[R-P] Deben ser los gorilas debn ser

Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar en gmail.com
Dom Nov 4 20:27:16 MST 2007


Alguna vez, no hace mucho y en reiteradas oportunidades, Leonardo Killian ha 
comparado algún mensaje mío, escrito irónicamente en un estilo antañón y 
gongorino, con la inolvidable verborragia del muñeco de Mario Moreno, 
Cantinflas.
Ahora bien, y entre nosotros, ¿este artículo de Horacio González, que no 
intenta ser irónico, no tiene un sabor cantinflesco?
¿Por qué escribe así este muchacho?
¿Será un resultado de escuchar por demás los trinos y falsetes de Liliana 
Herrero?
Yo llegué hasta "historia argentina". Én ese lugar caí, herido de muerte por 
la prosa de González.

Julio Fernández Baraibar
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Sent: Sunday, November 04, 2007 10:27 PM
Subject: [R-P] Deben ser los gorilas debn ser


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CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE REPRODUCCIÓN


Gorilas
Por Horacio González *
En estos días se ha escuchado la palabra gorila, como si se evocase ese
lejano aullido que por las madrugadas sobresalta a los vecinos del Jardín
Zoológico. Mejor seguir durmiendo, el sinsabor llega en sordina y nos
tranquiliza saber de dónde proviene. Pero cuando en no pocas conversaciones
actuales ha resurgido ese mismo epíteto -esa invocación o gracejo que les
hace un guiño a los entendidos-, es momento de preguntarnos por la vieja
encrucijada de la historia argentina. ¿Qué son los gorilas? ¿Es posible
definirlos? ¿Se puede seguir usando ese concepto en la política nacional?
En su surgimiento, la idea pareció apropiada. En la vasta zoología totémica
de la política argentina -el Peludo, el Zorro, la Yegua, el León
(herbívoro), etc.-, se juega el turbio desprecio o la apología pródiga.
Decir gorilas y gorilismo era una crítica dirigida a quienes renunciaban a
la reflexión aun pensando. Lo hacían en nombre de una obstinación oscura, de
un arranque de furia que les impedía comprender. Paradójicamente, la
acusación de gorilas era un llamado a la razón. Sólo que quien reclamaba
comprensión pedía también que se plegara a múltiples exigencias que los
perezosos o los egoístas no estaban en condiciones de practicar.
Palabra compleja de la teoría política del denuesto, gorila es un vocablo
altamente especializado, de gran jerarquía epistemológica pero con fuerte
capacidad de entrevero. Era una acusación surgida de los débiles, que
reclamaban esfuerzos especiales para que se entienda qué hacían ellos en la
historia y qué deseaban decir. Si los débiles y desaventajados subían por
una vez a un carro brioso de la historia, podía suponerse que lo hacían en
medio del apresuramiento, la vehemencia y las dignas equivocaciones. Las
críticas que recibían debían considerarse entonces como desmesuras ociosas
de los que descartaban un orden conceptual más depurado para interpretar los
defectos o desvíos creativos de la historia. Podían ser intelectuales o
sutiles caballeros munidos de literaturas y ensalmos, pero al no saber
ubicarse frente al "aluvión", también debían ser objeto de un llamado de
alerta. Eran gorilas a pesar de sus sapiencias, o quizá gravemente por
ellas, en el caso en que no llevaran a echar luz sobre la imperfecta pero
batalladora vida, popular. ¿Qué sapiencias eran entonces? Difícil, casi
irresoluble dilema, porque también podía ser esa imputación de gorila la
forma de no oír una crítica justa. Se proclamaba que el gorilismo era una
captación disminuida de la realidad por obra de una ceguera emotiva y moral.
Al revés, las criaturas despreciadas que irrumpían en la historia como si
fueran festivos campesinos medievales luego de siglos de sumisión debían
contar con un hándicap que compensase a un nivel adecuado el juicio sobre
sus realizaciones. Si ello no existiese, era una demostración de que un
universalismo cultural de apariencia indiscutible podía mostrar su estrecha
raíz de clase, así como una herencia intelectual bien planteada, incluso de
izquierda, al renegar de un necesario buceo en el "subsuelo sublevado" de la
sociedad, podía servir a la reacción. Afirmar en esas situaciones que había
gorilismo implicaba mostrar que la política bajaba un eslabón en la escala
del conocimiento para envolver con una fría mortaja a quienes se sentían,
por el contrario, en la cúspide del esprit de finesse.
