[R-P] [E. Lacolla] La crispación y la soberbia

Nestor Gorojovsky nestorgoro en fibertel.com.ar
Mie Jul 11 08:44:31 MDT 2007


*La crispación y la soberbia* 
_Por ENRIQUE LACOLLA_

_Los argentinos tenemos una relación difícil con nuestra realidad. 
Objetivarnos como seres históricos nos ayudaría a salir de la 
encerrona.-

Los argentinos seguimos enredados en la definición de nuestra propia 
identidad. A veces este girar obsesivo en torno del mismo tema hace 
pensar que nuestro problema es más psicológico que social. No es así, 
desde luego, pero la imbricación de ambos factores en un círculo 
vicioso que no termina de trascenderse a sí mismo, demuestra la 
importancia que la elaboración de un discurso autocrítico tendrá para 
alcanzar una meseta intelectual que consienta ponernos de acuerdo en 
torno de algunos asuntos centrales que nos impregnan y establecer, de 
esta manera, un consenso que permita una construcción más racional de 
nuestro camino. 

La pervivencia de la contraposición entre "la civilización y la 
barbarie" como mito fundador para entender nuestro desarrollo, es la 
más evidente exteriorización de este debate intestino, que no 
terminamos de resolver. Sus manifestaciones se pueden encontrar en 
los lugares y momentos más inesperados.

Días pasados, por ejemplo, mientras escuchaba el delicioso espacio de 
tango *La ciudad en que vivimos*, que conduce Américo Tatián por 
Radio Universidad, se coló en el programa la pregunta de un oyente 
que me parece condensa casi a la perfección una predisposición 
psicológica, henchida de una inconsciente petulancia, que permea a 
vastos estratos de nuestra clase media. El oyente en cuestión 
preguntaba acerca de cómo era posible que intelectuales de la talla 
de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz hubieran apoyado al 
peronismo... 

Tatián y Rogelio Alaniz, quienes en ese momento compartían el 
micrófono, intentaron dar una respuesta ponderada al exabrupto, pero 
creo que no dejaron duda de que, en cierto sentido, compartían ese 
asombro, refiriendo el examen de tan espinoso tema a autores como 
Juan José Sebreli, Luis Alberto Romero, José Martínez Estrada (con 
reservas) y Félix Luna, amén de a una serie de estudiosos más 
académicos entre los que figuraban Juan Carlos Portantiero y no 
recuerdo si también Tulio Halperín Donghi.

Resulta curioso que se hayan omitido las aportaciones de otras 
vertientes nacionales del pensamiento, como las obras de Juan José 
Hernández Arregui, Fermín Chávez, José María Rosa, Jorge Abelardo 
Ramos, Salvador Ferla, José Luis Busaniche, Jorge Enea Spilimbergo, 
Norberto Galasso, Marcelo Sánchez Sorondo y Alfredo Terzaga, para 
nombrar a los responsables de algunas de estas interpretaciones, en 
muchos casos formuladas desde fuera del mismo peronismo y desde 
ángulos bien diferenciados del espectro ideológico. Como fue el caso 
de Jauretche y Scalabrini que no eran, en sentido estricto, miembros 
con cédula de ese movimiento.

Pero el problema no reside aquí. El problema pasa por el discreto 
estupor que todavía suscita en muchos estratos de clase media, 
intelectuales o no tanto, la aproximación de la inteligencia al 
movimiento popular. En cierto modo parece juzgarse ese acercamiento 
como un rasgo contra natura, pues resultaría imposible acoplar la 
pulsión desordenada de un pueblo, que a lo largo de su historia 
habría fallado cada vez que se puso en situación de elegir a sus 
representantes, con un ordenamiento conceptual y social gobernado por 
las luces.

Quien esto escribe puede aportar un caso que le tocó vivir para 
engrosar el acervo anecdótico de este fenómeno. Siendo un joven 
crítico de cine, un colega que seguramente estimaba mis dotes más 
allá de lo que realmente valían, me preguntó cómo, siendo 
inteligente, podía yo apoyar al peronismo, en ese momento proscrito 
por la llamada revolución libertadora. Y con amabilidad insinuó que 
lo hacía para diferenciarme; es decir, por una especie de coquetería 
intelectual. En otras palabras, quería decir algo como: "Si vos sos 
de los nuestros, para qué te mandás la parte"...

