[R-P] [tribuna_boliviana] La mafia farmacéutica. Peor el remedio que la enfermedad

Pat H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mie Mar 14 12:09:13 MDT 2007


09-03-2007       

La mafia farmacéutica. Peor el remedio que la
enfermedad. 

Carlos Machado
Ecoportal.net

El mercado farmacéutico mueve unos 200.000 millones de
dólares al año. Un monto superior a las ganancias que
brindan la venta de armas o las telecomunicaciones.
Por cada dólar invertido en la fabricación de un 
medicamento se obtienen mil en el mercado. Y las
multinacionales farmacéuticas saben que se mueven en
un terreno de juego seguro: si alguien necesita una
medicina, no va a escatimar dinero para comprarla. 

Este mercado, además, es uno de los más monopolizados
del planeta, ya que sólo 25 corporaciones copan el 50
por ciento del total de ventas. De ellas, las seis
principales compañías del sector –Bayer, Novartis,
Merck, Pfizer, Roche y Glaxo- suman anualmente miles
de millones de dólares de ganancias, a lo que hay que
añadir más todavía, dado que todos los grandes 
grupos farmacéuticos son también potencias de las
industrias química, biotecnológica o agroquímica. Todo
ello, y su imparable avidez por seguir haciendo dinero
y creciendo cual un parásito destructivo, hace que las
multinacionales del sector, haciendo gala de una total

impunidad, se desentiendan de su verdadero cometido,
la salud, y no reparen en aplastar a competidores
menores, atacar a gobiernos débiles que intenten
enfrentarlas y, lo que es peor, mantener precios
prohibitivos para las poblaciones de escasos recursos
y a la vez fabricar productos que en muchísimos casos
terminan envenenando a los eventuales pacientes. 
Sobrados ejemplos hay en ese sentido. 

Uno de ellos tuvo como protagonista a Merck, uno de
los gigantes farmacéuticos que se vio obligado a
retirar del mercado a una de sus estrellas, el
antiinflamatorio Vioxx (rofexocib), cuya venta le
reportaba 2.500 millones de dólares al año. Pero hasta
que Merck retiró ese medicamento fue demasiada la
sordera, la negligencia y la falta de ética frente 
a las constantes advertencias sobre los riesgos
cardiovasculares que producía. Actualmente, ese
fármaco podría causarle a Merck muchas más pérdidas
que su retiro de las ventas. En Estados Unidos, la
compañía fue declarada responsable de la muerte de
Robert Ernst y obligada a pagarle a su viuda 253,4
millones de dólares, pero se encuentran pendientes de 
resolución unas 5.000 denuncias, y puede suceder que
la compañía farmacéutica tenga que desprenderse
finalmente de entre 18.000 y 50.000 millones de
dólares. Sin embargo no sólo Merck fue el responsable
de la negligencia, sino que un organismo como la
Agencia para las Drogas y los Alimentos (FDA-Foods and
Drugs Agency), el ente gubernamental norteamericano
que supuestamente debe velar por la salud y la
alimentación de los contribuyentes, también es
corresponsable. 

Desde el año 2002 se sabía que el Vioxx aumentaba la
posibilidad de generar infartos al corazón o problemas
similares, por lo que corrieron las sospechas: ¿apoyó
Merck algunos trabajos o investigaciones de la FDA, o
hubo algún tipo de contraprestación o, si se prefiere,
de “coimas”?. Nada de ello resultaría extraño, si nos
atenemos a los antecedentes de la FDA en el juego de
intereses con que son favorecidos los grandes grupos
químico-farmacéuticos, y de los que nos ocupamos en
notas anteriores. Lo cierto es que Merck no retiró al
Vioxx del mercado hasta el año 2004, un retraso
inexplicable ya que eran demasiadas las evidencias 
de múltiples efectos cardiovasculares adversos del
fármaco, y una falta de respuesta rápida
incomprensible en una compañía fundada hace 340 
años. 

La conclusión no es tan difícil: las ventas del
producto fueron más importantes que sus efectos
adversos. 

Hipocráticos hipócritas 

Hace tiempo que es vox pópuli el hecho de que los
laboratorios acosan a los médicos para que éstos
receten con exclusividad sus productos. Un acoso nada
incómodo para los profesionales de la salud, ya que
por aceptarlo se llevan no pocos beneficios. 

Lamentablemente hoy en día son una gran mayoría los
médicos que de buen grado se dejan caer en las redes 
de este soborno. Incluso puede observarse, cuando
alguien va a atenderse a un consultorio, de qué manera
los doctores dejan de lado por varios minutos la
atención a sus pacientes para dar preferencia a la
recepción, en medio de los turnos, de trajeados
visitadores médicos llevando en las valijas no sólo
sus promociones, sino también los regalitos de rigor. 
Un caso de este tipo, y a gran escala, explotó con
ribetes de escándalo en Italia, y la autoría del
soborno en cuestión correspondió a otra de las grandes
multinacionales farmacéuticas. 

