[R-P] Izquierdas extravagantes y filoterroristas pululan por internet disfrazadas de «revolucionarias»

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Sab Mayo 5 11:53:05 MDT 2007


Izquierdas extravagantes y filoterroristas pululan por internet
disfrazadas de «revolucionarias»

La izquierda antiespañola en la red: la nada filosófica aliada con el terrorismo
Diego Farpón como ejemplo de estupidez patológica de este pensamiento
extraviado, cuando no delirante, arquetipo de absoluta endeblez
conceptual e inconsistencia teórica

Martes 9 de enero de 2007, por ER. Madrid

Los grupos de izquierda antiespañoles, aunque residuales y mal
organizados, pululan por la red lanzando mensajes a favor del
terrorismo y del separatismo. Esta izquierda extravagante, actuando
como si todavía la extinta URSS tuviese algún interés en desmembrar a
España y sin plataforma a la que agarrarse más allá de los cuatro
alucinados del Partido Comunista de los Pueblos de España PCPE, ha
encontrado en el odio a España un modo de dar salida a sus desvaríos
doctrinales, con grave perjuicio para la imagen pública de una
verdadera plataforma de izquierda definida como la que defendemos
desde estas páginas

Un caso de estupidez patológico de este pensamiento extraviado, cuando
no delirante, arquetipo de endeblez conceptual e inconsistencia
teórica, lo tenemos en los artículos de Diego Farpón, joven ideólogo,
estudiante de Historia en la Universidad de Alicante, contra el que la
Fiscalía del Estado debería iniciar acciones penales por
enaltecimiento del terrorismo e incitación al crimen.

Farpón publica asiduamente en páginas web pobladas de basura
pseudocomunista proetarra, como kaosenlared, losquesomos, la haine y
corriente roja.

Sus artículos son un buen ejemplo del crisol de tópicos que maneja
esta izquierda extraviada: antiespaña, filoterrorismo, republicanismo
ingenuo, anticapitalismo, antianorteamericanismo, judeofobia y otros.

Es especialmente sangrante el apoyo que brindan a Batasuna-ETA. En un
miserable artículo, Farpón llama «luchador por la libertad» al
sanguinario Iñaki de Juana Chaos, que lleva once atentados y 25
muertos a la espalda, y que en una de sus cartas enviadas desde la
cárcel en el año 1998, se refería así al asesinato, a sangre fría, del
matrimonio Becerril en Sevilla: «Me encanta ver las caras desencajadas
de los familiares en los funerales. Aquí, en la cárcel, sus lloros son
nuestras sonrisas y acabaremos a carcajada limpia. Esta última acción
de Sevilla ha sido perfecta; con ella, ya he comido para todo el mes.»

Para Farpón estas salvajadas hechas en nombre de un supuesto «pueblo
vasco oprimido» son actos revolucionarios.

Estos delirios «revolucionarios» de Farpón se fundamentan en una nada
filosófica: España (a la que prefieren llamar con la denominación
franquista de «Estado Español») es una prisión de pueblos y mediante
la lucha revolucionaria hacia la autodeterminación se conseguirá la
libertad.

Según el levantino, «los revolucionarios» alicantinos, murcianos,
extremeños, ¿araneses?, andaluces, asturianos y hasta castellanos…
tienen que unir sus fuerzas «con la única izquierda que no practicó el
entreguismo a la monarquía borbónica»: la izquierda separatista vasca,
gallega y catalana. Escribe este ideólogo revolucionario: «El derecho
a la autodeterminación, importante eje de las izquierdas nacionalistas
periféricas, sólo podrá ser una realidad con un gobierno español de
izquierda. Nunca los gobiernos que representan a la burguesía y al
imperialismo español permitirán la autodeterminación de ninguno de los
pueblos que forman el Estado español.»

Menuda bazofia: ¿periféricas? ¿Por relación a qué son periféricas? ¿Y
a qué imperialismo español se refiere? ¿Sabe este tipo qué es un
Imperio, un Estado, una Nación? ¿Tiene alguna teoría, al margen de los
cuatro tópicos escritos con muchas letras K? ¿Y a qué se refiere con
«los pueblos»?

Los «pueblos», en la concepción etnológica de Farpón, tienen unos
contornos muy difusos: ¿Por qué habría de tener Cataluña, por ejemplo,
el derecho de autodeterminación contra España y no el Valle de Arán,
respecto de Cataluña? Y si la realización de un referéndum es el
trámite para la autodeterminación respetuosa con «las sensibilidades»
de los pueblos, ¿por qué no podrían autodeterminarse las comarcas,
respecto de las regiones, o los municipios respecto de las comarcas, o
los barrios respecto a los municipios?

La respuesta es obvia, salvo que tenga uno los sesos extraviados por
la retórica pseudorevolucionaria: los «pueblos» (esto es, regiones,
comarcas, municipios) no son anteriores, en el orden lógico, al
Estado, del mismo modo en el que las naciones étnicas no constituyen
naciones políticas.

¿Y qué tipo de unidad habría que atribuir entonces, según Farpón, a
estas partes, pueblos oprimidos por España?

Si, como parece sostener Farpón, el «imperialismo español» no es
consecuencia de la imposición de una de esas partes sobre las demás
(imperialismo castellano, incluso «madrileño»), sino de «la asociación
de los capitalistas fascistas españoles» —con independencia de que
sean gallegos, vascos o catalanes— contra los obreros y jornaleros ,
de su misma «parte» y de las demás (y, precisamente, en nombre de
España y del franquismo), ¿en virtud de qué principio la segregación,
por autodeterminación, de esas partes tiene algo que ver con la
emancipación obrera y la lucha contra el capitalismo?

