[R-P] Enrique Lacolla Liquidaciones y herencias

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Dom Mayo 13 05:53:19 MDT 2007


Liquidaciones y herencias
Enrique Lacolla
Periodista

La consagración de Nicolas Sarkozy como presidente de Francia en la segunda 
vuelta de las elecciones de ese país no aporta ninguna sorpresa ni modifica 
lo que dijéramos en nuestra columna anterior acerca de la identidad de los 
contrarios, refiriéndonos al papel de Ségolène Royal como su contrapartida 
equivalente.

Conviene, sin embargo, matizar algo más esta opinión y poner de relieve que 
la llegada de "Sarko" al poder supone la liquidación de la herencia de mayo 
de 1968 y la consecuente reapertura, en condiciones mucho más críticas, de 
un contencioso social que esta vez puede revestir contornos bastante más 
serios que los que tuvo entonces.

El presidente electo francés no disimuló en ningún momento su hostilidad a 
la herencia dejada por los rasgos permisivos y abusivos del anárquico 
levantamiento juvenil del ‘68. Esta faceta de su discurso puede haberle 
valido muchas de las simpatías que recolectó.

Gran parte de las sociedades modernas está cansada de la desjerarquización, 
la permisividad y de una inversión de valores que, en nombre de una supuesta 
liberalización de las costumbres y de la demolición del "discurso 
autoritario", terminaron por poner de cabeza a nociones establecidas que no 
siempre son meramente coercitivas sino que suministran el marco de orden que 
es indispensable para la actividad humana.

Frente a la propaganda conservadora, pero afincada en cierto sentido común, 
no es extraño que las plataformas de la izquierda, que sobrevuelan estos 
temas y que no sólo no brindan ninguna respuesta a los problemas de la hora 
sino que no difieren en lo sustancial del discurso neoliberal de la derecha 
económica, hayan perdido peso y no sean vistas como una alternativa 
interesante. La contundencia de los argumentos de la centroderecha en torno 
de cuestiones de sentido común puede entonces hacer brecha en los sectores 
menos politizados de la clase trabajadora.

Pero todo esto no anula la magnitud de los problemas que afectan al sistema. 
La profundización del esquema neoliberal en las sociedades europeas va a 
traer aparejada la crisis de las redes de la seguridad social y a tornar aun 
más precario al empleo.

En cuanto al problema de la seguridad, que se ha tornado en los últimos 
tiempos en una cuestión urgente -recordemos los incendios de vehículos en la 
periferia de París y otras ciudades, reeditados en estos días como protesta 
contra el triunfo de Sarkozy-, no va a poder ser resuelto ni siquiera con la 
"tolerancia cero" que popularizara el ex alcalde de Nueva York Rudolph 
Giuliani.

La integración a la sociedad de la población alógena proveniente del norte 
de África, un objetivo de todas las fuerzas del espectro político francés, 
es difícil que vaya a ser conseguida en las condiciones de retracción del 
empleo y de mayor caída de las redes de seguridad social que serían la 
consecuencia de la aplicación a rajatabla de las políticas liberales.

Desconexión. Es obvio que las políticas alternativas dirigidas a contrariar 
este estado de cosas deberían ser abordadas por la izquierda. Pero hay una 
desconexión entre las expectativas sociales y las políticas de la 
socialdemocracia, que invalida ese posible recorrido.

En general, la respuesta de los partidos reformistas a la crisis mundial ha 
sido gravitar hacia el centro. Al confundirse los límites entre izquierda y 
derecha, es casi lógico que los electores tiendan a preferir a quienes se 
encuentran arraigados en la naturaleza del momento histórico de manera más 
genuina. Por lo menos, suponen, estos tipos son coherentes consigo mismos.

De la coherencia de Sarkozy no hay dudas. No bien terminó de festejar su 
victoria, se retiró a descansar a Malta, en el yate del gran empresario 
Vincent Bolloré. Al reprochársele esa proximidad a la riqueza, Sarkozy 
respondió sin hesitar que no tiene que excusarse de nada, que Bolloré es su 
amigo desde hacía 20 años y que ojalá hubiera muchos otros como él en 
Francia.

Después de haber arrugado la nariz por la presencia de Silvio Berlusconi en 
Italia, con la colusión entre poder político y poder financiero y empresario 
que esa coyunda podía significar, a los franceses les toca hoy reeditar -tal 
vez de forma menos pintoresca- ese acople poco recomendable desde el punto 
de vista del equilibrio social.

Como quiera que sea, la actualidad interna y externa no les va a ahorrar 
sobresaltos. Y mientras Europa no sea capaz de organizarse con autonomía 
respecto de Estados Unidos y de fundar los parámetros de su evolución de 
acuerdo a criterios capaces de manejar los problemas derivados de la 
volatilidad del área mediterránea y africana, la presión seguirá subiendo y 
éxitos como el de Sarkozy tendrán patas quizá muy cortas.

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