[R-P] YUNGAY: ¿FESTEJO O FUNERAL? ( Prof Pedro Godoy )

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Vie Jun 29 06:26:01 MDT 2007


YUNGAY: ¿FESTEJO O FUNERAL?
 
 
Cada 20 de enero se celebra el Día del Roto. El
apetito de énfasis supone apellidar el sujeto.
Entonces se alude a la Fiesta del Roto Chileno. Así
-usando de fachada al hombre típico del país, aquel
que nace y muere en la pobreza y al cual se atribuye
un abanico de vicios y defectos- se evoca la batalla
de Yungay. Con ese hecho de armas se finiquita la
guerra de Chile contra la Confederación
Perú-Boliviana. El «roto», es decir, Juan Verdejo
conocido como el General Pililo -igual que en la
Guerra del Pacífico- es carne de cañón en un choque
armado urdido por nuestra oligarquía. Los blanquitos
-pijes, futres o momios- usan a los mestizos en
aquella reyerta iniciada en 1835 y culminada en 1839
con el luctuoso entrevero cuyo escenario fuera el Pan
de Azúcar. He allí un dato toponímico que involucra
colosal paradoja. Aquella carnicería ahoga la
prosperidad que habría fluido de la integración
preconizada por el Mariscal de Zepita y la gresca
genera una situación amarga -perdurable hasta hoy
-entre repúblicas fraternas. En suma, se evapora una
posibilidad cierta de "pan" y el "azúcar" se convierte
en agraz.
 
HOMBRE DEL DESTINO
 
Andrés Santa Cruz dispone de contundente prestigio. Su
talento le permite aglutinar «los Perúes» como dirá
O’Higgins. Desde Palacio Quemado gravita sobre el Cono
Sur. Incluso en Ecuador el Presidente Vicente
Rocafuerte le es adicto. Su esfuerzo unionista lo
perfila como continuador de Bolívar y precursor del
EAN y el MERCOSUR. El proyecto, no obstante, es
desbaratado por las bayonetas de Manuel Bulnes y Ramón
Castilla. El denominado Ejército Restaurador con
jefatura mapochina demuele el experimento crucista. Se
estima -en virtud del prisma orbitado por Haya de la
Torre y Jorge Abelardo Ramos- que ese no fue un
enfrentamiento de Chile contra Bolivia y Perú, sino
una guerra civil al interior de Suramérica entre
balcanizadores e integracionistas. Chilenos como Diego
Portales, peruanos como Agustín Gamarra y bolivianos
como José Ballivián se ubican en la trinchera
fragmentadora. Entonces, la historiografía y la
docencia tendrán que erradicar la óptica europeizante
que presenta como si fuesen internacionales los
conflictos interestatales. La conflagración contra el
crucismo es tan interestatal como la Guerra de
Secesión norteamericana. La diferencia: allá triunfa
la fuerza centrípeta y aquí la centrífuga.
 
CRUCISMO CHILENO
 
La infausta reyerta amerita comentarios: es el
preludio de la Guerra del Pacífico que, estallada 40
años después, origina el enclaustramiento de Bolivia y
la pérdida -para Perú- de Tarapacá y Arica. Por otro
lado, es cierto que el gobierno de Chile impulsa la
agresión. Sin embargo, no es menos efectivo que
tropieza al interior del país con tenaz resistencia a
su diplomacia cainita. La elite académica y la elite
castrense exhiben simpatía por la gestión del Supremo
Protector. Intelectuales como Andrés Bello votan
contra la declaratoria de guerra en el Senado de la
República. Pedro Félix Vicuña -fundador del periodismo
criollo- redacta un ardoroso libelo pacifista. El
cuerpo expedicionario acantonado en Quillota y próximo
a embarcarse al Perú se insurrecciona. La oficialidad
suscribe una proclama «Contra el despotismo y por la
paz". El pronunciamiento aborta. No obstante, los
uniformados insurrectos, encabezados por José Antonio
Vidaurre, fusilan a Portales. Aún más, Manuel Blanco
Encalada, Jefe de la I Expedición, opta por la paz
suscribiendo el Tratado de Paucarpata. Tal instrumento
es juzgado "insanablemente nulo" por los belicistas de
La Moneda y quien lo suscribe degradado y sometido a
proceso por alta traición.
 
Bernardo O’Higgins quien vive en el «transtierro»
peruano es otro enemigo declarado de esa política
agresiva. Juzga la conflagración una maniobra
demencial. La apostrofa como "la guerra portalina",
deplora el derramamiento de sangre suramericana que
implica, mientras defiende el derecho de integrarse
como un todo al Alto y al Bajo Perú. El prócer
-camarada de armas y doctrinas de San Martín y
Bolívar- adhiere al integracionismo del Mariscal de
Zepita. Después del derrumbe de la Confederación
resiste el decreto de Gamarra -ya convertido en
Presidente del Perú- ordenando confiscar la
condecoración que le confiriera Santa Cruz. Otro héroe
de la Independencia y también -en su momento, igual
que Blanco, primer mandatario de Chile- Ramón Freire
es crucista. Una flota con exiliados chilenos
encabezada por dicho personero zarpa del Callao a
Chiloé para sumarse al alzamiento. Su triunfo
significa la paz con la Confederación. Así Suramérica
se habría ahorrado una guerra torpe. Tan torpe como la
del Chaco y tan sangrienta como de la Triple Alianza.
 
BALANCE TRAGICO
 
La batalla de Yungay -colofón amargo de aquella guerra
civil entre conosureños- divorcia pueblos y frustra un
contundente esfuerzo por reintegrar la
meganacionalidad iberoamericana. La ocasión es
propicia para señalar que guerras internacionales
-acorde el enfoque propuesto- han existido pocas. Ni
la guerra de la Independencia es de esa categoría. En
la emancipación se enfrentan españoles europeos y
españoles americanos. Aún más, unos y otros están
escindidos entre adscritos al absolutismo y devotos de
la tesis liberal. En cambio, sí son guerras
internacionales la yanqui-mexicana que entre 1835 y
1848 significa para el país de Lucas Alamán y Octavio
Paz la amputación de la mitad de su suelo. También
internacional es la guerra entre Argentina y Gran
Bretaña por Malvinas en 1982.
 
Las batallas entre paisanos se conmemoran. Concón y La
Placilla, por ejemplo, no se celebran. Son invitación
a meditar y no motivo de jolgorio. Por eso en cada 20
de enero para los chilenos genuinamente patriotas no
hay Fiesta del Roto Chileno, sino motivo para
homenajear al estadista Andrés Santa Cruz. No nos
tragamos aquello de su megalomanía incaica, sino lo
visualizamos como un ilustre bolivariano. Al mismo
tiempo, se rehabilita al coronel José Antonio Vidaurre
quien -con sus camaradas de armas- echándose el miedo
a la espalda se juega la guerrera y la vida en el
pronunciamiento de Quillota. Proclamamos que, a través
nuestro, se expresan quienes -en aquella época- con la
pluma y con el sable se enrolan en la guerra por la
paz repudiando aquel fratricidio culminado en Yungay.
Tal hecho bélico tritura el experimento integrador. La
victoria que inspira Portales e inmortalizan Manuel
Renjifo y José Zapiola en el Canción de Yungay impone
el aislacionismo de cuyo vientre provienen el
subdesarrollo y la dependencia.
 
 
 
Prof. Pedro Godoy P.
Centro de Estudios Chilenos CEDECH
http://educacionueva.blogspot.com
 



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