[R-P] Trotsky sobre Céline
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Jue Nov 1 17:09:32 MDT 2007
Exiliado en Prinkipo, aislado del mundo exterior, sin vínculos políticos con
la Unión Soviética, en medio de la noche stalinista, León Trotsky tenía
tiempo para leer y hacer crítica literaria a Celine.
Esto escribió en 1933.
Julio Fernández Baraibar
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Céline y Poincaré
León Trotsky
Louis Ferdinand Céline entró en la gran literatura como otros entran en su
propia casa. Hombre maduro, dotado de la vasta provisión de las
observaciones del médico y del artista, con una soberana indiferencia
respecto al academicismo, con un sentido excepcional de la vida y del
lenguaje, Céline ha escrito un libro que perdurará aunque haya escrito otros
de la misma talla que éste. «Viaje al fin de la noche», novela del
pesimismo, dictada más por el espanto ante la vida y el hastío que ella
ocasiona que por la rebelión. Una rebelión activa va unida a la esperanza.
En el libro de Celine no hay esperanza.
Un estudiante parisino, de familia humilde, razonador, antipatriota,
semianarquista -personajes que pululan en los cafés del Barrio Latino-, se
alista como voluntario, imprevisiblemente, apenas suena el primer toque de
clarín. Enviado al frente, en medio de esa carnicería mecanizada, comienza a
envidiar la suerte de los caballos, que revientan como seres humanos pero
sin frases altisonantes. Después de recibir una herida y una medalla, pasa
por varios hospitales donde unos médicos astutos lo persuaden de volver
cuanto antes «al ardiente cementerio del campo de batalla». Enfermo, deja el
ejército, parte hacia una colonia africana donde se asquea de la bajeza
humana, agotado por el calor y la malaria tropicales. Después de haber
entrado clandestinamente en América, trabaja en la Ford, y encuentra una
fiel compañera en la persona de una prostituta (éstas son las páginas más
tiernas del libro). De regreso a Francia, se hace médico de los pobres y,
herido en el alma, vaga en la noche de la vida entre los enfermos y los
sanos no menos dignos de lástima, depravados y desdichados.
Céline no se propone, en modo alguno, la denuncia de las condiciones
sociales en Francia. Es cierto que, de paso, no perdona ni al clero, ni a
los generales, ni a los ministros, ni siquiera al presidente de la
República. Pero su relato se desarrolla siempre muy por debajo del nivel de
las clases dirigentes, por entre gente humilde, funcionarios, estudiantes,
comerciantes y porteros; incluso por dos veces se transporta más allá de las
fronteras de Francia. Céline comprueba que la actual estructura social es
tan mala como cualquier otra, pasada o futura. En general, está descontento
de los hombres y de sus actos.
La novela está pensada y realizada como un panorama de lo absurdo de la
vida, de sus crueldades, de sus conflictos y de sus mentiras, sin salida ni
destello de esperanza. Un suboficial que atormenta a los soldados antes de
sucumbir con ellos; una rentista americana que pasea su futilidad por los
hoteles europeos; funcionarios de las colonias francesas embrutecidos por la
codicia; Nueva York, con su automática indiferencia hacia los individuos sin
dólares y su arte de desangrar implacablemente a los hombres; de nuevo
París; el mundillo mezquino y envidioso de los eruditos; la muerte lenta,
humilde y resignada de un niño de siete años; la tortura de una muchachita;
pequeños y virtuosos rentistas que por economía matan a su madre; un cura de
París y un cura de los confines de Africa, dispuestos los dos a vender a su
prójimo por algunos centenares de francos, el uno aliado a los rentistas
civilizados, el otro a los caníbales... De capítulo en capítulo, de página
en página, los fragmentos de vida se van uniendo en una absurdidad sucia,
sangrienta, de pesadilla. Una visión pasiva del mundo, con una sensibilidad
a flor de piel, sin aspiración hacia el futuro. Tal es el fundamento
psicológico de la desesperación, una desesperación sincera que se debate en
su propio cinismo.
Céline es un moralista. Mediante procedimientos artísticos, profana paso a
paso todo lo que habitualmente goza de la más alta consideración: los
valores sociales bien establecidos, desde el patriotismo hasta las
relaciones personales y el amor. ¿La patria está en peligro? «La puerta no
es lo suficientemente grande cuando se quema la casa del propietario. de
todas formas habrá que pagar». No necesita criterios históricos. La guerra
de Dantón no es más noble que la de Poincaré: en ambos casos la deuda del
patriotismo» ha sido pagada con sangre. El amor está envenenado por el
interés y la vanidad. Todos los aspectos del idealismo no son más que
«instintos mezquinos revestidos de grandes palabras». Ni la imagen de la
madre queda a salvo: cuando se entrevista con el hijo herido «lloraba como
una perra a quien le han devuelto sus cachorros, pero ella era menos que una
perra, pues había creído en las palabras que le dijeran para arrancarle al
hijo».
