[R-P] [redial_s_bolivar] El Control de los Medios de Comunicación - 2º y última parte
Pat H.A.
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mar Ene 9 10:18:10 MST 2007
El Control de los Medios de Comunicación (2da. parte)
Por: Noam Chomsky
La representación como realidad
También es preciso falsificar totalmente la historia.
Ello constituye otra manera de vencer esas
inhibiciones enfermizas, para simular que cuando
atacamos y destruimos a alguien lo que estamos
haciendo en realidad es proteger y defendernos a
nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y
cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha
realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la
historia. Demasiada gente, incluidos gran número de
soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados
en movimientos por la paz o antibelicistas, comprendía
lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo
había que poner orden en aquellos malos pensamientos y
recuperar alguna forma de cordura, es decir, la
aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos,
ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam
del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país
de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que
allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales
kenedianos denominaban defensa contra la agresión
interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por
Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario
que esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha
funcionado muy bien, ya que si se tiene el control
absoluto de los medios de comunicación y el sistema
educativo y la intelectualidad son conformistas, puede
surtir efecto cualquier política. Un indicio de ello
se puso de manifiesto en un estudio llevado a cabo en
la Universidad de Massachussets sobre las diferentes
actitudes ante la crisis del Golfo Pérsico, y que se
centraba en las opiniones que se manifestaban mientras
se veía la televisión. Una de las preguntas de dicho
estudio era: ¿Cuantas víctimas vietnamitas calcula
usted que hubo durante la guerra del Vietnam? La
respuesta promedio que se daba era en torno a 100.000,
mientras que las cifras oficiales hablan de dos
millones, y las reales probablemente sean de tres o
cuatro millones. Los responsables del estudio
formulaban a continuación una pregunta muy oportuna:
¿Qué pensaríamos de la cultura política alemana si
cuando se le preguntara a la gente cuantos judíos
murieron en el Holocausto la respuesta fuera unos
300.000? La pregunta quedaba sin respuesta, pero
podemos tratar de encontrarla. ¿Qué nos dice todo esto
sobre nuestra cultura? Pues bastante: es preciso
vencer las inhibiciones enfermizas respecto al uso de
la fuerza militar y a otras desviaciones democráticas.
Y en este caso dio resultados satisfactorios y
demostró ser cierto en todos los terrenos posibles:
tanto si elegimos Próximo Oriente, el terrorismo
internacional o Centroamérica. El cuadro del mundo que
se presenta a la gente no tiene la más mínima relación
con la realidad, ya que la verdad sobre cada asunto
queda enterrada bajo montañas de mentiras. Se ha
alcanzado un éxito extraordinario en el sentido de
disuadir las amenazas democráticas, y lo realmente
interesante es que ello se ha producido en condiciones
de libertad. No es como en un estado totalitario,
donde todo se hace por la fuerza. Esos logros son un
fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si
queremos entender y conocer nuestra sociedad, tenemos
que pensar en todo esto, en estos hechos que son
importantes para todos aquellos que se interesan y
preocupan por el tipo de sociedad en el que viven.
La cultura disidente
A pesar de todo, la cultura disidente sobrevivió, y ha
experimentado un gran crecimiento desde la década de
los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente
lento, ya que, por ejemplo, no hubo protestas contra
la guerra de Indochina hasta algunos años después de
que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam
del Sur. En los inicios de su andadura era un reducido
movimiento contestatario, formado en su mayor parte
por estudiantes y jóvenes en general, pero hacia
principios de los setenta ya había cambiado de forma
notable. Habían surgido movimientos populares
importantes: los ecologistas, las feministas, los
antinucleares, etcétera. Por otro lado, en la década
de 1980 se produjo una expansión incluso mayor y que
afectó a todos los movimientos de solidaridad, algo
realmente nuevo e importante al menos en la historia
de América y quizás en toda la disidencia mundial. La
verdad es que estos eran movimientos que no sólo
protestaban sino que se implicaban a fondo en las
vidas de todos aquellos que sufrían por alguna razón
en cualquier parte del mundo. Y sacaron tan buenas
lecciones de todo ello, que ejercieron un enorme
efecto civilizador sobre las tendencias predominantes
en la opinión pública americana. Y a partir de ahí se
marcaron diferencias, de modo que cualquiera que haya
estado involucrado es este tipo de actividades durante
algunos años ha de saberlo perfectamente. Yo mismo soy
consciente de que el tipo de conferencias que doy en
la actualidad en las regiones más reaccionarias del
país —la Georgia central, el Kentucky rural— no las
podría haber pronunciado, en el momento culminante del
movimiento pacifista, ante una audiencia formada por
los elementos más activos de dicho movimiento. Ahora,
en cambio, en ninguna parte hay ningún problema. La
gente puede estar o no de acuerdo, pero al menos
comprende de qué estás hablando y hay una especie de
terreno común en el que es posible cuando menos
entenderse.
