[R-P] Malvinas, Killian, Ramos y etceteramente
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Dom Ene 7 10:43:30 MST 2007
Adhiero fervorosamente a la propuesta del Gato Canoso sobre el tema Malvinas
y sugiero que en cada provincia tratemos de formar comisiones, agrupaciones
o como sea que la bauticemos, para llegar al Dos de Abril con el hormiguero
bien pateado, cosa que no sea un aniversario mas.
Para ir calentando los motores, como diría el “Buho” Lacroix, escanié el
prólogo de
El servicio secreto británico y la guerra de las Malvinas (Informe Franks),
del Colorado Ramos _que no tiene desperdicios_ para que lo disfruten ... y
“carguemos piedras pa`la honda”, saludos. José
Imperialismo
y servicios de inteligencia
Ningún lector de la prensa mundial se ha informado jamás de que un agente
secreto hondureño, digamos, fuera detenido en Washington por intentar robar
im¬portantes planos militares. ¿Quizás alguien pueda re¬cordar la noticia de
que un espía argentino resultó sorprendido en Moscú en oportunidad de tomar
con¬tacto con una bella Secretaria del Politburó? ¿Podría¬mos asombrarnos de
saber que el MI 5 británico ha des¬baratado una red boliviana de
inteligencia establecida en Londres?
La sola mención de estas fantasías despertará una in¬voluntaria sonrisa en
el desprevenido lector. ¡Cómo pretenderlo! ¡Si tan solo somos
latinoamericanos! No servimos para espiar grandes secretos. Solo servimos
para ser espiados.
Pues, en resumidas cuentas, ¿cómo aspirar a contar con servicios de
espionaje o contraespionaje que verda¬deramente sirvan al interés de la
patria si la patria no se conoce a sí misma y si la autodenigración
latinoameri¬cana es el prerequisito de la dominación imperial exter¬na ?
¿Para qué sirven en la Argentina los Servicios de In¬teligencia? Para que
los múltiples organismos se espien los unos a los otros y entre todos espien
a los argenti¬nos. ¿Es que podría ser de otro modo? ¿No es acaso cierto que
durante la gloriosa gesta de las Malvinas la CIA, encubierta como "Misión
Militar norteamericana” tenia su sede y excelente puesto de observación en
el propio edificio del Comando en Jefe del Ejército ar¬gentino en la Avenida
Paseo Colón? Hecho tan extra¬ordinario era congruente con el desempeño de
las fun¬ciones como Ministro de Economía en un país en guerra con Gran
Bretaña del Dr. Roberto Alemann, representante de los bancos suizos y de los
intereses europeos que al mismo tiempo nos sancionaban y blo¬queaban.
Estados Unidos era aliado "de facto" de los ingleses. Gracias a sus
satélites-espías, el submarino "Conqueror" dispuso de la información
necesaria para hundir el crucero "General Belgrano" con 321 hombres que se
perdieron con la nave.
En lo que respecta a los rusos, que disponían de sus propios satélites, poco
les costaba quedar bien con ar¬gentinos, ingleses y yanquis al
proporcionarnos valiosa información... tardía.
Convengamos en que un país semi-colonial, saquea¬do por los banqueros
internacionales y sus amigos nati¬vos del género de Martínez de Hoz,
González del Solar, Grinspun y Sourrouille (no ha variado la técnica del
sa¬queo desde el gobierno militar a la democracia radical) no está en
condiciones de gozar de "soberanía en inteli¬gencia". Pero no por razones
tecnológicas, sino porque le han enseñado a no desearla. Es suficiente
recordar que bajo un régimen militar dominado por la oligarquía financiera
(1976-1983) fue destruida hasta sus ci¬mientos la industria electrónica
argentina. De la des¬trucción de la industria nuclear se encargará el
gobier¬no del Dr. Alfonsín en nombre de la "democracia re¬presentativa".
Los países realmente soberanos son aquellos cuyos hijos deciden, más allá de
la valoración de sus regíme¬nes políticos-sociales, qué tipo de existencia
nacional desean vivir. Veamos un educativo ejemplo. Imagine¬mos que un
banquero tucumano viaja a Washington, acompañado de algunos colegas
correntinos, ecuato rianos y chilenos. Después de examinar las cuentas del
gobierno de Estados Unidos, ordena disminuir los gas¬tos en previsión
social, el nivel de salarios, el número de soldados de las Fuerzas Armadas
y, para terminar, sus¬pende los programas de exploración cósmica y el plan
nuclear. Aplicada la hipótesis a Estados Unidos revela enseguida su carácter
humorístico. Aplicada a la Ar¬gentina, es una realidad cotidiana y trágica.
Para todo aquel que se formule la pregunta sobre la diferencia existente
entre un país imperialista y un país semí¬colonial bastará el ejemplo
citado. Y nada importa que el país semi-colonial, en este caso la Argentina,
cuente con una bandera, un escudo, una moneda, un Ejército, una estampilla o
una Aduana. Con todo lo dicho quedará claro por qué la Argentina carece de
verdade¬ros Servicios de Inteligencia y por qué disponen de ellos las
grandes potencias.
A este respecto viene a cuento una anécdota con dos protagonistas
singulares. Uno de ellos es el Dictador de Bolivia, el joven Coronel Germán
Busch y su interlocu¬tor el célebre Embajador de Estados Unidos en Buenos
Aires en los días calientes de 1945, Spruille Braden, ad¬versario de Perón.
Diez años antes, en 1936, Braden era representante norteamericano en la
Conferencia de Paz que debía poner fin a la guerra del Chaco entre Bo¬livia
y Paraguay. Para tratar la frontera demarcatoria definitiva entre los dos
paises se reunió Braden con el Coronel Busch. He aquí el cínico relato que
Braden publica en sus Memorias:
"Mientras discutíamos los limites, le enseñé a Busch varios mapas del
Chaco... todos malos e incompletos Finalmente, le dije: "Usaremos el mejor
mapa que dis¬ponemos" y saqué de mi cartera un mapa de Bolivia secreto y
numerado por el Estado Mayor. Los ojos del Presidente se abrieron como
platillos. Sonriendo le dije:
"Señor Presidente, no se sorprenda que tenga este ma¬pa. Por supuesto fue
robado de su Estado Mayor, pero no por mi persona. Se lo arrebaté a los
argentinos". Es¬to era cierto literalmente. Este mapa resultó el mejor
auxiliar durante esa noche"1.
La disputa del Chaco escondía un duelo entre la Standard Oil
(norteamericana) y la Shell (anglo-holandesa). Lo más probable es que el
Servicio Secreto Británico, que apoyaba al Paraguay y a la Shell hubiese
robado del Estado Mayor boliviano dicho mapa y lo traspasara a la Argentina
pro inglesa y pro paraguaya. Por su parte, el espionaje norteamericano
(Standard Oil) lo robó al Ejército argentino, según la confesión del
Embajador Braden. La afrenta de Braden al Presi¬dente de Bolivia era moneda
corriente. Los Estados la¬tinoamericanos no tenían Inteligencia propia, ni
nada propio, salvo su humillación.
Si la guerra de Malvinas que Inglaterra perdió permi¬tió al país recobrar un
orgullo nacional y una repulsión al imperialismo que parecían extinguidos
para siempre, no han sido extraídas hasta hoy las lecciones que se
desprenden de aquellos días heroicos. Por el contrario, algunos jefes
militares argentinos han resultado vícti¬mas de la campaña de
"desmalvinización" que sucedió a la caída de Puerto Argentino. Resultado
funesto, si se parte del principio de que la defensa nacional es
insostenible si el núcleo espiritual básico de un país, que es la conciencia
nacional, es vacilante, insegura y duda de sí misma.
Bastará citar las palabras del General Víctor Pino al referirse a su
"desazón por la derrota sufrida en las Malvinas" y su observación de que
"necesitamos supe¬rar esta imagen traumatizante".
Su conclusión no es menos equívoca: "debemos per¬suadirnos de que la derrota
fue básicamente política y estratégica". Agregó que "tácticamente hubo
magnífi¬cas y heroicas acciones". ¿Cómo ha llegado a general este caballero?
Esto permanecerá como un misterio in¬sondable. Pues el curso de los hechos
enseña que las co¬sas ocurrieron exactamente al revés. Iniciar y consu¬mar
la recuperación de las Malvinas fue una victoria política y estratégica en
sí misma (ya que rompió la in¬movilidad de un siglo y medio) y la rendición
de Puerto Argentino constituyó una derrota táctica, pero que no alteró el
significado global de la guerra en curso, a la que el General Pino parece
dar, sorprendentemente, por terminada. Justamente la idea de que la guerra
fue perdida es la que manipula el Servicio Secreto Británico y los "partidos
políticos de la rendición incondicional" que parasitan en la Argentina.
