[R-P] [E. Lacolla] Las torres del orgullo

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mar Jul 31 12:07:52 MDT 2007


Perspectivas

Las torres del orgullo

Por ENRIQUE LACOLLA

La competencia por construir el edificio más alto del mundo es mucho 
más significativa de lo que parece. 

Una de las visiones más impresionantes de la campiña toscana son las 
gráciles torres de San Gimignano, que se elevan a gran altura sobre 
la población. Si preguntamos a los lugareños acerca de cuál era la 
funcionalidad de tales torres en la época que fueron erigidas nos 
responden que, aunque se las utilizaba como habitaciones, en realidad 
servían sobre todo para halagar el orgullo de los señores del burgo 
medieval, que con ellas hacían patente su riqueza y poderío. 

Es cuestión de preguntarse cuál será la opinión que el futuro podrá 
tener de la floración de torres monumentales que se está produciendo 
hoy en todas partes y que parecen pujar desenfrenadamente para ocupar 
el primer lugar en el libro de los récords, figurando como el 
edificio más alto del mundo.

Esta emulación está llevando a extremos un tanto ridículos, con 
edificios que se superan de un año para otro, dando lugar a 
formidables ensayos de ingeniería, a inversiones que dan tanto 
vértigo como la altura a que se elevan las construcciones y a 
emprendimientos que en algunos casos suscitan problemas laborales que 
suenan como un eco lejano de las brutalidades del trabajo esclavo que 
en la Antigüedad erigiera las pirámides de Egipto.

Algo de esto se verificó en la construcción de la torre de Dubai, que 
esta semana se ha ubicado, pasajeramente, al tope del ranking de los 
rascacielos. Con sus 512 metros de altura supera al edificio Taipei, 
en Taiwan, de 509 metros, que detentaba el récord hasta ahora. Pero 
su primacía está amenazada por la próxima aparición del Fordham 
Spire, cuya construcción está ya aprobada y que se levantará en 
Chicago, en las márgenes del lago Michigan, hasta una altura de 609 
metros. 

Lejos están quedando las torres Petronas, que el argentino César 
Pelli y su socio norteamericano Fred Clarke levantaron en Kuala 
Lumpur, inauguradas hace apenas nueve años, y que miden 452 metros de 
altura. 

Arquitectura e historia

¿Cómo evaluar esta orgía constructiva? ¿Es la expresión de una 
voluntad de potencia o de un lujo suntuario? ¿Un dato que hace a la 
naturaleza de nuestro tiempo o una expresión de fijeza dentro de él, 
de aferramiento a unos parámetros prefijados, de los cuales la 
sociedad es incapaz de salir? 

Hay un curioso y tal vez significativo paralelismo entre estas fugas 
hacia lo alto y el momento histórico, cuando las vías de superación 
al actual sistema económico parecen ocluidas. 

En el caso de las ciudades de Oriente, donde la población se hacina 
en superficies pequeñas -en Hong Kong, pongamos por caso- la erección 
de rascacielos es un imperativo. Por otra parte, guste o no, la 
continua expansión de las ciudades hace imposible que la gente pueda 
alimentarse y reposar si tiene que recorrer grandes distancias entre 
su hábitat y el lugar de trabajo. De ahí la "fatalidad" de los 
rascacielos.

Pero la hiperconcentración urbana, que refleja la retroalimentación 
de la riqueza en un sistema económico a su vez supercondensado, ¿no 
implica asimismo una modalidad inhumana para la existencia? El 
brillante escritor inglés de ciencia ficción J. G. Ballard dio una 
visión apocalíptica de la inflexión arquitectónica moderna en su 
novela Rascacielos. 

La explosión edilicia en altura que se verifica a nivel mundial nos 
parece paradójica. De una parte implica una explosión de belleza. En 
no pocos casos hay una gracia casi perfecta en la asociación de 
monumentalidad y elegancia que la preside. Quizá quepa pensar que las 
Torres son el equivalente moderno de las agujas del gótico. 

Pero por otro lado hay en ellas poco, o nada, de la luz irreal y 
simbólica que habitaba a los recintos eclesiales y que sumergía a los 
hombres en un resplandor que evocaba la santidad de un misterio 
acogedor y cálido. 

Hay flexibilidad, elegancia y esplendor en las torres de la 
posmodernidad, pero estas tampoco excluyen la arrogancia. De hecho, 
esta puede convertirse en su principal atributo. Y sin necesidad de 
remitirnos a la Torre de Babel para asociar el despliegue del orgullo 
con la catástrofe, se puede intuir que nuestros tiempos no son 
inmunes a una Némesis por su soberbia inmoderada.

Por algo el hundimiento del Titanic, en vísperas de la primera guerra 
mundial, golpeó tan fuerte el inconsciente colectivo que aun hoy se 
siguen haciendo películas en torno de él. Y por algo los kamikazes 
que volaron sendos aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas de 
Nueva York eligieron a estas como blanco. En tanto afirmaciones de 
esplendor convocaban la venganza de los humillados y ofendidos de la 
tierra.

Quizá, andando el tiempo, las torres del orgullo queden como un 
recordatorio de la estéril grandeza del sistema que las había 
erigido.


Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
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"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
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