[R-P] [redial_s_bolivar] EL DRAMÁTICO RESCATE DE CHÁVEZ, - 1º Parte

Pat H.A. desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Lun Ene 22 11:41:46 MST 2007


Cien horas con Fidel: Capítulo 24 
  
14 de abril de 2002 
El dramático rescate de Chávez 
Ignacio Ramonet (Granma Internacional)

LA conspiración de la oligarquía interna alentada
desde Washington, logró en abril del 2002 llegar a
apoderarse del Presidente constitucional de Venezuela
para hacerlo renunciar. Cómo pudo evitarse es narrado
pormenorizadamente por Fidel al escritor Ignacio
Ramonet, en un capítulo de su libro. También analiza
las revoluciones en América Latina y el protagónico
papel de las explotadas masas indígenas.

Puede ocurrir más de una revolución en América Latina

• El subcomandante Marcos • Las luchas de los
indígenas • Evo Morales • Hugo Chávez y Venezuela • El
golpe de Estado contra Chávez • Militares progresistas
• Kirchner y el símbolo argentino • Lula y Brasil

Comandante, quiero hacerle una pregunta sobre el
subcomandante Marcos. En enero de 2004 se cumplieron
diez años de la irrupción de los zapatistas en Chiapas
en ocasión de la entrada en vi­­gor del Tratado de
Libre Comercio de Méxi­co con Estados Unidos y Canadá.
Me gus­taría saber lo que usted piensa de esa
personalidad tan particular y que tan po­pular se ha
hecho en el seno del movimiento altermundialización.
¿Lo conoce usted, ha leído sus textos?

Yo no puedo juzgarlo, pero sí leí algunos materiales
de usted sobre Marcos1 y lo que de él se dice es
realmente muy interesante, ayuda a comprender su
personalidad, incluso por qué se asignó ese grado de
"subcomandante". Antes to­dos los que en América
Latina andaban en guerras o en campañas eran
generales. Desde la Revolución Cubana se estableció
una costumbre, que los jefes eran "comandantes". Ése
es el grado que yo traía en el "Granma". Como era jefe
de un pequeño Ejército Rebelde, y en la Sierra
teníamos que asumir una organización militar, no
podíamos decir "secretario general de la columna
guerrillera". Así adquirí el calificativo de
"Comandante en Jefe". Comandante era el grado más
modesto en el ejército tradicional y tenía una
ventaja, que se le podía añadir lo de jefe,
efectivamente.

Nunca más, desde aquella época, ningún movimiento
revolucionario utilizó ya el título de general. Sin
embargo, Mar­cos utilizó el de subcomandante. Yo nunca
lo había entendido bien, lo vi como una ex­presión de
modestia.

Sí, él dice: "El comandante es el pueblo; yo soy el
subcomandante, porque estoy a las órdenes del pueblo."

Hay que explicarlo: él es el subcomandante del
comandante pueblo. Muy bien. Por ese libro de usted
sobre conversaciones con él, supe de muchos detalles,
ideas, concepciones suyas, su lucha por la causa
indígena. Lo leí con mucho respeto, y me alegré de
poder contar con una información de ese tipo sobre su
personalidad y la situación en Chiapas.

Hubo audacia, sin duda, cuando luego hizo aquel viaje.
Es discutido si fue co­rrecto o no hacerlo, pero de
todas formas lo he seguido con mucho interés.

Usted se refiere a la "marcha por la paz" sobre México
que Marcos hizo en abril del 2001.2

Sí. Con mucho interés he observado todo, veo en Marcos
integridad, es indiscutible que se trata de un hombre
de integridad, concepto, talento. Es un intelectual,
sea o no la persona con la que lo identificaban cuando
se conocía poco de él. No estoy suficientemente
informado, pero eso no tiene importancia; lo que
importa son las ideas, la constancia, los
conocimientos de un combatiente revolucionario.

Me explico que puede surgir un Marcos, dos, cien,
porque conozco, he tenido conciencia de la situación
en que viven los pueblos indígenas a lo largo de
siglos; la he conocido por Bolivia, Ecua­dor, Perú y
otros países. Y le digo que siento sincera simpatía
política, humana y revolucionaria por los pueblos
indígenas de nuestro hemisferio. 

¿Usted sigue con interés el combate de los pueblos
indígenas en América Latina?

