[R-P] [E. Lacolla] Modificación a la nota recién enviada
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Jul 11 09:10:49 MDT 2007
[E. Lacolla nos hace llegar una versión modificada de su nota de _La
Voz del Interior_. La transcribimos sin las indicaciones
tipográficas.]
La crispación y la soberbia
Por ENRIQUE LACOLLA
Los argentinos tenemos una relación difícil con nuestra realidad.
Objetivarnos como seres históricos nos ayudaría a salir de la
encerrona.
Los argentinos seguimos enredados en la definición de nuestra propia
identidad. A veces este girar obsesivo en torno del mismo tema hace
pensar que nuestro problema es más psicológico que social. No es así,
desde luego, pero la imbricación de ambos factores en un círculo
vicioso que no termina de trascenderse a sí mismo, demuestra la
importancia que la elaboración de un discurso autocrítico tendrá para
alcanzar una meseta intelectual que consienta ponernos de acuerdo en
torno de algunos asuntos centrales que nos impregnan y establecer, de
esta manera, un consenso que permita una construcción más racional de
nuestro camino.
La pervivencia de la contraposición entre "la civilización y la
barbarie" como mito fundador para entender nuestro desarrollo, es la
más evidente exteriorización de este debate intestino, que no
terminamos de resolver. Sus manifestaciones se pueden encontrar en
los lugares y momentos más inesperados.
Días pasados, por ejemplo, mientras escuchaba el delicioso espacio de
tango La ciudad en que vivimos, que conduce Américo Tatián por Radio
Universidad, se coló en el programa la pregunta de un oyente que me
parece condensa casi a la perfección una predisposición psicológica,
henchida de una inconsciente petulancia, que permea a vastos estratos
de nuestra clase media. El oyente en cuestión preguntaba acerca de
cómo era posible que intelectuales de la talla de Arturo Jauretche y
Raúl Scalabrini Ortiz hubieran apoyado al peronismo...
Tatián y Rogelio Alaniz, quienes en ese momento compartían el
micrófono, intentaron dar una respuesta ponderada al exabrupto, pero
creo que no dejaron duda de que, en cierto sentido, compartían ese
asombro, refiriendo el examen de tan espinoso tema a autores como
Juan José Sebreli, Luis Alberto Romero, José Martínez Estrada (con
reservas) y Félix Luna, amén de a una serie de estudiosos más
académicos entre los que figuraban Juan Carlos Portantiero y no
recuerdo si también Tulio Halperín Donghi.
Resulta curioso que se hayan omitido las aportaciones de otras
vertientes nacionales del pensamiento, como las obras de Juan José
Hernández Arregui, Fermín Chávez, José María Rosa, Jorge Abelardo
Ramos, Salvador Ferla, José Luis Busaniche, Jorge Enea Spilimbergo,
Norberto Galasso, Marcelo Sánchez Sorondo y Alfredo Terzaga, para
nombrar a los responsables de algunas de estas interpretaciones, en
muchos casos formuladas desde fuera del mismo peronismo y desde
ángulos bien diferenciados del espectro ideológico. Como fue el caso
de Jauretche y Scalabrini que no eran, en sentido estricto, miembros
con cédula de ese movimiento.
Pero el problema no reside aquí. El problema pasa por el discreto
estupor que todavía suscita en muchos estratos de clase media,
intelectuales o no tanto, la aproximación de la inteligencia al
movimiento popular. En cierto modo parece juzgarse ese acercamiento
como un rasgo contra natura, pues resultaría imposible acoplar la
pulsión desordenada de un pueblo, que a lo largo de su historia
habría fallado cada vez que se puso en situación de elegir a sus
representantes, con un ordenamiento conceptual y social gobernado por
las luces.
Quien esto escribe puede aportar un caso que le tocó vivir para
engrosar el acervo anecdótico de este fenómeno. Siendo un joven
crítico de cine, un colega que seguramente estimaba mis dotes más
allá de lo que realmente valían, me preguntó cómo, siendo
inteligente, podía yo apoyar al peronismo, en ese momento proscrito
por la llamada revolución libertadora. Y con amabilidad insinuó que
lo hacía para diferenciarme; es decir, por una especie de coquetería
intelectual. En otras palabras, quería decir algo como: "Si vos sos
de los nuestros, para qué te mandás la parte"...
