[R-P] Las vaquitas son ajenas por Osvaldo Bayer
María García
abrieendome en yahoo.com.ar
Dom Mayo 13 10:53:17 MDT 2007
LAS VAQUITAS SON AJENAS...
Por Osvaldo Bayer
No mandemos los garrotes de la Gendarmería para
solucionar problemas sociales. Aprendamos de nuestros
niños. Contra el hambre y la miseria vienen marchando
desde Misiones. Y llegarán a Buenos Aires el viernes
que viene, a las 15 a Plaza de Mayo. Allí estaremos
todos esperándolos. Llevan adelante el lema: “Ni un
pibe menos, el hambre es un crimen”.
Una sociedad que se precie de decir que constituimos
una democracia no puede seguir permitiendo que el
cincuenta por ciento de nuestros niños esté viviendo
bajo el nivel de pobreza. Cuántas veces lo seguiremos
diciendo. Si es necesario lo repetiremos en cada una
de nuestras contratapas. Que nuestros campos
“ubérrimos”, como los calificaron tantos poetas, no
sean capaces de alimentar a nuestros niños, no tiene
disculpas. Que no haya las suficientes espigas de oro
para elevarlos a la categoría de niños sanos, no tiene
disculpas.
Si revolvemos las cifras estadísticas que nos hablan
de los niños anémicos y los que mueren diariamente
porque viven en la miseria, tenemos la obligación de
mirarnos al espejo. Obligación de cada ciudadano.
Argentina. Tierra y pan, techo y escuela. En cambio,
villas miseria, violencia siempre en aumento. Rejas,
rejas, rejas. Hasta en las plazas. “Ved en trono a la
noble igualdad”, cantamos. El poder efectivo goza de
su injusticia encerrándose en los countries. Más rejas
ante más pobreza.
A la violencia de la sociedad injusta se la trata de
olvidar con más guardias personales, agencias de
custodios. Pero allí también nace la corrupción. Más
policía también es igual a más corrupción en las
sociedades injustas.
No es la solución, los garrotazos uniformados van a
producir más violencia de abajo. Sin ninguna duda. El
diálogo es lo único que ayuda. El saber repartir
equitativamente. A cada cual lo suyo. Principalmente a
cada niño, a esos que han cesado de sonreír apenas
después de nacer.
El papa Ratzinger, en vez de preocuparse tanto por el
aborto tendría que hablar del hambre infantil. No
enseñarle al ser humano a rezar al Altísimo, sino
aconsejarle salir a la calle con la sagrada palabra de
la protesta contra la injusticia. La verdadera
religión tendría que ser la que nos enseña la equidad,
el derecho de todos a la vida. Enseñar el no al eructo
del festín de los del poder efectivo y el sí a los
ojos de alegría de los niños cuando se les entrega
todos los días el pan fresco del derecho de vivir.
Por eso esperaremos el viernes a los niños misioneros
organizados por Pelota de Trapo, en la que está el
espíritu amplio y generoso de Alberto Morlachetti, el
hombre de la mano y el espíritu abierto para quienes
sí tienen el alma blanca, pero el estómago con el
vacío que crean los injustos.
En Rosario se hizo un hermoso homenaje a aquel grande
que se llamó Atahualpa Yupanqui. El hombre que en sus
canciones trajo todo el dolor de los pueblos
originarios de la tierra. Dolor, pero también su
profundo lenguaje de la poesía del aire, los soles y
el viento. “Las vaquitas son ajenas, las penas son de
nosotros.”
Así, en la canción la verdad y la protesta profunda y
dolida. Parco, hondo. Sabía traducir las palabras de
las piedras y el silencio del algarrobo. El dolor sin
palabras de la madre kolla cuando partía su hijo para
siempre. La ira en los ojos de esos hombre silenciosos
cuando venían gobernadores, ministros y uniformados y
se les quitaba la tierra de mil años con un papelito
firmado por el juez de turno.
Todo lo decía don Atahualpa con su guitarra, nunca
guardó silencio. Y en las palabras con que, en ese
acto, expresé mi admiración por el poeta de los cerros
y el silencio recordé algo que la historia oficial ha
callado. Que don Atahualpa sufrió prisión por decir la
verdad y construir la protesta. Fue cuando expresó con
toda la fuerza de su genio la demanda por la
humillación que habían sufrido los kollas jujeños
cuando en 1946 hicieron el llamado “Malón de la paz”,
desde el norte de Jujuy hasta Buenos Aires en una
numerosa columna que atravesó todo el territorio de la
República hasta llegar a Buenos Aires.
En la Plaza de Mayo los recibió Perón, pero pocas
horas después se los llevó al Hotel de Inmigrantes
–terrible ironía, a quienes vivían desde siglos atrás
en tierra americana, en Buenos Aires, se los hospedó
en ese lugar para extranjeros recién llegados– y sin
pausa alguna se los desalojó días después de allí, se
los cargó por la fuerza con la policía y la marina de
guerra, se los metió en vagones de carga y fueron
obligados a volver a su tierra de origen sin ver
cumplido su sueño de que se les devolvieran las
tierras para que la comunidad las trabajara.
