[R-P] Fw: 4 chalecos / Sindicalismo revolucionario
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Nov 1 16:18:26 MDT 2007
El sindicalismo revolucionario
Georges Sorel (1)
Los escritores burgueses, acostumbrados a catalogar las
escuelas filosóficas y religiosas por medio de algunas
fórmulas breves, conceden una importancia mayor a los
axiomas que se leen a la cabeza de los programas
socialistas. Con frecuencia han pensado que, criticando
estas oscuras declaraciones y demostrando que están vacías
de sentido reducirían el socialismo a la nada. La
experiencia ha mostrado que tal método no conduce a nada y
que el socialismo es independiente de los supuestos
principios defendidos por sus teóricos oficiales. Yo
compararía a éstos con los teólogos. Un sabio católico,
Eduard Le Roy, se pregunta si los dogmas de su religión
suministran algún conocimiento positivo sobre algo (2);
promulgados para condenar determinadas herejías, parece que
se habría conseguido mucha más claridad si se hubiesen
limitado a simples negaciones. Los Congresos socialistas,
asimismo, harían bien en decir que rechazan ciertas
tendencias que se manifiestan en los partidos; si adoptan
otro sistema, es porque sus axiomas son de tal modo vagos
que puede aceptarlos todo el mundo.
Se afirma con frecuencia que es menester organizar al
proletariado en el terreno político y económico para
conquistar el poder, con objeto de reemplazar la sociedad
capitalista por una sociedad comunista o colectivista, He
aquí una fórmula magnífica y misteriosa que puede
entenderse de muchas maneras; pero la más sencilla de todas
las interpretaciones es la siguiente: provocar la formación
de asociaciones obreras, propias para crear la agitación
contra los patronos; hacerse el abogado de los obreros
cuando están en huelga y pesar sobre las administraciones
públicas para que intervengan en favor de los trabajadores;
hacerse nombrar diputado con el apoyo de los sindicalistas
(3), y usar de su influencia, bien para que obtengan
algunas ventajas los electores obreros, bien para que se
den puestos a algunos hombres influyentes del mundo
trabajador (4); en fin, lanzar de vez en cuando algún
discurso resonante sobre las bellezas de la sociedad
futura. Esta política está al alcance de todos los
ambiciosos, y no exige que se entienda nada de socialismo
para practicarla: es la de Augagneur y demás diputados
socialistas que no han querido seguir en el partido
socialista.
En mi opinión, no debe concederse la menor importancia a
toda esta literatura. Los jefes oficiales del partido
socialista se parecen, con harta frecuencia, a marinos de
agua dulce a quienes el azar hubiese lanzado al gran mar y
que navegasen sin saber hallar su camino en un mapa,
reconocer las señales y tomar precauciones contra las
tempestades. Mientras estos presuntos jefes meditan sobre
la redacción de axiomas nuevos, acumulan vanidad sobre
vanidad, y creen imponer su pensamiento al movimiento
proletario, se encuentran sorprendidos por acontecimientos
que todo el mundo espera, fuera de sus conciliábulos de
sabios, y quedan estupefactos ante el menor incidente
parlamentario (5).
Al mismo tiempo que los teóricos oficiales del socialismo
se mostraban tan impotentes, unos hombres ardientes,
animados de un sentimiento de libertad, de vigor
prodigioso, tan ricos en amor al proletariado como pobres
en fórmulas escolásticas, y que sacaron de la práctica de
las huelgas una concepción clarísima de la lucha de clases,
lanzaban el socialismo por la nueva vía que empieza a
recorrer hoy (6).
El sindicalismo revolucionario turba las concepciones que
se habían elaborado maduramente en el silencio del
gabinete; marcha, en efecto, al azar de las circunstancias,
sin cuidarse de someterse a una dogmática y dirigiendo más
de una vez sus fuerzas por caminos que condenan los sabios.
¡Espectáculo desalentador para las almas nobles que creen
en la soberanía de la ciencia en el orden moderno, que
esperan la revolución de un vigoroso esfuerzo del
pensamiento, y se imaginan que la idea dirige el mundo
desde que éste se ha librado del oscurantismo clerical!
Es muy probable que se hayan perdido muchas fuerzas a
consecuencia de esta táctica que, según ciertos
intelectuales, merece el nombre de bárbara; pero también se
ha producido mucho trabajo útil. Según prueba la
experiencia superabundantemente, la revolución no posee el
secreto del porvenir y procede como el capitalismo,
precipitándose por todas las salidas que se le ofrecen.