A pesar de toda la propaganda y de todos los intentos
por controlar el pensamiento y fabricar el consenso,
lo anterior constituye un conjunto de signos de efecto
civilizador. Se está adquiriendo una capacidad y una
buena disposición para pensar las cosas con el máximo
detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca del
poder.
Han cambiado muchas actitudes hacia un buen número de
cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en
algo lento, quizá incluso frío, pero perceptible e
importante, al margen de si acaba siendo o no lo
bastante rápido como para influir de manera
significativa en los aconteceres del mundo. Tomemos
otro ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación
con el género. A principios de la década de 1960 las
actitudes de hombres y mujeres eran aproximadamente
las mismas en asuntos como las virtudes castrenses,
igual que lo eran las inhibiciones enfermizas respecto
al uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni
hombres ni mujeres, se resentía a causa de dichas
posturas, dado que las respuestas coincidían: todo el
mundo pensaba que la utilización de la violencia para
reprimir a la gente de por ahí estaba justificada.
Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas
inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal,
aunque al mismo tiempo ha aparecido un desajuste que
poco a poco ha llegado a ser sensiblemente importante
y que según los sondeos ha alcanzado el 20%. ¿Qué ha
pasado? Pues que las mujeres han formado un tipo de
movimiento popular semi organizado, el movimiento
feminista, que ha ejercido una influencia decisiva, ya
que, por un lado, ha hecho que muchas mujeres se
dieran cuenta de que no estaban solas, de que había
otras con quienes compartir las mismas ideas, y, por
otro, en la organización se pueden apuntalar los
pensamientos propios y aprender más acerca de las
opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos
movimientos son en cierto modo informales, sin
carácter militante, basados más bien en una
disposición del ánimo en favor de las interacciones
personales, sus efectos sociales han sido evidentes. Y
este es el peligro de la democracia: si se pueden
crear organizaciones, si la gente no permanece
simplemente pegada al televisor, pueden aparecer estas
ideas extravagantes, como las inhibiciones enfermizas
respecto al uso de la fuerza militar. Hay que vencer
estas tentaciones, pero no ha sido todavía posible.
Desfile de enemigos
En vez de hablar de la guerra pasada, hablemos de la
guerra que viene, porque a veces es más útil estar
preparado para lo que puede venir que simplemente
reaccionar ante lo que ocurre. En la actualidad se
está produciendo en los Estados Unidos —y no es el
primer país en que esto sucede— un proceso muy
característico. En el ámbito interno, hay problemas
económicos y sociales crecientes que pueden devenir en
catástrofes, y no parece haber nadie, de entre los que
detentan el poder, que tenga intención alguna de
prestarles atención. Si se echa una ojeada a los
programas de las distintas administraciones durante
los últimos diez años no se observa ninguna propuesta
seria sobre lo que hay que hacer para resolver los
importantes problemas relativos a la salud, la
educación, los que no tienen hogar, los parados, el
índice de criminalidad, la delincuencia creciente que
afecta a amplias capas de la población, las cárceles,
el deterioro de los barrios periféricos, es decir, la
colección completa de problemas conocidos. Todos
conocemos la situación, y sabemos que está empeorando.
Solo en los dos años que George Bush estuvo en el
poder hubo tres millones más de niños que cruzaron el
umbral de la pobreza, la deuda externa creció
progresivamente, los estándares educativos
experimentaron un declive, los salarios reales
retrocedieron al nivel de finales de los años
cincuenta para la gran mayoría de la población, y
nadie hizo absolutamente nada para remediarlo. En
estas circunstancias hay que desviar la atención del
rebaño desconcertado ya que si empezara a darse cuenta
de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien
recibe directamente las consecuencias de lo anterior.