¿Pues no dice este «teórico» que los explotadores no tienen fronteras?
¿Quiere acaso decir Farpón que el estado de Euskalherría expulsará, en
el mismo proceso de su autodeterminación, a los «explotadores de la
clase obrera» que financian con el «impuesto revolucionario» a la ETA?
¿O que, acaso, desde la plataforma de Euskalherría se tendrá más
potencia para extender la revolución social? ¿O, finalmente, que la
clase obrera de la hipotética Euskalherría, liberada del yugo hispano,
va a mejorar sus condiciones de trabajo, su renta, su «esperanza de
vida» quizá?

El núcleo de su argumentación es el típico de la izquierda
extravagante: una interpretación torticera y vulgar de la dialéctica
de clases, según la cual España es una creación del capitalismo,
introducido por Franco, para explotar a «los pueblos», de forma que la
unión de revolucionarios (¿Y jornaleros?) catalanes, valencianos,
asturianos, ... y vascos (etarras) sería un episodio más del
desenvolvimiento histórico de aquél lema del Manifiesto Comunista:
«Proletarios de todos los países, uníos.»

Pero por poco que se examine la cuestión se verá que el separatismo
vasco no resulta de la necesidad de emancipación de las clases
sociales oprimidas, sino de todo lo contrario: del racismo antiespañol
(antijornalero, claro) de la burguesía y el clero vasco. Le
recomendamos a Farpón que se ilustre con los textos del
«revolucionario» Sabino Arana, inventor de «Euskalherría» y fundador
del Partido Nacionalista Vasco PNV: en ellos late la más profunda
animadversión racista por los jornaleros andaluces, murcianos y
extremeños que marcharon a las Vascongadas a ganarse el pan.

Por nuestra parte pensamos que la acción revolucionaria necesita de
plataformas sólidas en las que sustentarse, no en pequeños estados
fáciles de controlar por potencias extranjeras. En este sentido, la
idea de Farpón de un «Estado español pluriestatal» amén de un absurdo
lógico, es, en la práctica, la justificación ideológica de una
poderosa corriente contrarevolucionaria alimentada por las necesidades
de terceras potencias.

En otros artículos, la deformación ideológica lleva al ideólogo de
Alicante a tesis históricas tan ridículas como que en el triunfo del
Frente Popular fue de los trabajadores y otros kolectivos: «Así nos lo
enseña la historia, con la victoria de los jornaleros, trabajadores y
mujeres en 1936.»

Ignora el futuro historiador que la «historia» que nos cuenta es
sesgada y parcial, porque no fueron trabajadores, mujeres y jornaleros
quienes dieron el triunfo al Frente Popular sino las élites políticas,
de las diferentes generaciones de izquierdas, quienes suscribieron un
pacto de unidad que les permitió concurrir juntos a las elecciones,
aparcando sus diferencias fundamentales que luego, en plena guerra
civil —y antes: Casas Viejas—, aflorarían con virulencia.

Especialmente ridícula y boba resulta la atribución del triunfo del
Frente Popular a «las mujeres». Igual todavía no le han explicado en
la Facultad que fue precisamente «la izquierda» la que se negó a que
las mujeres participaran en las elecciones, aduciendo que la mayoría
votaban, por ignorancia o por conservadurismo congénito, a la derecha.

Por otra parte, es asombroso que «las mujeres» puedan, en la cabeza
embotada de Farpón, constituir una clase social, al lado de
«jornaleros y trabajadores». Precisamente fueron mujeres burguesas
(sufragistas) quienes iniciaron la lucha por el derecho al voto.

Ignora, otra vez, la dialéctica de Estados (los Estados le parecen
meras superestructuras, cáscaras vacías: él sólo entiende de «pueblos»
o naciones étnicas) y su papel determinante en la Guerra Civil
Española y su desenlace final.

Debería notar su falta nuestro ideólogo: ¿Acaso no tuvo el Frente
Popular que depender de la plataforma de la URSS para poder encarar la
«revolución»? ¿Y cómo podrían haber ganado la guerra las tropas
sublevadas sin el concurso en su favor de las dos plataformas
imperiales, los posteriormente aliados en la II Guerra Mundial
(Francia, Inglaterra, EE.UU.) de un lado, Alemania e Italia de otro,
en conflicto con la Unión Soviética?

 la revolución en AlicanteLos cuatro gatos extraviados del PCPE se
manifiestan por la derrota del capitalismo y de España¿Y en qué
plataforma, dada a esta escala, pretenden apoyarse los
«revolucionarios» del PCPE y otros «farponistas»? ¿En los Països
Catalans? ¿En las naciones étnicas o pueblos? ¿Cómo piensan defenderse
estos pueblos del imperialismo useño? ¿Con pancartas? Nos tememos lo
peor: que esta izquierda extravagante tome partido por uno de los
actores que, tras la guerra fría, han cobrado más impetu en las
sociedades del presente.

No es de extrañar, por tanto, que a estos revolucionarios de pega, les
encante el terrorismo, no sólo el etarra, sino, y esto es
especialmente grave, el islamista. En su lista de enemigos declarados
se encuentra Israel, compitiendo por el primer puesto con España y los
EEUU. De esta guisa no dudan en meter en el mismo saco a los países
catalanes y Palestina. Vean si no la pancarta que paseaban por las
calles de Alicante: «Iraq, Palestina, Líban, Països Catalans:
resistència i sobirania.» Infumable.

El odio a España, en el actual contexto internacional, es la
herramienta con la que cuentan terceras potencias para subyugarnos. El
ejemplo yugoslavo debería hacer pensar a este sujeto más allá de los
cuatro lugares comunes.

Esperemos que nadie se llame a engaños con estos involuntarios agentes
en España de potencias extranjeras que se autotitulan
«revolucionarios».




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