[R-P] Enrique Lacolla La obsesión cubana

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Dom Nov 4 05:34:40 MST 2007


Perspectivas
La obsesión cubana
La ONU pidió anular el embargo a Cuba. Sólo la potencia que lo origina se 
opuso de veras a ello. ¿Qué sentido tiene este rencor?
Enrique Lacolla
Periodista

Con la persistencia del mar que embiste la roca, la Organización de Naciones 
Unidas (ONU) ha vuelto a condenar, por 16» vez, el embargo que Estados 
Unidos impone a Cuba desde hace 45 años. Esta medida ha significado para la 
isla pérdidas que cabe calcular en unos 220 mil millones de dólares. Y con 
la misma indiferencia que ostenta siempre respecto de la organización 
mundial cuando ésta no responde con docilidad a sus indicaciones, Washington 
de nuevo volvió la cara y mira hacia otro lado.

Esta vez, sin embargo, el pronunciamiento en contra del acoso a la isla del 
Caribe fue aplastante (moralmente aplastante, se entiende). 184 países 
votaron a favor de levantar el embargo y tan sólo cuatro -Estados Unidos, 
Israel, Palau y las Islas Marshall- se pronunciaron por mantenerlo. Hubo una 
abstención: la de Micronesia.

La política estadounidense hacia Cuba remite a calificativos que preferimos 
no emplear. Pero en su esencia se reduce a lo que un funcionario del 
Departamento de Estado comprimió en un memorándum dirigido a la superioridad 
en 1960: "La mayoría de los cubanos apoya a Castro... El único medio posible 
para aniquilar el apoyo interno al régimen es provocar el desengaño y el 
desaliento mediante la insatisfacción económica y la penuria... Así se 
provocarían el hambre, la desesperanza y el derrocamiento del gobierno".

La aleación de hipocresía y cinismo -batir el parche con la defensa de la 
democracia, de las libertades individuales y de los derechos humanos 
mientras se los niega de modo sistemático a través de agresiones 
inconsultas, tanto de naturaleza económica como militar- es el rasgo que ha 
rebajado el prestigio internacional de la Unión desde el rango de la 
admiración de que disponía al finalizar la Segunda Guerra Mundial al del 
rencor, la desconfianza o el desprecio.

El caso cubano es especial. Es obvio que Cuba no representa una amenaza para 
Estados Unidos. Nunca lo fue, de hecho.

Cuando Washington pudo considerarla así, en ocasión de la crisis de los 
misiles en 1962, ese riesgo -suscitado por el deseo cubano de ponerse bajo 
el amparo de una potencia nuclear a fin de disponer de una garantía, aunque 
fuera de doble filo, contra la agresividad norteamericana- se disipó con 
rapidez gracias a la retirada soviética y al statu quo establecido a partir 
de entonces.

La liquidación de los experimentos "foquistas" en varios países de América 
latina terminó incluso con la potencialidad de emulación que podía 
representar la revolución cubana a un nivel de contagio psicológico. El 
posterior hundimiento de la Unión Soviética acabó hasta con la sombra de 
cualquier preocupación.

No por esto disminuyó la hostilidad norteamericana. De manera sorprendente, 
la isla sobrevivió al remezón de la caída del bloque del Este y a la presión 
de Washington para voltear al gobierno aprovechando el período de excepción. 
Pero la hostilidad norteamericana persistió.

De algún modo, esta insistencia en atormentar a los cubanos y hostilizar a 
su régimen podría ingresar a la categoría de un caso clínico. El rechazo a 
Cuba parece haberse convertido en obsesión.

El fondo del asunto. El dato esencial de esta hostilidad, sin embargo, más 
allá de las distorsiones psicológicas que pueden abrevar en una especie de 
resentimiento racista, es que Cuba representa un ejemplo de independencia, 
pues ha vivido sin pedirle permiso a Estados Unidos. Por lo tanto, se 
transforma en un antecedente que resultaría útil borrar del mapa a fin de 
inducir a la obediencia al resto de los países iberoamericanos, para que así 
aprendieran, gracias al escarmiento aplicado contra uno de ellos, que el 
patrón tiene una memoria de elefante y que "el crimen no paga".

Si esto es así, ¿podrán desentrañar nuestros dirigentes que la amenaza 
imperialista está siempre presente y que con ella se puede hacer cualquier 
cosa, menos ignorarla? Desde luego, en muchas, demasiadas ocasiones, esos 
dirigentes forman parte de la misma amenaza, pues son correas de transmisión 
del amo imperial o están imbuidos de tanto respeto hacia éste que tienden a 
acomodarse de forma instintiva y a priori a cualquiera de sus sugerencias.

El problema para ellos es que el subsuelo social de América latina ha 
recibido más de lo que puede soportar en esta materia. Y el resultado está a 
la vista: una región provista de todas las posibilidades, pero que no 
termina de despegar a causa del escamoteo que de sus riquezas practican el 
imperialismo y una dirigencia rapaz.

Romper este estancamiento es el desafío que se plantea. La presión de abajo 
para conseguirlo se hace sentir desde hace tiempo. ¿Sabremos interpretarla y 
encontrar las vías para canalizarla de manera racional?

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