El capitalismo no ha salido malparado de lo que se ha
llamado su ceguera y su locura: si la burguesía hubiese
escuchado a los hombres prácticos, sabios y morales, se
habría horrorizado ante el desorden que creaba con su
actividad industrial, habría pedido al Estado que ejerciese
un poder moderador y habría seguido por una senda
conservadora. Marx describe en términos magníficos la obra
prodigiosa que ha sido realizada sin plan, sin jefe y sin
razón: Como nadie lo había hecho antes que ella, ha
mostrado de qué es capaz la debilidad humana. Ha creado
otras maravillas que las pirámides de Egipto, los
acueductos romanos y las catedrales góticas: ha realizado
otras campañas que invasiones y cruzadas. (7).
La burguesía ha actuado revolucionariamente y contra todas
las ideas que los sociólogos se forman de una actividad
potente y capaz de alcanzar grandes resultados. La
revolución se ha fundado en la transformación de los
instrumentos de producción, hecha al azar de las
iniciativas individuales; pudiera decirse que ha obrado
según un modo materialista, ya que nunca la ha guiado la
idea de los medios a emplear para conseguir la grandeza de
una clase o un país. ¿Por qué no podría seguir el mismo
camino el proletariado y marchar hacia adelante sin imponer
ningún plan ideal? Los capitalistas, en su furor innovador,
no se ocupaban lo más mínimo de los intereses generales de
su clase o su patria; cada uno de ellos consideraba
únicamente el mayor beneficio inmediato. ¿Por qué los
sindicatos han de subordinar sus reivindicaciones a altos
intereses de economía nacional y no se han de aprovechar
todo lo posible de sus ventajas cuando las circunstancias
les son favorables? El poder y la riqueza de la burguesía
se basaban en la autonomia de los directores de empresa.
¿Por qué no se ha de basar la fuerza revolucionaria del
proletariado en la autonomía de las rebeliones obreras?
En efecto, el sindicalismo revolucionario concibe su papel
de esta manera materialista, calcada en cierto modo sobre
la práctica del capitalismo. Saca partido de la lucha de
clases, como el capitalismo lo había sacado de la
concurrencia, empujado por un vigoroso instinto de producir
una acción mayor de lo que permiten las condiciones
materiales. Los individuos que se precian de conocer la
ciencia social y la filosofía de la historia, se muestran
muy desconfiados al ver manifestarse instintos tan
indisciplinados; se preguntan, con una inquietud a veces
cómica, adónde conducirá semejante barbarie; se preocupan
de prever las reglas que el proletariado deberá adoptar
cuando las fuerzas difusas de la revolución se concentren,
se organicen y tengan necesidad de órganos reguladores. Hay
en toda esta actitud de los doctos infinita ignorancia.
No he de recordar a los compatriotas de Vico lo que este
gran genio ha escrito sobre las condiciones en medio de las
cuales se producen los ricorsi, estos sobrevienen cuando el
alma popular vuelve a estados primitivos; cuando todo es
instructivo, creador y poético en la humanidad. Vico
encontraba en la Edad Media la ilustración más firme de su
teoría; los comienzos del Cristianismo serían
incomprensibles si no se supusiese, en los discípulos
entusiastas, un estado análogo al de las civilizaciones
arcáicas. El socialismo no puede aspirar a renovar el mundo
si no se forma de la misma manera.
No nos asombra, pues, ver a las teorías socialistas caer
unas después de otras, mostrarse tan débiles cuando el
movimiento proletario es tan fuerte; entre ambas cosas no
hay más que un lazo artificial. Las teorías han nacido de
la reflexión burguesa (8); se presentan, por lo demás, como
perfeccionamientos de filosofías éticas o históricas,
elaboradas en una sociedad que ha llegado, desde hace
mucho, a los grados más altos de intelectualismo; estas
teorías nacen, pues, ya viejas y decrépitas. A veces dan la
ilusión de una realidad que les falta, porque expresan con
fortuna un sentimiento accidentalmente unido al movimiento
obrero y se deshacen tan pronto como ese accidente
desaparece. El sindicalismo revolucionario que no toma nada
del pensamiento burgués, tiene, en cambio, el porvenir
abierto ante sí.
