[R-P] A nadie le huelen sus peos, ni sus hijos le parecen feos. Carola Chávez

Pat H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Sab Jun 9 16:36:34 MDT 2007


A nadie le huelen sus peos, ni sus hijos le parecen
feos.


Eso solía decir mi mamá con cierto conocimiento de
causa. De las flatulencias de mi progenitora no voy a
escribir porque madre es una sola y me vino a tocar a
mi. De lo que si voy a escribir es sobre los hijos
feos y de los bonitos también.

‘’Cuando se tienen dos hijos, se tienen todos los
hijos de la tierra...’’ Eso dijo el poeta Andrés Eloy
Blanco en ‘’Los Hijos Infinitos.’’ Solo un poeta como
él podía describir un sentimiento que abarca tanto,
que nos sobrecoge tanto, que tantas veces nos supera.

Hace ocho años, cuando nació mi gorda mayor, yo
comencé a descubrir cosas tan sencillas y tan obvias,
que por sencillas y obvias, nunca antes me había
detenido a observarlas. 

Una madre primeriza no puede quitarle los ojos de
encima a su bebé, hay una especie de magnetismo que te
lo impide. Yo no hacia más que mirar a mi niña de
manitas gordas, con su carita de todo es nuevo y me
gusta, su culito al aire y a mi que me importa, con su
sonrisa de encías rosadas y cachetes brillantes. Cada
movimiento nuevo era un descubrimiento para ambas. 

Cuando ella descubrió que tenia manos y que eran
suyas, yo descubrí en ellas a mis manos pequeñitas, y
también me di cuenta de que esas manos gorditas y
descoordinadas eran iguales a las del vecinito. Claro,
vivíamos en la misma urbanización, éramos mas o menos
iguales. Luego vino otra revelación más fuerte que me
hasta el día de hoy me conmueve, vi en el noticiero
las manos de mi gorda en las de un niño muerto, era un
bebé palestino, su manita inerte era exacta a la de mi
niña cuando ésta estaba dormida.

Así fuimos descubriendo, de la cabeza a los pies, a
todos los niños del mundo, aprendimos a caminar y nos
caímos sobre los mismos culitos mullidos, descubrimos
que un ruido fuerte nos hacía llorar de miedo, que si
te muerde tu perro te duele, así que la próxima vez no
le vayas a halar la cola, descubrimos que el hambre es
fastidiosa y que se calma comiendo, que si no comes te
enfermas y que si te enfermas tu, yo me enfermo de
angustia. Descubrí que todos los llantos de niño me
arrugan el corazón.

Hace poco tuve otra gordita, y me tocó descubrir que
todavía me faltaba mucho por descubrir. Me cayó en la
cabezota una paradoja abrumadora, si con la mayor
reconocí manos, pies y culitos idénticos, cuando nació
la enana me di cuenta de que cada bebé es diferente.
Ante esta revelación lo menos que te puede dar es una
depresión post parto. Yo  tenía todo resuelto, como ya
había criado a una bebé, y de paso del mismo signo
horoscopero, pensé que la mitad de la tarea estaba
hecha.

Pues no, nada de horoscopitos baratos, nada de manitas
gorditas, igualitas eso si, pero no. Si la grande
llegó al mundo flotando en nubecitas azules, su
hermanita lo hizo montada en una motoneta sin
silenciador. Dulces bebés gorditas y rosadas, una
silenciosa y dócil, la otra un cachorrito de león.

Ya tengo dos hijas, lo que me califica para tener a
todos los hijos del mundo. Sigo leyendo al poeta y me
aterro: ‘’ Cuando se tienen dos hijos, se tiene todo
el miedo del planeta...’’

Ese miedo puede ser causado por la incertidumbre. Los
hijos, y eso lo se por ser hija, casi nunca somos lo
que nuestros padres imaginaron que seríamos. Cuando
somos bebés nos imaginan grandes, doctores, cultismos,
bien peinados, responsables, perfectos. Nos imaginan
como ellos quisieran haber sido, o nos imaginan como
son, si es que tienen alta autoestima. Nos imaginan de
cualquier manera pero, generalmente, casi nunca la
pegan.

Siempre me asombró cómo mis padres me seguían
queriendo a pesar de que les he llevado la contraria
en casi todo. Si por ellos fuera, yo sería una señora
elegantísima, entaconada y discretamente maquillada,
tendría una casa ordenadita, sin un solo plato sucio,
sin una partícula de polvo, sin una sola letra
escrita, flores y velitas, bebes con lazos rosados, un
piano de cola con una partitura muy tocada, un diploma
en una pared, una cuenta de ahorros sólida, una vida
sin tropiezos, como una foto de propaganda de jabón
con blanqueador.