En la actitud del amigo subyacía una incomprensión que nace de cierta
soberbia respecto del país en que vivimos. Es una constante que los
sectores ilustrados o presuntamente tales se hayan perfilado en una
actitud antagónica a los movimientos populares. Hayan sido estos
federales del interior, rosista, irigoyenista o peronista.
En el núcleo de esta predisposición hay componentes sociológicos y
psicológicos dispares, pero que confluyen en una actitud de desdén,
negación, desconfianza o furia frente a las exteriorizaciones masivas
del pueblo cuando este se decide a apoyar con entusiasmo y
participación a un movimiento. Este rechazo va desde las
concentraciones del Yrigoyenismo o el peronismo, a la plaza de Mayo
de abril de 1982, cuando una multitud aclamó la recuperación de las
Malvinas. Muy a posteriori de este hecho algunos intelectuales
tuvieron el tupé de denominar a ese momento como "la plaza de la
vergüenza". Sin entender que esa masa apoyaba, confusa pero
certeramente, no al militarote que se asomaba al balcón, sino a la
causa nacional que, por casualidad o no, él había tomado en sus
manos.
Europeísmo
Al revés de que ha solido ocurrir en otros países de América latina,
nuestros literatos y nuestra clase ilustrada, fuesen de origen
patricio o pequeño burgués, en general nunca se sintieron cómodos con
las vertientes populares de nuestra cultura y propendieron a abrevar
en Europa para nutrirse.
El componente europeo de la cultura latinoamericana es indudable y
sería una insensatez pretender negarlo. Pero en los otros países de
Iberoamérica esa imbricación se ha producido sin rechazar los
componentes autóctonos y populares que emanaban de la circunstancia
en que vivían las clases pobres, y hasta esforzándose por
identificarse con ellos y bañarse en su savia, mientras que en
Argentina el deseo de identificarse con una cultura que se estima
superior llevó a la producción de productos más híbridos, poco
movilizadores y que inducían a un apartamiento del pueblo,
apartamiento nutrido de esa aspirada identificación con Europa y de
una percepción descalificante de las masas.
Jorge Luis Borges, el mejor de nuestros literatos y poseedor de un
fino olfato para discernir las categorías esenciales, dijo una vez
que los dos grandes libros fundadores de la cultura argentina eran el
Facundo y el Martín Fierro. Y que, aunque él prefería al primero,
reconocía que, desdichadamente, el segundo era el que se había hecho
una sola cosa con el sentir popular y el que mejor lo expresaba.
Esta contundente apreciación, formulada con serenidad y desde una
conciencia absoluta de los valores que están en juego, contrasta con
el divorcio entre realidad y ficción que en cambio se produce en la
intelligentsia pequeño burguesa (o en el medio pelo cultural, para
usar la categoría acuñada por Jauretche) cuando debe proponerse el
examen de nuestra historia y la naturaleza de sus contradicciones. Lo
que en Borges es una elección deliberada, derivada de su
identificación reflexiva con los valores del universo portuario que
miraba al exterior y que desde esa óptica dio forma al país, en una
amplia capa intelectual de clase media se traduce en una incomodidad
que traiciona un prejuicio casi racista del cual sus portadores
abominarían si fuesen conscientes de él.
En la configuración de este prejuicio la mítica contraposición entre
la civilización y la barbarie jugaba y juega una parte fundamental.
El libro de Sarmiento, primer ensayo de interpretación sociológica
sudamericana, adolecía del vicio de una antipatía visceral respecto
del país tal como era, pero se asentaba en una virtud literaria de
primer orden, poseída de furor romántico y capaz, por lo tanto, de
ejercer una gran acción persuasiva sobre las capas semiilustradas de
la Argentina naciente, encantadas de justificar con esa formidable
diatriba unos intereses que se valían del exterminio de las
resistencias populares para imponer su hegemonía sobre el país.
La conciencia artificial
El mito fundador repotenció su eficacia al alcanzar a las
generaciones que descendían de los inmigrantes y eran escolarizadas
de acuerdo a esa oposición maniquea. Los nuevos habitantes,
nacionalizados a toda prisa, carecían de una tradición oral que los
conectara al pasado vivo del país. Ello facilitaba su encuadramiento
en fórmulas simples y directas, lo que facilitó la conformación, a lo
largo del tiempo, de una forma de mirar a la nación que pecaba de
rígida y que imbuyó a capas y capas de argentinos de clase media con
una concepción de país que descalificaba a los compatriotas más
pobres o de piel más oscura, convirtiéndolos en réprobos a pesar
suyo, víctimas de una suerte de fatalidad genética. Una fatalidad que
los hacía díscolos, holgazanes e incapaces de elegir a sus
representantes con un mínimo de acierto, prefiriendo a los que mejor
halagaban sus instintos y los satisfacían con dádivas.
