[R-P] Lacolla Pecado de arrogancia

José María Cavalleri ingcavalleri en hotmail.com
Dom Mar 25 05:57:31 MDT 2007


Pecado de arrogancia
Enrique Lacolla
Periodista

El pasado martes se cumplieron cuatro años de la invasión 
anglonorteamericana a Irak. En un lapso menor, los estadounidenses 
derrotaron a la Alemania nazi y a Japón, durante la Segunda Guerra Mundial. 
Ahora, en cambio, no consiguen imponerse a las bandas de resistentes, 
pobremente equipadas, que se les oponen en ese país asiático.

¿Qué está pasando? ¿Estados Unidos ha perdido el rumbo? Más bien cabe pensar 
que, concluido el viaje, sus dirigentes no disponen de la imaginación 
necesaria para ir más allá de la meta que se habían fijado.

Llegada al ápice de su fuerza, la nación norteamericana no encuentra los 
enemigos adecuados contra los cuales descargar su arsenal: el papel de 
policía global que se ha autoarrogado exige no tanto una capacidad de 
producción material y tecnológica abrumadora, cuanto una disposición a 
llevar adelante una rutina desgastante e inacabable, que sólo podría 
tolerarse si, en el arco de los países dominados, la superpotencia 
encontrara a los aliados locales capaces de sacarle las castañas del fuego; 
y si las poblaciones de los países ocupados, como Irak, admitieran que su 
dominador posee un poder incontrastable y que es preciso adecuarse a éste.

La ley del sistema dominante podría terminar así convirtiéndose en norma 
reconocida, proveyendo un marco más o menos estable para la evolución de las 
cosas.

Algo por el estilo ocurrió con el dominio británico en la India y, a una 
escala mucho mayor y en un espejo en el cual la elite norteamericana gusta 
mirarse, con el antiguo Imperio Romano.

Sin embargo, la subordinación al estado de cosas, que era posible en el 
mundo de las potencias coloniales de Occidente a fines del siglo 19, ya no 
lo es en el mundo de hoy, cuya historia y cuyas características 
comunicacionales, económicas y tecnológicas ponen a sus integrantes en una 
situación de estrecha interdependencia y donde la presencia de las masas no 
puede ser soslayada.

Estados Unidos no se enfrenta a un enemigo definido. En cierta medida, 
porque no lo tiene; los que existen son los que su misma agresividad excita 
y se dividen entre quienes reaccionan al ataque de que son objeto y quienes 
se preparan para no tener que soportarlo.

El protagonismo global no es una fatalidad: es una elección. Estados Unidos, 
por una combinación de factores, entre los que se cuentan su fuerza, su 
historia, su cultura y la concentración económica que implica tener las 
terminales nerviosas del sistema mundo asentadas en su suelo, ha asumido el 
papel de gestor (que se quiere omnipotente) de la crisis capitalista. Lo ha 
hecho postulándose autoritariamente como primus inter pares, sin atender los 
intereses de las otras potencias.

Se arrojó así a una activa campaña para desarticular a su adversario de la 
Guerra Fría, Rusia, mientras orientaba su proyección geopolítica a través de 
campañas como las de Irak y Afganistán.

Éstas dan cuenta de la voluntad norteamericana de aposentarse en las zonas 
desde las cuales se puede controlar o vigilar el arco euroasiático y se 
puede abrir o cerrar la espita que regula el flujo del petróleo.

Coherencia teórica e incoherencia práctica. Y bien, la ocurrencia es 
coherente, pero su implementación puede revelarse demasiado cara. A cuatro 
años de invadido Irak, las bajas norteamericanas siguen en aumento, el 
presupuesto de guerra se hincha hasta extremos exorbitantes y el horrible y 
sangriento espectáculo del caos en que ha sido sumida la sociedad iraquí es 
la peor de las publicidades que cabe imaginar para el proyecto que 
Washington pretendió vender para estabilizar Medio Oriente.

Algo tiene que hacerse para salir del atolladero. Los consejos oscilan entre 
irse o quedarse, en este último caso pronunciando una fuga hacia adelante 
que extienda el conflicto a Irán, en procura de su destrucción como factor 
de poder -del mismo modo que se hizo con Irak entre 1991 y 2003.

La dirigencia norteamericana, en sus dos vertientes, la de los halcones o la 
de las palomas, no tiene intención de renunciar a sus aspiraciones.

La cuestión reside en saber si la eficiencia productiva y la solidez 
económica acompañan esa pretensión hegemónica tal como sucedía después de la 
Segunda Guerra Mundial.

No parece que sea así. Y esto es grave, pues tal hecho no sólo erosiona la 
capacidad de la superpotencia para imponer su voluntad, sino que torna 
sospechosa la teoría misma que la sustenta. Esto es, la de que el mercado y 
la globalización son el non plus ultra de la historia y que estarían 
revelando el cumplimiento de los tiempos.

No es así, como es obvio. Pero, ¿cuánto tiempo y cuánto sacrificio llevará 
extraer las conclusiones que esa evidencia impone?

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