El estilo de Céline está subordinado a su percepción del mundo. A través de
este estilo rápido, que pudiera parecer descuidado, incorrecto, apasionado,
vive, brota y palpita la verdadera riqueza de la cultura francesa, la
experiencia afectiva e intelectual de una gran nación en toda su riqueza y
sus más finos matices. Y, al mismo tiempo, Céline escribe como si fuese el
primero en enfrentarse con el lenguaje. Este artista sacude de arriba abajo
el vocabulario de la literatura francesa. Los giros gastados caen como una
pelota lanzada. Por el contrario, las palabras proscritas por la estética
académica o la moral resultan irreemplazables para expresar la vida en su
grosería y bajeza. En él, los términos eróticos sólo sirven para fustigar el
erotismo; Céline los utiliza al igual que las palabras que designan las
funciones fisiológicas no reconocidas por el arte.
Desde la primera página de la novela, el lector se encuentra de improviso el
nombre de Poincaré: el presidente de la república, como se sabe por un
número reciente de Le Temps, fue una mañana a inaugurar una exposición de
perritos. Este detalle no ha sido inventado. El último número de Le Temps
recibido en Prinkipo me trae esta noticia: «Albert Lebrun, presidente de la
república, acompañado del coronel Rupied y de su Estado Mayor, ha visitado
esta mañana la exposición canina». Evidentemente, esta es una de las
funciones de un presidente de la república, y no tenemos nada que
reprocharle. Para Céline, esta mordaz alusión no se propone,
manifiestamente, glorificar al jefe del Estado. En general, hasta un
frenólogo le sería difícil descubrir un átomo de respeto en este novel
autor.
Ahora bien, el presidente Poincaré, el más prosaico, más seco y más
insensible de todos los estadistas de la república, resulta ser el más
autoritario de sus políticos. Desde su enfermedad se ha vuelto sagrado.
Desde la derecha hasta los radicales, nadie cita su nombre sin añadir
algunas palabras de patético reconocimiento. Incontestablemente, Poincaré es
un producto neto de la burguesía, al igual que la nación francesa es la más
burguesa de las naciones, orgullosa de su carácter burgués, fuente, según
ella, de su papel providencial respecto al resto de la humanidad. Bajo
apariencias refinadas, la arrogancia de la burguesía francesa es como un
sedimento depositado a lo largo de los siglos. Los hombres de otras
épocas -los que tenían gran misión histórica- legaron a sus descendientes
una rica colección de ornamentos que servían para enmascarar el más terco
conservadurismo. Toda la vida política y cultural de Francia se desarrolla
con una vestimenta del pasado. Como en los países que viven en una economía
hermética, los valores ficticios, en la vida francesa, siguen un curso
obligado. Las fórmulas del mesianismo emancipador, desde hace mucho
separadas de lo real, conservan una alta cotización. Pero si la pintura de
los labios y los polvos de arroz sobre un rostro pueden considerarse como
una hipocresía, una máscara es más que una falsificación, es, simplemente,
un arma. La máscara existe independientemente del cuerpo, cuyos gestos y
cuya voz le obedecen.
Poincaré es casi un símbolo social. Su altísima representatividad constituye
una personalidad. No tiene otra. Ni en sus poemas de juventud -pues tuvo una
juventud- ni en sus memorias de anciano se encuentra una sola nota personal.
Su verdadero baluarte moral, la fuente de énfasis glacial, son los intereses
de la burguesía. Los valores convencionales de la política francesa han
penetrado su carne y su sangre. «Soy burgués y nada de lo que es burgués me
es ajeno». La máscara política se adhiere a su rostro. La hipocresía,
tomando carácter absoluto, se ha convertido, en cierta forma, en sinceridad.