Este mecanismo adoctrinador se ha repetido una y otra vez a lo largo
de la historia argentina posterior a la organización nacional. El
resultado fue, y hasta cierto punto sigue siendo, la configuración de
un punto de vista que primero se ha hinchado de indignación moral
ante el éxito que alcanzaban las manifestaciones del demos elemental
exteriorizado en el Yrigoyenismo y el peronismo, y después ha tendido
a replegarse a una estimación escéptica y frustrante de las
posibilidades que la Argentina tendría respecto de elevarse a un
nivel de potencia y prestigio que la hagan respetable entre las
naciones del mundo.
¿Es esta conclusión verdadera? Lo único cierto es que la situación
actual no podrá cambiar mientras persistan esos puntos de vista.
Ahora bien, ¿cómo conseguir que esta situación se revierta?
Hay que revisar el mito fundador. Hay que entender que ningún país se
construye contra sí mismo, es decir, contra el instinto político de
sus clases populares. Este instinto debe ser educado, pero sin violar
su preferencia primigenia. De lo contrario tendremos lo que tenemos
hoy, un país degradado por la oclusión de todas las opciones
exaltantes y empujado al miserabilismo de una cultura televisiva que
tiene a El gran hermano como paradigma imbécil.
En esta necesaria revisión de la construcción mítica de nuestro
pasado, que fuera y sigue siendo funcional a unos determinados
intereses de clase, no pueden caber ya ni el engolamiento de una
superioridad académica heredada, ni la chicana polémica. La discusión
y el debate son necesarios, pero despojados, en lo posible, de toda
descalificación derogatoria. Pues de lo que se trata no es de
doblegar sino de persuadir, a quienes participan de buena fe en la
convención conceptual instituida por la historia oficial, para que se
abran mentalmente a una revisión del pasado.
Como dijera Hernández Arregui, los protagonistas de nuestra historia
son muertos vivos. En parte porque los conflictos que expresaron
están todavía vigentes, y en parte porque no hemos conseguido
asumirlos en el conjunto de circunstancias que condicionaban a sus
personajes. No es esta una condición salubre para nuestra integridad
mental y, en consecuencia, para nuestra capacidad de encontrar una
salida al callejón en que nos hemos encerrado.
La definición de las contradicciones sociales nunca es pacífica, pero
no tenemos porqué asumir, a partir de esto, que su liquidación ha de
darse en los términos de una guerra civil. De hecho, sin embargo,
esta ha sido la actitud mental que gobernó y hasta cierto punto aun
gobierna al debate sobre nuestra historia mediata e inmediata, e
incluso a la de un pasado más remoto. La razón es, como vimos, que
sus contradicciones fundamentales siguen vivas. Pero quienes se
esfuerzan por deliberar de buena fe en torno de estos problemas, no
deberían ni negar la existencia de estos ni esposar ciegamente un
determinado partidismo, a la manera en que lo hacían quienes
protagonizaron los choques del pasado, cuando se ensarzaban en una
lucha a vida o muerte.
En la pregunta del oyente a que aludimos al principio de esta nota
hay un trasfondo tal vez cándido, inducido por un apriorismo del cual
esa persona ni se da cuenta. No creo que sea posible destruirlo sin
destruir a quien lo padece, a menos que el camino que escojamos para
confrontar puntos de vista eluda la derogación pura y simple del
otro, y apele a la reflexión crítica y autocrítica en torno de las
nociones que hemos incorporado. No se tratará de negar las
contradicciones ni la necesidad de tomar un partido frente a ellas,
sino de hacerlo desde una actitud objetiva. Objetividad no quiere
decir imparcialidad, sino cierta capacidad para representarse las
cosas comprendiendo las variantes que las componen y los factores que
condicionan la perspectiva del otro, en el marco del tiempo, de su
época.
Sólo así se podrá construir el consenso de los honestos, a partir del
cual podremos representarnos el país que queremos y hacerlo factible.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular