[R-P] del humor en la construcción de la Patria ( Brasillach y Fucik )
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Nov 1 13:43:27 MDT 2007
--- INFOR-MET <rmermet en yahoo.com.ar> escribió:
> Asi que, debemos evitar perder la sonrisa y el humor,
> al par que peleamos, cada cual en su trinchera, con su
> honda o arcabuz,en defensa de la Patria y la felicidad
> de nuestro pueblo.
“No pierdas la sonrisa ni siquiera cuando te vayan a
ejecutar", recomendó Robert Brasillach. Y Julius Fucik
escribió: "Que la tristeza nunca sea asociada mi nombre”. Y
combatían en diferentes trincheras.
* * *
En un frío amanecer del 6 de febrero de 1945, el escritor,
dramaturgo y periodista Robert Brasillach fue fusilado por
orden del general Charles de Gaulle. Tenía 36 años. La
acusación: colaboracionismo con los ocupantes alemanes
durante la Segunda Guerra Mundial. Nacido en 1909 y de
origen catalán, Brasillach integra el trío de escritores
“malditos” junto con Louis Ferdinand Céline y Pierre Drieu
la Rochelle. Como ellos, no escapó a la revancha impiadosa
que los vencedores –cuando son enanos de espíritu– reservan
a los vencidos, cuando tienen estatura intelectual.
El primero revolucionó la literatura con su novela Viaje al
fin de la noche y fue definido como “el profeta de la
decadencia europea”. Exiliado, encarcelado en Dinamarca y
condenado al ostracismo a su regreso a Francia, murió
ejerciendo su profesión de médico en hospitales para
pobres. Recién ahora se reeditan sus novelas, que –según
los críticos– despliegan “anárquica expresividad”,
“pesimismo radical” y “nihilismo deslumbrante”.
Drieu la Rochelle se adelantó al destino: se suicidó. Un
tiempo antes, redactó notas premonitorias: “Cuando uno
inicia una aventura es necesario llegar hasta el fin y
sufrir todas sus consecuencias”. Y también: “No se es
víctima cuando se es héroe”.
Los tres combatieron en las trincheras durante la Primera
Guerra Mundial. Brasillach quizá sea el menos conocido de
este trágico terceto. Recién egresado de la carrera de
Filosofía, publicó libros de teatro y poesía. Junto con su
cuñado –Maurice Bardèche, profesor y crítico de literatura–
redactó una voluminosa Historia del cine (1935), cuando
ambos tenían 26 años, y una Historia de la guerra de España
(1939), una de las primeras sobre el enfrentamiento civil.
No había cumplido tres décadas de vida cuando Brasillach ya
era editor de la sección literaria del diario Action
Française, del nacionalista monárquico ultracatólico
Charles Maurras. Luego, se une al diario nacionalista Je
suis Partout, en el que también colaboran los jóvenes
Céline y Drieu la Rochelle.
UN "SOVIET" FASCISTA
En 1936, el Frente Popular –una coalición de socialistas,
comunistas y liberales– ganó las elecciones y el director
de Je suis Partout, atemorizado por la posibilidad de
represalias, renunció. La veintena de jóvenes redactores
creó al año siguiente una cooperativa, caso excepcional en
la prensa de ese tiempo, a la que denominaron “el soviet”,
y eligieron director a Brasillach.
La publicación se convirtió en portavoz del fascismo
internacional. Los seguidores italianos de Mussolini, los
falangistas españoles y la Guardia de Hierro rumana, por
ejemplo, tuvieron más espacio en Je suis partout que en los
periódicos de sus propios países. Brasillach apunta sus
dardos contra a los siete “poderes internacionales que
dominan el mundo”: el comunismo, la socialdemocracia, la
Iglesia católica, el protestantismo, la masonería, los
trusts económicos y el judaísmo. Louis Ferdinand Céline
también publicó textos contra los judíos.
En 1939 estalló la Segunda Guerra Mundial y,
paradójicamente, muchos de los miembros de Je suis partout
se alistaron en el ejército para combatir a los alemanes.
Por el momento, el patriotismo puede más; después, todo
cambia. Brasillach se enroló en 1940, cayó prisionero y fue
enviado a un campo de concentración. Salió en libertad en
marzo de 1941.
En junio de ese año, publicó Journal d’ un homme occupé, en
el que afirmaba: “Esta guerra tiene que tener un sentido.
Lo tiene para Alemania. Lo va a tener para Europa. Lo
tendrá también, debe tenerlo, para nosotros”. Bajo la
ocupación alemana, Je suis partout editó 300 mil
ejemplares.