Con mucho interés. Como usted sabe, yo era muy amigo
del pintor Guayasamín. Sentía gran admiración por él,
con quien conversé mucho, y me habló muy a me­nudo de
los problemas y de las tragedias de los indios.
Además, por lo que uno co­noce de la historia, existió
un genocidio de siglos, pero va apareciendo ya una
mayor conciencia. Y la lucha de Marcos y de los indios
de México es un testimonio más de combatividad.

Es lo que puedo decirle respecto a Marcos. Observamos,
con mucho respeto, la línea que sigue, como respetamos
la línea de cada organización, de cada partido
progresista, de cada partido democrático. No he tenido
oportunidad, nunca ha habido la posibilidad de una
conversación personal con Marcos, no lo conozco
personalmente, lo conozco sólo por todas las noticias
y referencias que de él he leído, y sé también de
muchas personas, en­tre ellas muchos intelectuales,
que sienten gran admiración por él. 

En Ecuador también hay un movimiento indígena fuerte,
¿verdad?

Admiro, cómo no, la organización de los indios en
Ecuador, la Confederación de Nacionalidades Indígenas
[CONAI] y Pachakutik [Nuestra Tierra], su organización
social, su organización política y sus líderes, tanto
hombres como mujeres. He conocido a dirigentes muy
valiosos también en Bolivia, donde hay una
combatividad formidable, y conozco al líder principal
boliviano, que es hoy Evo Morales, un hombre
destacado, una persona muy sobresaliente.

Me imagino que se alegraría usted de la victoria de
Evo Morales en la elección presidencial de Bolivia, el
18 de diciembre de 2005.

Mucho. Esa elección, contundente, in­discutible,
conmovió al mundo, por ser la primera vez que es
escogido un presidente indígena en Bolivia, lo cual es
extraordinario. Evo posee todas las cualidades para
dirigir a su país y a su pueblo en esta hora difícil
que no se parece a ninguna otra.

Ubicada en el corazón de América, Bolivia toma su
nombre del Libertador Simón Bolívar. Su primer
gobernante fue el mariscal Antonio José de Sucre. Es
un país rico por sus gentes y su subsuelo, pero hoy
clasifica como la nación más pobre de la región, con
una población de casi nueve millones de habitantes,
distribuidos por un territorio esencialmente montañoso
de más de un millón de kilómetros cuadrados.

Ése es el marco y, en ese marco, Evo Morales se
proyecta hacia el futuro co­mo una esperanza para la
mayoría de su pueblo. Encarna la confirmación de la
quiebra del sistema político aplicado tradicionalmente
en la región, y la determinación de las grandes masas
de conquistar la verdadera independencia. Su elección
es la expresión de que el mapa político de América
Latina está cambiando. Nuevos aires soplan en es­te
hemisferio.

Inicialmente no había seguridad sobre la ventaja que
tendría Evo en la elección del 18 de diciembre, y
existía preocupación porque podían producirse
manipulaciones en el Congreso. Pero al triunfar con
casi el 54 por ciento de los votos ya en la primera
vuelta, y ganar también en la Cámara de Diputados, eso
eliminó toda clase de polémicas.

Ha sido la elección milagro, la elección que
estremeció al mundo, que estremeció al imperio y al
orden insostenible impuesto por Estados Unidos.
Demuestra que Washington ya no puede acudir a las
dictaduras como en otras épocas, que el imperialismo
no tiene los instrumentos de antes, ni puede
aplicarlos. 

Cuba fue el primer país que visitó Evo Morales, el 30
de diciembre de 2005, justo después de ser elegido
presidente, y antes mismo de su toma de posesión el 22
de enero de 2006. ¿Piensa usted que esa visita le ha
creado problemas con Washington?

La visita amistosa del hermano Evo, presidente electo
de Bolivia, se inserta en el marco de las históricas y
profundas relaciones de hermandad y solidaridad entre
los pueblos cubano y boliviano. Nadie puede molestarse
por eso. Ni tampoco por los acuerdos que se han
firmado.3 Son acuerdos por la vida, por la humanidad,
no constituyen un delito. No pensamos que lo sea ni
siquiera para los norteamericanos. ¿Cómo podría
ofenderse el gobierno de Estados Unidos si Cuba ayuda
a aumentar la esperanza de vida al nacer de los niños
bolivianos? ¿Puede acaso la reducción de la mortalidad
in­fantil o la erradicación del analfabetismo ofender
a alguien?

