[R-P] Un articulo interesante sobre el tema del partido unico y etcetera de cosas
INFOR-MET
rmermet en yahoo.com.ar
Mie Mayo 16 12:58:40 MDT 2007
Lo pesque en una web de uruguya, no se si ya salio en
RP.
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El camino de Chavez
Desviaciones de la izquierda: Alertas desde dentro de
la Revolución
Escribe: Juan Carlos Monedero
“Bajo la dictadura del proletariado pueden existir
dos, tres e incluso cuatro partidos, pero a condición
de que uno de ellos se encuentre en el poder y los
demás en la cárcel” Nicolás Bujarin (en 1927)
“El Partido en última instancia siempre tiene razón
porque el Partido es el único instrumento histórico
que le es dado al proletariado para el cumplimiento de
sus tareas fundamentales (…) Sé que no debemos tener
razón contra el Partido. Sólo podemos tener razón en
el Partido y a través del Partido, pues la historia no
ha creado otra vía para la realización de lo que es
correcto” Leon Trotsky (en 1923)
“Aquí se viene sin charreteras de ningún tipo (…) Aquí
somos todos iguales”
Presidente Chávez en la II Juramentación de los
Propulsores del PSUV (abril de 2007)
“El 98% de los venezolanos ya hace tres comidas al
día” III Encuesta Nacional de Presupuestos Familiares
realizada por el Banco Central de Venezuela (abril de
2007)
Bujarin y Trotsky, dos de los más preclaros pensadores
y activistas revolucionarios de la Unión Soviética,
entendieron a la perfección la necesidad que tienen
las masas de dotarse de un instrumento revolucionario
para construir las transformaciones. También los dos
repararon en su error cuando vieron que ese aparato,
en manos equivocadas, se convertía en un arma de doble
filo. Pero fue demasiado tarde. Los dos perecieron
bajo el terror de Stalin. De sus errores aprendemos.
En el pasado están las preguntas, pero no las
respuestas.
Acierta el presidente Chávez cuando, mirando hacia
atrás, repite que no quiere un partido de masas sino
de multitudes (en una línea que parte del Masa y poder
de Canetti y desemboca en Negri y Hardt). Las masas
están a merced de las grandes corrientes, no tienen
criterio propio, son fácilmente maleables bajo
influjos irracionales. Las multitudes, por el
contrario, debieran marchar hacia el socialismo con
criterio propio, leales y corresponsables con la
construcción de la unidad, pero también críticas e
incómodas. Las multitudes comparten el actuar de las
aves que emigran: siempre hay una, esencial, marcando
el rumbo. Pero no tiene que ser siempre la misma. Las
multitudes se diferencian de las masas en que la
dignidad de la persona, esa cualidad que radica en el
hecho de que cada ser humano es único e irrepetible,
sólo habita en las primeras.
No hay socialismo del siglo XXI sin una reflexión
profunda sobre el socialismo del siglo XX. De lo
contrario ¿por qué no hablar sin más de socialismo?
Hay un hilo de oro entre ambos, pero allí donde las
preguntas eran las mismas -–las de la emancipación--
las respuestas necesariamente tenían que diferir. El
siglo XX, hijo de su época, fue una centuria terrible
atravesada de guerras calientes y frías, de la falta
de referentes para la construcción de gobiernos
populares, de inexperiencia política de los
representantes de obreros, campesinos, explotados,
oprimidos. Las prácticas de los primeros socialismos
gobernantes, como zapadores de un esfuerzo emancipador
amenazado y cercado desde sus mismos inicios, nos han
legado el mapa de los aciertos y de los errores, un
listado con los riesgos que resultaron de querer
construir atajos para pagar la deuda social de los
pueblos, con los problemas que sobrevienen cuando la
verdad deja de ser un diálogo y se convierte en un
monólogo.
La magia de Venezuela está en su constante inventiva.
Atrás quedan otros intentos sancionados como inútiles
por la experiencia histórica. El de ahora, en todos
sus ámbitos, es inédito para poder ser eficaz. Es su
salvoconducto para el éxito.
