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Jue Mayo 3 12:09:57 MDT 2007
1 DE MAYO: LA HISTORIA NO CONCLUYE
1ro de mayo de 2007
Por EDUARDO ZURITA GIL*
ALTERCOM
Son ciento veintiún años desde el primero de mayo de
1886. En Estados Unidos de Norteamérica, la historia
oficial ignora o minimiza la importancia y sentido de
las acciones heroicas hasta la muerte, que realizaron
en Chicago los trabajadores, en su mayoría
inmigrantes, por la reducción de la jornada laboral a
ocho horas y el mejoramiento de las condiciones de
vida de los obreros.
Ocultar, con el olvido, el crimen de asesinar a los
hombres por sus ideas, no borra la vergüenza de acto
tan despreciable. Por ello el mejor tributo que
podemos ofrendar a los gestores de una de las luchas
más trascendentales por la reivindicación de los
derechos de los trabajadores, es refrescar la memoria
histórica y recuperar su valor, sobre los hechos y su
significado.
SITUACIÓN DE LOS OBREROS
La Guerra de Secesión (1861-1865) conlleva varios
resultados para los trabajadores en EE.UU. Se producen
grandes cambios socioeconómicos. El desarrollo de las
fuerzas productivas consolida el gran capital; no
obstante, entre las décadas de los setenta y ochenta,
como resultado de la crisis de sobreproducción, se
ocasiona la Gran Depresión que, sumada a la
automatización de las labores específicas, provocó
desempleo, disminución del salario y mayor
explotación. “El exceso de mano de obra en los
mercados de trabajo siempre ha debilitado las
posiciones de quienes la ofertan garantizando las de
quienes la compran” (A. Galkin).
Las injustas condiciones de sobreexplotación, el
hambre y la incertidumbre repercutieron en la toma de
conciencia y en la unidad del proletariado
norteamericano. “El empleo asegurado y constante es
una excepción” –dice el periódico obrero The Alarm–
“el número de desempleados comprendidos los del agro
ascendió a 3 millones, estos norteamericanos son
libres de verdad! Pueden pasar hambre libremente,
pueden mendigar libremente, pueden incluso morir de
hambre, pero no son libres de hacerse ni siquiera
esclavos”. Una familia necesitaba para malvivir 755
dólares por año, pero su ingreso era de apenas un poco
más de 500. Trabajando 16 y 18 horas diarias un minero
de Pennsylvania ganaba entre 2 y 2,7 dólares por día.
Las condiciones se empeoraban por la inmigración y la
concentración de la población en las grandes ciudades.
A estos hechos se añade la ausencia de una legislación
laboral y de derechos políticos para los obreros, por
lo tanto no tenían ningún peso en las decisiones de
gobierno. En estas circunstancias bregaban por
organizarse. En Europa soplaban vientos renovadores.
Las nuevas ideas. El Manifiesto Comunista, la
esperanza de liberación del proletariado. La
experiencia de la Comuna de París. Sucesos que en las
tierras nacientes alentaban los sueños proletarios.
Chicago se convirtió en una ciudad de extranjeros:
alemanes, irlandeses, bohemios, polacos, franceses,
rusos. Aunque sus orígenes eran de pobreza, llevaban
una llama visionaria. Un proletario se describió:
“Bárbaros, salvajes, anarquistas ignorantes,
analfabetos de Europa Central, hombres que no pueden
comprender el espíritu de las instituciones americanas
libres; de ellos soy uno”.
INVIERNO DE 1872
Un año después de la Comuna de París, en Chicago,
miles sin hogar y hambrientos a causa del Gran
Incendio, hicieron manifestaciones pidiendo ayuda.
Muchos llevaban en pancartas inscritas las palabras
“Pan o sangre”. Recibieron sangre. Corridos al túnel
debajo del río Chicago, fueron abaleados y golpeados.
Después de 1877, las dos clases entendieron bien que
pronto estallarían nuevos conflictos. En el horizonte,
la burguesía veía una “Comuna Americana” y preparaba
medidas sangrientas para reprimirla; en las ciudades
principales convirtió los arsenales en fortalezas;
transformó la Guardia Nacional en un ejército moderno
con armas modernas –ametralladoras Gatling– contrató
grandes ejércitos privados de informantes, matones y
pinkertons –guardias privados–” (Del Obrero
Revolucionario, No. 351, 14.4.1986).