Así, los que rechazaban la reflexión -aunque fueran hombres ilustrados,
doctos y refinados- se excluían del esfuerzo cultural profundo que era el de
entender al pueblo, mereciendo el mote de gorilas. Ese destino albergaba por
un lado a los que infligían un daño al propio pensamiento, aun siendo
hombres cultos, y por otro lado, a los que imitaban estilos de clases
elegidas y poseedoras, aun siendo progresistas en muchos aspectos literales
de su vida.
Ahora bien, este armazón tan arduo en materia de identidades y conocimiento,
que tiene la apariencia de una colorida espontaneidad, parece asomar de
nuevo. No es aconsejable que tal cosa ocurra en estos tiempos. Ya Jauretche
había adelgazado al máximo y pulido de manera extraordinaria el concepto, al
traducirlo por "medio pelo", esas culturas del prestigio un tanto vacuo y
tilingamente amasadas. Pero algo pasó. En las recientes elecciones volvieron
viejas tesis de sospechoso aroma autocrático. ¿Liberar con las clases
prestigiosas el voto popular enclaustrado en enormes parajes alienados? Más
o menos así se lo dijo. El país entero ha sido ofendido cuando se reclama un
sujeto liberador encarnado en las clases medias y altas, "urbanizadas". Si
tales regiones sociales existieran tan nítidamente, ellas deberían rechazar
ese insultante mesianismo, por lo demás impracticable. Aflora pues la
realidad de los bastiones urbanos que refugiarían in extremis la dignidad
republicana, condottieri, al rescate del "voto cautivo".
Peligrosa escisión, jacobinismo de derecha que conviene ver con preocupación
antes que solazarse con él y darle cristalización teórica. Todo parecería
preparado para una formidable regresión cultural, frotada por los síntomas
emboscados y por qué no luctuosos, que tantas veces albergó la historia
reciente. Pero retejer otra vez los hilos de un sentido nacional y
democrático, sin repliegues hacia los cómodos diccionarios antepasados,
exige salirnos de los costumbristas tributos que ciegan una comprensión más
rigurosa de lo que, en la edad mediática, es hoy el enjambre de sectores y
segmentos culturales. Los ámbitos socialmente más encumbrados especializaron
su lenguaje con extensos pactos, con calladas metáforas de exclusión y con
léxicos de una ilustración que esconde deficiencias vitales en su
autosuficiencia. O peor, considerando su propia banalidad como
autoafirmación espirituosa. Criticarlos supone una tarea de nuevo tipo, con
vocablos originales y disposición despojada de las rutinas cíclicas del
antiguo alambique nacional.
Al mismo tiempo, la vida popular debe retomar la reflexión sobre su dormido
papel pedagógico ante las demás clases sociales. Debe acudir al espíritu que
desde el siglo XIX, y aun antes, la ve como sede de una desprotegida prole,
creada por el trabajo y los oficios productivos seriados, que debe superar
su propia resignación, aun cuando esté desposeída o deficientemente
representada. Debe extraer de ello motivos democráticos que se expandan más
allá de ella misma. Debe enraizarse en temas de justicia y equitatividad
social que, al reclamarlos en particular para ella, se extiendan en verdad
para todos. Debe mostrar que sigue siendo un sujeto que resurge vivamente de
lo que parecerían formas dóciles de acatamiento, señalando a los demás
sectores culturales -cuyo consumo de símbolos no tiene la libertad que
alardean- el camino posible de una emancipación.
A las clases populares no las salvarán otros emblemas que no sean los de
ellas mismas. Y a la par que obtengan representantes cada vez más sensibles,
podrán generar el verdadero lenguaje de una digna confrontación que busque
con firmeza sus propios nombres y los nombres que auxiliarán a las otras
experiencias sociales a repensarse a sí mismas. Podrá recibir nuevas
injurias, pero si se abstiene socráticamente de lanzar las ya agotadas,
ayudará sin escarnio a reflexionar a los presumidos y tinterillos que hacen
sonar las profecías de libertad como enigmáticas amenazas. Estos últimos se
creerán modernos pero serán arcaicos frente a las formas activas de
conocimiento social, político y artístico. Y los arcaicos -a los que se
creía prisioneros de las urnas tradicionalistas- serán modernos en cuanto
superen la tentación del epíteto fácil y encuentren su tesoro perdido, su
sereno vanguardismo.
* Sociólogo.


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