[R-P] Las 35 horas de George W. Bush en Uruguay
Luis Vignolo
lvignolo en gmail.com
Sab Mar 17 17:36:42 MDT 2007
Semanario BRECHA
Sábado 17 de Marzo de 2007
Las 35 horas de George W. Bush en Uruguay
El jardín de los arándanos
El presidente de Estados Unidos quedó muy satisfecho de la escala
uruguaya de su gira. No está acostumbrado a que lo traten tan bien.
Para el Frente Amplio, en cambio, la visita fue un peludo de regalo.
Le provocó una crisis de identidad y le reabrió una vieja y complicada
discusión: la de los TLC y su incompatibilidad con el Mercosur.
Guillermo Waksman
La estadía de George W Bush en Uruguay, entre la noche del viernes 9 y
la mañana del domingo 11, se convirtió en la principal contradicción
con su propia historia que debió enfrentar el Frente Amplio (FA) desde
que, hace dos años, asumió el gobierno. No había duda de que, como lo
adelantó el presidente Tabaré Vázquez el viernes 2 en su discurso de
la plaza Independencia, aunque el FA sigue siendo una fuerza política
antimperialista, el gobierno no tenía otra alternativa que recibirlo,
como debe hacerlo con cualquier jefe de Estado de un país que mantiene
relaciones diplomáticas con Uruguay. Casi todos los uruguayos teníamos
derecho a hacer pintadas –o a gritar con todas nuestras fuerzas–
"fuera Bush" y podíamos tratarlo, por ejemplo, de "asesino" o de
"genocida"; la excepción eran los altos funcionarios del gobierno, que
tienen no sólo derechos cívicos sino además obligaciones
institucionales, más allá de que seguramente casi todos ellos
compartan, en su fuero íntimo, esos calificativos. Otra historia es
cómo se lo recibía –es decir si el trato era meramente protocolar–,
qué relaciones se establecían con miras al futuro, si había que cuidar
o no que las mismas afectaran otros compromisos internacionales que
tiene el país y, también, qué actitud asumía, ya no el gobierno, sino
la fuerza política que lo ejerce.
Por esas circunstancias, es probable que el presidente Bush tuviera
más ganas de venir a Uruguay que su colega Vázquez de recibirlo. Nadie
puede pensar que llegó a este país sólo porque su padre le dijo que
valía la pena conocerlo ni tampoco para comprar arándanos. El
visitante sólo podía tener beneficios y para el anfitrión había sobre
todo inconvenientes. Ser bien acogido en un país pequeño, sí, pero con
un gobierno de izquierda y con una tradición democrática reconocida
por la comunidad internacional no era poca cosa para un presidente
cuya popularidad, dentro y fuera de su país, está en caída libre y que
ostenta merecidamente el título de campeón mundial de las masacres
contra otras naciones y del desconocimiento abierto del derecho
internacional y de las Naciones Unidas.
La gira por América Latina era una excelente oportunidad para desviar
la atención de la opinión pública estadounidense de la guerra de Irak
y de los problemas internos. Pero además –como sostuvo Joseph
Stiglitz, ex vicepresidente del Banco Mundial y premio Nobel de
economía en 2001– fue antes que nada un intento de destruir la unidad
y la cooperación de los países de la región. Dice también Stiglitz que
la estrategia de Bush hacia América Latina ha sido la de dividirla y,
a través de acuerdos bilaterales, tratar de romper los tratados
regionales. En este momento, el objetivo parece muy claro: meter una
cuña que deje de un lado a Chile, Brasil y Uruguay, y del otro a
Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador. Los siete países tienen
diferencias enormes con su gobierno y, sobre todo, con su política
exterior. Pero siempre es posible separar a los malos de los peores o
a los bagres de las tarariras, ya que de pescar se trataba.