El sindicalismo revolucionario encarna, a la hora presente,
lo que hay en el marxismo de verdadero, de profundamente
original, de superior a todas las fórmulas: a saber, que la
lucha de clases es el alfa y omega del socialismo; que no
es un concepto sociológico para uso de los sabios, sino el
aspecto ideológico de una guerra social emprendida por el
proletariado contra todos los jefes de industria; que el
sindicato es el instrumento de la guerra social.
Con el tiempo, el socialismo sufrirá la evolución que le
imponen las leyes de Vico: deberá elevarse por encima del
instinto y hasta puede decirse que esto ha comenzado ya; el
marxismo rejuvenecido y profundo que defienden en Francia
Lagardelle y Berth, en Italia valerosos escritores, en
medio de los cuales brilla Arturo Labriola, es ya el
producto de tal evolución. La sabiduría y profunda
inteligencia de estos jóvenes marxistas, se manifiestan en
que no pretenden anticiparse al curso de la historia y
tratan de comprender las cosas a medida que se producen.
Yo quisiera llamar ahora muy brevemente la atención sobre
algunas de las dificultades más graves que presenta el
sindicalismo revolucionario.
a) Hemos partido de la idea de que el sindicalismo persigue
una guerra social, pero se nos objeta que la guerra no
puede ser considerada, a la hora presente, como el régimen
normal de los pueblos civilizados; la guerra no es más que
un incidente y todos los esfuerzos de la gente razonable
tienden a hacer este incidente más caro y menos temible.
¿Por qué no introducir la acción diplomática en la guerra
social, para conseguir la paz?
Hay una gran diferencia entre la guerra de los Estados y la
de las clases. Ninguna potencia aspira ya a la monarquía
universal, todas fundan su política en un ideal de
equilibrio; de este modo, los conflictos se hacen muy
limitados y la paz puede resultar de concesiones
recíprocas. El proletariado, en cambio, persigue la ruina
completa de sus adversarios y determina la noción de
equilibrio por la propaganda socialista; las huelgas no
pueden originar una verdadera paz social.
Cuando los sindicatos se hacen muy grandes, les ocurre lo
mismo que a los Estados: los estragos de la guerra son
entonces enormes, y los directores vacilan en lanzarse a
aventuras. Muchas veces los defensores de la paz social han
confesado que desearían que las organizaciones obreras
fuesen muy poderosas para que de este modo estuvieran
condenadas a la prudencia. Así como entre los Estados
estallan a veces guerras de tarifas, que terminan por lo
general en tratados de comercio, del mismo modo, el
establecimiento de acuerdos entre grandes federaciones
patronales y obreras, podría poner término a los conflictos
sin cesar renacientes. Estos acuerdos, como los tratados de
comercio, tenderían a la prosperidad común de los dos
grupos, sacrificando algunos intereses locales. Al mismo
tiempo que se hacen prudentes, las federaciones obreras
grandes llegan a considerar las ventajas que les procura la
prosperidad de los patronos y a tener en cuenta los
intereses nacionales. El proletariado se ve así arrastrado
a una esfera extraña a él, se transforma en el colaborador
del capitalismo; la paz social parece próxima a convertirse
en el régimen normal.
El Sindicalismo revolucionario conoce esta situación tan
bien como los pacificadores y teme las centralizaciones
fuertes; actuando de una manera difusa, puede mantener en
todas partes la agitación huelguística: las guerras largas
han engendrado o desarrollado la idea de patria; la huelga
local y frecuente no cesa de rejuvenecer la idea socialista
en el proletariado, de fortalecer los sentimientos de
heroismo, de sacrificio y de unión, y de mantener siempre
viva la esperanza de la revolución.
b) Se ha hecho observar que las antiguas revoluciones no
han sido pura y simplemente guerras, sino que han servido
para imponer sistemas jurídicos nuevos. ¿A qué puede tender
la nueva revolución social?
Ya he dicho que las fórmulas teóricas oficiales del
socialismo son muy poco satisfactorias; mas si se parte de
la idea sindicalista, se ve uno naturalmente conducido a
considerar la sociedad bajo un aspecto económico: todas las
cosas deben reducirse al plano de un taller que marcha con
orden, sin perder el tiempo y sin dejarse guiar por el
capricho.