Los empresarios gozaban de sus propias asociaciones y
tomaron providencias para evitar la unión de los
trabajadores. Se dictó la prohibición a la huelga, a
la asociación, y respecto de los activistas se
elaboraban “listas negras” de modo que quienes
constaban en ellas no podían ser contratados en
ninguna empresa. En la revista The North American
Review se leía: “en EE.UU. nada garantiza al hombre el
primero y más grande de todos sus derechos
inalienables; el que el trabajador debe tener a todos
los frutos de su trabajo”. De las propias estadísticas
oficiales se establecía que los obreros recibían
apenas el 15% de los bienes materiales que producían,
apropiándose del 85% restante un puñado de dueños del
capital.
LA ORGANIZACIÓN
En 1882 lograron el reconocimiento al derecho de
organización. Pero es a fines de los años setenta y
comienzo de los ochenta, particularmente, durante la
crisis económica (1882-1885) que aparecen las primeras
uniones o sindicatos en los estados de mayor
concentración obrera e industrial (Nueva York,
Pennsylvania, Massachusetts, Ohio e Illinois).
Más allá de las exigencias de los trabajadores
europeos de limitar la jornada a diez y doce horas, se
empezó a considerar que las nuevas condiciones
tecnológicas y sociológicas, la debían reducir a ocho
horas, y por ello ésta se constituyó en la principal
reivindicación de la clase obrera. El Cuarto Congreso
de la Federación Norteamericana del Trabajo (AFL),
realizado el 7 de octubre de 1884, por moción
presentada por Gabriel Edmonston, resolvió que a
partir del primero de mayo de 1886 la jornada de
trabajo duraría ocho horas. La consigna decía: “Un día
de rebelión, no de descanso!… Un día de protesta
contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia
y la guerra de todo tipo. Un día en que comenzar a
disfrutar ocho horas de trabajo, ocho horas de
descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana”.
La imagen de la jornada de ocho horas, a los dueños
del capital les pareció una sandez y un disparate,
pero entre los obreros logró gran poder de
convocatoria. Con tal propósito desde comienzos del
año 86 se multiplicaron las huelgas. La efervescencia
de los acontecimientos comprometió a un grupo de
anarcosindicalistas, entre ellos Albert Parsons y
August Spies, quienes dirigían la prensa obrera y
daban orientación a los trabajadores, uno de sus
postulados decía: “la libertad sin igualdad es pura
mentira”. En 1876 se había fundado el Partido Obrero
Socialista de América, pero en Chicago, en cambio, sus
dirigentes, se desentendieron de la lucha obrera
porque estaban embelesados debatiendo en la arena
parlamentaria.
PRIMERO DE MAYO
Llegó el Primero de Mayo. En la fábrica de maquinaria
agrícola Mackormic Reaper, en medio de la agresión y
provocación diaria de esquiroles protegidos por la
policía, se desarrollaba una huelga. El 3 de mayo,
Spies se presentó para animar a los huelguistas con
uno de sus tantos discursos. Le escuchaban alrededor
de 6000 obreros cuando apareció la policía para
escoltar a los rompehuelgas que en ese momento salían
de la planta. No pudo concluir su intervención. Los
precursores del Pentágono guardaban intenciones de
cortar todo de raíz y apurar el desenlace, las
instrucciones eran amedrentar y escarmentar. La ira
demostrada por los trabajadores frente a los
esquiroles fue razón suficiente para que la policía
abra fuego, mate a seis y hiera a muchos de los
reunidos. Esa misma noche Spies escribió …esta tarde
mataron a seis de sus hermanos de la fábrica
Mackormic, les mataron porque ellos, igual que
ustedes, tuvieron el coraje de desobedecer la suprema
voluntad de sus dueños. Les mataron porque habían
osado pedir que se le redujera las horas del trabajo
pesado. Les mataron para demostrarles a ustedes
“libres ciudadanos de América”, que deben estar
satisfechos y contentos por lo que sus amos tengan la
condescendencia de permitirles, si no quieren ser
asesinados…”
4 DE MAYO
Fischer y Engel, otros de los dirigentes, promovieron
para este día en la plaza de Haymarket (mercado del
heno), un mitin para protestar contra la matanza. Se
concentraron varios miles de obreros. Se inició a las
siete y media de la noche. Los oradores fueron Spies,
Parsons y Fielden. Fueron discursos esclarecedores no
de incitación. Cuando intervenía Fielden, empezó a
llover y más de la mitad de los asistentes se
retiraron. El mitin estaba por concluir, cuando se
escucharon botas que chapoteaban arrogantes cruzando
la plaza. Un numeroso grupo de policías fue a
apostarse desafiante junto al vagón que servía de
tribuna.