El 19 de abril, en el Poliedro de Caracas, en la II
Juramentación de los Propulsores del Partido
Socialista Unido de Venezuela (PSUV), el Presidente
Chávez alertó acerca de las desviaciones propias de
los partidos de la izquierda revolucionaria en el
siglo XX. No es menor el peligro y en ese acto se le
dio un elevado rango. Aquellas desviaciones, mandaron
al basurero de la historia, con mucha injusticia, el
sueño de la revolución de octubre. Esas desviaciones,
parapetadas en la exigencia de construir un arma
invencible que terminara con una era terrible
-–recuérdese que la revolución rusa nace en el entorno
terrible de la Primer Guerra Mundial-- tenían detrás
una urgencia más sentida que pensada. El socialismo
del siglo XX, antes de ser heroico y terrible fue
ingenuo. De ahí que todas ellas señalen problemas
similares: el vanguardismo -–sólo la cúpula sabe--, el
verticalismo y el autoritarismo -–un centralismo
democrático que era centralista y nada democrático--,
la copia de modelos foráneos, el teoricismo -–la
teoría como realidad incontrovertible--, el dogmatismo
-–aplicar la ideología como catecismo--, el
estrategismo –-sacrificar la realidad concreta al gran
plan--, el subjetivismo -– confundir los deseos y la
situación personal con la realidad social--, la
concepción de la revolución como asalto al poder, la
insuficiente valoración de la democracia, la
consideración de los movimientos sociales como simples
correas de transmisión, el desprecio a los valores
religiosos, el machismo o la gerontocracia. Creer un
grupo, en definitiva, que el fin justifica los medios,
que nadie como ellos, como vanguardia, puede
identificar esos fines, y que quien no concuerde con
este escenario es porque está errado o es malvado -–
léase, contrarrevolucionario, oligarca, fascista—(1) .
Pero las revoluciones, o son diálogos permanentes
entre el liderazgo y el pueblo o se convierten en una
restauración del despotismo ilustrado, aquel que
quería “todo para el pueblo sin el pueblo”. Ya lo
habían adelantado Robespierre, Rosa Luxemburgo y
Trotsky en momentos históricos donde el instrumento
político aparecía como un requisito para el triunfo
revolucionario: la organización del partido -–alertaba
la Luxemburgo-- sustituye a la sociedad, el Comité
Central sustituye a la organización política y un
“dictador” (la expresión es de Trotsky) sustituye al
Comité Central (2). Cuando el Partido se convierte en
referente exclusivo de la verdad, cuando el Partido se
entiende como la única herramienta para crear la
emancipación, cuando Estado, revolución y partido se
hacen sinónimos, cuando las diferentes miradas y
propuestas del esfuerzo revolucionario se miden
acríticamente con los lineamientos del partido, se
están repitiendo las desviaciones del socialismo del
siglo XX. No habría ahí inventiva alguna, sino
repetición de, además, los principales errores.
Pero Venezuela ha mirado hacia atrás con astucia. El
presidente Chávez lo dijo en el Poliedro con voz
clara:
“Una maquinaria que debe crear espacios para el debate
permanente, que debe aceptar distintas corrientes
dentro de ella misma —dije corrientes, no dije sectas,
ni dije fracciones caudillescas—, una organización que
consulte permanentemente a las bases populares a las
multitudes y a las masas populares, para que nunca
pierda el impulso, el nervio y el palpitar del
corazón, del pueblo y el corazón de las multitudes;
una maquinaria que permanentemente esté haciendo
elecciones de base para que sus autoridades locales,
regionales, nacionales sean profundamente legítimas y
practicantes todos de la democracia revolucionaria, de
la democracia directa, de la democracia de multitudes.
Una maquinaria en fin, que sea capaz de articularse
con distintos movimientos, con distintos partidos y
grupos en América Latina, en el Caribe y en el mundo”.