El gobierno francés es tan amante de la paz, afirma Poincaré, que es incapaz
de suponer segundas intenciones en su adversario. «Magnífica confianza de un
pueblo que arropa a los otros con sus propias virtudes». Ya esto no es
hipocresía ni falsificación subjetiva, sino el elemento obligatorio de un
ritual, como la expresión de los sentimientos más sinceros al final de una
carta pérfida. El escritor alemán Emil Ludwig preguntó a Poincaré, durante
la ocupación del Ruhr: «¿Piensa usted que no queremos o que no podemos
pagar?» Poincaré respondió: «Nadie paga de buena gana». En julio de 1931,
por telegrama, Brüning pidió ayuda a Poincaré, y recibió como respuesta:
«Sepa sufrir». El incorruptible notario de la burguesía desconoce la piedad.
Pero si el egoísmo individual, más allá de un cierto límite, comienza a
devorarse a sí mismo, igual sucede con el egoísmo de la clase conservadora.
Poincaré quería crucificar a Alemania, con la intensión de librar a Francia,
de una vez para siempre, de toda inquietud. Sin embargo, las tendencias
chovinistas suscitadas por el Tratado de Versalles -criminalmente suaves a
los ojos de Poincaré- se han cristalizado, en Alemania, en la figura de
Hitler. Sin la ocupación del Ruhr, los nazis no hubieran llegado tan
fácilmente al poder. Y Hitler en el poder abre la perspectiva de nuevos
combates.
La ideología nacional francesa está construida sobre el culto de la
claridad, es decir, de la lógica. Pero ya no es la lógica atrevidamente
activa del siglo XVIII, la que derrocó a todo un mundo. Es la lógica avara,
prudente, dispuesta a cualquier clase de compromiso, de la tercera
república. Con la misma altiva condescendencia con que los viejos maestros
explican los procedimientos de su maestría, Poincaré habla en sus memorias
de «esas difíciles operaciones del espíritu: la elección, la clasificación,
la coordinación». Operaciones indiscutiblemente difíciles. No obstante,
Poincaré no las efectúa en el espacio bidimensional de los documentos. Para
él, la verdad no es más que el resultado de un auto judicial, una
«razonable» interpretación de los tratados y de las leyes. El racionalismo
conservador que dirige a Francia es casi tan tributario de Descartes como la
escolástica medieval lo era de Aristóteles.
La glorificación del «sentido de la medida» se ha convertido en el sentido
de la pequeña medida; el pensamiento tiende a quebrarse en mosaico. ¡Con
cuánta amorosa minuciosidad describe Poincaré hasta los mínimos aspectos del
oficio gubernamental! Cuando recibe del rey de Dinamarca la orden del
Elefante Blanco, la describe como si se tratase de una miniatura preciosa:
dimensiones, forma, diseño y color de esa ridícula baratija, nada es
olvidado en sus memorias. Con todos los detalles de un atentado policíaco,
Poincaré se describe en el concurso hípico, en compañía de la pareja real
británica. El público, «vuelto hacia las tribunas, olvida las apuestas y las
partidas, se despreocupa de los caballos y nos mira con insistencia».
¡Despreocuparse de los caballos para prestar atención al rey y al
presidente, esto debe caracterizar la intensidad del patriotismo!
El estilo literario de Poincaré es tan carente de vida como el sepulcro del
más antiguo de los faraones. Las palabras le sirven para determinar las
cifras de las reparaciones, o para componer una ornamentación retórica.
Compara su estancia en el palacio del Elíseo con la reclusión de Silvio
Pellico en las prisiones de la monarquía austríaca. «En esos salones de
dorada trivialidad, nada habla a mi imaginación». Pero esa dorada
trivialidad es el estilo de la tercera república. En cuanto a la imaginación
de Poincaré, es una sublimación de tal estilo. Sus artículos y discursos
hacen pensar en un esqueleto de alambre de púas, adornado con flores de
papel y lentejuelas doradas.
Cuando amenazaba la guerra, Poincaré regresó por mar de San Petersburgo a
Francia, no dejó pasar la ocasión de pintar el cromo siguiente en la
inquieta crónica de su viaje: «el mar azul, casi desierto, indiferente a los
conflictos humanos». Escribía exactamente igual, palabra por palabra, que
durante sus exámenes de fin de curso en el liceo. Cuando Poincaré habla de
sus preocupaciones patrióticas, enumera de paso todas las variedades de
flores que adornaban su quinta de retiro: entre un telegrama cifrado y una
conferencia telefónica, ¡un catálogo de florista! O aún, en los momentos más
críticos, aparece un gato siamés, símbolo de la intimidad familiar. Es
imposible leer esta acta autobiográfica sin una sensación de asfixia. Ningún
personaje vivo, ningún sentimiento humano, pero sin embargo, con la mar
«indiferente», los plátanos, olmos, jacintos, palomas y el obsesivo olor del
gato siamés.