En la actitud del amigo subyacía una incomprensión que nace de cierta 
soberbia respecto del país en que vivimos. Es una constante que los 
sectores ilustrados o presuntamente tales se hayan perfilado en una 
actitud antagónica a los movimientos populares. Hayan sido estos 
federales del interior, rosista, irigoyenista o peronista. 

En el núcleo de esta predisposición hay componentes sociológicos y 
psicológicos dispares, pero que confluyen en una actitud de desdén, 
negación, desconfianza o furia frente a las exteriorizaciones masivas 
del pueblo cuando este se decide a apoyar con entusiasmo y 
participación a un movimiento. Este rechazo va desde las 
concentraciones del Yrigoyenismo o el peronismo, a la plaza de Mayo 
de abril de 1982, cuando una multitud aclamó la recuperación de las 
Malvinas. Muy a posteriori de este hecho algunos intelectuales 
tuvieron el tupé de denominar a ese momento como "la plaza de la 
vergüenza". Sin entender que esa masa apoyaba, confusa pero 
certeramente, no al militarote que se asomaba al balcón, sino a la 
causa nacional que, por casualidad o no, él había tomado en sus 
manos.


_Europeísmo_

Al revés de que ha solido ocurrir en otros países de América latina, 
nuestros literatos y nuestra clase ilustrada, fuesen de origen 
patricio o pequeño burgués, en general nunca se sintieron cómodos con 
las vertientes populares de nuestra cultura y propendieron a abrevar 
en Europa para nutrirse. 

El componente europeo de la cultura latinoamericana es indudable y 
sería una insensatez pretender negarlo. Pero en los otros países de 
Iberoamérica esa imbricación se ha producido sin rechazar los 
componentes autóctonos y populares que emanaban de la circunstancia 
en que vivían las clases pobres, y hasta esforzándose por 
identificarse con ellos y bañarse en su savia, mientras que en 
Argentina el deseo de identificarse con una cultura que se estima 
superior llevó a la producción de productos más híbridos, poco 
movilizadores y que inducían a un apartamiento del pueblo, 
apartamiento nutrido de esa aspirada identificación con Europa y de 
una percepción descalificante de las masas. 

Jorge Luis Borges, el mejor de nuestros literatos y poseedor de un 
fino olfato para discernir las categorías esenciales, dijo una vez 
que los dos grandes libros fundadores de la cultura argentina eran el 
*Facundo* y el *Martín Fierro*. Y que, aunque él prefería al primero, 
reconocía que, desdichadamente, el segundo era el que se había hecho 
una sola cosa con el sentir popular y el que mejor lo expresaba. 

Esta contundente apreciación, formulada con serenidad y desde una 
conciencia absoluta de los valores que están en juego, contrasta con 
el divorcio entre realidad y ficción que en cambio se produce en la 
_intelligentsia_ pequeño burguesa (o en el medio pelo cultural, para 
usar la categoría acuñada por Jauretche) cuando debe proponerse el 
examen de nuestra historia y la naturaleza de sus contradicciones. Lo 
que en Borges es una elección deliberada, derivada de su 
identificación reflexiva con los valores del universo portuario que 
miraba al exterior y que desde esa óptica dio forma al país, en una 
amplia capa intelectual de clase media se traduce en una incomodidad 
que traiciona un prejuicio casi racista del cual sus portadores 
abominarían si fuesen conscientes de él.

En la configuración de este prejuicio la mítica contraposición entre 
la civilización y la barbarie jugaba y juega una parte fundamental. 
El libro de Sarmiento, primer ensayo de interpretación sociológica 
sudamericana, adolecía del vicio de una antipatía visceral respecto 
del país tal como era, pero se asentaba en una virtud literaria de 
primer orden, poseída de furor romántico y capaz, por lo tanto, de 
ejercer una gran acción persuasiva sobre las capas semiilustradas de 
la Argentina naciente, encantadas de justificar con esa formidable 
diatriba unos intereses que se valían del exterminio de las 
resistencias populares para imponer su hegemonía sobre el país.


_La conciencia artificial_

El mito fundador repotenció su eficacia al alcanzar a las 
generaciones que descendían de los inmigrantes y eran escolarizadas 
de acuerdo a esa oposición maniquea. Los nuevos habitantes, 
nacionalizados a toda prisa, carecían de una tradición oral que los 
conectara al pasado vivo del país. Ello facilitaba su encuadramiento 
en fórmulas simples y directas, lo que facilitó la conformación, a lo 
largo del tiempo, de una forma de mirar a la nación que pecaba de 
rígida y que imbuyó a capas y capas de argentinos de clase media con 
una concepción de país que descalificaba a los compatriotas más 
pobres o de piel más oscura, convirtiéndolos en réprobos a pesar 
suyo, víctimas de una suerte de fatalidad genética. Una fatalidad que 
los hacía díscolos, holgazanes e incapaces de elegir a sus 
representantes con un mínimo de acierto, prefiriendo a los que mejor 
halagaban sus instintos y los satisfacían con dádivas.