Si el socialismo aspira a transportar a la sociedad el
régimen del taller, nunca se concederá bastante importancia
a los progresos que se hacen en la disciplina del trabajo,
en la organización de los esfuerzos colectivos, en el
funcionamiento de las direcciones técnicas. En las buenas
costumbres del taller está evidentemente la fuente de donde
saldrá el derecho futuro; el socialismo herederá no sólo
los instrumentos que hayan sido creados por el capitalismo
y la ciencia que haya nacido del desarrollo técnico, sino
también los procedimientos de cooperación que a la larga se
habrán constituído en las fábricas, para sacar el mejor
partido posible del tiempo, de las fuerzas y aptitudes de
los hombres.
Estimo, en consecuencia, muy lamentables ciertos consejos
que se han dado, más de una vez, a los obreros para
desperdiciar el trabajo; el sabotaje es un procedimiento
del antiguo régimen y no tiende en modo alguno a orientar a
los trabajadores en el camino de la emancipación. En el
espíritu popular quedan aún numerosas supervivencias
lamentables de este género, que el socialismo debía hacer
desaparecer.
c) Es evidente que en una sociedad las relaciones de los
hombres no pueden estar reguladas únicamente por la guerra;
en nuestros países democráticos, sobre todo, infinitas
complicaciones hacen imposible mantener el estado de guerra
en todos los dominios. Examinemos sumariamente los
principales terrenos en los cuales se efectúa la unión:
1° Cuando se habla de la democracia, hay que preocuparse
menos de las constituciones políticas que de lo que ocurre
en las masas populares: la difusión de la prensa, la pasión
con que el público se interesa por los acontecimientos y la
influencia que la opinión pública ejerce sobre los
gobiernos; he aquí lo que debemos tener en consideración.
Todo lo demás, es secundario o no sirve sino de auxiliar a
esta organización de la voluntad general. La experiencia
enseña que la clase obrera no es la menos ardiente en tomar
partido sobre cuestiones que no tienen ninguna relación con
sus intereses de clase: leyes que tocan a las libertades,
resistencia que determinadas Ligas oponen a los abusos,
política exterior, anticlericalismo. Ha podido, pues,
decirse que la democracia borra las clases. Más de una vez,
los jefes de los partidos socialistas han tratado de
encerrar al proletariado en el círculo de un magnífico
aislamiento; pero las tropas no han seguido mucho tiempo a
sus jefes. Las más sabias proclamas sobre el deber de los
trabajadores resultan letra muerta cuando la emoción es
demasiado viva. El asunto Dreyfus es bastante reciente para
que sea necesario insistir.
2° Los Parlamentos no cesan de hacer leyes para la
protección de los trabajadores; los socialistas se
esfuerzan por conseguir que los tribunales inclinen su
jurisprudencia en un sentido favorable a los obreros; la
prensa socialista trata en todo momento de conmover a la
opinión burguesa, apelando a los sentimientos de bondad, de
humanidad, de solidaridad; es decir, a la moral burguesa.
Los antiguos utopistas que esperaban una reforma social de
la benevolencia o de las luces de los capitalistas mejor
informados, han sido motivo de befa; y hoy parece que el
socialismo recobra la vieja rutina y que solicita la
protección de la clase que, con arreglo a su teoría, es la
enemiga irreconciliable del proletariado. Los radicales
hacen avances en el sentido de la legislación social, con
la esperanza de que desaparezcan ciertos estados agudos que
constituyen, en su opinión, la única razón de ser del
socialismo. Los católicos sociales siguen el mismo camino,
porque exigen de los ricos el cumplimiento del deber
social.
Los socialistas no se han dado aún exacta cuenta de lo que
produce esta política (9): no parece dudoso que haya tenido
por consecuencia desarrollar el espíritu pequeño-burgués en
muchos hombres elevados a puestos de responsabilidad por la
confianza de sus compañeros.
3° El proletariado moderno está sediento de instrucción. La
Iglesia ha creído que podría conquistar una gran influencia
sobre su espíritu mediante la escuela; el Estado, en
Francia, le disputa a la Iglesia con encarnizamiento la
clientela obrera. Empero, se tendría una idea muy inexacta
de la influencia ideológica de la burguesía, si nos
atuviésemos a las estadísticas escolares; el proletariado
está bajo la dirección de una ideología extraña, gracias al
libro sobre todo. Muchas veces se ha deplorado que no haya
una buena literatura socialista; pero en Francia, por lo
menos, esta literatura es prodigiosamente débil y Ia gran
prensa socialista está en manos de burgueses que hablan sin
pies ni cabeza de todas las cosas que ignoran.