Esto es, una organización vacunada frente a las
pretensiones de nadie de hacer del PSUV una
organización al servicio de sus intereses
particulares. Una advertencia, hizo ver, que era
igualmente válida para el último ciudadano del país
como para el Presidente de la República. Y si así es,
es igualmente válida para Ministros, Alcaldes,
Gobernadores, servidores públicos de cualquier tipo.
En el socialismo del siglo XXI, a diferencia del
socialismo del siglo XX, se manda obedeciendo. La
Constitución enmarcará las nuevas reglas del juego. Y
ahí se alinearán, sin interpretaciones particulares,
todos los sectores del país: ciudadanos, militares,
empresarios, iglesia, partidos, universitarios o
campesinos… Una eficaz división de poderes se
encargará de evitar que los que ejecutan sean los
mismos que los que sancionan (cuya independencia de
cualquier partido es un requisito). Y un pueblo
siempre atento será la principal garantía de que la
democracia será realmente el gobierno del pueblo, por
el pueblo y para el pueblo.
Rumbo al socialismo, no articular un partido unido
sería una ingenuidad inexplicable. Una fuerza
transformadora que quiere construir la emancipación a
través de las elecciones necesita organizar una fuerza
electoral. Pero Venezuela necesita algo más que una
estructura de movilización en momento de elecciones.
Después de años a la defensiva, la Revolución
Bolivariana tomó la iniciativa. Tarde o temprano,
tenía que enfrentar el reto del instrumento político.
Venezuela, en 1998, se acostó Adeca y se levantó
chavista. Sin una reordenación política profunda, las
herencias del pasado siempre serán una amenaza
constante para el intento revolucionario. El
minifundismo tradicional heredado de la IV República;
la inexistencia de un aparato estatal organizado sobre
la base de principios meritocráticos, jerárquicos y
profesionales; la necesidad de reforzar
ideológicamente y coordinar políticamente a las
fuerzas que defienden la revolución bolivariana (entre
otras razones, con el fin de descargar la
responsabilidad total que a día de hoy descansa cuasi
en exclusiva en el presidente Chávez); la exigencia de
formar cuadros capaces de ocupar con honestidad y
provecho colectivo espacios de administración pública;
las ventajas de articular en todo el país un flujo
vivo de información y ejecución; el beneficio de
dotarse de una estructura eficaz y eficiente que pueda
sobreponerse a la falta de conciencia, los vicios
clientelares, la corrupción normalizada y la falta de
compromiso público heredados históricamente en
Venezuela… Todos estos son elementos que reclamaban
con urgencia una reorganización política. Cierto es
que la importancia del empeño hubiera ameritado algo
más de calma y mayores definiciones previas. Pero los
ritmos que los pueblos adoptan difícilmente pueden
medirse con metros de prudencia académica. (3)
Es ente este contexto, por tanto, donde se ubica la
discusión acerca del Partido Socialista Unido de
Venezuela. El mismo contexto es el que nos recuerda
que sería igualmente ingenuo pensar que ese impulso no
iba a venir acompañado de todo tipo de apoyos y
ruidos, exaltaciones y advertencias, entusiasmos y
descalificaciones. Una vez más, la trinchera que cavan
los medios de comunicación -–verdadero partido de
oposición en Venezuela- evita diferenciar el trigo de
la paja. Si la oposición carga sus baterías para
descalificar la creación del PSUV, cualquier alerta
que se haga desde las propias filas revolucionarias
puede ser fácilmente descalificada echándose en el
mismo saco de la reacción (¿Qué hubiera ocurrido si en
vez de el Presidente Chávez hubiera sido cualquier
otra persona la que hubiera advertido de los riesgos
de desviación dentro del PSUV?). Esto sería un triunfo
de la oposición, pues conseguirían de hecho parte de
sus fines: limitar la capacidad de análisis del
partido. Sin crítica, el PSUV se convierte en ciego. Y
mal debate se podría crear en Venezuela si las
posiciones críticas tienen que empezar pidiendo
disculpas o están atenazadas por el miedo a la
descalificación desde las propias filas.