Acaso entretenerles simplemente con la final de Copa o
los culebrones no sean suficientes y haya que avivar
en él el miedo a los enemigos. En los años treinta
Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los
judíos y a los gitanos: había que machacarles como
forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos
nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada
año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de
primera línea del que hay que defenderse. Antes los
que estaban más a mano eran los rusos, de modo que
había que estar siempre a punto de protegerse de
ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como
enemigo, y cada vez resulta más difícil utilizarles
como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan
otros de nueva estampa. De hecho, la gente fue
bastante injusta al criticar a George Bush por haber
sido incapaz de expresar con claridad hacia dónde
estábamos siendo impulsados, ya que hasta mediados de
los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos
ponía constantemente el mismo disco: que vienen los
rusos. Pero al perderlos como encarnación del lobo
feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el
aparato de relaciones públicas reaganiano en su
momento. Y así, precisamente con Bush, se empezó a
utilizar a los terroristas internacionales, a los
narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o a
Saddam Hussein, el nuevo Hitler que iba a conquistar
el mundo. Han tenido que hacerles aparecer a uno tras
otro, asustando a la población, aterrorizándola, de
forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando
cualquier iniciativa del poder. Así se han podido
alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada,
Panamá, o algún otro ejército del Tercer Mundo al que
se puede pulverizar antes de siquiera tomarse la
molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio,
ya que nos hemos salvado en el último momento.
Tenemos así, pues, uno de los métodos con el cual se
puede evitar que el rebaño desconcertado preste
atención a lo que está sucediendo a su alrededor, y
permanezca distraído y controlado. Recordemos que la
operación terrorista internacional más importante
llevada a cabo hasta la fecha ha sido la operación
Mongoose, a cargo de la administració n Kennedy, a
partir de la cual este tipo de actividades
prosiguieron contra Cuba. Parece que no ha habido nada
que se le pueda comparar ni de lejos, a excepción
quizás de la guerra contra Nicaragua, si convenimos en
denominar aquello también terrorismo. El Tribunal de
La Haya consideró que aquello era algo más que una
agresión.
Cuando se trata de construir un monstruo fantástico
siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de
campañas para aniquilarlo. No se puede atacar si el
adversario es capaz de defenderse: sería demasiado
peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le
puede vencer, quizá se le consiga despachar rápido y
lanzar así otro suspiro de alivio.
Percepción selectiva
Esto ha venido sucediendo desde hace tiempo. En mayo
de 1986 se publicaron las memorias del preso cubano
liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente
sensación en los medios de comunicación. Voy a
brindarles algunas citas textuales.
Los medios informativos describieron sus revelaciones
como «el relato definitivo del inmenso sistema de
prisión y tortura con el que Castro castiga y elimina
a la oposición política». Era «una descripción
evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales,
la tortura inhumana [y] el historial de violencia de
estado [bajo] todavía uno de los asesinos de masas de
este siglo», del que nos enteramos, por fin, gracias a
este libro, que «ha creado un nuevo despotismo que ha
institucionalizado la tortura como mecanismo de
control social» en el «infierno que era la Cuba en la
que [Valladares] vivió». Esto es lo que apareció en el
Washington Post y el New York Times en sucesivas
reseñas. Las atrocidades de Castro —descrito como un
«matón dictador»— se revelaron en este libro de manera
tan concluyente que «solo los intelectuales
occidentales fríos e insensatos saldrán en defensa del
tirano», según el primero de los diarios citados.
Recordemos que estamos hablando de lo que le ocurrió a
un hombre. Y supongamos que todo lo que se dice en el
libro es verdad. No le hagamos demasiadas preguntas al
protagonista de la historia. En una ceremonia
celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los
Derechos Humanos, Ronald Reagan destacó a Armando
Valladares e hizo mención especial de su coraje al
soportar el sadismo del sangriento dictador cubano. A
continuación, se le designó representante de los
Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de
las Naciones Unidas. Allí tuvo la oportunidad de
prestar notables servicios en la defensa de los
gobiernos de El Salvador y Guatemala en el momento en
que estaban recibiendo acusaciones de cometer
atrocidades a tan gran escala que cualquier vejación
que Valladares pudiera haber sufrido tenía que
considerarse forzosamente de mucha menor entidad. Así
es como están las cosas.
La historia que viene ahora también ocurría en mayo de
1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación del
consenso. Por entonces, los supervivientes del Grupo
de Derechos Humanos de El Salvador —sus líderes habían
sido asesinados— fueron detenidos y torturados,
incluyendo al director, Herbert Anaya. Se les
encarceló en una prisión llamada La Esperanza, pero
mientras estuvieron en ella continuaron su actividad
de defensa de los derechos humanos, y, dado que eran
abogados, siguieron tomando declaraciones juradas.