Brasillach abandonó la dirección del periódico en agosto de
1943. Un año más tarde, las fuerzas aliadas entraron a
París y la publicación dejó de salir. Sus redactores fueron
capturados. Unos murieron fusilados y otros terminaron
condenados a trabajos forzados. Algunos lograron refugiarse
en la España franquista.
“LA VIDA ES UNA BROMA DE MAL GUSTO”
El escritor se entregó voluntariamente porque la
Resistencia Francesa detuvo a su madre y su hermana. El 19
de enero de 1945, comenzó el juicio: no hubo etapa de
instrucción, se efectuó un único interrogatorio y, como
piezas acusatorias, se exhibieron sus artículos. El jurado
lo condenó a muerte.
La novelista Simone de Beauvoir siguió de cerca el juicio a
Brasillach y consideró que fue “un juzgamiento simbólico,
no judicial”. Casi todos los intelectuales franceses
antinazis enviaron al general Charles de Gaulle –sin éxito–
una solicitud de clemencia: Albert Camus, Jean Cocteau,
André Malraux, François Mauriac, Paul Valéry…
Brasillach transformó la espera del pelotón de fusilamiento
en horas fecundas. Redactó Cartas escritas en prisión y
Poemas de Fresnes, considerado su testamento literario. En
cierta forma, recuerda al periodista Julius Fucik, patriota
checoslovaco ejecutado por la Gestapo el 8 de septiembre de
1943 y autor del conmovedor Reportaje al pie del patíbulo,
traducido a ochenta idiomas. Separados por idioma,
geografía e ideología, uno y otro escriben en sus celdas
mientras esperan la muerte. Y por extraña coincidencia
ambos convocan a la alegría.
El 9 de junio de 1943, Fucik traza las últimas líneas de su
manuscrito: “Y lo repito una vez más: por la alegría hemos
vivido, por la alegría hemos ido al combate, por la alegría
morimos. Que la tristeza nunca sea asociada mi nombre”.
“Encerrado entre cuatro muros de cemento y sin más
esperanza que la de morir bien”, como lo describe el
dramaturgo Jean Anouilh, Brasillach redacta párrafos como
los que siguen: “No pierdas la sonrisa ni siquiera cuando
te vayan a ejecutar. La vida es una broma de mal gusto; en
vez de centrarte en el «mal gusto», céntrate en la «broma».
Si buscas justicia en vez de tranquilidad en este mundo
democrático, suicídate. Para vivir hoy hay que saber reírse
de la estúpida realidad”.
“¿MERECÍA MORIR POR SUS PALABRAS?”
Robert Brasillach es autor de Presencia de Virgilio (1931),
El proceso a Juana de Arco (1932), El hijo de la noche
(1934), Los cadetes del Alcázar (1936), Los siete colores
(1939), La conquistadora (1943) y Poemas (1944). Luego de
su muerte se publicaron Carta a un soldado de la clase 60
(1946), Antología de la poesía griega (1950), Berenice
(1954), El París de Balzac (1984) y Hugo y el snobismo
revolucionario (1985). Años más tarde, en su libro The
Collaborator, la historiadora inglesa Alice Kaplan lo
calificará como “el James Dean del fascismo francés”.
En los últimos años muchos críticos literarios
“descubrieron”, tardíamente, que Brasillach fue puesto de
espaldas al paredón de fusilamiento por su filosa capacidad
intelectual más que por sus “crímenes de guerra”. Lo cierto
es que no cometió ninguno: no delató, no torturó, no
asesinó a nadie. Sus principales armas fueron la palabra y
la escritura.
En un artículo titulado, precisamente, “El James Dean del
fascismo francés”, el periodista y escritor mexicano José
Luis Durán King se pregunta: “¿Por qué un escritor fue
culpado por lo que ocurrió en Francia entre los años 1940 y
1945? ¿Por qué este escritor y no los otros? ¿Cuándo las
palabras son al mismo tiempo nociones y acciones? ¿Merecía
Brasillach morir por sus palabras?”. Y más adelante
responde: “Es difícil aceptar sin perder el aplomo que
alguien merezca ser enviado al cadalso por sus discursos”.
Y quizá es por eso que Durán King recuerda que “sólo en
Francia –se rumoraba en aquella época– el mal uso de las
palabras puede conducir a la picota”.
Uno de los versos del tango “La última curda” (letra de
Cátulo Castillo y música de Aníbal Troilo, 1956) dice que
“la vida es una herida absurda”. Buen epitafio para este
filósofo, dramaturgo y poeta cuyo “crimen” –literalmente
imperdonable– fue pensar diferente.
Roberto Bardini
http://bambupress.wordpress.com/
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