No se trata, por tanto, de las advertencias de la
oposición, deseosa de que las fuerzas revolucionarias
no se doten de un instrumento capaz de ganar elección
tras elección (y que enmascarará este deseo en
cualquier argumento más o menos elegante); tampoco se
trata de aquellos que pretenden reproducir las formas
antiguas de minifundismo partidista, manteniendo
pequeñas estructuras de poder, convencidos de que
tendrán más futuro político intentando ser cabeza de
ratón que cola de león. Se trata de una lectura
crítica de los partidos políticos, incluido el PSUV,
que debe entenderse dentro de una mirada que se quiere
revolucionaria. Es misión de los intelectuales ser
incómodos. Lenin siempre encontró tiempo para discutir
los argumentos de los que le adversaban (aunque las
urgencias de la guerra civil lo echaron en no pocas
ocasiones en brazos del autoritarismo). Stalin, menos
cuidadoso, prefirió proscribirlos directamente. Las
reservas del autoritarismo hay que hacerlas pensando
más en los Stalin que en los Lenin. En la jungla, los
pequeños animales cuentan con que nunca el león
firmará un protocolo de entendimiento.
Al menos desde 1911 (fecha de publicación del libro de
Robert Michels Los partidos políticos), sabemos que
todo partido político siempre tiende a la
oligarquización. Toda estructura política, nos dice la
evidencia histórica (por tanto, es una realidad
contrastada y podemos entenderla como un insumo de la
ciencia política), cae bajo el mandato de una
oligarquía, que constriñe, con una ley de hierro el
debate, hurta la democracia interna y concentra en una
élite las decisiones de la organización. Es por eso
que las fuerzas socialistas del siglo XXI manifiestan
reservas hacia cualquier repetición de las formas
partidistas que tan malos resultados han dado durante
el siglo XX -– recordemos que no fue hasta el Foro
Social Mundial de Caracas, en 2005, que no se abrió un
espacio amplio a los partidos políticos--. El PSUV,
sujeto a la necesidad de inventiva que alimenta a la
revolución bolivariana, tendrá que hacer cierto que
será un partido diferente o, en breve, repetirá las
desviaciones conocidas. Con el problema añadido de que
Venezuela, ahora mismo, es la conciencia crítica de
América Latina.
De ahí que haya que celebrar que sea la estructura de
los batallones, quizá la principal red nacional de
carácter popular, la que, inicialmente, esté detrás
del impulso originario del PSUV. Al igual que el hecho
de que los propulsores, como recordó Alberto Müller en
ese mismo encuentro, no deban tener militancia
política previa. Y no es menor el recuerdo de que sean
los militantes los que sostengan con sus cuotas el
partido, evitando caer en manos de los que traen la
nómina a la organización (4). Los requisitos se han
puesto. Los resultados se verán en breve. En unos
meses sabremos si los rostros del nuevo partido son
realmente rostros nuevos o se repiten viejas caras. Si
así fuera, tendremos que concluir que un procedimiento
democrático devino en un resultado no deseado. La
novedad de los dirigentes, cierto es, no es garantía
de nada (¡Cuántos jóvenes viejos existen, como
recordaba el poeta Miguel Hernández!). Pero es señal
de que se está intentando algo diferente. Cuando las
cocinas están a pleno fuego, los cocineros deben estar
especialmente atentos con tan altas temperaturas.