Luego de un trabajo que le llevó dos años, la Fiscalía
de Verona hizo pública hace unos dos años una
investigación que sacó a la luz lo que en ese país
también era un secreto a voces: médicos que reciben
regalos y sumas de dinero de una multinacional
farmacéutica a cambio de recetar sus productos. La
acusación apuntó, con nombres y apellidos, nada menos 
que a 4.400 médicos de toda Italia y a 273 dirigentes
y empleados del grupo británico Glaxo Smith Kline
(GSK), uno de los líderes mundiales del sector, cuya
sede italiana se encuentra precisamente en Verona. Las

prácticas en cuestión se llevaron a cabo en el período
1999-2002, y las acusaciones van de soborno y
corrupción a asociación delictiva en el caso de
algunos dirigentes de Glaxo en Italia. 

La investigación se originó en la región del Véneto,
cuando la Policía Fiscal descubrió en la contabilidad
de la compañía una cantidad exagerada, de alrededor de
100 millones de euros, destinada a “promoción”. 
La Fiscalía acusó a Glaxo de haber desembolsado un
millón de euros anuales para que los médicos
prescribieran determinados fármacos y se atuvieran al
catálogo de la compañía. De acuerdo a lo explicado por
la policía italiana, todo el sistema de “comisiones” y
regalos era controlado por un sistema informático
conocido con la clave “Giove”, en el que era 
registrado el rendimiento de cada médico y en base a
ello se establecía la importancia del premio. 

Los métodos de captación de los profesionales
utilizados por Glaxo incluían viajes a lugares
paradisíacos, relojes de oro, computadoras personales
y dinero en efectivo. En algunas conversaciones
telefónicas interceptadas por los investigadores en
2003, algunos vendedores de Glaxo se jactaban del
aumento en las ventas logrado gracias a los sobornos. 
Por su parte, los fiscales informaron que la firma
cuidaba a los facultativos en todos los niveles, desde
la medicina general -2.579 profesionales denunciados-
con obsequios de computadoras, reproductores de DVD o 
cámaras fotográficas, hasta los especialistas, con
1.738 acusados que recibían obsequios aún más valiosos
como viajes, financiación de congresos y elementos de
alta tecnología. Asimismo hubo un grupo de 60 médicos 
investigados, adscriptos a servicios de oncología, que
participaron en un programa denominado Hycantim, un
producto para el tratamiento de tumores. Según las
acusaciones, esos médicos recibían incentivos por
cada paciente al que le prescribían ese fármaco. Uno
de los fiscales señaló, al referirse a los ejecutivos
de la compañía y el precio del producto: “Para esta
gente, cada enfermo valía 4.000 euros. Daba igual si 
el medicamento era bueno o no, lo importante era tener
el mayor número de pacientes”. 

Una buena muestra de que la codicia de la industria
farmacéutica ha convertido la enfermedad en un
negocio. En el caso antes apuntado, contando con la
complicidad de médicos que ningún favor le hacen a su
otrora noble profesión, manchando el juramento de
Hipócrates y convirtiéndolo en un código de
hipócritas. 

Bayer, mucho más que una aspirina 

Seguramente el grupo farmacéutico que se lleva las
palmas en lo que hace a la acumulación de dinero y
poder sin que le importe pisotear pequeños
competidores y, peor aún, envenenar consumidores, es
Bayer AG. Una empresa presente en todos los países del
mundo que opera en la misma sintonía de colegas suyos
como Monsanto y Dow Chemical, multinacionales 
químicas que también abarcan el rubro farmacéutico y
de las que nos ocupamos en notas recientes. La
historia de la compañía alemana Bayer, con su sede
central en la ciudad de Leverküsen, se remonta al
siglo XIX, cuando nació como IG Farben, y está colmada
de hechos aberrantes, pero claro, “de eso no se
habla”, y teniendo como toda multinacional con 
trapos sucios quien se los lave y contando además con
400 parlamentarios en su país, tanto regionales como
nacionales, que antes pasaron por las filas de la
empresa y continúan brindándole fidelidad, ocultar
parte de su historia negra no le resulta difícil. Pero
aquí recordaremos parte de esa historia. 

Esta multinacional, que también se identifica con
agentes de guerra química, con innumerables
insecticidas y venenos caseros y con “medicamentos”
como la heroína -un temprano patentamiento de Bayer
antes de comprobar lo que causaría-, ha trabajado en
muchas oportunidades estrechamente con dictadores y
criminales de guerra, desde Hitler en adelante. 
Uno de sus directores, Carl Duisberg, ya se había
encargado personalmente de propagar el concepto de
“trabajos forzados” durante la Primera Guerra Mundial,
idea que posteriormente fue aplicada con mucha más
dedicación por los nazis, al someter a esos trabajos
forzados a prisioneros de guerra, habitantes de los
países ocupados y trabajadores extranjeros. 
Esto a su vez derivó hacia los asesinatos masivos,
muchos de ellos en el campo de concentración cuyos
terrenos eran propiedad de la IG Farben y del que se
guarda un lamentable recuerdo: Auschwitz. Pero la
compañía no sólo colaboró con esos terrenos. También
fabricó el gas Zyclon B, utilizado para exterminar
judíos en ése y otros campos de concentración. Después
de la Segunda Guerra Mundial, la IG Farben se
fragmentó en las empresas Bayer, BASF y Hoechst, pero
ninguna de las tres indemnizó adecuadamente a las
víctimas, sobrevivientes o familiares. 

