[R-P] Enrique Lacolla Chávez en Rusia
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Dom Jul 1 10:14:10 MDT 2007
Chávez en Rusia
Enrique Lacolla
Periodista
Son pocos los que dudan de que el nuevo orden mundial previsto después del
hundimiento de la Unión Soviética se ha convertido en un monumental
desorden.
La razón de esta deriva catastrófica puede atribuirse, en primer término, a
la pretensión estadounidense de someter ese presunto nuevo orden a la
hegemonía norteamericana.
Las resistencias, solapadas o abiertas, que suscita ese proyecto se
pronuncian cada vez más y se expresan en el esbozo de alianzas y bloques
regionales que van del grupo de Shangai al Mercosur, mientras que, en los
lugares donde el intervencionismo estadounidense es ostensible, la violencia
se expande y se torna ingobernable.
No por esto la megapotencia ceja en su empeño. Ni es probable que vaya a
hacerlo, pues el complejo de razones –económicas, culturales y psicológicas–
que moviliza al Leviatán neocapitalista lo condiciona para seguir en
carrera, sin importar cuáles sean los costos.
Como parte del diseño de este proyecto, figura la demonización de quienes no
se adecuen a los dictados de la globalización, entendida de acuerdo al
modelo preconizado por Estados Unidos.
Blanco favorito en este campo de tiro es la estampa del presidente
venezolano, Hugo Chávez, cuya verba encendida y cuyo exterior grandilocuente
favorecen el hacer puntería sobre él. Pero por supuesto que no es por el
estilo estentóreo del mandatario bolivariano que se lo ataca, sino por las
medidas que ha tomado. Porque éstas determinan un proceso de cambio en
Venezuela que no sólo no agrada a la superpotencia, sino que puede
plantearse como un contagioso ejemplo para otros países sudamericanos, en la
medida que arremete contra un sistema económico desigual y contra las
superestructuras políticas y mediáticas que lo han sostenido.
La habilidad para integrar esta ofensiva en un contexto democrático
plebiscitario y en atenerse a la letra de la ley, inclusive en casos de
flagrante golpismo, hacen doblemente peligroso a Chávez. En cierto modo,
pueden designarlo no sólo para el ataque propagandístico sino para el fusil
de un francotirador...
Como quiera que sea, el presidente de Venezuela no se arredra. Se hace
fuerte en el valor estratégico del petróleo que proporciona a Estados Unidos
y en el potencial de desorden que podría acarrear su eliminación física y/o
el derrocamiento de su régimen, para proseguir con una política
independiente y apoyada en un proyecto geopolítico de gran envergadura –la
unión sudamericana– que por cierto está necesitado de vectores más potentes
que el que puede suministrar Venezuela, pero respecto del cual ésta
representa un principio que debe ser valorado.
Un itinerario herético. En el marco de autonomía que ha prefijado a su
política exterior, Chávez visita estos días Rusia, Bielorrusia e Irán, las
bestias negras –explícitas o tácitas– del Imperio.
El direccionamiento de la política exterior venezolana hacia el Este está
poniendo de manifiesto que, más allá de la ideología, el mundo de hoy está
determinado por viejas antinomias con vida propia y que se conjugan en
términos nacionales.
El ocaso soviético significó el eclipse de Rusia, pero hoy ésta revive más
allá de los símbolos y se reconstituye como un contrapeso político-militar
de Estados Unidos.
Chávez busca en ese país una sustitución para la provisión de armamentos,
antes vendidos por la Unión norteamericana. Pero sobre todo busca tejer,
allí y en otras partes, alianzas o asociaciones que lo planten como un
ejemplo de política exterior autónoma frente a los cauces, entre timoratos y
colaboracionistas, que siguen otros países de América latina.
Para que este intento prospere, es necesario vernos como entidades que no se
articulan en una configuración dependiente, sino que se esfuerzan por
impregnar las realidades geopolíticas hemisfé- ricas con una visión del
mundo amplia. Una visión que evalúe las proximidades o distancias
ideológicas no con criterios taxativos, que por lo general esconden tras su
aparente intransigencia una dependencia de hecho respecto de intereses que
no osan decir su nombre, sino de acuerdo a las necesidades específicas de
estos países en los diversos momentos de su desarrollo.
La relación con Estados Unidos es un dato que hay que cuidar, en razón de
nuestra posición en el hemisferio occidental. Pero cuidarlo a partir de un
vínculo de toma y daca, que no regale nada sino que apele a un diálogo entre
pares. Y para que esto sea viable, hacen falta dos cosas: una, la
disposición de Washington para vernos como sus iguales; otra, la decisión
nuestra de constituir un polo unitario capaz de hacerse oír. La primera de
estas premisas dependerá del cumplimiento de la segunda.
Éste es el sentido en el cual, a nuestro entender, cabe evaluar el viaje de
Chávez por el Este.
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