[R-P] [redial_s_bolivar] Nuestra América - José Marti
Pat H.A.
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Mie Ene 3 12:30:13 MST 2007
Nuestra América
JOSE MARTI
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Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su
aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le
mortifique al rival que le quitó la novia, o le
crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el
orden universal, sin saber de los gigantes que llevan
siete leguas en las botas y le pueden poner la bota
encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que
van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que
quede de aldea en América ha de despertar. Estos
tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la
cabeza, sino con las armas en la almohada, como los
varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio,
que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más
que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea
enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como
la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de
acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse
prisa para conocerse, como quienes van a pelear
juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos
celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de
casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han
de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los
que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron,
con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas,
la tierra del hermano vencido, del hermano castigado
más allá de sus culpas, si no quieren que les llame
el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al
hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado
en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser
el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa
cargada de flor, restallando o zumbando, según la
acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen
las tempestades; los árboles se han de poner en fila
para que no pase el gigante de las siete legua! Es la
hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de
andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces
de los Ándes.
A los sietemesinos sólo les faltar el valor. Los que
no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses.
Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los
demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo
canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo
de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar
el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos
dañinos, que le roen el hueso a la patria que los
nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al
Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes.
Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que
su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América,
que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de
la madre que los crió, y reniegan, bribones!, de la
madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las
enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se
queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que
la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su
sustento en las tierras podridas con el gusano de
corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando
el letrero de traidor en la espalda de la casaca de
papel? Estos hijos de nuestra América, que ha de
salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos
desertores que piden fusil en los ejércitos de la
América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y
va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y
no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el
Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir
con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años
en que los veía venir contra su tierra propia? Estos
"increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo
extranjero, como los increíbles de la Revolución
francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las
erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo
que en nuestras repúblicas dolorosas de América,
levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido
de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos
sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores
tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico,
se han creado naciones tan adelantadas y compactas.
Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle
de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra
de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su
república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas
modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso,
guiando jacas de Persia y derramando champaña. La
incapacidad no está en el país naciente, que pide
formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los
que quieren regir pueblos originales, de composición
singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro
siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de
diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un
decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro
del llanero. Con una frase de Sieyos no se desestanca
la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí
donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien;
y el buen gobernante en América no es el que sabe como
se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe
con qué elementos está hecho su país, y como puede ir
guiándolos en junto, para llegar, por métodos e
instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado
apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y
disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza
puso para todos en el pueblo que fecundan con su
trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de
nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el
del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la
constitución propia del país. El gobierno no es más
que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América
por el hombre natural. Los hombres naturales han
vencido a los letrados artificiales. El mestizo
autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay
batalla entre la civilización y la barbarie, sino
entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre
natural es bueno, y acata y premia la inteligencia
superior, mientras esta no se vale de su sumisión para
dañarle, o le ofende prescindiendo de ‚l, que es cosa
que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar
por la fuerza el respeto de quien le hiere la
susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta
conformidad con los elementos naturales desdeñados han
subido los tiranos de América al poder; y han caído en
cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han
purgado en las tiranías su incapacidad para conocer
los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la
forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en
un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos,
los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y
resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos
no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es
perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y
quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le
lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de
salir de las universidades los gobernantes, si no hay
universidad en América donde se enseñe lo rudimentario
del arte del gobierno, que es el análisis de los
elementos peculiares de los pueblos de América? A
adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras
yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que
no conocen. En la carrera de la política habría de
negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos
de la política. El premio de los certámenes no ha de
ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de
los factores del país en que se vive. En el periódico,
en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante
el estudio de los factores reales del país. Conocerlos
basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de
lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad,
cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece
en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin
ella. Resolver el problema después de conocer sus
elementos, es más fácil que resolver el problema sin
conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y
fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros,
porque no se administra en acuerdos con las
necesidades patentes del país. Conocer es resolver.
Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento
es el único modo de librarlo de tiranías. La
universidad europea ha de ceder a la universidad
americana. La historia de América, de los incas acá,
ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de
los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a
la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los
políticos nacionales han de reemplazar a los políticos
exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo;
pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y
calle el pedante vencido; que no hay patria en que
pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras
dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el
cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados,
al mundo de las naciones. Con el estandarte de la
Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura,
unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la
república, en hombros de los indios. Un canónigo
español, a la sombra de su capa, instruye la libertad
francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que
ponen de jefe de Centro América contra España al
general de España. Con los hábitos monárquicos, y el
Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los
venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur.
Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a
temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió
riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso,
porque es menos glorioso que el de la guerra; como al
hombre le es más fácil morir con honra que pensar con
orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y
unánimes es más hacedero que dirigir, después de la
pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos
o ambiciosos; como los poderes arrollados en la
arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la
especie y el peso de lo real, el edificio que habían
izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra
América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y
casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de
savia gobernante en la práctica continua de la razón y
de la libertad; como la constitución jerárquica de las
colonias resistía la organización democrática de la
República , o las capitales de corbatín dejaban en el
zaguán al campo de bota y potro, o los redentores
bibliógenos no entendieron que la revolución que
triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y
no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y
padece, de la fatiga de acomodación entre los
elementos discordantes y hostiles que heredó de un
colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas
importadas que han venido retardando, por su falta de
realidad local, el gobierno lógico. El continente
descoyuntado durante tres siglos por un mando que
negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón,
entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que
lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que
tenía por base la razón; la razón de todos en las
cosas de todos, y no la razón universitaria de unos
sobre la razón campestre de otros. El problema de la
independencia no era el cambio de formas, sino el
cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer una causa común,
para afianzar el sistema opuesto a los intereses y
hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado
del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa.
Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al
aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de
terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre
encima. La colonia continuó viviendo en la república;
y nuestra América se está salvando de sus grandes
yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del
triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la
importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas,
del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-,
por la virtud superior, abonada con sangre necesaria,
de la república que lucha contra la colonia. El tigre
espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada
esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando
llamas por los ojos.
Pero «estos países se salvarán», como anunció
Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en
tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni
el país que se ganó con lanzón se puede echar el
lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta
del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al
rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio
de la moderación que parece imperar, por la armonía
serena de la Naturaleza , en el continente de la luz,
y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido
en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que
se empapó la generación anterior, le está naciendo a
América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos
de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara,
con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense,
el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.
El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba
al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus
hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la
música de su corazón, solo y desconocido, entre las
olas y las fieras. El campesino, el creador, se
revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad
desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y
togas, en países que venían al mundo con la alpargata
en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera
estado en hermanar, con la caridad del corazón y con
el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la
toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al
negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de
los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el
oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La
juventud angélica, como de los brazos de un pulpo,
echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la
cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el
empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los
bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro
yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se
probó el odio, y los países venían cada año a menos.
Cansados del odio inútil de la resistencia del libro
contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la
ciudad contra el campo, del imperio imposible de las
castas urbanas divididas sobre la nación natural,
tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a
probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se
saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros
se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un
problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las
levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento
empieza a ser de América. Los jóvenes de América se
ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa,
y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que
se imita demasiado, y que la salvación está en crear.
Crear es la palabra de pase de esta generación. El
vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!
Se entiende que las formas de gobierno de un país han
de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas
absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de
ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser
viable, tiene que ser sincera y plena; que si la
república no abre los brazos a todos y adelanta con
todos, muere la república. El tigre de adentro se echa
por al hendija, y el tigre de afuera. El general
sujeta en la marcha la caballería al paso de los
infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le
envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es
política. Los pueblos han de vivir criticándose,
porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho
y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y
alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón
deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y
rebotando, por las venas, la sangre natural del país!
En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se
saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos
americanos. Surgen los estadistas naturales del
estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar,
pero no para copiar. Los economistas estudian la
dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a
ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres
nativos a la escena. Las academias discuten temas
viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y
cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La
prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los
gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden
indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre
algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por
la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a
recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos
perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un
coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a
una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la
libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al
extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de
la independencia amenazada, el carácter viril. Otras
crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la
soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro
corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí,
sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses
entre los dos factores continentales, y es la hora
próxima en que se le acerque, demandando relaciones
íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la
desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles,
que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la
ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la
hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se
libre, por el predominio de lo más puro de su sangre,
la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus
masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista
y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana
aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a
la prueba de altivez, continua y discreta, con que se
la pudiera encara y desviarla; como su decoro de
república pone a la América del Norte, ante los
pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de
quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa
o la discordia parricida de nuestra América, el deber
urgente de nuestra América es enseñarse como es, una
en alma e intento, vencedora veloz de un pasado
sofocante, manchada sólo con sangre de abono que
arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de
las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El
desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el
peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el
día de la visita está próximo, que el vecino la
conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe.
Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de
ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del
hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar
ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca
sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos
han de tener una picota para quien les azuza a odios
inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la
verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los
pensadores canijos, los pensadores de lámparas,
enhebran y recalientan las razas de librería, que el
viajero justo y el observador cordial buscan en vano
en la justicia de la Naturaleza , donde resalta en el
amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad
universal del hombre. El alma emana, igual y eterna,
de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca
contra la Humanidad el que fomente y propague la
oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo
de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros
pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de
ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de
vanidad y de avaricia, que del estado latente de
preocupaciones nacionales pudieran, en un período de
desorden interno o de precipitación del carácter
acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las
tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país
fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es
servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea,
una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del
continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la
casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus
lacras políticas, que son diferentes de las nuestras;
ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños,
ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura,
a los que, con menos favor de la Historia , suben a
tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de
esconder los datos patentes del problema que puede
resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio
oportuno y la unión tácita y urgente del alma
continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la
generación actual lleva a cuestas, por el camino
abonado por los padres sublimes, la América
trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el
lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones
románticas del continente y por las islas dolorosas
del mar, la semilla de la América nueva!
"Yo como tú amo el amor, la vida, el dulce encanto de las cosas, el paisaje celeste de los días de enero. También mi sangre bulle y río por los ojos que han conocido el brote de las lágrimas. Creo que el mundo es bello, que la poesía es como el pan, de todos. Y que mis venas no terminan en mí, sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida, el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos' Roque Dalton García
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