Cuando se reflexiona sobre estos hechos, se ve uno obligado
a reconocer que la fusión de las clases sociales por los
católicos sociales y los radicales, no es quizá una quimera
tan absurda como pudiera pensarse de primera intención: no
sería imposible que el socialismo desapareciese por un
fortalecimiento de la democracia, si el sindicalismo no
estuviera ahí para oponerse a la paz social. La experiencia
porque acabamos de pasar en Francia de gobiernos deseosos
de dar amplias satisfacciones a la clase obrera, no es
bastante para hacer pensar que estas tentativas, por
hábiles y audaces que sean, puedan vencer las dificultades
que el sindicalismo revolucionario opone a la paz social; a
medida que la democracia avanza, los sindicalistas han
alzado el tono de la lucha y el resultado más seguro de
esta experiencia parece ser el siguiente: que el instinto
de guerra se ha fortalecido en la misma proporción en que
la burguesía ha hecho concesiones en vista de la paz.
En mi estudio de 1897 había examinado el sindicalismo de un
modo abstracto; quería en aquella época mostrar la gran
variedad de recursos que contiene. Mas para estudiar a
fondo el sindicalismo revolucionario actual, habría que
limitarse a examinar lo que ocurre en un solo país. Las
tradiciones nacionales constituyen un elemento considerable
en la organización obrera y esta verdad, que nunca se
repetirá bastante, aparece aquí con una claridad
particular.
No sé si me engaño, pero se me antoja que Italia ofrece un
terreno singularmente favorable a la extensión del nuevo
socialismo. Posee hoy algunos de los mejores representantes
de la doctrina revolucionaria, quizá los que a la hora
presente la defienden con mayor autoridad; tiene órganos
concebidos con un espíritu excelente, desde el punto de
vista socialista, como la Avanguardia y el Divenire. Sería
interesante indagar si toda la historia italiana no es el
soporte de este movimiento.
El instinto de revolución total es antiguo en Italia y ha
podido adoptar aspectos muy distintos; hoy, presta a la
idea de huelga general una popularidad que no tiene en los
demás países. El espíritu local permanece vivo, y el
sindicalismo, por consiguiente, tal vez no está tan
amenazado por el burguesismo de las grandes Federaciones
como en Francia. La lucha de clases pudiera muy bien tomar
en Italia sus formas más espléndidas, y el progreso del
sindicalismo italiano deberá ser seguido con atención por
todos los socialistas.
-----
Notas
(1) Periodista y filósofo social francés. Nació el 2 de
noviembre de 1847 en Cherburgo. Cursó estudios en la
Escuela Politécnica de París y fue ingeniero civil en el
departamento de Puentes y Carreteras. Dirigente del
movimiento sindicalista revolucionario, sostenía que el
poder debía pasar de la clase media a la clase trabajadora,
y que este objetivo sólo podía lograrse a través de una
huelga general violenta. Después de 1909 deja el
sindicalismo y se une al monarquismo protofascista de
Action Française, apoyando más tarde la Revolución Rusa. Su
filosofía tuvo repercusión en muchos teóricos políticos,
como fue el caso de Benito Mussolini y de Lenin. No
desacreditó el uso que los fascistas hacían de su nombre,
de hecho, el fascismo nace de la crítica sindicalista, con
un fuerte componente soreliano, al marxismo racionalista
ortodoxo. Su obra más importante es Reflexiones sobre la
violencia (1908). Falleció el 4 de septiembre de 1922.
(2) Eduard Le Roy: Qu'est-ce qu'un dogme? pp. 17-18. I
(Tomado de la Quinzaine del 15 de Abril de 1906).
(3 En el Socialiste del 14 de septiembre de 1902, se quejan
de que el secretario del sindicato ferroviario y los
individuos más sobresalientes de esta asociación hayan
trabajado, durante las elecciones, por los candidatos
gubernamentales.
(4) En el Socialiste del 24 de febrero de 1901, se ve que
el secretario de la Bolsa de Trabajo de Limoges, ha sido
nombrado, gracias a la protección de Millerand, para un
empleo de 5700 francos por año.
(5) Nada iguala la ingenuidad de nuestros socialistas
imaginándose que Millerand no aceptaría una cartera
ministerial, sino después de la revolución social, cuando
todo el mundo, en la Cámara, sabía que corría tras de un
ministerio.