Había en aquella cárcel 432 presos, de los cuales 430
declararon y relataron bajo juramento las torturas que
habían recibido: aparte de la picana y otras
atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio,
y la tortura consiguiente, dirigido por un oficial del
ejército de los Estados Unidos de uniforme, al cual se
describía con todo detalle. Ese informe —160 páginas
de declaraciones juradas de los presos— constituye un
testimonio extraordinariamente explícito y exhaustivo,
acaso único en lo referente a los pormenores de lo que
ocurre en una cámara de tortura. No sin dificultades
se consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta
de vídeo que mostraba a la gente mientras testificaba
sobre las torturas, y la Marin County Interfaith Task
Force (Grupo de trabajo multi confesional Marin
County) se encargó de distribuirlo. Pero la prensa
nacional se negó a hacer su cobertura informativa y
las emisoras de televisión rechazaron la emisión del
vídeo. Creo que como mucho apareció un artículo en el
periódico local de Marin County, el San Francisco
Examiner. Nadie iba a tener interés en aquello. Porque
estábamos en la época en que no eran pocos los
intelectuales insensatos y ligeros de cascos que
estaban cantando alabanzas a José Napoleón Duarte y
Ronald Reagan.
Anaya no fue objeto de ningún homenaje. No hubo lugar
para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue
elegido para ningún cargo importante. En vez de ello
fue liberado en un intercambio de prisioneros y
posteriormente asesinado, al parecer por las fuerzas
de seguridad siempre apoyadas militar y económicamente
por los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha
información sobre aquellos hechos: los medios de
comunicación no llegaron en ningún momento a
preguntarse si la revelación de las atrocidades que se
denunciaban —en vez de mantenerlas en secreto y
silenciarlas— podía haber salvado su vida.
Todo lo anterior nos enseña mucho acerca del modo de
funcionamiento de un sistema de fabricación de
consenso. En comparación con las revelaciones de
Herbert Anaya en El Salvador, las memorias de
Valladares son como una pulga al lado de un elefante.
Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo cual nos
conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez
tendremos más noticias sobre todo esto, hasta que
tenga lugar la operación siguiente.
Sólo algunas consideraciones sobre lo último que se ha
dicho, si bien al final volveremos sobre ello.
Empecemos recordando el estudio de la Universidad de
Massachussets ya mencionado, ya que llega a
conclusiones interesantes. En él se preguntaba a la
gente si creía que los Estados Unidos debían
intervenir por la fuerza para impedir la invasión
ilegal de un país soberano o para atajar los abusos
cometidos contra los derechos humanos. En una
proporción de dos a uno la respuesta del público
americano era afirmativa. Había que utilizar la fuerza
militar para que se diera marcha atrás en cualquier
caso de invasión o para que se respetaran los derechos
humanos. Pero si los Estados Unidos tuvieran que
seguir al pie de la letra el consejo que se deriva de
la citada encuesta, habría que bombardear El Salvador,
Guatemala, Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad del
Cabo, Washington, y una lista interminable de países,
ya que todos ellos representan casos manifiestos, bien
de invasión ilegal, bien de violación de derechos
humanos. Si uno conoce los hechos vinculados a estos
ejemplos, comprenderá perfectamente que la agresión y
las atrocidades de Saddam Hussein —que tampoco son de
carácter extremo— se incluyen claramente dentro de
este abanico de casos. ¿Por qué, entonces, nadie llega
a esta conclusión? La respuesta es que nadie sabe lo
suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado
nadie sabrá de qué hablo cuando hago una lista como la
anterior. Pero si alguien se molesta en examinarla con
cuidado, verá que los ejemplos son totalmente
apropiados.
Tomemos uno que, de forma amenazadora, estuvo a punto
de ser percibido durante la guerra del Golfo. En
febrero, justo en la mitad de la campaña de
bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a Israel
que observara la resolución 425 del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, de marzo de 1978,
por la que se le exigía que se retirara inmediata e
incondicionalmente del Líbano. Después de aquella
fecha ha habido otras resoluciones posteriores
redactadas en los mismos términos, pero desde luego
Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los
Estados Unidos dan su apoyo al mantenimiento de la
ocupación. Al mismo tiempo, el sur del Líbano recibe
las embestidas del terrorismo del estado judío, y no
solo brinda espacio para la ubicación de campos de
tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza
como base para atacar a otras partes del país. Desde
1978, fecha de la resolución citada, el Líbano fue
invadido, la ciudad de Beirut sufrió continuos
bombardeos, unas 20.000 personas murieron —en torno al
80% eran civiles—, se destruyeron hospitales, y la
población tuvo que soportar todo el daño imaginable,
incluyendo el robo y el saqueo. Excelente... los
Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La
cuestión está en que no vimos ni oímos nada en los
medios de información acerca de todo ello, ni siquiera
una discusión sobre si Israel y los Estados Unidos
deberían cumplir la resolución 425 del Consejo de
Seguridad, o cualquiera de las otras posteriores, del
mismo modo que nadie solicitó el bombardeo de Tel
Aviv, a pesar de los principios defendidos por dos
tercios de la población. Porque, después de todo,
aquello es una ocupación ilegal de un territorio en el
que se violan los derechos humanos. Solo es un
ejemplo, pero los hay incluso peores. Cuando el
ejército de Indonesia invadió Timor Oriental dejó un
rastro de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener
importancia al lado de otros ejemplos. El caso es que
aquella invasión también recibió el apoyo claro y
explícito de los Estados Unidos, que todavía prestan
al gobierno indonesio ayuda diplomática y militar. Y
podríamos seguir indefinidamente.
