[R-P] Para análisis lógico sin Falacia Ad homine m?=

Edgar Schmid condornacional en yahoo.com.ar
Sab Mayo 26 08:47:12 MDT 2007


La falacia ad hominem, atacar al emisor del discurso
en lugar de analizar el discurso en sí, en algo muy
extendido en muchas partes del mundo.

Pero es algo que debemos combatir al menos en esta
Lista si queremos "... amalgamar el frente
nacional..."

Acá va de nuevo, estoy seguro que no faltará el adepto
a la falacia ad nominem que diga: "el emisor del
discurso es el nieto de Drácula y quien envía esto es
el monaguillo de von Wernich... "

Mientras pasaba este, me vino a la cabeza que en el
secundario de mi hijo, los pibes tienen mucha
instrucción de qué es un preservativo pero no tienen
ninguna clase donde se debata por ejemplo, en que
clase de país quieren vivir, cómo lo deben
industrializar, cómo lo deben desarrollar y defender.

Y eso es grave porque quizás un 30% de los pibes sea
seguidor de "Gran Hermano" y esté al tanto de a quien
nomin ar y a quien no.

Y "Gran Hermano" es un ejemplo de Escuela de
Individualismo, encierran a no se cuantos en una casa
y a partir de allí, nada de Solidaridad: sólo hay un
ganador.

No hay equipos solidarios con un proyecto común: sólo
alianzas espúreas y traiciones para eliminar a otros.

Tenemos por un lado una escuela que no enseña
Solidaridad para la supervivencia nacional,
simplemente a usar el preservativo. Hay individualismo
por omisión.

Por el otro lado, la TV, más poderosa que el
ministerio de Educación, donde sí se enseña
individualismo por comisión - Gran Hermano - o
directamente la boludez o TV basura.

Como resultado, entre los pibes es muy alto el
porcentaje que tramita el pasaporte europeo del país
de donde vino el abuelo para volverser allá.

Resultado de nuestra Educación: los pibes sueñan con
usar el preservativo en Europa.

De, paso, y vinculado recomiendo "Argentina latente"
de Pino Solanas.

Es un gran cuadro de empresas del Estado que fueron
destruídas, algunas industrias recuperadas, y un gran
paneo de ingenieros y físicos preocupados por el
desarrollo industrial-tecnológico de Argentina.

Pero hay algo donde muchos hacen hincapié, la falta de
un Plan Estratégico Nacional.

No hay en absoluto la búsqueda de un "nicho", como lo
hizo Cuba respecto a la medicina, de un "nicho" donde
concentrar las energías para sobrevivir como nación.

Los que sobreviven luchan por su cuenta, sin
coordinación, como los generales de Tuyutí.

Es muy jodido ver un ingeniero nuclear del Balseiro 
que está laburando por ¡¡¡$ 1.400!!!, por supuesto,
mucho menos de lo que saca un puntero que reparte
bolsas enn una villa.

La falta de Plan Estratégico también es parte de ese
concepto de política individualista, sin concepto
solidario y/o nacional.

Ya estamos a 200 años de las primeras luchas contra un
individualismo que traían los ingleses junto al "libre
comercio"

Ya estamos a 25 años del día en que el almirante
Woodwart se preguntaba - al recibir noticias de sus
pérdidas: "¡cuando terminará este día".

Pero el individualismo nos mete el individualismo de
derechos sin deberes, de aprovechar el hoy sin pensar
en el mañana, de pibes que saben de preservativo pero
no de proyecto Estratégico Nacional,  de "chicos de la
guerra" o "iluminados por el fuego", del mito del
"Galtieri borracho", y cualquier cosa, cualquier
reclamo, se les echa la culpa a militares que se
fueron hace 25 años.

¿quien habrá inventado el "chivo expiatorio"?

De todos modos, ahí va:

Edgar 

xxx

El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes
lo saben todo, de quienes se creen no sólo
intelectualmente sino también moralmente por encima de
los demás, ese pensamiento único habí­a denegado a la
polí­tica la capacidad para expresar una voluntad. 

Habí­a condenado la polí­tica. Habí­a profetizado su
caí­da imparable frente a los mercados, las
multinacionales,
los sindicatos, Internet. Se sostení­a que en el mundo
tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunde
instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada
vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas,
la política ya no jugarí­a más que un papel anecdótico
y que ya no podrí­a expresar una voluntad, porque el
poder pronto estarí­a compartido, diluido, disperso en
red; porque las fronteras estarí­an totalmente
abiertas y los hombres, los capitales y las
mercancí­as circularí­an sin obedecer a nadie.

