[R-P] ¿UN DOXÓSOFO CAMINO AL DESARROLLISMO?
Alberto J. Franzoia
albertofranzoia en yahoo.com.ar
Vie Mayo 18 12:51:33 MDT 2007
¿UN DOXÓSOFO CAMINO AL DESARROLLISMO?*
Lic. Alberto J. Franzoia
*Publicado en mayo de 2007 en “Redacción Popular”
El martes 10 de abril de 2007 el diario La Nación
publica un nuevo artículo del famoso doxósofo Francis
Fukuyama, “El fin de la historia, según Bush”. No
resulta sorprendente la vigencia de un “pensador” de
tan escasa valía, ya que sí se cumple simultáneamente
con dos requisitos de la economía de mercado, como ser
una mercancía demandada y, a su vez (tratándose de una
mercancía simbólica), definitivamente funcional a la
visión de mundo de las clases dominantes, uno puede
tener la certeza de que se ha asegurado un lugar
estable en la circulación de bienes culturales. No es
la primera que vez que dedico un artículo al señor
Fukuyama, a quien definí desde un comienzo como un
doxósofo, o filósofo de las apariencias(1), pero no lo
hago por el interés que me puedan despertar sus
fantásticas hipótesis, sino por la necesidad de
rebatir permanentemente a personajes, aún menores, que
son transformados por el sistema en verdaderos
figurones por los “servicios prestados” Aunque bueno
es aclararlo, ni siquiera el bloque nacional, que
enfrenta al sistema de dependencia en nuestra América
Latina está libre de figurones.
La esencia del figurón como ya sabemos no se relaciona
básicamente con la calidad del bien producido sino con
la función que cumple. Por lo tanto, si garantiza la
reproducción de los intereses dominantes, es
suficiente para sus empleadores, aunque lo que diga y
escriba pueda carecer de un mínimo de consistencia.
Desde ya si es talentoso mucho mejor, pero no es una
condición imprescindible, como decía con toda su
sabiduría Don Arturo Jauretche. Lo realmente
significativo será no contradecir en nada lo que la
burguesía imperialista visualiza como necesidades
imperiosas para la realización de sus intereses
objetivos de clase, aunque, claro está, en el proceso
de desarrollo de la conciencia de clase, esos
burgueses suelen recurrir a intelectuales de mayor
valía. La tarea intelectual de Fukuyama por lo tanto
no pasa por un profundo desarrollo de la conciencia
burguesa del primer mundo, sino por una cuestión
complementaria que se suele delegar en intelectuales
de segunda o tercera línea, a saber: desviar la
atención pública hacia temas que carecen de relevancia
para los intereses objetivos de los sectores
populares, o abordarlos con ideas falsas pero
vistosas, cualidad esta última, muy demandada en la
sociedad posmoderna. Por esta razón en los medios de
comunicación, la política, los espacios de la cultura
y hasta de la ciencia personajes que por su
mediocridad eran hace algunas décadas impresentables,
hoy circulan con una demanda tan inusual como
preocupante.
Desde ya, sólo en un mundo en el que las ideas
alternativas han estado muy devaluadas (recién en
estos años del siglo XXI han comenzado a dar los
primeros pasos para recuperar el terreno perdido
durante el último cuarto de siglo pasado), un
“pensador” insignificante como Fukuyama puede realizar
su tarea intelectual sin mayores sobresaltos. Hubo
otros tiempos en los que, aún para distraer la opinión
pública con una tarea mucho más literaria que
científica o filosófica, se necesitaron intelectuales
de mayor valía. Puestos a comparar figurones salta a
la vista que un Jorge Luis Borges (pensador satélite
de los intelectuales del mundo imperialista), con las
duras críticas que le podamos hacer, tenía un talento
desconocido por este decano de una universidad del
país más poderoso de la tierra. Se podrá objetar en la
comparación que el argentino más allá de su
identificación política desempeñaba una tarea
esencialmente literaria, pero ocurre que Fukuyama se
ha desempeñado en realidad en el mismo ámbito. “El fin
de la historia” fue siempre una obra de ficción,
primero como artículo periodístico y luego como libro,
aunque muchos de nuestros intelectuales colonizados e
América Latina no se habían percatado de ello durante
la penosa década de los noventa.
Mi último trabajo sobre Fukuyama, en ocasión de su
visita a nuestro país para disertar en el Malba, lo
titulé “El regreso de un doxósofo”(2), ahora La Nación
nos indica con la publicación del artículo que me
propongo analizar, que el doxósofo sigue vivo pero ha
experimentado algunas mutaciones. Examinemos con
atención que tiene de nuevo para decir el decano de la
Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la
Universidad Johns Hopkins, en Estados Unidos.
