[R-P] Un comentario de Spili, a proposito del libro de Acerbi sobre Wilde

INFOR-MET rmermet en yahoo.com.ar
Mie Ene 10 06:40:18 MST 2007


Creo que tanto Julio, como yo recordamos dias pasados
el excelente libro sobre Wilde que escribió el
entrañable flaco Acerbi.

No resulta inoportuno, pues, rescatar del arcon del
disco rigido, este texto de Spili, que creo se insertó
como prólogo del libro, o como comentario en el
periodico partidario.

Rolo
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Eduardo Wilde


La imagen corriente que se ha conformado en torno a
Eduardo Wilde es la de un brillante escritor de la
"generación del ochenta". Por añadidura, una
personalidad aguda, desinhibida y ocurrente, que
embestía con vigor   contra la pomposa solemnidad de
la Iglesia oficial y otros prestigios institucionales.
En suma, un hombre para la historia literaria y la
anécdota reidera.

Por otra parte, Wilde no legó ninguna "grande oeuvre".
Pertenece, como lo clasificó Ricardo Rojas, al grupo
de los "prosistas fragmentarios" de la generación del
80. Su acervo son breves relatos: cuentos, cuadros
costumbristas, sátiras sociales y políticas.

Esta proyección hacia lo breve se explica desde afuera
del fenómeno literario puro. La especialización en la
escritura política, dramática o narrativa no estaba a
la orden del día en un país embrionario y en
formación. Sarmiento y José Hernández fueron,
simultáneamente, políticos, militares y escritores.
Aunque tal pluralidad se le reconoce a Sarmiento,
póstumos intereses de clase han pretendido negársela
al autor de "Martín Fierro". Así, su figura quedó
tergiversada, al ocultarse (por supresión) la ejemplar
unidad entre su acción política y el poema
emblemático. Algo semejante ha ocurrido con Eduardo
Wilde.

Uno de los méritos, acaso el central, de la biografía
que presentamos, es que restituye al personaje en su
unidad polifacética, lo que permite explicar, a su
vez, las razones profundas del cercenamiento póstumo.
Wilde no fue solo un brillante escritor y un
ocurrente. Fue un médico excepcional, un pionero de la
sanidad y la prevención, un político y un estadista.

En su doble condición de médico de entrañable sentido
social y de militante de la causa nacional, Norberto
Acerbi ha emprendido la tarea de rescatar a ese Wilde
para la memoria histórica de los argentinos. 

Ciertas corrientes revisionistas han convertido en una
suerte de lugar común la condena como antinacional de
la "generación del 80" y de su jefe político, el
general Roca, de quien Wilde, como se verá , fue
protagónico ministro. Al propio José Hernández se le
reprocha como una capitulación su final apoyo a Roca.
Tal juicio peca, por lo menos, de unilateral. 

Omite, por de pronto, el hecho decisivo de la
federalización del 80, que  arrebata a la insolencia
portéela la capital de la República y saca para
siempre a Mitre del centro de la escena. Es cierto que
el marco ideológico imperante en una Argentina
agropecuaria que crecía satelizada a la
complementación con la Inglaterra industrial y
financiera, impregnó al ciclo roquista y a su
generación. Pero también lo es que, bajo tales
condicionamientos, ellos construyeron el Estado
nacional entonces posible, y que la "revolución del
90" fue vivida por sus protagonistas como la revancha
porteña de la federalización del '80.

En esa construcción se incluyen, por ejemplo, la ley
1420 de enseñanza laica, gratuita y obligatoria, y la
ley de Registro Civil, obras del ministro Wilde bajo
la presidencia de Roca, que una Iglesia arcaica y sus
epígonos jamás le perdonaron, aunque ambas resulten
obviedades del mundo contemporáneo. Lo mismo cabe
decir de la Ley de Matrimonio Civil impulsada por
Wilde como ministro del Interior de Juarez Celman. La
tormenta que en su momento suscitaron tales
iniciativas puede parecer hoy una curiosidad; pero eso
mismo mide el salto cualitativo que en su momento
significaron.

Esta reconstrucción de la época es hoy más que nunca
indispensable, cuando vemos que bajo la misma divisa
partidaria del general Perón, un presidente apóstata
arrasa con la construcción del '45. Pero esto no agota
la verdad, pues la destrucción se extiende hacia el
mismo Estado nacional primariamente diseñado por la
generación roquista. Valga, para simbolizarlo, el
sarcasmo de Roca cuando preguntaba a los
fundamentalistas liberales de entonces si también
pretendían privatizar el Correo o el Ejército, hoy,
cuando el Correo (prácticamente refundado por Wilde a
través del joven Cárcano) está a punto de
privatizarse, y las Fuerzas Armadas se transfiguran en
itinerantes "cascos azules". 

Agreguemos, por lo demás, que Wilde, al igual que
Pellegrini, se declara proteccionistas, es decir,
industrialistas, en tiempos en que la inercia del
mercado mundial y la renta diferencial generada por la
fertilidad pampeana nos dibujaban un "destino
manifiesto" agro-exportador. 

Pero, ¿ que‚ subyacía en esta primaria construcción
del Estado nacional, sino la federalización del '80
resolviendo a favor del país la "cuestión capital"? Y
que‚ subyacía bajo la cruenta guerra civil que culminó
en aquella federalización, sino el conflicto entre la
ciudad-puerto y las provincias, genialmente
esclarecido por el análisis de Alberdi. En este
conflicto, que desató torrentes de sangre a lo largo
de siete décadas, no saldado por la Constitución del
'53, Wilde asume sin vacilaciones el punto de vista
provinciano, es decir, nacional y antimitrista. 

Estos y otros rasgos significativos surgen del ensayo
que comentamos, tan breve como sustancioso, fundado
-nos consta- en una investigación minuciosa de
fuentes, atenta al grande como al pequeño
acontecimiento. Tal acopio enriquece el marco
interpretativo, que Acerbi maneja con solvencia y
seguridad. 


           JORGE ENEA SPILIMBERGO


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