Pero la polí­tica retorna. Retorna por todas partes en
el mundo. La caí­da del Muro de Berlí­n pareció
anunciar el fin de la Historia y la disolución de la
polí­tica en el mercado. Dieciocho años después, todo
el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que
siempre es trágica y que la polí­tica no puede
desaparecer porque los hombres de hoy sienten una
necesidad de polí­tica, un deseo de polí­tica como
rara vez se habí­a visto desde el fin de la segunda
guerra mundial.
 
Necesidad de nación
 
La necesidad de polí­tica tiene por corolario la
necesidad de nación. La nación también habí­a sido
condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a
la necesidad de identidad frente a la mundialización,
vivida como una empresa de uniformización y
mercantilización del mundo en la que ya no quedarí­a
lugar para la cultura y para los valores del
espí­ritu. 

Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y
expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por
todas partes la he encontrado en esta campaña; en
todas partes me han hablado de ella gentes de toda
condición. 

Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la
capacidad de estar juntos para protegerse y para
actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para
afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante.
Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y
podremos hacer frente a lo que, solos, no podrí­amos
afrontar.
 
Yo he querido volver a poner la voluntad polí­tica y
nuestra nación en el corazón del debate polí­tico. La
voluntad polí­tica y la nación están siempre para lo
mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que
se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia
temible que puede actuar tanto para lo mejor como para
lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo
mejor.

Conjuraremos lo peor respetando a los con-nacionales,
manteniendo nuestros compromisos, respetando la
palabra dada.

Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a
la polí­tica.
 
Contra los herederos de Mayo del 68
 
No me da miedo la palabra "moral". Desde mayo de 1968
no se podí­a hablar de moral. Era una palabra que
habí­a desaparecido del vocabulario polí­tico.

Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado
en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68
nos habí­a impuesto el relativismo intelectual y
moral. Los herederos del 68 habí­an impuesto la idea
de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia
entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso,
entre lo bello y lo feo.

Habí­an querido hacernos creer que el alumno vale
tanto como el maestro, que no hay que poner notas para
no traumatizar a los malos alumnos, que no habí­a
diferencias de valor y de mérito. Habí­an querido
hacernos creer que la ví­ctima cuenta menos que el
delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquí­a
de valores. 

Habí­an proclamado que todo está permitido, que la
autoridad habí­a terminado, que las buenas maneras
habí­an terminado, que el respeto habí­a terminado,
que ya no habí­a nada que fuera grande, nada que fuera
sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla,
ninguna norma, nada que estuviera prohibido.
 
Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de
la Sorbona: "Vivir sin obligaciones y gozar sin
trabas". 

Así­ la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la
escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que
era una escuela de la excelencia, del mérito, del
respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a
los niños a convertirse en adultos y no a seguir
siendo niños grandes, una escuela que querí­a instruir
y no infantilizar, porque habí­a sido construida por
grandes republicanos que tení­an la convicción de que
el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del
68 ha liquidado esa escuela que transmití­a una
cultura común y una moral compartida, cultura y moral
gracias a las que todos los franceses podí­an
hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de
Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y
en la polí­tica. Han sido precisamente los valores de
Mayo del 68 los que han promovido la deriva del
capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del
beneficio a corto plazo, de la especulación.

El cuestionamiento de todas las referencias éticas y
de todos los valores morales ha contribuido a
debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el
terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin
ética, para esas indemnizaciones millonarias de los
grandes directivos, esos retiros blindados, esos
abusos de ciertos empresarios, el triunfo del
depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre
el trabajador.
 
La izquierda hipócrita
 
Los herederos de Mayo del 68 han degradado el nivel
moral de la polí­tica. Todos esos polí­ticos que
reivindican la herencia de Mayo del 68, dan al prójimo
lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren
imponer a los demás comportamientos, reglas,
sacrificios que jamás se imponen a sí mismos. 

Proclaman: "Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo
hago". Ésa es la izquierda heredera de Mayo del 68,
la que está en la política, en los medios de
comunicación, en la administración, en la economí­a.
La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los
Privilegios.

La izquierda que no ama a la nación porque no quiere
compartir nada. Que no ama a la República porque no
ama la igualdad. Que pretende defender los servicios
públicos, pero que jamás veréis en un transporte
colectivo.

Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los
lleva a colegios privados. Que dice adorar la
periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en
ella. Que siempre encuentra excusas para los
violentos, a condición de que se queden en esos
barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás.

Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el
interés general, pero que se encierra en el
clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones
y manifiestos cuando se expulsa a algún "okupa", pero
que no aceptarí­a que se instalaran en su casa. Que
dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser
capaz de aplicársela a sí­ misma. Esa izquierda, en
fin, que entre Jules Ferry y Mayo del 68 ha elegido
Mayo del 68, es la que condena a Francia a un
inmovilismo cuyas principales ví­ctimas serán los
trabajadores, los más modestos, los más pobres.
 