La experiencia del siglo XX marca las desviaciones
respecto de las cuales los revolucionarios deben estar
muy alertas. Son los que señaló el presidente Chávez
en el acto del Poliedro basándose en las críticas que
realizó Marta Harnecker a las experiencias del
socialismo realmente existente. Estas desviaciones,
pese a las décadas transcurridas, son las mismas que
amenazan hoy al PSUV. Son las que, con una especial
alerta revolucionaria, deben conjurarse para no
malograr el tan necesario instrumento que está
reclamando la revolución bolivariana. Son los errores
que cometió el socialismo del siglo XX (especialmente
el partido bolchevique de la URSS, pero también la
izquierda europea o latinoamericana) y que terminaron
por anegar las esperanzas iniciales. Son desviaciones
que nos importan a quienes nos hemos comprometido,
personal e intelectualmente, con este proceso de
transformación social y política radical que hoy
representa Venezuela. En un listado de urgencia, una
mirada a lo que fue la experiencia del socialismo
realmente existente nos presenta el siguiente saldo
(5) :
1. El partido se situó, como instrumento político por
excelencia, por encima de los soviets (los consejos),
a los que exigió sometimiento. Cualquier discrepancia
entre ciudadanos o grupos de ciudadanos y órganos del
partido se zanjaba a favor de las estructuras
partidistas. En ese sentido, la división de poderes se
convirtió en una farsa, al igual que los Comités de
conflictos a la interna del partido o las cartas de
derechos y deberes de los afiliados. Otro tanto
ocurrió con el derecho administrativo, que desapareció
de facto (no se podía litigar contra el Estado porque
era como litigar contra el propio pueblo). Como los
bolcheviques identificaron al poder con el Estado,
centraron su concepción política en el aparato
administrativo y la sociedad sólo existía en relación
con el mismo. En este sentido, la sociedad sólo
existía a través del único instrumento para relacionar
sociedad y Estado: el partido.
2. Tras la revolución, una incorporación masiva de
afiliados al nuevo partido, carecientes de experiencia
política y muy influidos por la fuerza del equipo
revolucionario, puso la renovación de los cuadros en
manos de los más experimentados, que terminaron
haciendo del partido un instrumento para su uso
particular (pasadas las primeras hornadas
revolucionarias, el aparato devino en un lugar de
privilegio y corrupción).
3. Al pretenderse que sólo el partido representaba la
verdad, que expresaba la única línea correcta, se
construyó un referente político monolítico que terminó
por dejar de aprehender el discurrir real de la vida.
La cotidianidad y el análisis del partido iban por
caminos diferentes, pero la única lectura correcta era
la que lanzaban los órganos políticos, obligando a la
ciudadanía a hacer y pensar una cosa y decir otra. El
debate cultural fue sustituido por el adoctrinamiento.
4. Sólo los miembros del partido podían ocupar
puestos en el Estado. Como el partido se definía como
revolucionario, cualquier confrontación con un miembro
del partido se convertía en una ofensa al Estado y a
la revolución. Disentir del partido convertía en
enemigo del pueblo (¿Qué pasaría en Venezuela si en
una comunidad hubiera una confrontación entre un
miembro activo de un consejo comunal y la estructura
municipal del partido?)
5. El partido se referenciaba casi exclusivamente con
un momento histórico que funcionaba como epifanía,
como lugar y hora del nacimiento de la nueva patria.
Al ser el único referente constructor de legitimidad,
las únicas personas que podían portar ese emblema eran
los que lo habían protagonizado. Esto generaba una
gerontocracia, un gobierno de ancianos (por lo general
hombres) que eran los únicos que podían exhibir su
presencia en ese nacimiento. Las generaciones
posteriores, conforme pasaba el tiempo sentían menos
la intensidad de ese momento, convertido, por el mero
paso del tiempo, en una referencia mítica y lejana.
6. Al ser el Partido una estructura no controlable
sino desde dentro, y al convertirse en una jerarquía
férrea, desaparecieron los mecanismos de ajuste, con
lo que el partido se convirtió en un altavoz
recurrente de logros vacíos y falsos avances que
pretendían suplir con propaganda la falta de avances.
Este problema se multiplicó cuando desaparecieron las
fracciones (éstas se prohibieron en la URSS en 1921).