La guerra del Golfo
Veamos otro ejemplo mas reciente. Vamos viendo cómo
funciona un sistema de propaganda bien engrasado.
Puede que la gente crea que el uso de la fuerza contra
Irak se debe a que América observa realmente el
principio de que hay que hacer frente a las invasiones
de países extranjeros o a las transgresiones de los
derechos humanos por la vía militar, y que no vea, por
el contrario, qué pasaría si estos principios fueran
también aplicables a la conducta política de los
Estados Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de
la propaganda.
Tomemos otro caso. Si se analiza detenidamente la
cobertura periodística de la guerra desde el mes de
agosto (1990), se ve, sorprendentemente, que faltan
algunas opiniones de cierta relevancia. Por ejemplo,
existe una oposición democrática iraquí de cierto
prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio
dada la quimera de sobrevivir en Irak. En su mayor
parte están en Europa y son banqueros, ingenieros,
arquitectos, gente así, es decir, con cierta
elocuencia, opiniones propias y capacidad y
disposición para expresarlas. Pues bien, cuando Saddam
Hussein era todavía el amigo favorito de Bush y un
socio comercial privilegiado, aquellos miembros de la
oposición acudieron a Washington, según las fuentes
iraquíes en el exilio, a solicitar algún tipo de apoyo
a sus demandas de constitución de un parlamento
democrático en Irak. Y claro, se les rechazó de plano,
ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto
interesados en lo mismo. En los archivos no consta que
hubiera ninguna reacción ante aquello.
A partir de agosto fue un poco más difícil ignorar la
existencia de dicha oposición, ya que cuando de
repente se inició el enfrentamiento con Saddam Hussein
después de haber sido su más firme apoyo durante años,
se adquirió también conciencia de que existía un grupo
de demócratas iraquíes que seguramente tenían algo que
decir sobre el asunto. Por lo pronto, los opositores
se sentirían muy felices si pudieran ver al dictador
derrocado y encarcelado, ya que había matado a sus
hermanos, torturado a sus hermanas y les había mandado
a ellos mismos al exilio. Habían estado luchando
contra aquella tiranía que Ronald Reagan y George Bush
habían estado protegiendo. ¿Por qué no se tenía en
cuenta, pues, su opinión? Echemos un vistazo a los
medios de información de ámbito nacional y tratemos de
encontrar algo acerca de la oposición democrática
iraquí desde agosto de 1990 hasta marzo de 1991: ni
una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes
en el exilio no tengan facilidad de palabra, ya que
hacen repetidamente declaraciones, propuestas,
llamamientos y solicitudes, y, si se les observa, se
hace difícil distinguirles de los componentes del
movimiento pacifista americano. Están contra Saddam
Hussein y contra la intervención bélica en Irak. No
quieren ver cómo su país acaba siendo destruido,
desean y son perfectamente conscientes de que es
posible una solución pacífica del conflicto. Pero
parece que esto no es políticamente correcto, por lo
que se les ignora por completo. Así que no oímos ni
una palabra acerca de la oposición democrática iraquí,
y si alguien está interesado en saber algo de ellos
puede comprar la prensa alemana o la británica.
Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero los
medios de comunicación están menos controlados que los
americanos, de modo que, cuando menos, no se les
silencia por completo.
Lo descrito en los párrafos anteriores ha constituido
un logro espectacular de la propaganda. En primer
lugar, se ha conseguido excluir totalmente las voces
de los demócratas iraquíes del escenario político, y,
segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es todavía
más interesante. Hace falta que la población esté
profundamente adoctrinada para que no haya reparado en
que no se está dando cancha a las opiniones de la
oposición iraquí, aunque, caso de haber observado el
hecho, si se hubiera formulado la pregunta ¿por qué?,
la respuesta habría sido evidente: porque los
demócratas iraquíes piensan por sí mismos; están de
acuerdo con los presupuestos del movimiento pacifista
internacional, y ello les coloca en fuera de juego.