Cuando moría el siglo XX y tras una investigación de
nueve meses, Bayer fue hallada responsable de la
muerte de 24 niños en la remota aldea andina de
Taucamarca, en Perú, al ingerir en su desayuno
alimentos envenenados con el pesticida metil-paratión,
en tanto otros 18 sufrieron daños en su salud y en el
desarrollo a largo plazo. El pesticida, un
organofosforado que era comercializado por la compañía
con el nombre de Folidol, era vendido a pequeños
agricultores en toda la zona andina peruana, la
mayoría de ellos analfabetos y que solamente hablan en
idioma quechua. Bayer empaquetaba ese pesticida –un
polvo blanco semejante a la leche en polvo y sin olor
a químicos- en pequeñas bolsas plásticas, etiquetadas
en español y con el dibujo de un vegetal, en tanto las

etiquetas no ofrecían ninguna información de
seguridad, ni siquiera en pictogramas, que pudieran
ser interpretadas por los habitantes de las aldeas. 
Un informe del Congreso peruano concluyó en que Bayer
debería compensar a las familias afectadas, y éstas
iniciaron en octubre de 2001 una acción judicial
contra la empresa y su subsidiaria Bayer-Perú, 
alegando que debieron tomar medidas para prevenir el
mal uso de un producto extremadamente tóxico dada la
preeminencia de idiomas indígenas en el interior de
Perú. Sin embargo, dos días después de iniciada la 
acción legal el juez de la Corte Superior de Lima
desestimó la demanda por “cuestiones de procedimiento”
y concluyó sumariamente, e ilegalmente, que los
demandantes “no habían planteado de manera adecuada el
caso sustancial”. Según las leyes peruanas, en la fase
inicial del litigio el juez sólo puede determinar si
los documentos de la demanda están completos o no,
pero no puede pronunciarse sobre cuestiones legales
sustanciales. 

¿Otra muestra del poder de una multinacional, en este
caso quizás presionando o comprando a un juez?. El
caso es que las familias apelaron esa sentencia ilegal
y, por lo que se supo hasta ahora, aguardaban la
fijación de una nueva audiencia, mientras acusan
además al ministerio de Agricultura peruano de no
hacer aplicar las normas sobre pesticidas, dado que en
ese país es común la venta sin control de pesticidas
de “uso restringido”, como el que causó la muerte de
esos 24 niños. 

Durante la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible
que se llevó a cabo en Johannesburgo, Sudáfrica, las
familias afectadas escribieron al entonces secretario
general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, pidiéndole
que excluyera a Bayer del Pacto Mundial de la ONU
debido a las acciones de esa compañía en Perú. El
Pacto Mundial es una asociación entre la ONU y
diversas empresas multinacionales que se
comprometieron a “respetar el ambiente y los derechos
humanos”. La carta a Annan fue firmada, en
representación de la aldea de Taucamarca, por Víctor
Huarayo Torres, dos de cuyos hijos estaban entre los
24 niños muertos por el envenenamiento con el
pesticida de Bayer, y expresa: “Los padres dolientes
de mi aldea no podemos entender cómo la ONU puede
apoyar a una compañía como Bayer, que continúa
vendiendo sus pesticidas más tóxicos, clasificados por
la OMS (Organización Mundial de la Salud) como
extremadamente peligrosos, muchos años después de
haber prometido públicamente retirarlos, en 1995.
Tampoco entendemos por qué la ONU respalda a la 
compañía que permitió la venta de metil-paratión en
una región donde sabía que los residentes no podrían
leer las instrucciones de la etiqueta”. 

Pese a sus famosas aspirinas, Bayer debió soportar
algunos otros dolores de cabeza, como en mayo de 2003,
cuando un equipo de abogados de California presentó
una demanda contra la compañía en nombre de enfermos 
hemofílicos. La acusación fue que Bayer había vendido
en la década de 1980 coagulantes infectados con los
virus de la Hepatitis C y el HIV. 
Por supuesto, Bayer rechazó la acusación explicando
que se había atenido a “normas existentes en la
época”. Cabe preguntarse si esas “normas” tuvieron que
ver con los manejos de la FDA norteamericana,
difundidos en ésta y otras notas, para jugar a favor
de los intereses de las multinacionales
químico-farmacéuticas. Por otra parte, a Bayer le
interesaba 
sobremanera hacer pie en Wall Street llegando a
cotizar en la Bolsa de Nueva York, una cima a la que
aspiran llegar todas las grandes multinacionales, y
para ello debía tener una carta de presentación
intachable. 