La vida tiene dos caras, una ostensible y oficial, dada para toda la vida,
la otra secreta y más importante. Este desdoblamiento se hace sensible tanto
en las relaciones privadas como en las sociales, en la familia, en la
escuela, en las salas del Palacio de Justicia, en el parlamento y en la
diplomacia. Lo volvemos a encontrar en el desarrollo contradictorio de la
sociedad humana y, naturalmente, en todas las naciones y pueblos
civilizados. Las formas propias de tal desdoblamiento, las pantallas y las
máscaras que usa, están teñidas con los vivos colores nacionales. En los
países anglosajones, el elemento principal de ese sistema de dualidad moral
es la religión. La Francia oficial se ha privado de este importante recurso.
Mientras que la francmasonería británica es incapaz de concebir un universo
sin Dios, un parlamento sin rey, una propiedad. sin propietario, los
francmasones franceses han tachado al «gran arquitecto del universo» de sus
estatutos. En los asuntos políticos y las intrigas, las mentiras son tanto
más eficaces cuanto más gordas: faltar a los intereses terrenos en provecho
de una problemática celestial sería ir contra la lucidez. No obstante, los
políticos, como Arquímedes, necesitan un punto de apoyo; hubo que reemplazar
la voluntad del «gran arquitecto» por valores de otro origen. El primero fue
Francia.
En ninguno se habla de tan buena gana de la «religión del patriotismo» como
en esta república laica. Todos los atributos con que la imaginación humana
gratifica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el burgués francés lo
transfiere a su propia nación. Y como Francia es del género femenino,
inmediatamente reviste los rasgos de la Virgen María. El político aparece
como el sacerdote laico de una divinidad secularizada. La liturgia del
patriotismo, dotada de la última perfección, constituye un capítulo
indispensable del ritual político. En el Parlamento, hay palabras y giros
que provocan automáticamente aplausos, de la misma manera que ciertas
fórmulas litúrgicas provocan en el creyente la genuflexión y las lágrimas.
Hay, sin embargo, una diferencia. El domingo de la religión auténtica tiene
su existencia propia, distinta de la de las prácticas cotidianas. Gracias a
una estricta delimitación de las competencias, la posibilidad de choque es
tan poco probable como la colisión entre un coche y un avión. Por el
contrario, la religión laica del patriotismo choca directamente con la
política de cada día. Los apetitos privados y los intereses de clase oponen,
a cada paso, al patriotismo puro. Por suerte, los adversarios son bien
educados y, lo que es más importante, están de tal manera ligados por una
común garantía que apartan los ojos de cada caso espinoso. La mayoría
gubernamental y la oposición responsable respetan voluntariamente las reglas
del juego político. La principal se puede enunciar así: de igual modo que el
movimiento de los cuerpos está sujeto a las leyes de la gravedad, la acción
de los políticos está sometida al amor a la patria.
Sin embargo, el sol del patriotismo también tiene sus miradas. Un exceso de
indulgencia recíproca engendra un sentimiento de impunidad y suprime las
fronteras entre lo laudable y lo reprensible. Entonces se acumulan los gases
mefíticos que, de vez en cuando, explotan y envenenan la atmósfera política.
La quiebra de la Unión General, en Panamá, el proceso Dreyfuss, el caso
Rochette y el escándalo Oustric constituyen etapas memorables de la tercera
república. Clemenceau fue salpicado por el escándalo de Panamá.
Personalmente, Poincaré supo mantenerse siempre al margen, pero su política
se alimentaba de las mismas fuentes. No sin razón declara por maestro de
moral a Marco Aurelio, que tan bien supo conciliar sus virtudes estoicas con
las costumbres del Imperio Romano decadente.
«Durante los seis primeros meses de 1914 -se lamenta Poincaré en sus
memorias- presencié con mis propios ojos un sórdido espectáculo de intrigas
parlamentarias y de escándalos financieros». Pero la guerra, como era de
esperar, barrió de un solo golpe las codicias privadas. L Unión Sacrée
purificó los corazónes. Lo que significa que las intrigas y las estafas
desaparecieron entre los bastidores patrióticos, para tomar allí una
amplitud nunca alcanzada antes. Mientras más problemático se hacía el
resultado de la guerra en el frente, más se pudría la retaguardia, según
Céline. La imagen de París durante la guerra está trazada en su novela con
rasgos implacables. No hay mucho de política, pero hay algo más: el limo
viviente del que se nutre.