¿Cree usted que en otros países latinoamericanos habrá
que contar ahora con el componente indígena?

Hay situaciones sociales bastante críticas en tres
países, donde hay una gran fuerza y un gran componente
indígena: Perú y Ecuador, además de Bolivia. Hay un
gran componente también en Guatemala, pero allí el
curso ha sido diferente al de los demás países. En
cuanto a componente indígena, claro, los mexicanos
también tienen bastante. Simplemente puedo decir que,
en este hemisferio, se explica perfectamente que haya
un Marcos luchando por los derechos de los pueblos
indígenas, como puede haber diez, o como puede haber
cien. Me impresiona, en particular, la seriedad de los
dirigentes indígenas que conozco. Yo he hablado mucho
con los ecuatorianos. Ha­blan con seriedad. Inspiran
respeto, inspiran confianza, son de una gran
integridad. Y en Ecuador, como en Perú y en otros
países, habrá que contar con ellos.

Usted ha dicho que siente gran admiración por Hugo
Chávez, el presidente de Venezuela.

Bueno sí, ahí tenemos a otro indio, Hugo Chávez, un
nuevo indio que es, como él expresa, "mezcla de indio
y mestizo"; él realmente dice que un poco de negro, un
poco de blanco y un poco de indio. Pero tú estás
mirando a Chávez y estás mirando un autóctono hijo de
Venezuela, el hijo de esa Venezuela que fue mezcla de
razas, con todos los nobles rasgos y un talento
excepcional. Yo suelo escuchar sus discursos, y él se
siente orgulloso de su origen humilde y de su etnia
mezclada, donde hay de todo un poco, principalmente de
los que eran indios autóctonos o esclavos traídos de
África. Puede ser que tenga algunos genes de blanco, y
no es malo; la combinación de las llamadas etnias
siempre es buena, enriquece a la humanidad.

¿Usted ha seguido de cerca la evolución de la
situación en Venezuela, en particular las tentativas
de desestabilización contra el presidente Chávez?

Sí, hemos seguido con mucha atención los
acontecimientos. Chávez nos visitó en 1994, nueve
meses después de salir de prisión y cuatro años antes
de su primera elección como Presidente. Fue muy
valiente, porque le reprocharon mucho que viajara a
Cuba. Vino y conversamos. Descubrimos a un hombre
culto, inteligente, muy progresista, un auténtico
bolivariano. Luego ganó las elecciones. Varias veces.
Cambió la Constitución. Con un formidable apoyo del
pueblo. Los adversarios han tratado de ba­rrerlo
mediante golpes de fuerza o golpes económicos. Ha
sabido hacer frente a todos los asaltos de la
oligarquía y el imperialismo contra el proceso
bolivariano.

De Venezuela, en los famosos cuarenta años de la
democracia que precedió a Chávez, según cálculos que
hemos realizado con la ayuda de los más experimentados
cuadros del sistema bancario, de­bieron fugarse al
exterior alrededor de 300 mil millones de dólares.
Venezuela podía estar más industrializada que Suecia,
y su pueblo tener la educación de aquel país si de
verdad hubiera existido una democracia distributiva,
si esos mecanismos hubieran funcionado, si hubiera
algo de cierto y de creíble en toda esa demagogia y su
colosal publicidad.

De Venezuela, desde que llegó el gobierno de Chávez al
poder hasta que se estableció el control de cambios en
enero de 2003, calculamos que se han fugado
adicionalmente unos 30 mil millones de dólares. Como
planteamos nosotros, todos esos fenómenos hacen
insostenible el orden de cosas existente en nuestro
hemisferio. 

El 11 de abril del 2002 hubo un golpe de Estado en
Caracas contra Chávez. ¿Si­guió usted aquellos
acontecimientos?

Cuando al mediodía del 11 de abril vimos que la
manifestación convocada por la oposición había sido
desviada por los golpistas y se aproximaba a
Miraflores,4 comprendí de inmediato que se acercaban
acontecimientos graves. En realidad estábamos
observando la marcha a través de Venezolana de
Televisión, que to­davía transmitía. Las
provocaciones, los tiros, las víctimas, se sucedieron
casi de inmediato. Minutos después se cortan las
transmisiones de Venezolana de Televisión. Las
noticias comenzaron a llegar fragmentadas y por
diversas vías. Supimos que algunos altos oficiales se
pronunciaron públicamente contra el Presidente. Se
afirmaba que la guarnición presidencial se había
retirado, y que el ejército atacaría el Palacio de
Miraflores. Algunas personalidades venezolanas estaban
llamando por vía telefónica a sus amigos en Cuba para
despedirse, pues estaban dispuestos a resistir y
morir; ha­blaban concretamente de inmolación.