Firmada seguramente por una FDA convenientemente
“aceitada” y por el hecho de hacer “buena letra” en el
mundo con sus productos y 
evitando juicios y demandas, al menos hasta que
lograra aquel objetivo. Sin embargo no le fue tan
fácil, ya que debió retirar del mercado el Lipobay 
(Cerivastatina), un medicamento para combatir el
colesterol que no había sido debidamente comprobado,
luego de que ocasionara miles de muertes por infartos
y otras dolencias cardíacas. La criminal actuación de 
Bayer con ese fármaco obedeció a su necesidad de
encontrar un hueco en el mercado de los medicamentos
contra el colesterol, copado por multinacionales
norteamericanas. Necesidad y urgencia que demostraron,
una vez más, que los intereses de estos grandes grupos
están muy por encima de la ética y de la salud a la
que dicen servir. 

De todas maneras, Bayer no sufrió en este caso los
efectos de ninguna demanda en su contra. Es que las
multinacionales farmacéuticas integran una parte
destacada de la llamada Mesa Redonda Europea de
Industrias, que se reúne periódicamente con altos
consejeros de la Unión Europea para delinear las
“líneas generales” de cada sector. Y como se dijo 
anteriormente, Bayer dispone de 400 ex ejecutivos de
la firma que ahora son parlamentarios regionales o
nacionales, a los que la multinacional además reúne
mensualmente para presionarlos o tenerlos controlados,
por lo cual no resulta para nada anormal que el
gobierno alemán la haya absuelto de toda
responsabilidad, negándose a iniciar cualquier acción 
jurídica, pese a las contundentes pruebas en su
contra. 

Otro ejemplo del desprecio de estos grandes grupos por
la humanidad, se dio cuando a comienzos del 2003, el
India Committee of the Netherlands publicó un informe
según el cual las multinacionales Bayer, Monsanto,
Unilever y Syngenta explotaban a niños en la
producción de semillas en la India. 

Para concluir con algunas muestras más de lo que
realmente representa Bayer más allá de sus afamadas
aspirinas, podemos referirnos a que esta compañía, una
de las que más comercializa herbicidas, lo hace con 
algunos que han ocasionado lesiones graves en personas
y animales, especialmente en el Tercer Mundo, donde
los grandes grupos químico-farmacéuticos encuentran un
campo fértil para que sus venenos sean aceptados y 
vertidos. Así ocurrió con el Baysiston, utilizado en
los cultivos de café; Gaucho, para los de girasol; y
el muy peligroso nematicida Fenamifos (Nemacur). 

En todo caso, estas multinacionales siempre van a
estar cubiertas en todos los flancos posibles, ya que
si los “mecanismos políticos habituales” llegaran a
fallar, se ponen en marcha otros planes. 

Acción y reacción 

De esos planes bien puede dar cuenta el colombiano
Germán Velázquez, doctor en Economía y director del
Programa Mundial de Medicamentos de la OMS, quien se
atrevió a publicar un estudio en el que recomienda, 
entre otras cosas, la elaboración de medicamentos
genéricos y la eliminación de las patentes, además de
oponerse a los tratados de libre comercio (TLC) que
con tantas urgencias y presiones intenta imponer
Estados Unidos. Desde entonces el hombre vive bajo
amenazas de muerte. 

En mayo de 2001 fue atacado en Río de Janeiro por un
desconocido que le robó su cartera, lo golpeó y con
una navaja le dejó en una de sus muñecas una cicatriz
de 16 centímetros. Lo que había quedado como un 
simple atraco tomó otro cariz en Miami, cuando
Velásquez asistió a una reunión de la OMS: una noche
en que caminaba por Lincoln Road fue abordado por dos
hombres que lo golpearon y lo amenazaron de muerte.
Mientras estaba tendido en el suelo, sus atacantes le
dijeron: “Esperamos que haya aprendido la lección de
Río. Deje de criticar a la industria farmacéutica”. La
cuestión estaba más clara. 

Velázquez denunció el hecho a la policía de Miami y lo
comunicó de inmediato a la sede de la OMS. Según
informó en su momento el diario español “El Mundo”, a
su regreso a Ginebra todo pareció volver a la 
normalidad, pero diez días después sonó el teléfono
por la noche en el domicilio de Velázquez y una voz le
preguntó en inglés: “¿Tiene miedo?”. 
Cuando Velázquez preguntó quién era, la voz le
respondió: “Miami, Lincoln Road”. Desde ese momento no
cabían más dudas de que la vida del funcionario de la
OMS estaba en peligro tanto en su casa como en el
extranjero. 
Dos semanas después se repitió la llamada
advirtiéndole que no asistiera a la reunión -que
posteriormente se celebró y a la que Velázquez 
asistió de cualquier manera- de la Organización
Mundial de Comercio (OMC), para discutir sobre la
relación entre el derecho a la salud y la propiedad
intelectual de los medicamentos esenciales. 