Veamos ahora las razones que justificaban la guerra.
Los agresores no podían ser recompensados por su
acción, sino que había que detener la agresión
mediante el recurso inmediato a la violencia: esto lo
explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro
motivo. Pero, ¿es posible que sea esta una explicación
admisible? ¿Defienden en verdad los Estados Unidos
estos principios: que los agresores no pueden obtener
ningún premio por su agresión y que esta debe ser
abortada mediante el uso de la violencia? No quiero
poner a prueba la inteligencia de quien me lea al
repasar los hechos, pero el caso es que un adolescente
que simplemente supiera leer y escribir podría rebatir
estos argumentos en dos minutos. Pero nunca nadie lo
hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los
comentaristas y críticos liberales, en aquellos que
declaraban ante el Congreso, y veamos si había alguien
que pusiera en entredicho la suposición de que los
Estados Unidos era fiel de verdad a esos principios.
¿Se han opuesto los Estados Unidos a su propia
agresión a Panamá, y se ha insistido, por ello, en
bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal la
invasión de Namibia por parte de Sudáfrica,
¿impusieron los Estados Unidos sanciones y embargos de
alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra?
¿Bombardearon Ciudad del Cabo? No, transcurrió un
período de veinte años de diplomacia discreta. Y la
verdad es que no fue muy divertido lo que ocurrió
durante estos años, dominados por las administraciones
de Reagan y Bush, en los que aproximadamente un millón
y medio de personas fueron muertas a manos de
Sudáfrica en los países limítrofes. Pero olvidemos lo
que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo
que no lastimó nuestros espíritus sensibles.
Proseguimos con nuestra diplomacia discreta para
acabar concediendo una generosa recompensa a los
agresores. Se les concedió el puerto más importante de
Namibia y numerosas ventajas que tenían que ver con su
propia seguridad nacional. ¿Dónde está aquel famoso
principio que defendemos? De nuevo, es un juego de
niños el demostrar que aquellas no podían ser de
ningún modo las razones para ir a la guerra,
precisamente porque nosotros mismos no somos fieles a
estos principios.
Pero nadie lo hizo; esto es lo importante. Del mismo
modo que nadie se molestó en señalar la conclusión que
se seguía de todo ello: que no había razón alguna para
la guerra. Ninguna, al menos, que un adolescente no
analfabeto no pudiera refutar en dos minutos. Y de
nuevo estamos ante el sello característico de una
cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos
reflexionar ya que es alarmante que nuestro país sea
tan dictatorial que nos pueda llevar a una guerra sin
dar ninguna razón de ello y sin que nadie se entere de
los llamamientos del Líbano. Es realmente chocante.
Justo antes de que empezara el bombardeo, a mediados
de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington
Post y la cadena ABC revelaba un dato interesante. La
pregunta formulada era: si Irak aceptara retirarse de
Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad
estudiara la resolución del conflicto árabe-israelí,
¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en
una proporción de dos a uno, la población estaba a
favor. Lo mismo sucedía en el mundo entero, incluyendo
a la oposición iraquí, de forma que en el informe
final se reflejaba el dato de que dos tercios de los
americanos daban un sí como respuesta a la pregunta
referida. Cabe presumir que cada uno de estos
individuos pensaba que era el único en el mundo en
pensar así, ya que desde luego en la prensa nadie
había dicho en ningún momento que aquello pudiera ser
una buena idea. Las órdenes de Washington habían sido
muy claras, es decir, hemos de estar en contra de
cualquier conexión, es decir, de cualquier relación
diplomática, por lo que todo el mundo debía marcar el
paso y oponerse a las soluciones pacíficas que
pudieran evitar la guerra. Si intentamos encontrar en
la prensa comentarios o reportajes al respecto, solo
descubriremos una columna de Alex Cockburn en Los
Ángeles Times, en la que este se mostraba favorable a
la respuesta mayoritaria de la encuesta.