(6) A este renacimiento del socialismo estará ligado, en
Francia, el nombre de Fernand Pelloutier, que ha tomado una
parte tan activa en la organización de las Bolsas del
Trabajo, y que ha muerto antes de haber visto el resultado
de la obra a que se había consagrado en cuerpo y alma.
Para muchos socialistas oficiales, Pelloutier fue solamente
un oscuro periodista; ¡de tal modo ignoran la verdad sobre
el movimiento obrero! El pobre y abnegado servidor del
proletariado murió en un estado de miseria en 1901.
(7) Manifiesto comunista.
(8) Exceptúo aquí qué hay de esencial en el marxismo.
(9) Generalmente, los socialistas llaman a la legislación
social derecho obrero; error análogo a aquél en que habrían
incurrido los autores antiguos si hubiesen llamado derecho
burgués al conjunto de reglas relativas a las relaciones
que existían entre los señores feudales y los campesinos;
la legislación social está fundada en la noción de sangre.
Debería llamarse derecho obrero a las reglas que se
refieren a todo el cuerpo de trabajadores, y que pueden,
perfeccionándose, convertirse en el derecho futuro.
--- Hugo Santos <hasantos en uolsinectis.com.ar> escribió:
> [Ayúdenos a financiar la lista, escriba a
> recpopmod en gmail.com.]
>
> CITANDO LA FUENTE,EL MATERIAL DE ESTA LISTA ES DE LIBRE
> REPRODUCCIÓN
>
>
> >
> Ya que Ud. insiste inmolarse en estas cuestiones va un
> texto que cada tanto
> tengo que desempolvar, pero que es de una inagotable
> vigencia:
>
> VI. ¿DEBEN TRABAJAR LOS REVOLUCIONARIOS EN SINDICATOS
> REACCIONARIOS?
>
>
>
> "No podemos dejar de considerar como una necedad
> igualmente ridícula y
> pueril, las pomposas disquisiciones muy eruditas y
> terriblemente
> revolucionarias de los 'de izquierda' alemanes acerca de
> que los comunistas
> no pueden ni deben actuar en los sindicatos
> reaccionarios, de que es lícito
> rechazar esa tarea, de que es necesario abandonar los
> sindicatos y crear una
> 'asociación obrera' enteramente nueva e inmaculada,
> inventada por comunistas
> muy simpáticos (y en su mayor parte probablemente muy
> jóvenes), etc., etc.
>
>
>
> "El capitalismo lega inevitablemente al socialismo, por
> una parte, las
> viejas diferencias gremiales y corporativas entre los
> obreros, diferencias
> que se fueron formando en el transcurso de siglos, y por
> otra los
> sindicatos, que sólo muy lentamente, en el curso de los
> años y años, pueden
> transformarse y se transformarán en sindicatos
> industriales más amplios, con
> un carácter menos corporativo (que abarquen industrias
> enteras y no sólo a
> corporaciones, gremios y oficios) y después, a través de
> estos sindicatos
> industriales, pasar a suprimir la división del trabajo
> entre los hombres, a
> educar e instruir al pueblo, a brindarle un desarrollo
> completo y una
> preparación completa, para que esté en condiciones de
> hacerlo todo. El
> comunismo marcha y debe marchar hacia ese objetivo, y lo
> alcanzará, mas sólo
> dentro de muchos años. Intentar hoy anticipar en la
> práctica ese resultado
> futuro de un comunismo completamente desarrollado,
> completamente
> estabilizado y formado, completamente integrado y maduro,
> sería como tratar
> de enseñar matemáticas superiores a un niño de cuatro
> años."
>
>
>
> "Podemos (y debemos) comenzar a construir el socialismo
> no con un material
> humano abstracto o con un material humano especialmente
> creado por nosotros,
> sino con el material humano que nos ha legado el
> capitalismo. Esto, por
> cierto, no es asunto fácil, pero ningún otro enfoque de
> la tarea es
> suficientemente serio como para justificar que se lo
> discuta."