Por si fuera poco, y como otra muestra de los poderes
con que son protegidos los intereses de las
multinacionales, la entonces secretaria de Estado
norteamericana, Madeleine Albright, le “sugirió” a
quien era directora de la OMS, Gro Harlem Bruntland,
que retirara de circulación el estudio elaborado por
Velázquez y, más aún, que lo despidiera, pero esta
funcionaria decidió mantener su posición negativa al
respecto. 

El caso es que Germán Velázquez continúa luchando,
entre otros aspectos, contra las patentes
exclusivistas de las multinacionales farmacéuticas,
por la libre elaboración de genéricos y por un fácil
acceso de los países pobres a los medicamentos,
mientras se ha visto obligado a vivir bajo permanente
protección policial y de una patrulla de las Naciones 
Unidas. Presiones a las que obligan las grandes
“familias” de la mafia farmacéutica. 

El gran negocio 

La globalización ha permitido que se desarrolle una
nueva forma de poder, la farmacocracia, capaz de
decidir qué enfermedades y qué enfermos merecen cura.
Es así como el 90 por ciento del presupuesto dedicado
por la industria farmacéutica para la investigación y
el desarrollo de nuevos medicamentos está destinado a
enfermedades que padece sólo el 10 por ciento de la
población mundial. Un tercio de ésta carece de
cuidados médicos adecuados. La codicia de las
multinacionales del sector, los aranceles, las trabas
burocráticas y la corrupción de los propios gobiernos 
de los países empobrecidos hacen posible que más de
2.000 millones de personas se vean privadas de su
derecho a la salud. 

Según la OMS, millones de personas en Africa, Asia y
América Latina sufren las llamadas “enfermedades
olvidadas”, como el dengue hemorrágico, la filiasis
linfática, la oncocercosis, la enfermedad del sueño o
el mal de Chagas, que afectan a 750 millones de
personas y acaban con la vida de medio millón cada
año. Enfermedades causadas generalmente por parásitos,
transmitidas por medio de agua insalubre o por
picaduras de insectos; pandemias que caen en el olvido
porque sólo afectan a las comunidades más pobres; y
víctimas que no cuentan con el dinero suficiente 
para acceder a un tratamiento o una medicación
adecuada. 

El caso del SIDA es un ejemplo claro de la diferencia
que se da a unas enfermedades o a otras, según el
nivel adquisitivo de quienes las padecen. En sus
comienzos fue una enfermedad mortal de la que pocos
habían oído hablar, pero cuando pasó a afectar a
personas de los países desarrollados con capacidad
para hacerse escuchar, asociarse y reclamar su 
derecho a la salud, las multinacionales farmacéuticas
desarrollaron medicamentos que convierten al SIDA en
una enfermedad crónica y no mortal. 
Aún así, más de cinco millones de personas mueren cada
año por el HIV y la mayoría de los enfermos –nueve de
cada diez infectados viven en países empobrecidos- no
pueden pagarse los tratamientos adecuados. 

La vacuna contra el SIDA bien podría llevar años
encerrada bajo llave en la caja fuerte de alguna
multinacional farmacéutica. Para ninguna de ellas
sería rentable comercializarla, sobre todo teniendo en
cuenta que las personas más expuestas a esta
enfermedad no podrían pagarla y que los enfermos de
los países desarrollados ya pagan importantes sumas de

dinero para su tratamiento. Este es uno de los
abundantes capítulos que pueblan el particular código
de “ética” de los grandes grupos químico-farmacéuticos


El director del Programa Mundial de Medicamentos de la
OMS, nuestro ya conocido y amenazado Germán Velásquez,
en el Diálogo “Salud y Desarrollo: los retos del siglo
XXI” efectuado en Europa en 2004, explicó que “las
patentes de los medicamentos pueden estar bloqueando
el desarrollo en lugar de potenciarlo, pues se trata
de un monopolio que conlleva altos precios”. Señaló
también que en el mercado de los medicamentos, “en 
vez de reglas negociadas por todos y en interés de
todos, muchas decisiones de la Organización Mundial de
Comercio son tomadas a puertas cerradas y se protegen
intereses especiales”, y al referirse a la situación 
sanitaria en Africa subrayó: “Si bien es cierto que la
no atención médica de las personas está penada con la
cárcel, actualmente se está cometiendo ese crimen con
un continente entero y sus víctimas se pueden contar
por millones”. En otro orden y refiriéndose al tema
del SIDA, expresó que “es una vergüenza que el 99 por
ciento de las personas que tienen acceso a los
retrovirales vivan en países desarrollados, mientras
el 75 por ciento de las personas de todo el planeta
viven en los países pobres, donde se vende sólo el 8
por ciento de todos los medicamentos del mundo”. 