Ésa es la izquierda que desde Mayo del 68 ha
renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de
hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por
la suerte de los trabajadores, de amar a los
trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma
parte de sus valores, porque su ideologé­a ya no es la
de Jaurés o la de Blum, que respetaban a los
trabajadores, sino que ahora la ideologé­a de la
izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo,
la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis
del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella
la herencia de Mayo del 68 tiene una enorme
responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo,
quiero devolver al trabajador el primer lugar en la
sociedad.
 
Liquidar la herencia de Mayo del 68
 
La herencia de Mayo del 68 ha debilitado la autoridad
del Estado. Esos herederos de los que en Mayo del 68
gritaban "CRS = SS", toman sistemáticamente partido
por los violentos, los alborotadores y los estafadores
contra la policí­a. Lo hemos visto tras los incidentes
de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los
violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su
difí­cil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que
esta frase, que merecería ser inscrita en los anales
de la República: "Es inquietante constatar que se ha
abierto una fosa entre la policí­a y la juventud".
Como si los vándalos de la Estación del Norte
representaran a toda la juventud francesa. Como si
fuera la policí­a la que estaba actuando mal, y no los
violentos. Como si los violentos hubieran destrozado
todo y saqueado los comercios para expresar una
revuelta contra una injusticia.

Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como
si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente
siempre inocente. Ésos son los herederos de Mayo del
68, que denigran la identidad nacional, que atizan el
odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la
nación, a la República.
 
En estas elecciones se trata de saber si la herencia
de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser
liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la
página de Mayo del 68. Pero tiene que ser más que un
gesto. No hay que contentarse con poner banderas en
los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en
vez de la Internacional en los mi­tines del Partido
Socialista. No se puede decir que se desea el orden y
tomar sistemáticamente partido contra la policí­a. No
es posible seguir denunciando la "provocación" y el
"Estado policial" cada vez que la policí­a intenta
hacer respetar la ley. No se puede decir que uno
apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo,
generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con
impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del
que cobra del Estado para no trabajar. No se puede
decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones
y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación
del IVA social, que permite financiar la protección
social con las importaciones. No es posible proclamar
grandes principios y negarse a inscribirlos en la
realidad. Yo propongo a los franceses romper realmente
con el espí­ritu, con los comportamientos, con las
ideas de Mayo del 68, con el cinismo de Mayo del 68. 

Propongo a los franceses devolver a la polí­tica la
moral, la autoridad, el trabajo, la nación. Les
propongo reconstruir un Estado que haga realmente su
trabajo y que, en consecuencia, domine las
feudalidades, los corporativismos y los intereses
particulares. Les propongo rehacer una República una e
indivisible contra todos los comunitarismos y todos
los separatismos. Les propongo reedificar una nación
que de nuevo esté orgullosa de sí­ misma.
 
Ciudadaní­a de deberes
 
Al poner sistemáticamente los derechos por encima de
los deberes, los herederos de Mayo del 68 han
debilitado la idea de ciudadaní­a. Al denigrar la ley,
el Estado y la nación, los herederos de Mayo del 68
han favorecido el crecimiento del individualismo. Han
incitado a cada cual a no pensar más que en sí­ mismo
y a no sentirse concernido por los problemas del
prójimo.

Yo creo en la libertad individual, pero quiero
compensar el individualismo con el civismo, con una
ciudadaní­a hecha de derechos pero también de deberes.


Quiero derechos nuevos, derechos reales y no
virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al
alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos,
a la escolarización de niños con minusvalí­as, a la
dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un
contrato de formación para los jóvenes de más de 18
años, y a la formación a lo largo de toda la vida. 

Quiero el derecho a la caución pública para aquellos
que no tienen padres, para los que no tienen
relaciones, para los enfermos a los que no se les
quiere prestar porque se considera que representan un
riesgo demasiado elevado.

Quiero el derecho a un contrato de transición
profesional para los que están en paro.
 
Pero quiero que estos derechos están equilibrados con
los deberes. La ideologí­a de Mayo del 68 habrá muerto
cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual
sus deberes, cuando en la polí­tica francesa se ose
proclamar que, en la República, los deberes son la
contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá
realizado la gran reforma moral e intelectual que
Francia necesita una vez más.

Entonces podremos reconstruir sobre cimientos
renovados esa República fraternal que es el sueño
siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el
primer dí­a en que tuvo conciencia de su existencia
como nación. Porque Francia no es una raza, no es una
etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal
incansablemente perseguido por un gran pueblo que,
desde su primer dí­a, cree en la fuerza de las ideas,
en su capacidad para transformar el mundo y hacer la
felicidad de la humanidad.
 
Quiero decí­rselo a los franceses: el pleno empleo, el
crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la
revalorización del trabajo, la moralización del
capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero
eso no son más que medios que deben ser puestos al
servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de
sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar,
donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y
respetada.



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