En Uruguay, el historiador Alberto Methol Ferré, entre muchos otros
analistas, se ha manifestado en la misma línea de pensamiento: Bush es
un nuevo lord Ponsomby que viene a refundar el "Estado tapón" entre
Argentina y Brasil (Crónicas, viernes 9). Hace cinco años Methol ya
sostenía que uno de los objetivos del actual presidente de Estados
Unidos era "africanizar" América Latina.
Con su escala en Uruguay Bush tenía todo para ganar. Sobre todo si era
recibido, como lo fue, como un verdadero amigo, en un clima
distendido, sin corbata y en mangas de camisa (salvo el canciller
Reinaldo Gargano, quien prefirió marcar, aunque sea de ese modo, la
distancia), en una estancia que le permitió sentirse como en su casa y
hasta le recordó la residencia presidencial de Camp David y su propio
rancho de Texas. Ese ambiente donde había más afabilidad que la
exigida por el protocolo fue especialmente destacado, por lo
infrecuente, por algunos periodistas estadounidenses que integraban la
comitiva. Dio la impresión de que Uruguay buscaba ser "el mejor de la
clase".
El motivo es que el gobierno tenía expectativas en cuanto a lo que
pudiera dejar esta aproximación a Estados Unidos en materia comercial:
se habló de lograr un aumento en la cuota de la carne vacuna –se
propuso cuadruplicarla, para después negociar, según anunció el
ministro José Mujica–, de colocar carne ovina, textiles, más software,
cítricos (salvo naranjas), un poco de etanol y hasta los famosos
arándanos. "Bush dijo que sí a todo menos a los textiles", anunciaron
con delirante optimismo algunos titulares de prensa. Claro, a los
textiles había dicho directamente que no –por los acuerdos de su país
con China–, pero con respecto a todo lo demás apenas había respondido
"vamos a ver".
Nadie podía engañarse: es sabido que los negocios no se concretan en
las visitas de los presidentes, en las que sólo se logran
predisposiciones. Eso se consiguió: Bush se fue muy bien predispuesto,
como anunció el lunes 12 con enorme satisfacción el ministro Danilo
Astori, al término de la reunión en que Vázquez informó al Consejo de
Ministros sobre sus seis horas con Bush (incluidas sus dos
conversaciones a solas, una de 45 minutos, en tierra firme, y otra de
40 navegando por el río San Juan). Tan complacido quedó el presidente
de Estados Unidos que –según él mismo lo difundió en la tarde del
sábado, durante la recepción en la residencia del embajador Frank
Baxter– le dijo a Vázquez que, ante cualquier problema, no dejara de
llamarlo. Uruguay logró un "teléfono rojo" con la Casa Blanca, aunque
habría que decir, un poco más modestamente, un "teléfono celeste"
porque, a diferencia del que existía con el Kremlin, no basta con
levantar el tubo para hablar; hay que digitar el número.
Claro que este alicaído presidente Bush, en los últimos 20 meses de su
mandato y en minoría en el Congreso, no pesa mucho en las decisiones
comerciales de su propio gobierno. Un primer indicio de que el
intercambio comercial no estaba entre las prioridades de la delegación
de Estados Unidos se conoció cuando llegó el avión y se supo que Susan
Schwab, la responsable de la Secretaría de Comercio en este tipo de
asuntos, se había salteado la escala uruguaya para quedarse en San
Pablo. Es lógico: con Brasil los negocios –y el etanol– tienen otro
interés: una confirmación de que el tamaño sí importa.
Del conflicto con Argentina y de la instalación de la planta de
celulosa de Botnia en Fray Bentos ni se habló, según aseguró Vázquez.
No se habló de eso, sin duda, pero no hacía falta: la sola presencia
de Bush en Uruguay –y por si fuera poco la simultánea de Hugo Chávez
en Argentina, así como la predisposición, mala en este caso, de Bush
con Néstor Kirchner– permite prever que si algún día le tocara al
mandatario estadounidense meter una baza en este intríngulis, lo haría
a favor del gobierno uruguayo, incluso sin necesidad de usar el
teléfono celeste. Ya lo hizo, por lo demás, en ocasión del voto a
favor del préstamo a Botnia en el directorio del Banco Mundial.