En relación a los medicamentos genéricos -otra de las
batallas en muchos casos desigual que libran algunos
países del Tercer Mundo contra las multinacionales
farmacéuticas ya que son mucho más baratos que los 
patentados por éstas-, India encabeza la producción
mundial, y los exporta a varios países de Asia e
incluso a algunos en desarrollo. Pero también está
enfrentando en los tribunales, entre otras, la
embestida del laboratorio Novartis, uno de los
“grandes” del sector, ya que el gobierno 
indio le negó una solicitud de patente para introducir
el Glivec, un medicamento contra el cáncer. Por el
momento las empresas indias continúan produciendo su
similar genérico, que cuesta sólo 2.700 dólares por 
paciente y por año, frente a la versión de Novartis
cuyo valor es de diez veces más, 27.000 dólares,
también por paciente y en el mismo período. 

Por su parte, Tailandia emitió recientemente una
licencia obligatoria para quebrar la patente del
Efavirenz, un producto de la compañía Merck contra el
HIV, a fin de importar el genérico de fabricación
india. En tanto, Filipinas está por librar una batalla
legal contra la empresa Pfizer para poder importar de
la India una versión del Norvasc, un fármaco para
pacientes con problemas cardíacos. Por supuesto que
las multinacionales del sector arremeten con demandas,
juicios y todo artilugio jurídico contra estas
expresiones de independencia sanitaria de los países 
que se atreven a ponerla en juego. No es para menos si
tenemos en cuenta, por ejemplo, que respecto del
Norvasc la compañía Pfizer obtiene en Filipinas 60
millones de dólares anuales sólo por la venta de ese 
medicamento, al cual cotiza a más del doble del precio
del que está vigente en otros países, aprovechándose
también de que en Filipinas las enfermedades cardíacas
constituyen la principal causa de muerte. 

Lo cierto es que cientos de miles de personas podrían
salvar sus vidas si los países desarrollados
aseguraran que sus compromisos de Doha, Qatar, durante
la reunión de la Organización Mundial de Comercio, en 
materia de legislación de patentes, compromisos nunca
asumidos efectivamente hasta el momento, proporcionen
un equilibrio entre derechos y obligaciones,
garantizando así que las vidas de las personas se
antepongan a los beneficios económicos de las
compañías farmacéuticas. 

Rumsfeld y la gripe aviar 

El tema de la gripe aviar alcanzó altos niveles
mediáticos en los dos años anteriores. Al poco tiempo,
luego de alcanzar también altos niveles de alarma
transmitidos a la población mundial, las aguas
comenzaron a serenarse. Por un lado se decía que una
pandemia de gripe aviar –comparándola con la de
influenza o “gripe española”, que costó unos 50 
millones de vidas en el planeta entre 1918 y1920-
costaría a su vez otros varios millones de vidas,
especialmente en países pobres. Pero luego aparecieron
algunas estadísticas que desvirtúan algo esa alarma,
más aún cuando el mundo está a casi cien años de aquel
período, en el que la tecnología y la elaboración de
medicamentos estaba prácticamente en pañales. 
Dichas estadísticas muestran que desde hace nueve
años, cuando fue detectado en Vietnam el virus de la
gripe aviar, aún no llegan a cien las víctimas
mortales, un promedio de once muertes al año, y en
todo el mundo. Si bien no es para quedarse tranquilos
exagerando la confianza, aún no da para asustarse
demasiado. 

Sin embargo, la aparición del virus H5N1, nombre
científico del que causa la gripe aviar, le vino bien
a un hombre que encontró la excusa para lanzar otra de
sus guerras preventivas: el presidente norteamericano 
George W. Bush, quien rápidamente hizo sonar la
campana de alarma para que el mundo temblara de miedo.
Es que había hallado una poderosa arma preventiva, con
la que tiene bastante que ver su hasta hace poco brazo

derecho en esto de lanzar guerras por aquí y por allá:
el inefable Donald Rumsfeld. Se trata del antiviral
Tamiflu, comercializado por la compañía farmacéutica
suiza Roche, que en poco tiempo se convirtió en la 
gallina de los huevos de oro: los ingresos por su
venta pasaron de 254 millones de dólares en 2004 a
1.000 millones en 2005. Además con un techo 
imprevisible por delante, teniendo en cuenta la
grotesca reacción de los gobiernos occidentales al
efectuar pedidos masivos del fármaco. Sin embargo, la
realidad es que la eficacia del Tamiflu es cuestionada
por gran parte de la comunidad científica: muchos se 
preguntan cómo se espera que pueda servir ante un
virus mutante cuando apenas alivia algunos síntomas, y
no siempre, de la gripe común y corriente. 
Una breve historia tal vez aclare algo la cuestión. 