La victoria consistió en poner de pie al pueblo de América Latina en una
admirable resurrección del espí¬ritu revolucionario desvanecido desde los
tiempos de San Martín. Que la Argentina haya combatido con fuego y acero a
la formidable flota coaligada de las potencias anglo-sajonas en un combate
que estuvimos a punto de ganar; que el bondadoso rostro de la democra¬cia
británica haya sido desnudado por la lógica de la guerra y se descubriera a
los ojos del mundo la perversa y corrompida fisonomía de Dorian Gray; en
fin, que la Doctrina Monroe y el Presidente Reagan, el TIAR y la presunta
"solidaridad hemisférica" ante una agresión extra-americana hayan quedado
reducidas al valor de un papel mojado y los héroes argentinos exhibiesen al
Occidente en su intrínseca falsedad, eso se llamaría ga¬nar una guerra sí,
por lo demás, la Argentina no la hu¬biese ganado en la propia alma de sus
Fuerzas Armadas. Hay que recordar que desde 1955 los militares ar¬gentinos
habían sido seducidos por la mafia de la oli¬garquía financiera
"democrática" en nombre de Occi¬dente. Se habían tragado como angelitos
desde 1976 la fábula de la "seguridad nacional", en tanto Martínez de Hoz
amasaba la formidable deuda externa que hoy quita el pan de la boca a
soldados, oficiales y trabajado¬res.
Pero cuando esas mismas Fuerzas Armadas ocupa¬ron las Malvinas en 1982, la
mafia bancaria de Martí¬nez de Hoz y la partidocracia encabezada por
Alfonsín se alejó rápidamente de los militares que habían adula¬do hasta ese
preciso momento. Ese giro de la historia también hizo mudar la actitud de
los oficiales. Puesto el General Pino a un lado, ¿habrá algún oficial
argenti¬no que a tres años de la guerra de Malvinas tome en se¬rio una sola
palabra procedente de Occidente, de su cristiandad monetizada, de su
democracia falsificada, de su Civilización manchada de sangre? No lo creo.
Pues así se gana una guerra, con la redefinición del ene¬migo, si esa guerra
es una guerra por la independencia nacional. Tal fue el milagro purificador
del 2 de abril.
De todo lo dicho procede el interés notable del Infor¬me Franks, que damos a
conocer en el presente volu¬men. Lord Franks ha fundado su Informe a la
Cámara de los Comunes en el material reunido por la Comuni¬dad de
Inteligencia de Gran Bretaña. Del Informe se desprende claramente un hecho
que da por tierra con la campaña de "desmalvinización" urdida por los
Servi¬cios de Inteligencia ingleses en la Argentina. Ese hecho decisivo, al
que aludiremos enseguida, prueba que el General Galtieri no fue víctima de
un ataque de de¬mencia repentina y que la Junta militar que Integraba no
resolvió la reconquista de las islas persiguiendo un “cambio de la imagen
externa", según sostiene la más estúpida de las versiones nacidas de la
pequeña bur¬guesía "democrática" y de sus amos internacionales.
El Informe Franks demuestra que, por lo menos cin¬co años antes que Galtierí
soñara con ser Comandante en Jefe del Ejército y hasta Presidente de la
República, la situación entre la Argentina y Gran Bretaña se en¬contraba al
borde de la ruptura y del enfrentamiento militar. En enero de 1976, como lo
prueba un texto del Dr. Arauz Castex publicado en el Informe Franks,
du¬rante el Gobierno de la Presidente Isabel Perón, el esta¬do de tensión
era intolerable. No solo habían pasado 150 años de la usurpación del suelo
nacional por los ingleses y 17 de discusiones estériles en las Naciones
Unidas. Simplemente, la arrogancia inglesa no admitía ya dilación alguna.
Pretendían discutir indefinidamente, sin fijar plazos para concluir. En
realidad, los ingleses no hacían nin¬gún misterio de su voluntad de no hacer
nada. Lord Carrington había manifestado a un embajador argenti¬no en Londres
que las negociaciones no progresaban "porque el problema no tenía entidad
política para el Reino Unido". A otro embajador, el mismo Lord le ha¬bía
dicho bromeando: "Para los ingleses, las Malvinas son el caso 242 en materia
de prioridades de su política exterior"2. Tiempo disponían de sobra e
insolencia no les faltaba.
Los ingleses estaban convencidos de que la ilimitada paciencia argentina
solo era una máscara transparente de la impotencia nacional. Multitud de
señales, sin em¬bargo, les advirtieron que "no hay tiento que no se cor¬te".
La situación se tornó tan peligrosa, que los servi¬cios secretos británicos
juzgaron inminente la adopción de medidas militares por parte de las
autoridades argen¬tinas. Por esa causa, el gobierno británico envió, en el
mayor secreto, al área de Malvinas, un submarino nuclear y dos fragatas
misilísticas. Otro de los méritos del presente Informe es que la guerra de
Malvinas con¬movió la proverbial adhesión inglesa al Secreto de Esta¬do.