Yo estaba reunido esa noche en una sala del Palacio de
las Convenciones con el Comité Ejecutivo del Consejo
de Ministros. Desde el mediodía se encontraba conmigo
una delegación oficial del País Vasco, presidida por
el Lehendakari, que había sido invitada a un almuerzo
cuando nadie imaginaba lo que iba a ocurrir ese
trágico día. Fueron testigos de los acontecimientos
entre la 1:00 y las 5:00 p.m. del 11 de abril.

Desde temprano en la tarde estaba tratando de
comunicarme telefónicamente con el Presidente
venezolano. ¡Era imposible! Después de medianoche, a
las 12:38 de la noche del 12 de abril, recibo noticias
de que Chávez está al teléfono.

Le pregunto sobre la situación en ese instante. Me
responde: "Aquí estamos en el Palacio atrincherados.
Hemos perdido la fuerza militar que podía decidir. Nos
quitaron la señal de televisión. Es­toy sin fuerzas
que mover y analizando la situación." Le pregunto
rápido: "¿Qué fuerzas tienes ahí?"

"De 200 a 300 hombres muy agotados."

"¿Tanques tienes?", le pregunto.

"No, había tanques y los retiraron a sus cuarteles."

Vuelvo a preguntarle: "¿Con qué otras fuerzas
cuentas?"

Y me responde: "Hay otras que están lejanas, pero no
tengo comunicación con ellos." Se refiere al general
Raúl Isaías Baduel y a los paracaidistas, la División
Blindada y otras fuerzas, pero ha perdido toda
comunicación con esas unidades bolivarianas y leales.

Con mucha delicadeza, le digo: "¿Me permites expresar
una opinión?" Me contesta: "Sí."

Le añado con el acento más persuasivo posible: "Pon
las condiciones de un trato honorable y digno, y
preserva la vida de los hombres que tienes, que son
los hombres más leales. No los sacrifiques, ni te
sacrifiques tú."

Me responde con emoción: "Están dispuestos a morir
todos aquí."

Sin perder un segundo le añado: "Yo lo sé, pero creo
que puedo pensar con más serenidad que lo que puedes
tú en este momento. No renuncies, exige condiciones
honorables y garantizadas para que no seas víctima de
una felonía, porque pienso que debes preservarte.
Además, tienes un deber con tus compañeros. ¡No te
inmoles!"

Yo tenía muy presente la profunda diferencia entre la
situación de Allende el 11 de septiembre de 1973 y la
situación de Chávez aquel 12 de abril del 2002.
Allende no tenía un solo soldado. Chávez contaba con
una gran parte de los soldados y oficiales del
ejército, especialmente los más jóvenes.

"¡No dimitas! ¡No renuncies!", le reiteré.

Hablamos de otros temas: la forma en que yo pensaba
que debía salir provisionalmente del país, comunicarse
con algún militar que tuviera realmente autoridad en
las filas golpistas, plantearle su disposición a salir
del país, pero no a renunciar. Desde Cuba trataríamos
de movilizar al Cuerpo Diplomático en nuestro país y
en Venezuela, enviaríamos dos aviones con nuestro
Canciller y un grupo de diplomáticos a recogerlo. Lo
pensó unos segundos, y finalmente aceptó mi
proposición. Todo dependería ahora del jefe militar
enemigo.

En la entrevista realizada por los autores del libro
Chávez nuestro a José Vi­cente Rangel, entonces
Ministro de Defensa y actual Vicepresidente, quien
estaba junto a Chávez en ese momento, se puede leer
textualmente: "La llamada de Fidel fue decisiva para
que no hubiera inmolación. Fue determinante. Su
consejo nos permitió ver mejor en la oscuridad. Nos
ayudó mucho."

¿Usted lo estaba alentando a resistir con las armas en
la mano?

No, al contrario. Eso fue lo que hizo Allende, a mi
juicio de forma correcta en aquellas condiciones, y lo
pagó heroicamente con su vida, como había prometido.