¿SER O NO SER? Los sectores del FA tenían libertad de acción para
asistir al acto convocado por el pit-cnt y otras organizaciones
sociales. No fue por una decisión expresa en ese sentido de la Mesa
Política, sino porque no había logrado la mayoría especial requerida
(dos tercios) una moción que planteaba la adhesión a la convocatoria.
Si bien no se planteó adherir a la convocatoria de la Coordinación
Antimperialista –que llamaba a cuestionar no sólo a Bush sino también
al gobierno, porque lo recibía–, hubo claramente dos posiciones en la
coalición de izquierda. Por un lado, la de los partidarios de asumir,
como fuerza política, la misma actitud del gobierno: "No se puede
estar en la misa y en la procesión", dijo al respecto el senador
Carlos Baraibar (Asamblea Uruguay) cuando fue consultado por Brecha.
Por otro, la de quienes entendían que, más allá de las obligaciones
institucionales del gobierno, el FA debía mantener la misma posición
antimperialista que había sostenido durante toda su historia. Hubo,
por cierto, militantes frenteamplistas que optaron por asistir a la
marcha de la Coordinación Antimperialista y que, por lo tanto,
cuestionaron la actitud del gobierno.
Si la marcha que sólo repudiaba a Bush no hubiese existido, Uruguay y
su gobierno de izquierda habrían ingresado al Libro Guiness como el
único país donde una visita del actual presidente de Estados Unidos
sólo es repudiada por unos pocos miles de personas, o bien esa misma
marcha –donde hubo expresiones de violencia– habría tenido una
participación muchísimo mayor. La protesta contra el comportamiento
del gobierno, por consiguiente, también habría sido considerablemente
más grande. ¿No habría sido más saludable que el FA convocase a la
marcha junto a las organizaciones sociales, dejando claramente sentada
que una cosa es la posición de la fuerza política y otra su obligación
como gobierno? Es más confuso y genera mayor división interna simular
que la bandera del antimperialismo –que el presidente Vázquez
reivindicó– debe esconderse mientras el FA sea gobierno o que incluso,
para levantarla, haya que asistir a actos a los cuales oficialmente no
se adhiere.
EL TLC RESUCITADO. Según el senador oficialista Alberto Couriel, "la
visita de Bush pasó sin pena ni gloria y el gobierno de Uruguay no va
a cambiar su política internacional ni su actitud con respecto a la
integración regional" (La República, miércoles 14). Hay algunos
indicios que permiten dudar de que después de esta visita –que por
cierto no tuvo gloria alguna– ese vaticinio se cumpla. Primer indicio:
ya en su discurso de Anchorena, el presidente Vázquez sostuvo que "no
queremos un proceso de integración cerrado sino un proceso de
integración abierto, que este Mercosur se pueda integrar con otros
bloques, o con otros países del mundo, pero también que cada uno de
los integrantes de este proceso, por ejemplo Uruguay, pueda ejercer su
derecho soberano de desarrollar relaciones bilaterales con otros
procesos de integración u otros países. En ese sentido estamos
trabajando, y en ese sentido se inscribe entonces esta reunión que
tuviéramos el honor de tener con el señor presidente de Estados
Unidos".
Segundo indicio: el ministro Astori desmintió el miércoles 14 haber
formulado la versión que difundió la prensa local de una nota
publicada en el Financial Times, de Londres, en la cual se le atribuye
haber declarado que Uruguay debería dejar de ser miembro pleno del
Mercosur si no se lo autorizaba a celebrar acuerdos bilaterales con
otros países. Pero en el mismo desmentido Astori señala que es
partidario de seguir planteando en los órganos del bloque que se le
autorice a firmar ese tipo de acuerdos; sostiene que "Uruguay no puede
ponerse límites (por tener) una economía muy pequeña que tiene que
encontrar en su diversificación de relaciones la fortaleza que no le
da su pequeño tamaño"; y anuncia que, además del acuerdo conjunto de
todo el Mercosur con Chile, está planteada, entre otras alternativas,
la posibilidad de que Uruguay celebre un acuerdo de libre comercio con
ese país.
