luis Stazzo, Acho Manzi y el Tata Cedrón,
Juan Vattuone y Roberto Alvarez, para dar sólo algunos nombres que
aparecen en la memoria en este momento doloroso, lo consideraban su
amigo y Jorge los trataba con la delicadeza con que se toma una pieza
de porcelana, conciente tanto de su valor como de su fragilidad.
Sabía que la música y la poesía ocupan un lugar definitivo en la vida
de los hombres y concebía su actividad profesional como el nexo para
que esa música y esa poesía que produce esta ciudad que tanto amaba,
llegase a los hombres y las mujeres que, con ellas, eran más ricos,
más nobles, más bellos.
Va a ser muy difícil pensar en Jorge Waisburd como ausente para
siempre. Esta maldita, esta bendita, esta desagradecida, esta generosa
Buenos Aires que nos ha tomado el corazón y nos hace impensable vivir
en otro lado, ha perdido un amigo, un ladero, una pierna linda para
recorrerla, descubrirla y volverle a declarar nuestro amor. Va a ser
difícil pensar otra armonía de ciudad, tango y radio distinta a la que
Jorge creó a pura amor y talento.
Dentro del Jorge Waisburd que todos conocimos anidaba, por esas cosas
del nombre, un duende de barba blanca, que seguramente se ha quedado
con todos los que hoy pensamos que esta tristeza tiene razón y
fundamento: su muerte nos hace más pobres, más solos, más frágiles.
Buenos Aires, 12 de noviembre de 2007.
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Julio Fernández Baraibar
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