Seguramente, los que contestaron la pregunta pensaban
estoy solo, pero esto es lo que pienso. De todos
modos, supongamos que hubieran sabido que no estaban
solos, que había otros, como la oposición democrática
iraquí, que pensaban igual. Y supongamos también que
sabían que la pregunta no era una mera hipótesis, sino
que, de hecho, Irak había hecho precisamente la oferta
señalada, y que esta había sido dada a conocer por el
alto mando del ejército americano justo ocho días
antes: el día 2 de enero. Se había difundido la oferta
iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el
Consejo de Seguridad discutiera y resolviera el
conflicto árabe-israelí y el de las armas de
destrucción masiva. (Recordemos que los Estados Unidos
habían estado rechazando esta negociación desde mucho
antes de la invasión de Kuwait) Supongamos, asimismo,
que la gente sabía que la propuesta estaba realmente
encima de la mesa, que recibía un apoyo generalizado,
y que, de hecho, era algo que cualquier persona
racional haría si quisiera la paz, al igual que
hacemos en otros casos, más esporádicos, en que
precisamos de verdad repeler la agresión. Si suponemos
que se sabía todo esto, cada uno puede hacer sus
propias conjeturas. Personalmente doy por sentado que
los dos tercios mencionados se habrían convertido,
casi con toda probabilidad, en el 98% de la población.
Y aquí tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi
seguro que no había ni una sola persona, de las que
contestaron la pregunta, que supiera algo de lo
referido en este párrafo porque seguramente pensaba
que estaba sola. Por ello, fue posible seguir adelante
con la política belicista sin ninguna oposición. Hubo
mucha discusión, protagonizada por el director de la
CIA, entre otros, acerca de si las sanciones serían
eficaces o no. Sin embargo no se discutía la cuestión
más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta
aquel momento? Y la respuesta era que sí, que por lo
visto habían dado resultados, seguramente hacia
finales de agosto, y con más probabilidad hacia
finales de diciembre. Es muy difícil pensar en otras
razones que justifiquen las propuestas iraquíes de
retirada, autentificadas o, en algunos casos,
difundidas por el Estado Mayor estadounidense, que las
consideraba serias y negociables. Así la pregunta que
hay que hacer es: ¿Habían sido eficaces las sanciones?
¿Suponían una salida a la crisis? ¿Se vislumbraba una
solución aceptable para la población en general, la
oposición democrática iraquí y el mundo en su
conjunto? Estos temas no se analizaron ya que para un
sistema de propaganda eficaz era decisivo que no
aparecieran como elementos de discusión, lo cual
permitió al presidente del Comité Nacional Republicano
decir que si hubiera habido un demócrata en el poder,
Kuwait todavía no habría sido liberado. Puede decir
esto y ningún demócrata se levantará y dirá que si
hubiera sido presidente habría liberado Kuwait seis
meses antes. Hubo entonces oportunidades que se podían
haber aprovechado para hacer que la liberación se
produjera sin que fuera necesaria la muerte de decenas
de miles de personas ni ninguna catástrofe ecológica.
Ningún demócrata dirá esto porque no hubo ningún
demócrata que adoptara esta postura, si acaso con la
excepción de Henry González y Barbara Boxer, es decir,
algo tan marginal que se puede considerar
prácticamente inexistente.
Cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel no hubo
ningún editorial de prensa que mostrara su
satisfacción por ello. Y otra vez estamos ante un
hecho interesante que nos indica cómo funciona un buen
sistema de propaganda, ya que podríamos preguntar ¿y
por qué no? Después de todo, los argumentos de Saddam
Hussein eran tan válidos como los de George Bush:
¿cuáles eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del
Líbano. Saddam Hussein dice que rechaza que Israel se
anexione el sur del país, de la misma forma que
reprueba la ocupación israelí de los Altos del Golán
sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado
repetidamente por unanimidad el Consejo de Seguridad
de las Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí
son inadmisibles la anexión y la agresión. Israel ha
ocupado el sur del Líbano desde 1978 en clara
violación de las resoluciones del Consejo de
Seguridad, que se niega a aceptar, y desde entonces
hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía
lo bombardea a voluntad. Es inaceptable. Es posible
que Saddam Hussein haya leído los informes de Amnistía
Internacional sobre las atrocidades cometidas por el
ejército israelí en la Cisjordania ocupada y en la
franja de Gaza. Por ello, su corazón sufre. No puede
soportarlo. Por otro lado, las sanciones no pueden
mostrar su eficacia porque los Estados Unidos vetan su
aplicación, y las negociaciones siguen bloqueadas.
¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado esperando
durante años: trece en el caso del Líbano; veinte en
el de los territorios ocupados.