Todos los detalles de este comportamiento vergonzoso
de las autoridades de esa época están reflejados en el
libro Los indios invisibles del Malón de la Paz de
Marcelo Valko, que acaba de publicar la editorial de
las Madres de Plaza de Mayo. Ahí está la carta que les
escribió Atahualpa Yupanqui a los maltratados kollas.
Ahí les dice:
“Hermano Kolla: te lo advertí, hermano Kolla.
Recuerdas que te hablé de Condorcanqui, de Katari, de
Pillipico? Ellos también como tú, se echaron el sol al
hombro y caminaron senderos del Ande hasta las Pampas
desiertas, con la ilusión que la vida prende en los
seres humildes que creen que aquellos que viven bien
piensan y sienten bien. Te vi pasar por los caminos
del Tucumán, saludé tu esfuerzo con mi mayor alarido.
Nuestros ponchos conversaron sobre cosas comunes. El
mío, rojo y azul dijo las cosas del sueño alto y de la
copla libre. El tuyo, castaño y pardo como tu vida y
como la tierra que el rigor aconseja al corazón que
sabe esperar siglos la aurora que libera de las
sombras”.
Y más adelante le señala: “Tú, indio del Ande, mestizo
de la Puna, huésped de Buenos Aires, fuiste echado a
patadas. Roto quedó tu erkencho. Destrozado tu bombo.
Con las hilachas de tu pobre poncho enjugaste tu
llanto. Tu llanto, hermano kolla. ¡Cómo me duele tu
llanto que es el mío y el de todos los que animamos
nuestro corazón para mostrar la injusticia de tu voz!
Ahora marcharás camino del regreso, que son para tu
pueblo caminos de derrota. Allá conversarás, superada
tu angustia, con tono más altivo. ¡Supay Huarkanka
Huachaska!”
Por publicar esa carta, Atahualpa Yupanqui fue
detenido y pasó seis meses a disposición del Poder
Ejecutivo en la cárcel de Devoto. ¿Cómo se puede
enviar a la cárcel a un cantor del pueblo por defender
a sus hermanos de sangre? Después de la cárcel,
Atahualpa marchó al exilio.
Pero pasaron muchos años, estamos ya en la década del
sesenta y Atahualpa dio un concierto de canciones en
Madrid. Ahí estaba Perón, en el exilio, y concurrió al
recital. Terminada la función el general Perón subió
al camarín del cantor indio. Atahualpa relata que
cuando lo vio a Perón, le dijo: “Qué feo es el
desarraigo, ¿no?. Cuando usted me mandó al exilio, por
defender yo a los kollas y por decirle que fue un
latrocinio envagonarlos y mandarlos al norte... que
era una vergüenza lo que se hacía con los hermanos...
es feo el desarraigo...”
–Entiéndame –le respondió Perón–, lo que pasa es que
fue un lobby que me hizo la gente de Patrón Costas, el
Ejército, la Gendarmería y el general Filomeno
Velazco. Además, cuando uno está arriba hay que tomar
medidas... si no los paraba a ustedes me pedían una
reforma agraria de fondo, y no estábamos para una
reforma agraria...
Los pueblos originarios siguen pidiendo con una
extrema paciencia la devolución de sus tierras.
Actualmente, por ejemplo, mapuches piden la devolución
de 500 hectáreas en tierras de Leleque, las cuales hoy
“pertenecen” al empresario italiano Benetton. Pero lo
piden con dignidad. Como hay un pedido parlamentario
que esa tierra se expropie al actual “propietario” y
se dé a los legítimos pobladores, Nahuelquir y
Curiñanco, los mapuches interesados, se oponen a que
sean expropiadas, porque así va a ir ese dinero a
Benetton. Y se preguntan: ¿por qué darle dinero por
algo que no le pertenece?
Increíble. La dignidad por encima de todo.
Y por eso hemos saludado el proyecto del diputado
patagónico Pablo Pascuriello por el cual propone el
cambio de nombre de las plazas, calles y monumentos
que lleven el nombre de teniente general Julio
Argentino Roca, y que en el futuro pasen a llamarse
“Pueblos originarios”. Esto, por respeto a la mayoría
de los argentinos, ya que de acuerdo con los estudios
antropológicos el 56 por ciento de nuestros habitantes
lleva sangre de esos pueblos que habitaron desde
siempre estas tierras.
Es un verdadero insulto que ese general, autor de la
llamada “campaña del desierto”, sea honorificado de
esa manera. Sabemos que esos honores se lo dieron
quienes se beneficiaron con las tierras ocupadas por
el ejército de ese general.
Y el ejemplo de la dignidad va cundiendo. Honor a la
comisión municipal de la localidad de El Huecú, en
Neuquén, que acaba de quitar el nombre de Roca a su
avenida principal. De haber vivido don Atahualpa, hoy
mismo hubiera viajado hasta El Huecú y en una esquina
de la avenida recién bautizada con un nombre digno
hubiera templado su guitarra y entonado Caminito del
indio.
En PÁGINA/12, Contratapa, sábado, 12-05-2007
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