Los policías tenían un “plan trazado para provocar un
incidente” que –como siempre- justifique la represión,
la persecución y la destrucción del movimiento y de
sus dirigentes. Los sucesos se dieron
vertiginosamente. Un oficial exigió a los
manifestantes que abandonen la plaza, Fielden bajando
del vagón apenas pudo responder “Nuestro mitin es
pacífico…” Ese momento estalló entre los grupos de la
policía una bomba. Muchos se desplomaron y uno cayó
muerto. La fuerza medrosa abrió fuego al acaso. Los
trabajadores corrieron. En tan solo segundos cayeron
varios muertos y centenares de heridos. La prensa
capitalista que en todo el proceso venía desinformando
y azuzando contra los obreros se desató furiosa y
acometió a los sindicalistas, calificó al mitin de
“multitud embrutecida” (Chicago Tribune). “Estas
serpientes se han calentado y alimentado bajo el sol
de la tolerancia hasta que, al final, se han
envalentonado para atacar la sociedad, el orden
público y el gobierno”. Es hora de “infundir un miedo
benéfico” entre los trabajadores. Por otro lado se
rotulaba a los policías como “héroes de la ley y el
orden público”.
CACERÍA Y PATÍBULO
De inmediato comenzó la cacería y los registros
generales. Se encarcelaron a todos los activistas y se
inició causa contra los principales dirigentes:
Ausgust Spies, Michael Schwab, Samuel Fielden, Albert
R. Parsons, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg
y Oscar Neebe. La acusación era el asesinato del
policía Mathias J. Degan en la plaza de Haymarket. De
los ocho indiciados solo dos estuvieron presentes en
la plaza; no obstante, el New Cork Tribune, reclamaba
que “todos los líderes obreros fuesen ejecutados de
inmediato”. El Gran Jurado se constituyó, no como
debió hacerse, por sorteo; se seleccionó de entre 981
candidatos, a doce sujetos que profesaban “un odio
abierto a los obreros”; el alguacil, al igual que los
escogió, garantizó, con desparpajo, la horca como
desenlace. Sin pérdida de tiempo, el 17 de mayo se
reunió e instauró el llamado “Proceso de Haymarket”.
El juicio se fijó para el día 21 de junio ante la
Audiencia Criminal de Cook County. Antes de iniciado
el juicio, se conocía el destino fatal de los
acusados. Mientras se armaba el tinglado judicial se
construía el cadalso para la ejecución. Se había dado
comienzo a un “linchamiento legal”.
La policía no logró capturar a Partson; éste al
conocer del proceso, con valerosa lealtad prorrumpió
una mañana en la sala y fue a sentarse en el banquillo
junto a sus compañeros. “Me matarán -dijo- pero no he
podido quedarme en libertad conociendo que mis
camaradas están aquí y se verían castigados por algo
que, igual que yo, son inocentes” El juez Joseph E.
Gary y el fiscal Julius S. Grinnell desempeñaron el
papel de verdugos y serviles cumplidores del mandato
de sus amos. Se presentaron testigos comprados,
perjuros y contradictorios. Nunca se supo quien arrojó
la bomba.
Los acusados encontraron la oportunidad de reiterar su
convicción y compromiso. Spies recalcó: “Estas son mis
ideas, no puedo renunciar a ellas… si queréis condenar
a la gente a la pena capital porque se ha atrevido a
decir la verdad –yo os desafío a citar una sola
mentira que hayamos dicho– si la muerte es la pena que
se impone al que proclama la verdad, ¡pagaré ese
elevado precio desafiante y orgullosamente! Llamad a
vuestro verdugo”. Louis Lingg, a sus veintiún años de
edad, declaró: “EE.UU. es un país de tiranía
capitalista y del más cruel despotismo policiaco…
Desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra
autoridad basados en la fuerza. ¡Colgadme por ello!”
Adolph Fischer denunció: “Sé que es imposible
convencer a los que mienten por oficio: a los
asalariados directores de la prensa capitalista,
quienes cobran por sus mentiras”.
Al bajar el telón el fiscal se pronunció: “condenen a
estos hombres para aleccionar a los demás, ahórquenles
para salvar nuestras instituciones, nuestra sociedad”.
El 20 de agosto se dictó el veredicto de culpabilidad.
No se los condenó por la acción de matar a un policía,
“los juzgaron por el crimen de dirigir a los
oprimidos”, se los iba a matar por la acción de
atentar contra el sistema. A pesar de que en el
proceso se demostró que éste era perverso, oprobioso e
injusto. Los defensores: William P. Black, William A.
Foster, Sigmund Zeiser y Moses Salomori, apelaron en
septiembre ante el Tribunal Supremo, el cual
reconociendo que existieron errores en el proceso y
ausencia de pruebas, confirmó el dictamen del jurado.