Chávez tenía tres alternativas: atrincherarse en
Miraflores y resistir hasta la muerte; salir del
Palacio e intentar reunirse con el pueblo para
desencadenar una resistencia nacional, con ínfimas
posibilidades de éxito en aquellas circunstancias; o
salir del país sin renunciar ni dimitir para reanudar
la lucha con perspectivas reales y rápidas de éxito.
Nosotros sugerimos la tercera.

Mis palabras finales para convencerlo en aquella
conversación telefónica fueron en esencia: "Salva a
esos hombres tan valiosos que están contigo en esa
batalla innecesaria ahora." La idea partía de la
convicción de que un dirigente popular y carismático
como Chávez, derrocado de esa forma traicionera en
aquellas circunstancias, si no lo matan, el pueblo —en
este caso con el apoyo de lo mejor de sus Fuerzas
Armadas— lo reclamaría con mucha mayor fuerza, y sería
inevitable su regreso. Por eso asu­mí la
responsabilidad de proponerle lo que le propuse.

En ese instante preciso, cuando existía la alternativa
real de un regreso victorioso y rápido, no cabía la
consigna de morir combatiendo, como muy bien hizo
Salvador Allende. Y ese regreso victorioso fue lo que
ocurrió, aunque mucho antes de lo que yo podía
imaginarme.

¿Ustedes, en ese momento, trataron de ayudar de alguna
manera a Chávez?

Bueno, nosotros en ese instante sólo podíamos actuar
usando los recursos de la diplomacia. Convocamos en
plena madrugada a todos los embajadores acreditados en
La Habana y les propusimos que acompañaran a Felipe
[Pérez Ro­que], nuestro Ministro de Relaciones
Exteriores, a Caracas para pacíficamente rescatar vivo
a Chávez, presidente legítimo de Venezuela.

Yo no albergaba la menor duda de que Chávez, en muy
poco tiempo, estaría de regreso en hombros del pueblo
y de las tropas. Ahora, había que preservarlo de la
muerte.

Propusimos enviar dos aviones para traerlo en caso de
que los golpistas decidieran aceptar su salida. Pero
el jefe militar golpista rechazó la fórmula,
comunicándole además que sería sometido a consejo de
guerra. Chávez se puso su uniforme de paracaidista y
acompañado solamente por su fiel ayudante, Jesús
Suárez Chourio, se dirigió al fuerte Tiuna, jefatura y
puesto de mando militar del golpe.

Cuando volví a llamarlo, dos horas después, como
acordé con él, Chávez había sido hecho prisionero por
los militares golpistas y se había perdido toda
comunicación con él. La televisión difundía una y otra
vez la noticia de su "dimisión" para desmovilizar a
sus partidarios y a todo el pueblo.

Horas después, ya en pleno día 12 de abril, en un
momento se las arregla para realizar una llamada
telefónica, y habla con su hija María Gabriela. Le
afirma que no ha dimitido, que es un "presidente
prisionero". Le pide que me lo comunique para que yo
lo informe al mundo.

La hija me llama de inmediato el 12 de abril, a las
10:02 de la mañana, y me transmite las palabras de su
padre. Le pregunto de inmediato: "¿Tú estarías
dispuesta a informarlo al mundo con tus propias
palabras?" "¿Qué no haría yo por mi padre?", me
responde con esa precisa, admirable y decidida frase.

Sin perder un segundo, me comunico con Randy Alonso,
periodista y director de la "Mesa Redonda", conocido
programa de televisión. Con teléfono y grabadora en
mano, Randy llama al celular que me dio María
Gabriela. Eran casi las 11:00 de la mañana. Se graban
las palabras claras, sentidas y persuasivas de la hija
que, transcritas de inmediato, se entregan a las
agencias cablegráficas acreditadas en Cuba y se
transmiten por el Noticiero Nacional de Televisión a
las 12:40 del 12 de abril del 2002, en la propia voz
de Gabriela. La cinta se había entregado igualmente a
las televisoras internacionales acreditadas en Cuba.
La CNN desde Venezuela transmitía con fruición las
noticias de fuentes golpistas; su reportera en La
Habana, en cambio, divulgó rápidamente desde Cuba, al
mediodía, las palabras esclarecedoras de María
Gabriela.



“Perdimos, no pudimos hacer la revolución. Pero tuvimos, tenemos, tendremos razón de intentarlo. Y ganaremos cada vez que un joven sepa que no todo se compra, ni se vende y sienta ganas de querer cambiar el mundo.”
    Envar El Kadri




	

	
		
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