Este argumento nos suena. La única diferencia entre
este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está
en que Saddam Hussein podía decir, sin temor a
equivocarse, que las sanciones y las negociaciones no
se pueden poner en práctica porque los Estados Unidos
lo impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado
que, en su caso, las sanciones parece que sí
funcionaron, por lo que cabía pensar que las
negociaciones también darían resultado: en vez de
ello, el presidente americano las rechazó de plano,
diciendo de manera explícita que en ningún momento iba
a haber negociación alguna. ¿Alguien vio que en la
prensa hubiera comentarios que señalaran la
importancia de todo esto? No, ¿por qué?, es una
trivialidad. Es algo que, de nuevo, un adolescente que
sepa las cuatro reglas puede resolver en un minuto.
Pero nadie, ni comentaristas ni editorialistas,
llamaron la atención sobre ello. Nuevamente se pone de
relieve, los signos de una cultura totalitaria bien
llevada, y demuestra que la fabricación del consenso
sí funciona.
Solo otro comentario sobre esto último. Podríamos
poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando.
Admitamos, de momento, que efectivamente Saddam
Hussein es un monstruo que quiere conquistar el mundo
—creencia ampliamente generalizada en los Estados
Unidos—. No es de extrañar, ya que la gente
experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el
cerebro con lo mismo: está a punto de quedarse con
todo; ahora es el momento de pararle los pies. Pero,
¿cómo pudo Saddam Hussein llegar a ser tan poderoso?
Irak es un país del Tercer Mundo, pequeño, sin
infraestructura industrial. Libró durante ocho años
una guerra terrible contra Irán, país que en la fase
posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de
oficiales y la mayor parte de su fuerza militar. Irak,
por su lado, había recibido una pequeña ayuda en esa
guerra, al ser apoyado por la Unión Soviética, los
Estados Unidos, Europa, los países árabes más
importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y,
aun así, no pudo derrotar a Irán. Pero, de repente, es
un país preparado para conquistar el mundo. ¿Hubo
alguien que destacara este hecho? La clave del asunto
está en que era un país del Tercer Mundo y su ejército
estaba formado por campesinos, y en que —como ahora se
reconoce— hubo una enorme desinformació n acerca de
las fortificaciones, de las armas químicas, etc.;
¿hubo alguien que hiciera mención de todo aquello? No,
no hubo nadie. Típico.
Fíjense que todo ocurrió exactamente un año después de
que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si
vamos a eso, era un gángster de tres al cuarto,
comparado con los amigos de Bush, sean Saddam Hussein
o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un
desalmado de baja estofa que no alcanzaba los
estándares internacionales que a otros colegas les
daban una aureola de atracción. Aun así, se le
convirtió en una bestia de exageradas proporciones que
en su calidad de líder de los narcotraficantes nos iba
a destruir a todos. Había que actuar con rapidez y
aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un
par de miles, de personas. Devolver el poder a la
minúscula oligarquía blanca —en torno al 8% de la
población— y hacer que el ejército estadounidense
controlara todos los niveles del sistema político. Y
había que hacer todo esto porque, después de todo, o
nos protegíamos a nosotros mismos, o el monstruo nos
iba a devorar. Pues bien, un año después se hizo lo
mismo con Saddam Hussein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien
escribió algo respecto a lo que pasaba y por qué?
Habrá que buscar y mirar con mucha atención para
encontrar alguna palabra al respecto.
Démonos cuenta de que todo esto no es tan distinto de
lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una
población pacífica en una masa histérica y delirante
que quería matar a todos los alemanes para protegerse
a sí misma de aquellos bárbaros que descuartizaban a
los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas
son más sofisticadas, por la televisión y las grandes
inversiones económicas, pero en el fondo viene a ser
lo mismo de siempre.
Creo que la cuestión central, volviendo a mi
comentario original, no es simplemente la manipulación
informativa, sino algo de dimensiones mucho mayores.
Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o
bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo
auto impuesto, en el que el rebaño desconcertado se
encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado,
sometido a la repetición inconsciente de eslóganes
patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia
el líder que le salva de la destrucción, mientras que
las masas que han alcanzado un nivel cultural superior
marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos
eslóganes que, dentro del propio país, acaban
degradados. Parece que la única alternativa esté en
servir a un estado mercenario ejecutor, con la
esperanza añadida que otros vayan a pagarnos el favor
de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las
opciones a las que hay que hacer frente. Y la
respuesta a estas cuestiones está en gran medida en
manos de gente como ustedes y yo.
“Perdimos, no pudimos hacer la revolución. Pero tuvimos, tenemos, tendremos razón de intentarlo. Y ganaremos cada vez que un joven sepa que no todo se compra, ni se vende y sienta ganas de querer cambiar el mundo.”
Envar El Kadri
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