Como bien señala el Dr. José Antonio Campoy, director
de “Discovery Salud”, hasta el año 1996 el Tamiflu era
propiedad de la empresa Gilead Sciences Inc, que ese
año vendió la patente a los laboratorios Roche. 
¿Y quién era entonces su presidente?. Pues nada menos
que el incombustible y hasta hace poco secretario de
Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld., a quien
recordamos en una nota anterior como vinculado en su 
momento al laboratorio Searle, luego adquirido por la
multinacional Monsanto, descubridor de un endulzante
de trágicos antecedentes como el aspartamo,
comercializado bajo los nombres de Nutrasweet y Equal
y componente hoy en día de la mayoría de los
edulcorantes y productos marcados como “no calóricos”
o “libre de azúcar” que pululan en el mundo, algo a 
que también nos referimos en una nota anterior. Cabe
destacar que Rumsfeld continúa hoy vinculado a Gilead
Sciences Inc. como uno de sus principales accionistas.
El caso es que en cuanto se comenzó a hablar de la
gripe aviar, Gilead quiso recuperar el Tamiflu
alegando que Roche no hacía los suficientes esfuerzos
para fabricarlo y comercializarlo. 
Que tuvo la suficiente fuerza para lograrlo –fuerza en
la que probablemente puso su parte el entonces
secretario de Defensa- lo demuestra el hecho de que
ambas empresas se sentaron a negociar, acordando 
rápidamente constituir dos comités conjuntos, uno
encargado de coordinar la fabricación mundial del
fármaco y decidir sobre la autorización a terceros 
para fabricarlo, y otro para coordinar la
comercialización de las ventas estacionales en los
mercados más importantes, incluido Estados Unidos. 
A todo ésto hay que agregar un detalle más: Roche ya
se quedó con el 90 por ciento de la producción mundial
de anís estrellado, planta que crece fundamentalmente
en China si bien se la encuentra también en Laos y 
Malasia, y que es la base del Tamiflu. Así el
escenario se fue completando. Sólo faltaba comenzar a
encontrar poco a poco y en distintos países algunas
aves contagiadas con el virus –una gallina aquí, dos
patos allá-, para crear así una alarma mundial con la
ayuda de científicos y políticos sin demasiados
escrúpulos o de escasa capacidad intelectual, y de los
grandes medios de prensa, que como todos saben no 
se caracterizan precisamente por investigar lo que
publican o emiten. 

¿Y qué tiene que ver Rumsfeld con todo esto?. Pues
nada absolutamente, si nos atenemos a su respuesta,
claro. De acuerdo a un comunicado emitido en octubre
pasado por el Pentágono (otra fuente “creíble”), el 
entonces secretario de Estado no intervino en las
decisiones que tomó el gobierno de sus amigos, el
presidente Bush y el vicepresidente Dick Cheney, sobre
las medidas preventivas que había que adoptar frente a
la “amenaza de pandemia”. El comunicado afirma que se
abstuvo y no tuvo nada que ver en la decisión de la
administración norteamericana de aconsejar y apoyar el
uso del Tamiflu a nivel mundial. Por lo tanto, al
hombre hay que creerle. Como cuando aseguró
solemnemente que en Irak había armas de destrucción
masiva. Además, el hecho de que su nombre aparezca
unido a una vacunación generalizada contra una
supuesta gripe del cerdo durante la presidencia de
Gerald Ford, en la década de 1970, que dio como 
resultado más de 50 muertos a causa de efectos
secundarios, no es más que una coincidencia. Como
también lo es que la FDA aprobara el aspartamo a los
tres meses de que Rumsfeld se incorporara al gabinete 
de Ronald Reagan, pese a que tras diez años de
estudios del producto no se había tomado ninguna
decisión. Por supuesto, Rumsfeld tampoco tuvo 
nada que ver, tras el atentado a las Torres Gemelas,
con la compra del Vistide, fármaco adquirido
masivamente por el Pentágono para evitar los efectos
secundarios que podía producir la vacuna contra la
viruela entre los soldados norteamericanos a los que
les fue aplicada antes de ser enviados a conquistar
Irak. Además, que el Vistide fuera también un 
producto del laboratorio Gilead Sciences Inc., creador
del Tamiflu, es otra coincidencia. Así que a no pensar
mal de Donald Rumsfeld y, en todo caso, a seguir de
cerca todas las informaciones que aún aparecerán sobre

la gripe aviar, y por las dudas a llenar los
botiquines con Tamiflu. 
Tal vez no será un medicamento muy combativo contra la
gripe aviar, pero al menos podrá evitar, con un poco
de suerte, un modesto resfrío. 