Esto quiebra una antigua tradición británica. Como es universalmente sabido,
los norteamericanos han convertido a la CIA en una agencia de publicidad.
Los viajes "secretos" del General Vernon Walters a la Ar¬gentina para
conspirar contra Galtieri en el curso de la guerra eran conocidos por media
ciudad de Buenos Aires. Los ingleses, en cambio, con el paso de los siglos
adquirieron la rara virtud de la reserva. Las formas sigi¬losas, avaras de
palabras, constituyen casi un estilo na¬cional. Por esa causa la historia de
sus relaciones reales con el mundo periférico, en particular con la
Argenti¬na, continúa sumida en la sombra. Un día pregunté al Profesor Ferns,
de la Universidad de Birmimgham, có¬mo se había atrevido a publicar un libro
revelador sobre las relaciones anglo-argentinas3, a la luz de la proverbial
discreción inglesa en la materia. Era un hombre apacible. Se sacó la pipa de
la boca y me con¬testó: - Es que yo no soy inglés. Soy canadiense.
Los Servicios Secretos británicos, a cuyo auxilio acu¬de el Informe Franks,
dispusieron en toda época de la ayuda, tanto de los escritores, novelistas o
historiado¬res más notables de Inglaterra, sino de la colaboración
desinteresada y con frecuencia espontánea de anglófi¬los de todas partes del
mundo. El hechizo del poder bri¬tánico parecía ilimitado en el siglo XIX y
todo lo que era inglés se suponía inmejorable. La "anglomanía" ha¬cía furor.
Bastaría releer las "Bases", de Alberdí - considerado ritualmente como un
breviario de sabiduría política escolar- para convenir en que el Imperio
británico, sobre todo en las zonas del globo terráqueo sometidas a su
"control indirecto", gozaba de una reputación difícil de comprender en
nuestro días. Este prestigio se origi¬naba en causas históricas y en
consecuencia estaba le¬jos de ser inexplicable. A medida que se reforzaba el
po¬der naval y económico del Imperio en las regiones templadas exportadoras
de alimentos (Río de la Plata) las instituciones de las Repúblicas ganaderas
tendían a parecerse, y aspiraban a ello, a las instituciones clásicas del
poder británico, a sus costumbres y hábitos: se ad¬miraba la monarquía
constitucional, la Cámara de los Comunes, el té de la India, el cambio de
guardia en el Palacio Real, el sábado inglés, el football y el golf,
Scotland Yard y la leyenda de su Servicio Secreto. Ca¬da uno de estos
delicados productos del genio británico aparecía revestido para la cipayería
argentina de un “aura" especial. Al Servicio Secreto, desde una época
inmemorial, acudían a trabajar o a colaborar personali-dades
"independientes", artistas, aventureros, hombres rápidos de negocios
oscuros, homosexuales de la aris¬tocracia, escritores y todo género de
celebridades. La mayor parte de ellos trabajaban por algún tiempo como
“espías sin oficio". En caso de crisis nacional, dichas personas prestaban
su ayuda por razones patrióticas. (Solo en la Argentina el patriotismo es
una mala pa¬labra. Pero no lo es en Inglaterra). Figuras como el
his¬toriador Arnold Toynbee, el novelista Graham Grene, el escritor de
aventuras lan Fleming, los famosos G. K. Chesterton, Arnold Bennett, Arthur
Conan Doyle, John Galsworthv, George Trevelyan, Gilbert Murray y Somerset
Maughan trabajaron para 'los Servicios". Hasta el satírico y disconformista
irlandés Bernard Shaw no vaciló en brindar su apoyo literario en una ocasión
al Servicio Secreto para una operación de propaganda destinada al consumo de
los árabes. No era nada nuevo. ¿Acaso ya en los siglos XVI y XVII los
escritores Marlowe y Daniel Defoe no habían sido agentes a sueldo de los
Servicios Secretos?
Me pregunto qué diría la opinión pública "ilustrada" de la Argentina si
Borges o Sábato colaborasen con los "Servicios de Información" de las
Fuerzas Armadas prestando su imaginación para fabular mentiras útiles o
"información negra" (o sea falsa) necesarias al Estado Nacional. Nadie
podría concebir tal colaboración. Pa¬recería monstruosa. ¿Por qué? Si
dejamos de lado la na¬turaleza de tales "servicios" en la Argentina
semi¬colonial, es decir su carácter interno, frecuentemente deleznable y
anti-popular que los han desacreditado por completo, queda el hecho
irrefutable de que la con¬dición marginal del país sume en la impotencia a
todas las funciones esenciales del Estado y, para colmo, sitúa al Estado
mismo como fuente de ineficiencia, corrup¬ción y despilfarro. Tal es el
"terrorismo ideológico" que presiona sin cesar la conciencia pública en la
Argenti¬na.