Tercer indicio: el ex presidente Jorge Batlle* afirmó que el teléfono
celeste es "una especie de cheque en blanco imponente para cualquier
gobernante", e interpretó que lo único que Vázquez le puede pedir a
Bush es "hacer un tratado de libre comercio" (radio El Espectador,
lunes 12). La misma interpretación, seguramente interesada, hicieron
la mayor parte de los empresarios que el sábado 10 estuvieron con Bush
en la residencia del embajador Baxter, muchos de ellos relacionados
con las cámaras y otros directamente con empresas ligadas al comercio
con Estados Unidos (El País, lunes 12).
Cuarto indicio: en una entrevista publicada ayer, jueves, por Búsqueda
el embajador de Japón plantea la disposición de su país a suscribir un
TLC con Uruguay.
Lo cierto es que, haya o no un antes y un después de la visita de
Bush, la discusión sobre el TLC, que parecía estar muerta y enterrada
desde que Vázquez la descartó, parece haber sufrido una súbita
resurrección.
* Batlle también se regocijó con el sorprendente reconocimiento que
hizo Vázquez al gesto de Bush cuando dispuso el préstamo-puente de
1.500 millones de dólares cuando la crisis de 2002. Recordemos que el
préstamo fue sólo por cuatro días.
Mi amigo el execrable
El 8 de febrero la ministra de Desarrollo Social, Marina Arismendi,
afirmó públicamente que "el señor Bush es realmente la representación
de lo más execrable, asesino y belicista que hay en el mundo".
Arismendi fue convocada a la Comisión Permanente para que diera cuenta
de sus dichos –no compareció porque, según se dijo, no fue posible
concertar una fecha adecuada– y el diputado colorado Washington Abdala
sostuvo que podría haberse configurado el delito de atentado contra el
honor de un jefe de Estado extranjero. Algunas semanas después,
preguntada sobre si se había arrepentido de esas opiniones, Arismendi
respondió clara y escuetamente que no.
Los principales dirigentes y legisladores de la mayoría de los
sectores del FA asistieron al acto organizado por el pit-cnt y otras
organizaciones sociales, en el cual se leyó una proclama en la que
había conceptos similares a los expresados por Arismendi. Fue notoria
la ausencia de representantes de Asamblea Uruguay, la Alianza
Progresista y el Nuevo Espacio o, al menos, de sus dirigentes más
conocidos. José Mujica, por su parte, declaró que si no fuera ministro
habría asistido a ese acto.
En cambio, no fueron muchos los dirigentes frenteamplistas que el
sábado 10 concurrieron a la recepción ofrecida en su residencia por el
embajador Frank Baxter. Concurrió el vicepresidente Rodolfo Nin, medio
gabinete –Danilo Astori, Reinaldo Gargano, Jorge Lepra y Jorge
Brovetto, que ya habían estado en Anchorena, y Daisy Tourné, Héctor
Lescano y Eduardo Bonomi–, así como el senador Carlos Baraibar
(au-FA). El ministro Mujica, cuya presencia en Colonia fue
especialmente agradecida por Bush porque conocía su trayectoria de
luchador –según señala Búsqueda en su edición de ayer–, prefirió
quedarse en su casa y reflexionar mientras trabajaba la tierra.
Recibió además a algunos periodistas, a quienes trasmitió la sensación
de pesar que tenía por haber participado en las actividades de
Anchorena, pero aclaró que entendía que ésa era su obligación como
ministro.
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