“Hace quince años, en mi libro El fin de la historia y
el último hombre , sostuve que si una sociedad quería
ser moderna no tenía otra alternativa que adoptar una
economía de mercado y un sistema político democrático.
Por supuesto, no todas querían serlo ni todas podían
establecer las instituciones y políticas necesarias
para asegurar el funcionamiento de la democracia y el
capitalismo, pero ningún otro sistema daría mejor
resultado. Por tanto, mi libro fue esencialmente un
razonamiento en torno de la modernización. Sin
embargo, algunos han relacionado mi tesis sobre el fin
de la historia con la política exterior del presidente
George W. Bush y la hegemonía estratégica de Estados
Unidos. Pero quien piense que mis ideas constituyen el
cimiento intelectual de las políticas de su gobierno
no ha prestado atención a lo que vengo diciendo desde
1992 acerca de la democracia y el desarrollo”.
En realidad, más allá de su frágil memoria, Fukuyama
lo que sostuvo originalmente (desde antes de 1992) fue
que el mundo transitaba hacia el “fin de la historia”,
entendiendo por esta frase el fin del conflicto, ya
que el neoliberalismo, basado supuestamente en una
economía “libre” de mercado y la “democracia política”
se instalaría en el globo terráqueo superando los
antagonismos que habían dominado otros tiempos. En un
segundo momento, después de su primer artículo sobre
el tema, y como producto de la primera guerra con
Irak, reviso la teoría inicial introduciendo una
hipótesis ad-hoc para dar cuenta de esa realidad
incontrastable, y sostuvo que el conflicto que había
concluido es el que enfrentaba a países desarrollados
o civilizados, pero no el conflicto entre éstos y los
países sin desarrollo o bárbaros. Ahora que la segunda
guerra de EE.UU. con Irak ha entrado en una etapa que
sólo genera desprestigio internacional para el país
invasor y abanderado del fin de la historia, este
intelectual del imperialismo nos advierte que una vez
más lo que dijo no es lo que los demás interpretaron.
Con lo cual lo primero que se puede sostener en torno
a esta cuestión es que, si su trabajo pudo de ser
interpretado por casi todos de manera tan distinta a
lo que quiso decir, la carencia de ambigüedad que es
lo que debe caracterizar un discurso
filosófico-científico, no ha sido su principal mérito.
“Al principio, Bush justificó la intervención en Irak
basándose en los programas trazados por Saddam Hussein
para fabricar armas de destrucción masiva, los
supuestos vínculos entre su régimen y Al-Qaeda, la
falta de democracia en Irak y sus violaciones de los
derechos humanos. A medida que los dos primeros
pretextos fueron desmoronándose, inmediatamente
después de la invasión de 2003 Washington destacó cada
vez más la importancia de la democracia en Irak -y, en
un sentido más amplio, en Medio Oriente- como un
argumento justificativo de sus actos. Bush arguyó que
el deseo de libertad y democracia no estaba
circunscripto a cultura alguna. Era universal y
Estados Unidos se abocaría a apoyar los movimientos
democráticos "con el objetivo final de poner fin a la
tiranía en nuestro mundo". Los partidarios de la
guerra vieron confirmadas sus opiniones en los dedos
entintados de los iraquíes que hicieron cola para
votar en las diversas elecciones convocadas entre
enero y diciembre de 2005, en la Revolución de los
Cedros (en el Líbano) y en las elecciones
presidenciales y parlamentarias en Afganistán. Por más
alentadores y esperanzadores que hayan sido esos
acontecimientos, el camino hacia la democracia liberal
en Medio Oriente probablemente nos decepcione, y
mucho, en un corto a mediano plazo. Los esfuerzos del
gobierno de Bush por construir una política regional
en torno a ellos se encaminan hacia un fracaso
abyecto”.
Todos los análisis de Fukuyama parten de un error
fundante, consistente en ignorar cómo se generan las
condiciones económico-sociales que sirven de base
material para sustentar la democracia liberal
burguesa; lo que lo conduciría a examinar la relación
entre los países desarrollados y “democráticos” por un
lado y aquellos que han quedado excluidos de dichos
privilegios por el otro. Por ese motivo e
independientemente de los vaivenes políticos que se
den en Medio Oriente, la irrupción incontenible de
democracia burguesa que Fukuyama nos había anunciado
alegremente por primera vez hace cerca de veinte años,
no sólo se retrasara en el corto y mediano plazo, sino
que nunca llegará por la vía del capitalismo mundial.