Los laboratorios de Frankenstein 

Para ir concluyendo esta trilogía de notas en las que
hemos expuesto a la consideración de los lectores los
desastres mundiales contra la humanidad a que la
someten las multinacionales químicas como Monsanto y 
Dow Chemical, entre otras; los graves problemas de
salud generados por el Nutrasweet, sus derivados y los
demás edulcorantes cuya base es el aspartamo; y esta
última sobre los atentados contra la salud que también

cometen las multinacionales farmacéuticas, dedicaremos
un párrafo a otras compañías que, en sus
investigaciones para crear nuevos productos o 
mejorar los ya existentes, realizan experimentos
aberrantes. 

La compañía Procter & Gamble (P&G) –dedicada a la
creación y comercialización de productos que van desde
jabones, shampúes y detergentes a diversos cosméticos
y elementos femeninos como toallas higiénicas y 
tampones, y que no hace mucho extendió su accionar al
rubro farmacéutico- al igual que Nestlé y
Colgate-Palmolive está siendo acusada en los últimos
tiempos de llevar a cabo crueles experimentos de
laboratorio con animales, ya sea para probar químicos,
cosméticos o alimentos balanceados. 
La organización británica “Uncaged”, que lucha por los
derechos de los animales, acusa a Procter & Gamble de
realizar experimentos dolorosos, invasivos y letales
en perros, gatos y otras mascotas. Algunos de los 
que se mencionan son alergias severas inducidas en
cachorros Siberian Husky y gatos muertos en
experimentos abdominales invasivos. A su vez PETA
(People for Ethical Treatment for Animals), otra
entidad protectora de animales con más de un cuarto de
siglo de trayectoria y con sede en Virginia, Estados
Unidos, logró introducirse en uno de los laboratorios
de IAMS, empresa adquirida en 1999 por P&G, y declaró
haber encontrado perros que se habían vuelto locos
tras un intenso confinamiento en jaulas con barrotes
que tenían escasas dimensiones, otros a los que les
habían extirpado las cuerdas vocales y algunos
animales languideciendo en sus jaulas, abandonados y
sufriendo horrores, sin asistencia veterinaria. 

Los experimentos –denunciados en varias oportunidades
y que motivaron que activistas de varios países,
encabezados por “Uncaged”, realizaran un día de boicot
a P&G en mayo de 2005, repitiéndolo exactamente un año

después- incluyen la quema de la piel de los animales
con ácidos, introducirles polvos en los ojos y otras
lindezas por el estilo. Todo en nombre de la ciencia,
por supuesto. Por su parte, Nestlé Purina Petcare 
lleva experimentando desde 1926 en un complejo ubicado
en Saint Louis, Missouri (casualmente vecinos de
Monsanto), donde alojan a alrededor de 600 perros y
500 gatos en trece edificios. Ellos mismos publican
sus experimentos –entre los que figuran ciertos
estudios en los que inducen fallos renales en perros y
otros animales para después experimentar su cura con
una dieta baja en proteínas- en periódicos
científicos, con el fin de engordar las carreras y
currículums de sus investigadores. En cuanto a
Colgate-Palmolive, realiza sus pruebas en el Hill’s
Pet
Nutrition, en Topeka, Kansas. Hace algunos años, la
Unión Británica contra la Abolición de la Vivisección
publicó detalles de un experimento llevado a cabo por
la compañía en la Universidad de Columbia, en el que 
se encerraba a conejillos de Indias en pequeños tubos
de plástico y se les aplicaba una fuerte solución de
sulfuro durante cuatro horas al día por espacio de
tres días. Ello causaba que la piel de los animales se

quebrase y sangrase. 
Los aquí expuestos han sido, en suma, algunos de los
ejemplos que nos obsequian las multinacionales
químicas y farmacéuticas –en buena parte de los casos
ocultándolos, disfrazándolos, desmintiéndolos o
atacando a quienes se atrevan a denunciar, criticar u
oponerse por cualquier medio a sus designios-, y que
nos dejan una pregunta prácticamente incontestable: a
la vista de los efectos nocivos de muchos productos
elaborados por las grandes compañías del sector, de
que los mismos sean inalcanzables para gran parte de
la población mundial por su costo o por no llegar 
a sus países, y de los monopolios ejercidos por estas
multinacionales respecto del patentamiento de los
fármacos, ¿qué podemos consumir en definitiva?; ¿cómo
podemos defendernos del envenenamiento de los químicos

y de los medicamentos no debidamente comprobados?;
¿quién nos protegerá contra tantas carencias y
abusos?. Quizás la última palabra sólo la tengamos
nosotros mismos.





   
  "Ajenos y lejanos, en mi mente habitamos un único espacio, en el que sin censura, nos hacemos amantes de las caricias que no nos damos, de los labios que no probamos, de los aromas que no respiramos, del encuentro que no sucede, sino a escondidas de lo humano." 





	

	
		
__________________________________________________ 
Preguntá. Respondé. Descubrí. 
Todo lo que querías saber, y lo que ni imaginabas, 
está en Yahoo! Respuestas (Beta). 
¡Probalo ya! 
http://www.yahoo.com.ar/respuestas 





Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular