[R-P] Enrique Lacolla El problema militar
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Lun Jun 18 08:36:17 MDT 2007
Perspectivas
El problema militar
Enrique Lacolla
Periodista
Dos informaciones atinentes a las Fuerzas Armadas han vuelto a llevar al
primer plano la suerte de unas instituciones profundamente ligadas al
devenir de nuestro país, tanto para lo bueno como para lo malo.
En esto, por otra parte, no se diferencian de otras instituciones que forman
parte de nuestro entramado histórico; con la diferencia, eso sí, de que,
dada la naturaleza concentrada de su poder, las iniciativas prohijadas en su
seno provocaron alternativamente mucho bien y mucho mal entre los
argentinos.
Los no muy numerosos programas de desarrollo estratégico con que ha contado
la República, la fundación y fomento de las industrias base que propulsaron
la modernización del país, el plan atómico y los avances en tecnología
misilística estuvieron, en su momento, fomentados o respaldados por hombres
salidos de los cuadros de las Fuerzas Armadas, por gobiernos militares o por
el gobierno popular que surgió de la insurrección castrense de junio de
1943.
Junto a estas luces, sin embargo, se adensan muchas sombras. La manía
intervencionista de los golpes –con frecuencia alentados por sectores
políticos y por intereses económicos espurios– y el hecho de que se
encuentran traspasadas por la misma escisión cultural que divide a la
Argentina y la hace incapaz de discernir entre sus tareas primarias y
secundarias, entre nación y antinación, hicieron que las Fuerzas Armadas se
sumiesen en la noche negra del Proceso.
Lo actuado durante ese período provocó un movimiento de rechazo en amplias
franjas de la opinión pública, no siempre en disposición de discernir los
matices que pueden informar al movimiento histórico e inflamadas por una
constelación mediática que pasó, con excesiva desenvoltura, de una
aquiescencia servil para con los militares a una engolada actitud de
denuncia contra éstos.
El oportunismo y las apreciaciones maniqueas son un mal negocio para el
país. En la justa indignación contra las atrocidades del Proceso se tendió a
"tirar al niño con el agua de la bañera".
Junto a los necesarios juicios a los responsables máximos de la violación de
los derechos humanos, se sustentó también un sistemático vaciamiento de
recursos que dejó a las Fuerzas Armadas en una situación deplorable. Hoy se
encuentran en un estado de mínima capacidad operativa.
Para subsanar en pequeña parte el problema, el Ministerio de Defensa aprobó
la pasada semana 270 millones de pesos en fondos de urgencia para los
militares. El incendio del rompehielos Irízar, la muerte de un piloto al
caer su avión Mirage y la crisis de los radares de control de vuelos
comerciales han hecho evidente el estado terminal de la estructura de
defensa.
Ataque persistente. A esto se suma un oblicuo pero persistente ataque contra
lo actuado en Malvinas, ataque que centra todas las críticas por lo ocurrido
en nuestras tropas en la propia jerarquía de mandos antes que en el accionar
de los ingleses.
Hubo abusos y graves fallas de comando, por cierto, pero no necesariamente
más grandes que las que existieron en muchas otras situaciones de guerra en
todo el mundo, en las cuales la incompetencia de algunos impuso pesados
sacrificios a tropa y oficiales.
En este contexto se dio un episodio en el cual el jefe del Estado Mayor del
Ejército tuvo la imprudencia –o la candidez– de llamar a "cicatrizar las
heridas del pasado", lo que desencadenó el furor de Hebe de Bonafini, quien
no vaciló en calificarlo como "fascista".
El presidente de la República la recibió luego para escucharla y creó, con
esa actitud, una sospecha de crisis en la cúpula militar que podría derivar
en la destitución del general Roberto Bendini.
Este militar, sin embargo, ha llevado adelante, presumimos que a un costo
psicológico elevado, una tarea de revisión del pasado y de
institucionalización de las Fuerzas Armadas de tintes más que meritorios.
Su referenciación de éstas a un proyecto nacional que tenga como eje a la
Patria Grande latinoamericana, es de gran importancia.
Sólo remitiéndonos al proyecto fundacional de José de San Martín, que era
ajeno a la óptica portuaria, podremos los argentinos, civiles o militares,
arrancarnos de los criterios dependientes que distorsionan nuestra
percepción de la realidad.
Hay una inveterada frivolidad entre nosotros que tiende a la simplificación
excesiva. El epíteto "fascista" esgrimido como un insulto no suele tomar en
cuenta ni la naturaleza de aquel fenómeno político europeo ni lo inadecuado
que resulta su trasplante mecánico a nuestra realidad.
Cuando se procede de esta manera, se vuelve a cerrar la vía del diálogo
entre los diversos sectores que han de gestar la Argentina posible,
oscureciendo los conceptos para suplantarlos por la invectiva no razonada.
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