El 9 de octubre se pronunció la sentencia: los siete
fueron condenados a muerte y Oscar Neebe a 15 años de
trabajos forzados.
Muchas voces en el mundo se elevaron para pedir se
indulte a los sentenciados. La tiranía mata por
cobardía, por temor; pero las ideas no mueren ni por
estrangulamiento. “A lo largo de la historia, el
origen de la violencia ha sido la propiedad
privada”(A. Spies). A dos de los condenados les
cambiaron la pena por cadena perpetua. El joven Louis
Lingg en su celda, vísperas de la ejecución, en
desacato final, se voló la tapa de los sesos con un
fulminante de dinamita.
El mediodía del viernes 11 de noviembre de 1887 cuatro
hombres (Spies, Engel, Parsons y Fischer) cubiertos
con togas blancas subieron al patíbulo. Spies habló
mientras el verdugo le cubría la cabeza con la
capucha: “Llegará un tiempo en que nuestro silencio
será más poderoso que las voces que ustedes hoy
estrangulan”. Parsons gritó: “¡Permítame hablar,
sheriff Matson! Que se oiga la voz del pueblo…” La
gruesa cuerda de esparto ahogó esas palabras que
resonaran por siempre...
Acompañaron sus funerales decenas de miles de
personas. Las fábricas empezaron a reducir a ocho
horas. El ejemplo de los “Mártires de Haymarket” sigue
inspirando a los que luchan contra las injusticias y
la explotación y su recuerdo se revive cada Primero de
Mayo. La adversidad de los migrantes, la presente
situación de la masa proletaria no actualiza esta
historia?
¿SABREMOS RESPONDER?
Los necios no aprenden de la historia. Al concluir nos
asalta una interrogación. Para evitar los inútiles
costos de la confrontación y en el entendido de que ha
de prevalecer la inteligencia y la civilización,
exploramos con convicción la corriente de la mediación
y el diálogo; mas ¿qué sucede cuando los dueños del
poder político o económico envilecen el diálogo y lo
usan frívolamente como ardid? ¿Las masas no recuperan
el derecho de irrumpir por sus fueros y hacer uso de
otros medios? ¿Podremos por convicción o conveniencia
evitarlo?
JUBILADOS Y MADRES QUE TRABAJAN
El Congreso de la II Internacional, realizado en París
en 1889, declaró al primero de mayo “Día de la
Solidaridad Internacional de los Trabajadores”. Y así
es como debemos conmemorar y entenderlo: Día de la
Solidaridad de los Trabajadores. No es, pues,
simplemente el “Día del Trabajo”. En el momento actual
los que demandan, en primera línea, nuestra
solidaridad, son los trabajadores jubilados, su causa
debe ser la causa de todos. Su injustificada situación
no es tan solo ocasionada por los gobiernos, como
señalan algunos empresarios queriendo desentenderse de
su responsabilidad; pues resulta que los gobiernos
siempre han sido representantes y exponentes de los
intereses empresariales. No obstante, todos debemos
comprometernos en darles una solución ya y ahora. Los
trabajadores jubilados no tienen tiempo para esperar.
Después del primero de mayo se celebra del Día de la
Madre. Podemos hablar, entonces, con solidaridad, de
un doble tributo, en una sola intención, en una sola
persona: a las madres trabajadoras como síntesis de
madre y trabajo. Exaltando el trabajo, Benjamín
Constan dice que “el sudor del hombre es el mejor
abono para la tierra”, parafraseando: el sudor de la
madre es abono para la vida; tal vez por eso Dumas
escribió “la maternidad es el patriotismo de las
mujeres”. La madre trabajadora construye la Patria
criando bien a sus hijos y faenando la existencia de
su hogar y su familia, en su propia casa o buscando un
pan fuera de ella. Su sacrificio generoso nunca es
suficientemente compensado. En su inmensa entrega ella
se resarce, como suya, en la felicidad de sus hijos.
El homenaje, no un día, ¡ojalá todos los días de la
vida!
*EDUARDO ZURITA GIL: Artista ecuatoriano. Presidente
de la Federación Nacional de Artistas.
Ex-Vicepresidente de la Confederación de Trabajadores
del Ecuador. Ex-Presidente del Tribunal de Garantías
Constitucionales. Director Nacional de Mediación de la
Defensoría del Pueblo.
"Ajenos y lejanos, en mi mente habitamos un único espacio, en el que sin censura, nos hacemos amantes de las caricias que no nos damos, de los labios que no probamos, de los aromas que no respiramos, del encuentro que no sucede, sino a escondidas de lo humano."
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