“Sin duda, el deseo de vivir en una sociedad moderna,
libre de tiranías, es universal, o casi. Esto queda
demostrado por los millones de personas que, cada año,
intentan emigrar del mundo en desarrollo al mundo
desarrollado con la esperanza de encontrar allí la
estabilidad política, las oportunidades laborales, la
atención sanitaria y la educación de las que carecen
en sus países de origen. Pero esto no significa que
haya un deseo universal de vivir en una sociedad
liberal, o sea, dentro de un orden político
caracterizado por una esfera de derechos individuales
y por el imperio de la ley. En realidad, el anhelo de
vivir en una democracia liberal es algo que se
adquiere con el tiempo, a menudo como un subproducto
de una modernización exitosa”.
En este fragmento de su discurso Fukuyama comienza a
experimenta una curiosa mutación desarrollista. Al
igual que los exponentes de esa teoría nos dice que
hay países desarrollados y otros “en desarrollo”.Uno
de los padres de la criatura en América Latina, el
sociólogo funcionalista Gino Germani (3), creía como
nuestro analista (aunque con un nivel teórico muy
superior) que modernización (económica) y democracia
liberal (o modernización política) van de la mano. Lo
cual es cierto en los países del “primer mundo”, pero
absolutamente imposible en los países dependientes
sino se liberan del capital monopólico imperialista
que es el que cierra los caminos del desarrollo y de
la plena democracia tanto liberal como real
(participativa, social). Es decir, para Fukuyama (como
para Germani, o incluso para un adelantado
“indoamericano” en el tema como Haya de La Torre)
parece que el imperialismo, lejos de ser un obstáculo
para alcanzar el desarrollo que conduce a la
democracia, es un aliado (como afirmará más adelante),
ya que adoptan un enfoque evolutivo de la historia.
Todo es cuestión de tiempo, el subdesarrollo
capitalista es simplemente una instancia anterior al
desarrollo dentro del sistema, que llega cuando se
siguen adecuadamente los pasos de aquellas naciones
que actúan como sus referentes históricos.
“Por otra parte, aspirar a vivir en una democracia
liberal moderna no implica forzosamente que uno sea
capaz de hacerlo. En su enfoque del Irak posterior a
Saddam, el gobierno de Bush parece dar por sentado que
la democracia y la economía de mercado no son una
serie de instituciones complejas e interdependientes
que es preciso construir trabajosamente a lo largo del
tiempo, sino más bien condiciones faltantes a las que
las sociedades revierten una vez depuestas las
tiranías opresivas. Mucho antes de tener una
democracia liberal, hay que tener un Estado en
funcionamiento (algo que nunca desapareció en Alemania
ni Japón tras su derrota en la Segunda Guerra
Mundial). Esto no puede darse por sentado en países
como Irak”.
Precisamente el desarrollismo le asigna un rol
fundamental al Estado en el proceso de generar las
“condiciones para el despegue” hacia el desarrollo,
como sostenía en otros tiempos Rostow con sus famosas
cinco etapas. Mientras para Germani ese Estado debía
nutrirse en la concepción racionalista de Max Weber,
un Estado con instituciones racionales especializadas
en distintas funciones y personal capacitado para
ellas. Pero nunca se examina cuál es el contenido de
clase que tiene el Estado, tanto para la reproducción
del sistema que integra como para su transformación
revolucionaria.
“El fin de la historia nunca estuvo ligado a un modelo
de organización social o política específicamente
norteamericano. Como Alexandre Kojève, el filósofo
ruso naturalizado francés que inspiró mi tesis, creo
que la Unión Europea refleja más exactamente que los
Estados Unidos de hoy qué aspecto tendrá el mundo al
final de la historia. El intento de la UE de
trascender la soberanía y las políticas de poder
tradicionales estableciendo el imperio transnacional
de la ley es mucho más acorde con un mundo
"poshistórico" que la tenaz fe norteamericana en Dios,
la soberanía nacional y sus fuerzas armadas”.
Queda claro que hasta este intelectual de tercera
línea del imperialismo ha logrado identificar lo
evidente, a saber: la política exterior de Bush se
hunde, por lo tanto resulta necesario brindar una
alternativa dentro de los límites del sistema
capitalista mundial. Y la alternativa disponible es la
imagen más “democrática”, basada en la ley, que emana
de la vieja y sabia Europa, aparentemente distinta de
esta bochornosa imagen militarizada de EE.UU. Claro
que Fukuyama obvió algo esencial, EE.UU. ha sido el
poder militar que garantizó el desarrollo imperialista
de Europa en estas últimas décadas. Como bien sostiene
el cientista alemán Hirch. (4), la economía
capitalista actual no está hegemonizada por Estados
Unidos, pero este país es el gendarme de todo el
sistema.