Trátese de escándalos judiciales, financieros o parlamentarios, salta a la
vista en Francia su carácter orgánico. La tenacidad, la parsimonia del
campesino y del artesano, la prudencia del comerciante y del industrial, la
ciega codicia del rentista, la cortesía del parlamento y el chauvinismo de
la prensa, innumerables hilos conducen a nudos que tienen siempre por nombre
genérico Panamá. En la trama de las relaciones, servicios, mediaciones,
enchufes camuflados, hay millares de formas intermedias que van desde el
civismo al asunto turbio. Tan pronto como un caso espinoso empaña el
irreprochable tegumento de la anatomía política -cualesquiera que fuesen el
lugar y el momento- aparece necesario proceder a una encuesta parlamentaria
o judicial. Pero surge entonces una dificultad: ¿por dónde comenzar y dónde
detenerse?
Sólo cuando Oustric quebró inoportunamente se descubrió que, en casa de este
argonauta, hijo de pequeños tenderos, diputados, periodistas, antiguos
ministros y embajadores servían como mensajeros con su nombre o con nombre
falso; que los informes favorables al banquero cruzaban los ministerios con
la rapidez de un rayo, mientras que los que podían perjudicarlo se
desmoronaban en el camino hasta que resultaban inofensivos. Gracias a los
recursos de su imaginación, a sus relaciones mundanas y a la complicidad de
los periódicos, este mago de las finanzas hacía fortunas, tenía en sus manos
el destino de miles de personas, compraba -palabra grosera, pero
intolerablemente exacta-, recompensaba, mantenía, estimulaba, animaba a la
prensa, a los funcionarios y a los parlamentarios. Y casi siempre de forma
imperceptible. Cuanto más se desarrollaban los trabajos de la comisión de
encuestas, más se hacía evidente que la instrucción no llegaría a nada.
Donde se esperaba encontrar delitos no aparecían más que anodinas relaciones
entre la política y las finanzas, donde se buscaba el foco de infección sólo
se encontraba tejido sano.
Como abogado, X. defendía los intereses de las empresas de Oustric; como
periodista, preconizaba un sistema aduanero que coincidiera con los
intereses de Oustric; en calidad de representante del pueblo, se
especializaba en el examen de las tarifas aduaneras. ¿Y como ministro? La
comisión se ocupó interminablemente de la cuestión de saber si X, en su
condición de ministro, continuaba percibiendo sus honorarios de abogado, o
si, en el intervalo de dos crisis ministeriales, su conciencia permanecía
cristalina. ¡Cuánta pedantería moral en la hipocresía! Raoul Peret, ex
presidente de la Cámara de Diputados, resultó ser el candidato de los
delincuentes comunes. Y, sin embargo, en su profunda corrección, se
comportaba «como todos los demás», posiblemente con menos prudencia, en todo
caso con menos suerte. «Telón», gritan los patriotas irritados. Cayó el
telón. De nuevo se establece el culto de la virtud, y la palabra «honor»
provoca una salva de aplausos en los bancos del Palais-Boubon.
Sobre el fondo del «inmutable espectáculo de las intrigas parlamentarias y
de los escándalos financieros», como dice Poincaré, la novela de Céline
reviste una doble significación. No por azar la prensa bien pensante, que en
su tiempo se indignaba de la publicidad dada al caso Oustric, acusó
inmediatamente a Céline de difamar a la «nación». La comisión parlamentaria
había llevado a cabo su encuesta con el cortés lenguaje de los iniciados,
del que no se apartaban ni acusados ni acusadores (la línea divisoria de las
aguas no estaba siempre bien definida entre ellos).
Por su parte, Céline está libre de todo convencionalismo, rechazando
brutalmente los vanos colores de la paleta patriótica. Tiene sus propios
colores, que ha arrancado a la vida en virtud de sus derechos de artista. Es
verdad que no aprehendía la vida en los escaños parlamentarios ni en las
altas esferas gubernamentales, sino en sus manifestaciones más comunes. No
por ello es más fácil su tarea. Levantando los velos superficiales de la
decencia, descubre las raíces, descubre el cieno y la sangre. En su
siniestro panorama, el asesinato por un pequeño beneficio pierde su carácter
excepcional, y está tan unido a la mecánica cotidiana de la vida,
transformada por el provecho y la codicia, como lo está el caso Oustric a la
mecánica más elevada de las finanzas modernas. Céline muestra lo que es, por
eso tiene el aspecto de un revolucionario. Pero no es un revolucionario, ni
quiere serlo. No apunta al blanco, quimérico para él, de reconstruir la
sociedad. Quiere solamente arrancar el prestigio que rodea a todo lo que le
espanta y atormenta. Para descargar su conciencia ante los horrores de la
vida, este médico de los pobres necesitó nuevas reglas estilísticas. Ha
resultado ser un revolucionario de la novela. Tal es en general, la
condición del movimiento en el arte: el choque de tendencias
contradictorias.
No sólo se gastan los partidos en el poder, sino también las escuelas
artísticas. Los procedimientos de la creación se agotan y cesan de herir los
sentimientos del hombre: es el signo inconfundible de que una escuela está
madura para entrar en el cementerio de las posibilidades agotadas, es decir,
en la Academia. La creación viva no puede salir adelante sin desviarse de la
tradición oficial, de las ideas y sentimientos canonizados, de las imágenes
y giros impregnados de la lacra de la costumbre. Cada nueva orientación
busca un nexo más directo y sincero entre las palabras y las percepciones.
La lucha contra la simulación en el arte se transforma siempre, más o menos,
en lucha contra la falsedad de las relaciones sociales. Porque es evidente
que si el arte pierde el sentido de la hipocresía social, cae
inevitablemente en el preciosismo.
Cuanto más rica y compleja es una tradición cultural nacional, más brutal es
la ruptura. La fuerza de Céline reside en que rechaza, con una tensión
extrema, todos los cánones, viola todos los convencionalismos y, no contento
con desnudar la vida, le arranca la piel. De aquí la acusación de
difamación. Pero precisamente, aunque reniega violentamente de la tradición
nacional, Céline es profundamente nacional. Como los antimilitaristas de la
preguerra, en su mayoría patriotas desesperados, Céline, francés hasta la
médula de los huesos, retrocede ante las máscaras oficiales de la tercera
república. El «celinismo» es un antipoincarismo moral y artístico. En esto
reside su fuerza, pero igualmente sus límites.
Cuando Poincaré se compara a Silvio Pellica, esta fría combinación de
fatuidad y de mal gusto es estremecedora. Pues el verdadero Pellica, no el
de Poincaré encerrado en un palacio en calidad de jefe de Estado, sino el
que fue arrojado a las mazmorras de Santa Margarita y de Speilberg por su
condición de patriota, ¿no nos hace descubrir otro aspecto más elevado de la
naturaleza humana? Dejando de lado a este italiano católico y
practicante -más bien una víctima que un combatiente-, Céline hubiera podido
señalarle al alto dignatario, «prisionero del Palacio del Elíseo», otro
prisionero que pasó cuarenta años en las cárceles francesas antes de que los
hijos y los nietos de sus carceleros diesen su nombre a un bulevar
parisiense: Augusto Blanqui.
¿No significa esto la existencia en el hombre de algo que le permite
elevarse por encima de si mismo? Si Céline desdeña la grandeza de alma y el
heroísmo de los grandes designios y de las esperanzas, de todo lo que hace
salir al hombre de la noche oscura de su propio yo, es por haber visto a
tantos sacerdotes jugosamente pagados servir en los altares del falso
altruismo. Implacable consigo mismo, el moralista huye de su imagen
reflejada en el espejo, rompe la luna y se corta la mano. Semejante lucha
agota y no abre perspectiva alguna. La desesperación conduce a la
resignación. La reconciliación abre las puertas de la Academia. Y, más de
una vez, los que minaron las convenciones literarias terminaron la carrera
bajo la Cúpula.
En la música del libro hay disonancias significativas. Rechazando no sólo lo
real, sino también lo que podía sustituirlo, el artista mantiene el orden
existente. En este sentido, quiéralo o no, Céline es un aliado de Poincaré.
Pero, al descubrir el engaño, sugiere la necesidad de un futuro más
armonioso. Aunque estime que nada bueno saldrá del hombre, la intensidad de
su pesimismo lleva en sí el antídoto.
Céline, tal cual es, es fruto de la realidad y de la novela francesa. No
tiene de qué avergonzarse. El genio francés ha encontrado en la novela una
expresión inigualada. A partir de Rabelais, también médico, una magnífica
dinastía de maestros de la prosa hasta la desesperación y la desolación;
desde la aurora esplendorosa hasta el fin de la noche. Céline ya no
escribiría otro libro donde brillen tanto la aversión a la mentira y la
desconfianza de la verdad. Esta disonancia debe resolverse. O el artista se
acostumbra a las tinieblas, o verá la aurora.
Prinkipo, 10 de mayo de 1933.
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