El estado de indefensión es global. Gran parte de la "intelectualidad" ha
sido formada en una actitud psicológica derrotista según la cual la
Argentina no podría medirse con ninguna de las grandes potencias a riesgo de
un fracaso bochornoso. La guerra de Malvinas puso en situación crítica esta
subestimación nacional. El go¬bierno de la "democracia formal" suprimió en
1984 del calendario al 2 de abril como "día fasto" y consideró esa empresa,
como gran parte de la "pequeña burguesía culta", como una "aventura
criminal". Numerosos hombres públicos suspiraron en el anhelo inconfeso de
una derrota argentina. No era la primera vez.
En las invasiones inglesas de 1807 los oficiales britá¬nicos desencadenaron
simpatías ardientes entre muchas jóvenes de la aldea colonial española, como
Mariquita Thompson, deslumbradas con los "jabones de olor" y la política de
Londres, que discutían en sus salones. Además de las mujeres, había hombres
del patriciado que pasaron al servicio del inglés. El más cé¬lebre de ellos
fue el capitán de caballería Saturnino Rodríguez Peña y un tenebroso
cochabambino diestro en la pluma y la intriga llamado Manuel Aniceto
Pa¬dilla. Ambos organizaron la fuga del General Beresford de su prisión de
Luján y huyeron en banda a Montevi¬deo, en poder de las tropas británicas.
Rodríguez Peña concluyó melancólicamente sus días en Río de Janeiro como
agente del Gobierno de Londres, mientras dispu¬taba con su compadre Padilla
la pensión vitalicia que les había asignado Gran Bretaña por pago de sus
servi¬cios de informantes. Eran 500 pesos anuales, unos 400.000 reis.
Por su parte, los propios Servicios secretos británi¬cos, en la hora de su
decadencia, están lejos de controlar las "infiltraciones" de potencias
hostiles. Las escan¬dalosas filtraciones de agentes soviéticos han gozado de
los favores de la prensa mundial. Es inútil recordar los casos resonantes de
Kim Philby, Guy Burguess, Donald Mclean, Antony Blunt (asesor artístico de
la Reina) y Sir Roger Hollis, jefe durante 10 años del MI5 (contraespionaje)
y simultáneamente agente soviético durante 30 años. Si los rusos han podido
deslizar tales agentes en el Servicio Secreto Británico, ¿qué resulta¬dos
obtendría una investigación de los agentes extran¬jeros en la sociedad
argentina, mucho más vulnerable, sobre todo en ocasión de crisis como las de
la guerra de Malvinas?
El interés notable que presenta el Informe de Lord Franks está fuera de
cuestión. Pero conviene señalar al lector que los propios Servicios Secretos
británicos dormitan con inusitada frecuencia. Según el Informe, el Agregado
Naval británico en Buenos Aires, durante los días previos al 2 de abril de
1982, solo se enteraba de los movimientos de las naves argentinas por las
noti¬cias de la prensa de Buenos Aires. Tampoco tenía me¬dios para obtener
informaciones de esa clase por "lo di¬latado de las costas argentinas".
Asimismo, carecía de información fotográfica vía satélite. El sistema
británi¬co de información en la Argentina se había enmoheci¬do como el
propio Imperio. En los tiempos de Beresford eran más activos y escrupulosos.
Igualmente tal lan¬guidecimiento puede explicarse por la convicción secu¬lar
de Gran Bretaña respecto a la fidelidad argentina al "derecho
internacional".
El Informe Franks es un testimonio elocuente de que el Servicio Secreto
Británico, aunque alertado como es¬taba desde hacia años por una posible
acción militar ar¬gentina de reconquista de las Malvinas, se dejó arrullar,
como el Foreing Office, por la monotonía de su propia impunidad. La
"impredecible" Argentina del 2 de abril y el genio de sus científicos
nucleares no solo dieron un tirón de cola al desdentado león británico.
También América Latina sintió el llamado para otro Ayacucho.
Jorge Abelardo Ramos
Marzo de 1985
1) Spruille Braden. “Diplomáticos y demagogos” 1971. Nueva York, citado por
Luis Antezana E. En “Historia Secreta del Movimiento Nacionalista
Revolucionario”, Tomo 1 pag. 146 Ed. Juventud. La Paz
2) “Malvinas, la trama secreta” por Kirschbaum, Cardozo y Vander Kay. Ed.
Planeta Buenos Aires
3) “Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX” por H.S. Ferns. Hachette.
1966
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