Este mecanismo adoctrinador se ha repetido una y otra vez a lo largo 
de la historia argentina posterior a la organización nacional. El 
resultado fue, y hasta cierto punto sigue siendo, la configuración de 
un punto de vista que primero se ha hinchado de indignación moral 
ante el éxito que alcanzaban las manifestaciones del _demos_ 
elemental exteriorizado en el yrigoyenismo y el peronismo, y después 
ha tendido a replegarse a una estimación escéptica y frustrante de 
las posibilidades que la Argentina tendría respecto de elevarse a un 
nivel de potencia y prestigio que la hagan respetable entre las 
naciones del mundo.

¿Es esta conclusión verdadera? Lo único cierto es que la situación 
actual no podrá cambiar mientras persistan esos puntos de vista. 
Ahora bien, ¿cómo conseguir que esta situación se revierta? 

Hay que revisar el mito fundador. Hay que entender que ningún país se 
construye contra sí mismo, es decir, contra el instinto político de 
sus clases populares. Este instinto debe ser educado, pero sin violar 
su preferencia primigenia. De lo contrario tendremos lo que tenemos 
hoy, un país degradado por la oclusión de todas las opciones 
exaltantes y empujado al miserabilismo de una cultura televisiva que 
tiene a *El gran hermano* como paradigma imbécil.

En esta necesaria revisión de la construcción mítica de nuestro 
pasado, que fuera y sigue siendo funcional a unos determinados 
intereses de clase, no pueden caber ya ni el engolamiento de una 
superioridad académica heredada, ni la chicana polémica. La discusión 
y el debate son necesarios, pero despojados, en lo posible, de toda 
descalificación derogatoria. Pues de lo que se trata no es de 
doblegar sino de persuadir, a quienes participan de buena fe en la 
convención conceptual instituida por la historia oficial, para que se 
abran mentalmente a una revisión del pasado.

Como dijera Hernández Arregui, los protagonistas de nuestra historia 
son muertos vivos. En parte porque los conflictos que expresaron 
están todavía vigentes, y en parte porque no hemos conseguido 
asumirlos en el conjunto de circunstancias que condicionaban a sus 
personajes. No es esta una condición salubre para nuestra integridad 
mental y, en consecuencia, para nuestra capacidad de encontrar una 
salida al callejón en que nos hemos encerrado. 

La definición de las contradicciones sociales nunca es pacífica, pero 
no tenemos porqué asumir, a partir de esto, que su liquidación ha de 
darse en los términos de una guerra civil. De hecho, sin embargo, 
esta ha sido la actitud mental que gobernó y hasta cierto punto aun 
gobierna al debate sobre nuestra historia mediata e inmediata, e 
incluso a la de un pasado más remoto. La razón es, como vimos, que 
sus contradicciones fundamentales siguen vivas. Pero quienes se 
esfuerzan por deliberar de buena fe en torno de estos problemas, no 
deberían ni negar la existencia de estos ni esposar ciegamente un 
determinado partidismo, a la manera en que lo hacían quienes 
protagonizaron los choques del pasado, cuando se enzarzaban en una 
lucha a vida o muerte. 

En la pregunta del oyente a que aludimos al principio de esta nota 
hay un trasfondo tal vez cándido, inducido por un apriorismo del cual 
esa persona ni se da cuenta. No creo que sea imposible destruirlo sin 
destruir a quien lo padece. El camino es impulsar la reflexión 
autocrítica respecto de las nociones que hemos incorporado. No se 
tratará de negar las contradicciones ni la necesidad de tomar un 
partido frente a ellas, sino de hacerlo desde una actitud objetiva. 
Objetividad no quiere decir imparcialidad, sino cierta capacidad para 
representarse las cosas comprendiendo las variantes que las componen 
y los factores que condicionan la perspectiva del otro, en el marco 
del tiempo, de su época. 

Sólo así se podrá construir el consenso de los honestos, a partir del 
cual podremos representarnos el país que queremos y hacerlo factible. 




Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
[No necesariamente es su autor]
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ 
"La patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo".
Aparicio Saravia
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ 





Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular