[R-P] [CUPV] La dignidad de un mundo
Pat H.A.
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mie Jul 11 08:39:27 MDT 2007
LA DIGNIDAD DE UN MUNDO
Hace pocas semanas, en un foro convocado en Madrid por
la Secretaría Iberoamericana, me llamó la atención que
se hablaba con insistencia de las “utopías
regresivas”, o las “utopías arcaicas”.
Al parecer se referían al triunfo de Evo Morales en
Bolivia y el auge de un nuevo movimiento indigenista
en América Latina, sobre el que recientemente arrojó
su mirada compleja un suplemento especial del Courrier
Internacional, llamado “Orgullosos de ser indios”.
Esta mención de las “Utopías regresivas” es una
alusión a la tesis de Mario Vargas Llosa, según la
cual toda reivindicación de la identidad indígena y de
los valores ancestrales de los pueblos nativos de
América es una renuncia a la modernidad y arroja sobre
las naciones la sombra amenazante del resentimiento
racial y de la violencia.
Al parecer la experiencia de las guerrillas maoístas
de Sendero Luminoso, y su auge entre ciertos sectores
indígenas del Perú, produjo en el novelista la idea
exagerada de que todo indigenismo corteja el atraso y
es un fenómeno regresivo y antimoderno. Vargas Llosa
expuso esa tesis en su libro La utopía arcaica, sobre
el novelista peruano José María Arguedas. Allí
convierte a Arguedas en el apóstol y mártir de una
ficción literaria que pretendió ofrecerse como
posibilidad histórica. La idealización del mundo
indígena y de sus valores representaría el anclaje en
un pensamiento regresivo, reaccionario y nefasto, que
condena a los indígenas a la marginalidad y a los
pueblos latinoamericanos al atraso y la violencia.
El tema es harto digno de examen. Mi convicción
personal es que los indígenas americanos han sido
negados de un modo absoluto durante demasiado tiempo
desde las ideas y los prejuicios que se impusieron con
la Conquista, y que el acceso a la modernidad pasa, en
su caso y en el de todos los mestizos americanos, por
una recuperación de la conciencia de su singularidad.
Para ello hay que entender que las naciones indígenas
americanas fueron dueñas de unas ricas culturas, que
no es necesario comparar con las europeas, y que
todavía hoy tienen valores que mostrar ante el mundo.
La pretensión de que la modernidad es exclusivamente
fruto de la ilustración, del pensamiento liberal, del
racionalismo, de las excelencias de la técnica y de la
ciencia occidental, olvida que también es típico de la
modernidad arrojar una mirada crítica sobre los
excesos y los desvaríos de Occidente, sobre el
eurocentrismo colonialista con su vasto tejido de
violencias y arbitrariedades, y consiste también en
una apertura apasionada al diálogo y el intercambio
con otras culturas.
Desde los primeros tiempos de la europeización de
América se abrió camino esa tendencia a negar todo lo
que existía aquí, no solo en el campo de las ideas
sino en el campo de la realidad física: los españoles
querían europeizar el paisaje, la fauna, la memoria.
Hubo un miedo pánico a entrar en contacto con el
universo mental de los indios y aun con su universo
material. Esto se entiende de los españoles del siglo
XVI, todavía pasmados por los miedos de la Edad Media,
temerosos de la naturaleza y poco capaces de dialogar
con lo distinto, aunque incluso entonces se dieron
aventuras intelectuales y estéticas de extraña y
conmovedora audacia. Hubo quien supo ver a América,
hubo quien supo amar ese orbe de símbolos
desconocidos.
Pero a comienzos del siglo XIX otros viajeros, como el
barón Alejandro de Humboldt, le revelaron a Europa
otra cara de sus conquistas. Los ojos y la mente de
ese hombre, en quien se fusionaban el racionalismo y
el romanticismo, descubrieron la naturaleza admirable,
establecieron una nueva idea del paisaje, fundaron la
geografía moderna, avizoraron una nueva concepción del
planeta como organismo viviente, respondiendo a la vez
a las ideas del racionalismo y a las críticas que los
románticos alzaban contra la arrogancia del saber
positivo.
Humboldt valoraba la aventura, la sensibilidad, esa
frontera de mitos que seguía viva en el complejo mundo
americano. Humboldt, como su contemporáneo Hölderlin,
ya no veía la modernidad europea solo con los ojos de
la veneración: también era capaz de ser crítico, de
ser hospitalario con otras tradiciones, de ver
ventajas en la fusión y en el intercambio con otros,
era moderno en un sentido más vasto y más rico, más
moderno que Bouffon, y más moderno por supuesto que
Hegel, trompetero mayor de eurocentrismo, calumniador
de la naturaleza e idólatra del Estado.
Un indígena y un mestizo americanos, tan
persistentemente negados por esa cultura violenta,
excluyente y arrogante, necesitan saberse dueños de
unos valores y una autonomía para poder dialogar con
las otras fuentes de su cultura. Necesitan obedecer al
llamado de Píndaro: “Llega a ser el que eres”, y nunca
lo lograrán si se empeñan en negar el costado
americano de su ser, si pretenden, como ha sido aquí
obligatorio en los últimos cinco siglos, ser europeos
sin sombra, contra toda evidencia.
Yo, como mestizo, puedo creerme indígena hasta el
momento en que visito a una comunidad nativa, allí
comprendo que soy otra cosa. Pero solo puedo creerme
europeo hasta el momento en que voy a Europa, allí
comprendo, con alegría, que solo podré dialogar con
Europa, no desde lo opuesto, pues en gran medida somos
europeos, pero sí desde la diferencia, desde esos
delicados matices que reclamaba siempre Verlaine.
Otro poeta francés, Baudelaire, de quien se dice que
fundó la modernidad en la estética, describió en sus
poemas el alma del hombre moderno como un alma
escindida: Yo soy la herida y el cuchillo, la bofetada
y la mejilla, yo soy los miembros y la rueda, soy el
verdugo y soy la víctima. Eso nos hace modernos,
participar de realidades distintas, de realidades
contradictorias y aun excluyentes. Y en América eso
significa ser hijos de los invasores y de los
invadidos, de los europeos y de los americanos.
Tenemos que decir como Hölderlin: “Abiertamente
consagré mi corazón a la tierra / grave y doliente / y
con frecuencia, en la noche sagrada / le prometí que
la amaría fielmente / hasta la muerte, / sin temor, /
con toda su pesada carga de fatalidad, / y que no
despreciaría ninguno de sus enigmas. / Así me ligué a
ella con un lazo mortal”. Nunca seremos verdaderamente
planetarios mientras rechacemos algunos de los enigmas
del hombre americano, y me temo que eso es lo que
hace, con mucha elocuencia, pero con muchos
prejuicios, Mario Vargas Llosa, quien está empeñado en
convencerse a sí mismo de que el mundo europeo agota
la variedad y el misterio de su ser. Afortunadamente
su obra dice sin cesar otra cosa.
Malo exigir a los indígenas de Bolivia y del Perú, de
México o de Guatemala, del Brasil o de Colombia, que
miren el mundo con los ojos de Hegel. Es lo que hace
el marxismo, pero es lo que hace Vargas Llosa también.
Supone condenarlos para siempre a negar algunas cosas
preciosas de su ser y de su memoria. Malo negar que si
algo ayudó a México a sentirse orgulloso de sí mismo
fue haber tenido un presidente indígena en la segunda
mitad del siglo XIX. A veces, visitando otros países
de nuestro continente, uno comprende que les hizo
falta su Benito Juárez, que no pudieron quitarse del
corazón su emperadorcito rubio. Y es que es más fácil
hablar de tú a tú como europeo con Europa cuando se es
un blanco apuesto y elocuente como Vargas Llosa: Evo
Morales sabe que tiene que afirmarse en su propia
singularidad.
También es malo o innoble pretender que el suicidio de
Arguedas sea la prueba de la falibilidad de su sueño
indígena. Basta verlo escribir con tanta inspiración
en castellano para saber que el sueño de Arguedas no
era un ingenuo retorno a la improbable arcadia
indígena: era un sueño mestizo. No era una utopía
regresiva: era un alto sueño de dignidad. Y no tenemos
derecho a pensar que la dignidad humana, la elemental
dignidad humana, con todos sus exquisitos matices
culturales, no es más que una utopía.
"Hasta cuándo seguir gritando que no cedo en hipoteca mis sueños
Hasta cuándo seguir gritando que soy incorregible
Hasta cuándo seguir gritando que no reniego de mis actos
Hasta cuándo seguir gritando que nada de lo que tengo
está en venta ni quiero que ningún imbécil corte la soga
Hasta cuándo seguir gritando que no cumplo mis deberes en la tormenta
Hasta cuándo seguir gritando que no exijo futuro
Hasta cuándo si desde siempre mis cartas están sobre la mesa"
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