7. El partido nunca consideró la posibilidad de que
las masas le retiraran su confianza. Esto era así
porque los bolcheviques siempre funcionaron con una
idea mítica del proletariado, donde, por contagio, la
dirección de ese proletariado gozaba igualmente de esa
condición mítica. Criticar a la dirección bolchevique
se presentaba como un ataque al pueblo, con todos los
abusos que eso generó.
8. Todos los canales de expresión fueron
progresivamente acallados, de manera que los
conflictos se trasladaban crecientemente al seno del
partido (único lugar donde podía ejercerse
influencia). Pero en el partido, por la jerarquía
propia del centralismo democrático, el debate fue
ahogándose. Lenin siempre tuvo clara la necesidad del
debate interno. Pero sus seguidores no lo entendieron
así.
9. La falta de debate ideológico -–algo que se
evitaba para que no emergieran las contradicciones--
se sustituía por las purgas y depuraciones. Después de
cada expulsión, convenientemente ritualizadas, el
partido se mostraba como más puro, más proletario, aún
más cuando se conseguían las confesiones públicas de
los depurados. Enemigos de clase,
contrarrevolucionarios, derrotistas, conspiradores
eran los adjetivos con los que el partido se
encontraba con su pureza, con una mayor virginidad
tras la descalificación y eliminación de unas
excrecencias que solamente merecían ser destruidas (de
ahí la feroz inhumanidad del estalinismo, que
humillaba públicamente reproduciendo, varios siglos
después, los actos de fe de la inquisición. Con la
existencia de la televisión, los actos públicos de
escarnio se trasladaron a la pequeña pantalla,
metiendo la pira funeraria virtual en cada casa).
10.Las necesidades de unidad y de disciplina, dos
requisitos para cualquier fuerza política, anularon
las no menores necesidades de debate y libertad de
crítica, con la consiguiente asfixia del pluralismo
que se había reclamado. Las reclamaciones de unidad,
un sentimiento recurrente de las bases populares, se
interpretaban como homogeneidad, ahogándose cualquier
disidencia.
11. La misma falta de debate, y la necesidad de ajuste
político permanente para poder sobrevivir en un
entorno mundial hostil, llevaban a constantes
reescrituras del pasado, reelaborando los hechos
históricos y presentando a la ciudadanía el
comportamiento de los líderes como constantes
anticipaciones de la razón histórica. Este uso espurio
del pasado impedía que la historia, en manos del
pueblo y de su propia memoria, se convirtiera en un
arsenal de construcción de democracia, especialmente
cuando toda la disidencia actual se demonizaba hacia
atrás --hasta prácticamente la cuna, cuando no se
proyectaba sobre los antepasados--, inventando
relaciones de los antaño revolucionarios con los
enemigos históricos del proceso.
12. El modelo que Lenin pensó para la realidad
concreta de Rusia fue trasladado acríticamente a
América Latina, ignorando aspectos de gran relevancia
en el continente americano -–la cuestión indígena, la
cuestión religiosa, la estructura social--,de manera
que los partidos comunistas se convirtieron en rígidas
carcasas que, al tiempo que se articulaban como el más
potencial instrumento eficiente para el logro de
avances sociales, cobraban un precio muy alto por el
mismo, separándose crecientemente de las bases.
El viejo Lenin, como una suerte de Bolívar triunfante
pero con la misma sensación de traicionado, lamentó en
sus últimos años las desviaciones que sufrió su
partido. Tanto fue así que llegó a equiparar a los
militantes con los que no pertenecían al partido. De
esta forma, el creador del partido bolchevique terminó
negando ningún valor especial al hecho de formar parte
del instrumento político por excelencia. (Dentro de
unos meses, ¿alguien en Venezuela podrá presuponer más
compromiso revolucionario a los militantes del PSUV
--seguramente hombres en su mayoría--, que a los
miembros de un Consejo Comunal –-seguramente mujeres
en su mayoría-- que pese a no militar dedican buena
parte de su esfuerzo a la comunidad, tanto en ese
momento como a lo largo de su biografía? ¿Será más
revolucionario un miembro del partido que cualquier
ciudadana que entregue buena parte de su tarea a la
mejora de su comunidad? ¿No pertenece al pueblo,
organizado en su comunidad, el poder constituyente de
cualquier república? Sólo una organización política
flexible, nada rígida, poscolonial -–que vaya más allá
del estatismo y de la Modernidad del pasado-- podrá
evitar estas confrontaciones).