A mi me pasa lo mismo con mi gorda, que no le gustan
los libros, que tiene como mascota una culebra que
come ratones vivos, que no se quiere bañar cada día
como dice el reglamento, me encuentro amando a mi otra
gordita que se perfila tan compleja, que hasta el día
de hoy, ocho meses después, ni siquiera sabemos con
certeza de qué color es su pelo. Mi gordita cara de
culo, que no reparte sonrisas a menos que considere
que de verdad las mereces.  

 Por eso ayer mi tarde fue muy complicada, asistí a
dos eventos que se desarrollaron en uno. Ayer nuestros
muchachos, mis muchachos tuvieron su día de gloria,
los vi entrar a La Asamblea Nacional seguros,
jovencitos, con caras de casi soy grande, de que se lo
que hago, de que me la estoy comiendo y todos me están
mirando. Y si, todos los mirábamos con el corazón en
la mano. Cuando se tienen dos hijos se tiene todo el
miedo del planeta...

Subió mi primer muchacho, muy serio, como muy tieso,
subió con unos papeles llenitos de palabras y se paró
en su sitio, sus hombros estaban caídos, sus ojos
miraban abajo, quizá porque leía, quizá porque se
sentía como si estuviera presentando un examen de esos
que sabes que vas a raspar. Mi muchacho abrió la boca
y salieron palabras de ella, las palabras que no
expresan ideas son solo sonidos al aire. Mi muchacho
habló y no dijo nada con la boca, pero sus ojos
miraban con rabia, con arrogancia, y sin luz. 

Mi corazón se arrugó por mi muchacho, mi niño oveja
negra, y lo vi joven y lo vi viejo, sentí mucha pena
por el. Imaginé a su madre orgullosa sentada frente al
televisor, y sentí pena por ella. Nuestro muchacho con
su mirada antártica, palabras vacías y gestos
ensayados. Nuestro muchacho de probeta, con ideas de
laboratorio que alguien pensó por el, tuvo su momento
y se lo dejó quitar y tan ciego de arrogancia estaba
mi niño, que no se dio cuenta de que si algo nos dejó
con su puesta en escena fue una angustia profunda, un
mal sabor en la boca y una mirada tan vieja, tan vista
y gastada, que por un momento, solo por un momento,
sentí desesperanza.

Ocupó su sitio una niña estudiante de derecho, era
bajita pero miraba hacia arriba. sus manos vacías, su
boca llenas de palabras, muchas palabras, cada una en
su sitio, sin titubeos mi niña expresó sus ideas. Una
muchacha sencilla, algunas dirían que poca cosa, se
fue creciendo con sus ideas, se iba haciendo grande,
se iba haciendo cada vez más bonita. Yo acerqué a mi
bebé a la pantalla como para que se le pegara algo,
quise saber como hicieron sus padres para tener una
hija así. Y recordé, como hija, que los padres hacen
lo que pueden. Así que me senté con la gordita bien
pegada a mi cuerpo, a ver si sentía un poco el orgullo
que yo sentía. 

Mi emoción con ojos aguados tuvo un breve receso. Otro
muchachote, esta vez sin papel, pero igual de tieso,
igual de frío, igual de viejo que el anterior.
Balbuceó una explicación que no explicó nada y con la
frente en alto, y la mirada clavada al suelo, se
marchó dando la espalda a su oportunidad de mostrarnos
algo, cualquier cosa que no fuera un silencio sin
sentido.

Otra vez ese hueco en el alma que se cerró rapidito
gracias a los muchachos y muchachas que no se
quisieron ir. Aquellos que supieron reconocer allí
tenían una gran tribuna para exponer sus ideas. Y así
lo hicieron, hablaron con el corazón y la cabeza,
hablaron con la osadía que solo tienen los jóvenes,
nos hablaron nuestros muchachos y mientras lo hacían
dejaron de ser el futuro lleno de esperanzas y se
convirtieron en el presente lleno de orgullo. Nunca me
sentí tan madre, jamás me sentí tan venezolana. Yo,
que soy una llorona, lloré a moco tendido. Yo que no
soy muy cantadora sentí la urgencia de levantarme del
sofá, con mi bebé en los brazos y cantar con mis
muchachos el himno nacional.

Canté emocionada pero no pude dejar de pensar en los
otros, los que se fueron, y quise que regresaran
consciente de que no lo harían. Vi a mi mamá a mi
lado, y recordé sus palabras y supimos que estábamos
de acuerdo: a nadie le huelen sus peos ni sus hijos le
parecen feos. Pero esa tarde por razones, que todavía
no logro entender, las dos arrugamos la nariz, nos
apuramos a revisar el pañal de la gorda y comprobamos
que no era ella. Entonces tuvimos que admitir si, que
a veces, muy a nuestro pesar, los hijos nos parecen
feos.

carolachavez.blogspot.com



   
  ...cuando nada subsiste de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, el olor y el sabor continúan por mucho tiempo, como las almas, recordando, aguardando, esperando, sobre las ruinas de todo, sosteniendo sin doblegarse, sobre su casi impalpable gotica, el edificio enorme del recuerdo (Proust, En busca del tiempo perdido).



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