“Por último, nunca relacioné la emergencia de la
democracia en el mundo entero con la intervención de
Estados Unidos y, en particular, con el ejercicio de
su poderío militar. Las transiciones democráticas
necesitan ser impulsadas por sociedades que deseen la
democracia y, como ésta requiere ciertas
instituciones, el cambio suele ser un proceso bastante
largo. No pocas veces las potencias externas que, como
Estados Unidos, son sociedades política y
económicamente exitosas pueden coadyuvar a este
proceso con su ejemplo. También pueden proveer fondos,
asesoramiento, asistencia técnica y, sí,
ocasionalmente la fuerza militar para ayudar a
llevarlo adelante. Pero un cambio de régimen impuesto
nunca fue la llave de una transición democrática”
Nuevamente un rudimentario ideal desarrollista aparece
en el horizonte intelectual de Fukuyama. Los países
que llegaron al desarrollo o modernización y la
democracia pueden colaborar de una única forma con los
retrasados o en “vías de desarrollo”. ¿De qué manera?
Con su ejemplo, porque ellos ya recorrieron el camino
que conduce a un mundo feliz. “También pueden proveer
fondos, asesoramiento, asistencia técnica y, sí,
ocasionalmente la fuerza militar para ayudar a
llevarlo adelante”. Además una economía exitosa es la
de EE.UU, con lo que Fukuyama se cuida de no incluir a
economías basadas sólo en la exportación de bienes
primarios como ocurría con Chile en los noventa. El
actual discurso de Fukuyama, que desde luego no se
hace cargo de todo lo que dijo hace más de 17 años
(cuando publicó su primer artículo sobre el fin de la
historia), es un llamado de atención para los
distraídos, ya que no pocos neoliberales ante el
fracaso de sus recetas para el mundo dependiente y el
avance de fuerzas contestatarias como ocurre en
América Latina, comienzan a virar lentamente hacia la
teoría que defendían sobretodo durante fines de los
cincuenta y en los sesenta. No se puede sostener
seriamente por lo que se desprende de este artículo,
que Fukuyama ya sea un consumado exportador de teoría
desarrollista para el mundo dependiente, pero con su
acostumbrada pobreza conceptual comienza a transitar
el camino. Será cuestión de estar atentos a próximos
discursos que pretendan acercarnos al fin de la
historia por vías “alternativas” a la ya fracasada
neoliberal, y en caso de constatarse la hipótesis que
adelanto, no será extraño en poco tiempo oír hablar de
algo parecido a aquella olvidada “alianza para el
progreso”, que no por casualidad surgió después de la
revolución cubana. Claro que si esa idea se instala y
consolida en la visión de la burguesía de los países
dominantes como idea –fuerza (para desactivar el
conflicto con los países subdesarrollados promoviendo
un “desarrollo” dependiente), deberá recurrir no sólo
a la literatura de Fukuyama sino también a sus
intelectuales más avezados.
En nuestra América Latina, por otra parte, ya se
detectan algunos intelectuales periféricos dispuestos
a integrarse en la nueva órbita del imperialismo.
Algunos de ellos, como ya lo explicité en otro
artículo (5), actúan inclusive dentro de los bloques
de fuerzas nacionales (y en ocasiones con la
bochornosa pretensión de ser la “izquierda”) con
discursos vistosos pero de escaso rigor teórico e
histórico. Desde mi postura, la coyuntura que
atravesamos indica la necesidad de desarrollar una
propuesta definitivamente alternativa desde la visión
de mundo de los trabajadores, única garantía para que
los procesos nacionales reiniciados en distintos
países de nuestra Patria Grande durante este siglo
XXI, no se desmoronen ante los embates del
imperialismo y sus aliados internos.
La Plata, mayo de 2007
(1) Franzoia, Alberto J.: “La teoría de los
doxósofos”, publicada digitalmente en octubre en 2004
de “Reconquista Popular” y en “Investigaciones Rodolfo
Walsh”.
(2) Franzoia, Alberto J.: “El regreso de un doxósofo”,
publicado digitalmente en diciembre de 2005 en
“reconquista Popular” y en “Investigaciones Rodolfo
Walsh”
(3) Germani, Gino: “Política y sociedad en una época
de transición”, Editorial Paidos, año 1977
(4) Hirch, Joachin: , ¿Qué es la globalización?,
Conferencia dictada en el ciclo “Globalización,
transformación del estado y democracia”, organizado
por la Universidad nacional de Córdoba y el Goethe
Institut de Córdoba, marzo de 1997.
(5) Franzoia, Alberto J.: “Los caminos del oportunismo
hacia la burguesía nacional”, publicado digitalmente
en “Reconquista Popular” y en “Redacción Popular”,
abril del 2007
©Alberto J. Franzoia
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