Una vanguardia que se separa de su pueblo es un comité
de notables que, pese a aprenderse el discurso
revolucionario -–o quizá por eso mismo-- representa el
principal riesgo de la emancipación. Son, devolviendo
sus palabras, el verdadero enemigo camuflado, vestido
ostentosamente con el traje del ejército que realmente
combate. ¿Y cómo denunciar su traición -– o
simplemente su incongruencia-- si cualquier crítica
cae bajo la acusación de contrarrevolución? Volviendo
una vez más a la historia, fue Bujarin, en su
recurrente duda, quien lo recogió en 1922 con gran
amargura: “La historia está llena de ejemplos de la
transformación de partidos de la revolución en
partidos de orden. A veces, los únicos recuerdos de un
partido revolucionario son los lemas que han inscrito
en los edificios públicos” (6) .
Venezuela ha conquistado la simpatía del mundo. Ningún
otro país con transformaciones en marcha ha logrado el
apoyo que ha recibido la revolución bolivariana. La
izquierda de los cinco continentes, la intelectualidad
crítica, los movimientos sociales alternativos, todos
ellos articulados en el Foro Social Mundial, han sido
el principal altavoz fuera de Venezuela de los logros
de este proceso, aún más cuando los intentos de
descalificar a la V República, y en especial al
presidente Chávez, arreciaban a través del monopolio
de los medios de comunicación y de esa internacional
del terror que gobierna el neoliberalismo global. El
alejamiento de los viejos modelos es la principal baza
de apoyo internacionalista que recibe en el mundo el
proceso bolivariano. Y fue lo que estuvo en la base
del apoyo popular a la propuesta novedosa que
representaba Hugo Chávez.
En este nuevo paso, cuando Venezuela se dota de un
instrumento político para avanzar en la revolución,
las miradas vuelven a girarse hacia la patria de
Bolívar. ¿Volverá Venezuela a dar una lección al
mundo? ¿Una vez más ese lema brillante que propone
inventar para no errar abrirá caminos en este país
para que otros pueblos puedan andar después sobre esa
experiencia? ¿Estará la creación del PSUV a la altura
del ejemplo antiimperialista que ha dado Venezuela, a
la par que el esfuerzo de integración latinoamericana,
la genialidad del ALBA, la fuerza de Telesur, la
vertiginosidad de las Misiones o haber conseguido que
los venezolanos hagan en su mayoría tres comidas al
día? ¿Estará, en definitiva, la reinvención de un
nuevo instrumento político a la altura de la gloria
que representó el pueblo en armas, rescatando un 13 de
abril, ahora hace cinco años, a su Presidente
constitucional, dejando claro al continente que quien
manda es el poder constituyente hecho multitud? Una
vez más, el reto es enorme. Sabemos que el único
antídoto a las desviaciones políticas del siglo XX es
pueblo, pueblo y más pueblo. Los hombres y mujeres de
Venezuela tienen el instrumento en sus manos. Y aquí
es importante entender algo. El presidente Chávez no
es un catalizador, pues los catalizadores permanecen
invariables mientras crean la reacción. Su genio, que
incorpora la sabiduría de los indígenas callados
durante 500 años, está en la comunión con su pueblo.
Mandar obedeciendo. El presidente Chávez es un
reactivo que cambia con las señales de su pueblo.
Después de cinco años de echarse a la calle a
recuperar la esperanza, es otra vez un momento estelar
del pueblo en armas. Su aportación ahora no debe ser
simplemente demostrar su apoyo al Presidente (algo
esencial en estos años, cuando todos los enemigos de
fuera y de adentro tenían a Chávez como principal
objetivo). Ahora se trata de volver a definir los
insumos de esta revolución.
Las armas hoy son diferentes, pero no menos eficaces.
Como recuerda Marta Harnecker, se trata de “pasar de
la conducción militar a la pedagogía popular” (7). No
olvidemos que el proceso de construcción del PSUV
arranca cuando aún no está siquiera perfilado su
programa político. Se trata en este momento, por
tanto, de ayudar a crear la forma y el contenido de
este nuevo instrumento político, dotándolo de la
pluralidad que siempre encierra el pueblo vivo, de la
flexibilidad que siempre acompaña a una realidad que
nadie puede encorsetar, de la alegría que reclama un
socialismo que merezca ese nombre (recuérdese que un
socialismo triste es un triste socialismo). Un
partido, como diría Cortázar, que se estará armando y
desarmando constantemente, pues las ideologías nunca
se están quietas cuando reflejan la cambiante realidad
social; un partido al cual Alí Primera se afiliaría
mil veces y mil se daría de baja; un partido que
recibiría todos los días la crítica acerada del Che,
quien sería su primer militante y, al tiempo, uno de
los más indisciplinados; un partido en donde Maneiro y
Rodríguez verían parte de sus sueños cumplidos. Un
partido del cual, desde su enorme estatura, dirían con
cierta conmiseración, unos a otros: “es como nosotros,
nada más ni nada menos. Cometerá aciertos, cometerá
errores, pero lo hará siempre con tanta vida, con
nuestro ritmo, con nuestra sonrisa, con nuestra
humildad… Estábamos en lo cierto: mira que esta
revolución es realmente bonita…”
Notas
(1) Véase Marta Harnecker, La izquierda en el umbral
del siglo XXI, haciendo posible lo imposible, Madrid,
Siglo XXI, 1999. Reeditado y actualizado como
Reconstruyendo la izquierda, Caracas, Centro
Internacional Miranda/Viejo Topo, 2006.
(2) Las palabras de Robespierre, mas elusivas, fueron:
“Así una nación de veinticinco millones de hombres
será gobernada por la Asamblea representativa, ésta
por un pequeño número de diestros oradores, y, ¿por
quién terminarán siendo gobernados esos oradores
alguna vez? … No oso decirlo, pero fácilmente podréis
adivinarlo vosotros”.
(3) En los inicios del debate sobre el Partido Unido,
analicé las dificultades que un empeño de estas
características supone para América Latina, así como
los réditos que se obtendrían de multiplicar los
debates antes de enfrentar concretamente la
organización de la nueva fuerza. Evidentemente, los
tiempos históricos han adelantado a los tiempos
universitarios. Véase Juan Carlos Monedero, “En donde
está el peligro”, Question, diciembre de 2006.
(4) Este es uno de los rasgos que caracterizan la
cartelización de los partidos que apuntaron Katz y
Mair en un artículo ya clásico. Sin embargo, el gasto
principal de un partido no es el sostenimiento de la
organización, sino el financiamiento de las campañas
electorales. De no clarificarse estos dos aspectos, la
maquinaria del partido caerá presa de las personas que
traigan los recursos, convirtiendo al final al partido
en una empresa electoral donde los dirigentes tendrán
consideración de managers y el tesorero pasará por el
gran hacedor.
(5) Buena parte de estas reflexiones surgen de mi
tesis doctoral, Causas de la disolución de la
República Democrática Alemana. La ausencia de
legitimidad 1949-1989, desarrollada como un postrado
en la Universidad de Heidelberg (Alemania) y leída en
la Universidad Complutense de Madrid en 1996.
(6) Citado en Cesáreo A. de Prat, La teoría
bolchevique del Estado socialista, Madrid, Tecnos,
2006. En este trabajo se analizan, con la distancia
que da el tiempo, buena parte de los errores cometidos
por los partidos socialistas durante el siglo XX.
(7) Op.cit., epígrafe 365 10
Tomado de alainet.org, 27/04/07
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