[R-P] Enrique Lacolla Privatización de la guerra

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Dom Mayo 27 09:50:49 MDT 2007


Perspectivas
Privatización de la guerra
Enrique Lacolla
Periodista

Siempre hemos considerado que el arte popular -el cine, en especial- es una 
suerte de sismógrafo que anticipa los temblores sociales y psicológicos que 
pronto emergerán a la superficie. El cine norteamericano es pródigo en este 
tipo de indicaciones premonitorias.

Esas premoniciones, en realidad, no lo son tanto, pues suelen manifestar 
intereses de parte, en activo funcionamiento para alcanzar una meta. En 
consecuencia, usan el mercado para dirigirse al público con una franqueza 
sorprendente, preparándolo para el advenimiento de operaciones y mecanismos 
que, si de momento aparecen como productos de una ciencia ficción a veces 
grotesca, de hecho se encuentran en pleno proceso de elaboración y son 
oscuramente presentidos por la mentalidad popular.

Por esto mismo, encuentran en ella una gran capacidad de recepción.

Robocop fue una película que hizo sensación 20 años atrás: versaba sobre un 
cyborg que servía como punta de lanza de la privatización del Departamento 
de Policía de Detroit, sustrayéndolo de las manos de un Estado demasiado 
embarazado por códigos y limitaciones y liberando un potencial de violencia 
no contenido por legislación alguna.

La privatización, no sólo de la seguridad sino hasta de la guerra, es hoy, 
de hecho, una de las tendencias más notables que cabe percibir en el 
escenario mundial.

El caso más flagrante lo suministra en estos momentos Irak, donde el 
ejército norteamericano, que reúne allí a unos 145 mil efectivos en 
actividad, es flanqueado por otros 126 mil combatientes que la prensa no 
suele contabilizar y que se encuentran allí como "contratistas" de servicios 
de seguridad y que sin embargo fungen para todos los fines prácticos como 
tropas mercenarias. No sólo colaboran con las unidades regulares sino que lo 
hacen liberadas de los códigos de la ética militar (nunca muy firmes a la 
hora de ponerlos en práctica, fuerza es reconocerlo), pero gozando además de 
un estatus que los hace casi invisibles a los contribuyentes del fisco 
norteamericano.

Hay que tomar en cuenta que sus pérdidas no impactan de igual manera en el 
público, puesto que se trata de voluntarios que truecan sus servicios 
profesionales por estipendios elevadísimos.

El precio que pagan por su accionar oficioso, a su vez, está lejos de ser 
liviano: si desde el comienzo de las hostilidades hasta el presente se 
evalúan las bajas estadounidenses en unos 3.400 soldados muertos y unos 25 
mil heridos, hasta diciembre del año pasado los "contratistas" parecen haber 
tenido unos 700 muertos y alrededor de 7.700 heridos.

Las compañías que aseguran la provisión de este ejército de mercenarios son 
varias, pero entre ellas sobresale Blackwater, que se distingue también por 
los jugosos sueldos que otorga a sus dependientes. Muchos mercenarios ganan 
en un mes más de lo que perciben los soldados regulares en un año, lo que 
genera resentimiento y envidia o, aun peor, el desplazamiento de muchos 
soldados profesionales hacia el sector privado.

"Going Blackwater" (Yendo a Blackwater) se ha convertido en una expresión 
popular entre los profesionales de la milicia que buscan satisfacer algo más 
que una vocación de servicio.

Estadísticas vidriosas. Pero el aspecto más sombrío de la privatización de 
la guerra es la forma en que se sustrae de la atención del público la 
comisión de actos de terror indiscriminado contra la población. En el 
testimonio que ante el Congreso norteamericano hizo Jeremy Scahill, un 
periodista y escritor abocado a investigar el impacto de los ejércitos 
privados en la guerra de Irak y que reprodujera la prensa de Estados Unidos, 
se hace hincapié en que, frente a las 64 cortes marciales a propósito de 
crímenes o conductas inapropiadas, convocadas por el ejército norteamericano 
de acuerdo a su propio Código de Justicia Militar, hasta ahora tan sólo se 
registran dos casos de enjuiciamiento contra contratistas. Y de ellos, uno 
por posesión de imágenes de pornografía infantil y otro por apuñalar a un 
compañero.

Las decenas de miles de mercenarios que van y vienen por ese teatro de 
operaciones no deben estar conformadas, sin embargo, precisamente por 
arcángeles...

La guerra es un negocio horrible en cualquiera de sus formas. Sin embargo, 
la que tal vez resulte más repugnante, porque supone la abolición de los 
códigos que de alguna manera tienden a regular su violencia, es la que los 
expertos denominan guerras de cuarta generación y que tienen como rasgo 
característico el desinterés por la victoria y la instalación de una 
sociedad, por un tiempo indeterminado, en una atmósfera de violencia 
indiferenciada.

De continuar esta tendencia, Bagdad puede convertirse en un espejo donde el 
mundo podrá mirarse.

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