>
>
>
> "Los sindicatos significaron un avance gigantesco para
> la clase obrera en
> los primeros años del desarrollo del capitalismo, por
> cuanto señalaron el
> paso de la división y la impotencia de los obreros a los
> rudimentos de la
> organización de clase. Cuando empezó a plasmarse la
> forma superior de la
> organización proletaria de clase, el partido
> revolucionario del proletariado
> (y el partido no puede merecer ese nombre mientras no
> aprenda a unir en un
> todo único indivisible a los dirigentes con la clase y la
> masa),
> inevitablemente, los sindicatos comenzaron a revelar
> ciertos rasgos
> reaccionarios, una cierta estrechez de miras gremial, una
> cierta tendencia a
> ser apolíticos, una cierta indolencia, etc. Sin embargo,
> el desarrollo del
> proletariado no se efectuó y no podía efectuarse, en
> ningún país del mundo,
> de otro modo que a través de los sindicatos, a través de
> la acción recíproca
> entre ellos y el partido de la clase obrera. La
> conquista del poder
> político por el proletariado significa un paso gigantesco
> para el
> proletariado como clase, y el partido, más que nunca, y
> de un modo nuevo, no
> sólo del viejo modo, debe educar y dirigir a los
> sindicatos, sin olvidar a
> la vez que éstos son y serán durante mucho tiempo una
> 'escuela de comunismo'
> indispensable y una escuela preparatoria que educa a los
> proletarios para
> que ejerzan su dictadura, una organización indispensable
> de los obreros para
> el paso gradual de la dirección de toda la economía del
> país a manos de la
> clase obrera (y no a los diferentes gremios), y más
> adelante, a manos de
> todos los trabajadores."
>
>
>
> "En el sentido señalado, es inevitable cierto 'espíritu
> reaccionario' en
> los sindicatos bajo la dictadura del proletariado. No
> comprenderlo equivale
> a la más absoluta falta de comprensión de las condiciones
> fundamentales de
> la transición del capitalismo al socialismo. Temer este
> 'espíritu
> reaccionario', tratar de eludirlo, de saltar por encima
> de él, sería una
> inmensa tontería, pues significaría temer esa función de
> la vanguardia
> proletaria, que consiste en adiestrar, educar, esclarecer
> e incorporar a la
> nueva vida a las capas y las masas más atrasadas de la
> clase obrera y del
> campesinado. Por otro lado, sería un error más grave
> postergar la
> realización de la dictadura del proletariado hasta que no
> quede ni un sólo
> obrero de estrecho espíritu gremialista, o con prejuicios
> gremialistas y
> corporativos. El arte de la política (y la acertada
> comprensión de sus
> deberes por parte del comunista) consiste en medir con
> exactitud las
> condiciones y el momento en que la vanguardia del
> proletariado puede tomar
> el poder exitosamente; en que puede, durante y después de
> la toma del poder,
> lograr el apoyo necesario de sectores lo suficientemente
> amplios de la clase
> obrera y de las masas trabajadoras no proletarias; en que
> puede, después de
> ello, mantener, consolidar y extender su dominación
> educando, instruyendo y
> atrayendo a masas cada vez más amplias de trabajadores."
>
>
>
> "En países más adelantados que Rusia se manifestó, y
> tenía que
> manifestarse, inevitablemente, en medida mucho mayor que
> en nuestro país, un
> cierto espíritu reaccionario en los sindicatos. Nuestros
> mencheviques
> encontraron apoyo en los sindicatos (y hasta cierto punto
> todavía lo
> encuentran en un pequeño número de sindicatos), debido a
> esa estrechez de
> miras gremial, a ese egoísmo gremial y al oportunismo.
> Los mencheviques de
> occidente se han 'instalado' mucho más sólidamente en los
> sindicatos; ha
> surgido allí, con mucha más fuerza que en nuestro país,
> una capa de
> 'aristocracia obrera' cerrada, mezquina, egoísta,
> insensible, codiciosa y
> pequeñoburguesa, con mentalidad imperialista y corrompida
> por el
> imperialismo. Esto es indiscutible. La lucha contra los
> Gompers, contra
> los señores Jouhaux, Henderson, Merrhein, Legien y Cía.
> en Europa
> occidental, es mucho más difícil que la lucha contra
> nuestros mencheviques,
> que representan un tipo social y político completamente
> homogéneo. Hay que
> librar esta lucha en forma implacable y continuarla
> obligatoriamente, como
> lo hicimos nosotros, hasta desenmascarar y arrojar de los
> sindicatos a todos
> los dirigentes corrompidos del oportunismo y del
> socialchovinismo. Es
> imposible conquistar el poder político (y no debe
> intentarse conquistarlo)
> hasta que la lucha no haya alcanzado cierto grado; este
> 'cierto grado' será
> diferente en los diferentes países y en diferentes
> circunstancias, y puede
> ser medido con acierto sólo por dirigentes políticos del
> proletariado,
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