[R-P] De "La España que conquistó el Nuevo Mundo" (cuarta entrega)
Nestor Gorojovsky
nestorgoro en fibertel.com.ar
Lun Feb 19 15:21:59 MST 2007
De: Rodolfo Puiggrós. LA ESPAÑA QUE CONQUISTO AL NUEVO MUNDO
En Barcelona le llegó al Habsburgo la noticia de la muerte de su
abuelo Maximiliano. El imperio del mundo se ponía al alcance de su
mano. Por previsto que fuera el suceso no dejaba de ocasionarle
graves inconvenientes: el descontento popular se exacerbó al anunciar
que iría a Alemania a recibir la corona imperial y a pedir a las
ciudades hispánicas que le pagaran el viaje. Nada podía esperar de
los alemanes: los burgueses le ofrecían a lo sumo préstamos usurarios
y los príncipes se cotizaban al mejor postor para elegirlo, al punto
que uno de ellos vendió su voto tres veces a Carlos y otras tantas a
Francisco I de Francia. Las cortes castellanas, aragonesas y
catalanas se rehusaron a cargar con el santo y la limosna.
El pretendiente al trono universal no conseguía domar la ira del
pueblo español, ni reunir el dinero para comprar los votos de los
electores que habrían de ungirlo emperador de Alemania. Más
preocupado de lo segundo que de lo primero, y apremiado por sus
acreedores alemanes e italianos (Fugger, Welsen, Grimaldi, Furnarvo,
Ballacy, Martini), a cargo; de quienes había girado letras de cambio
por centenares de miles de florines y coronas, al eterno deudor no le
alcanzaban los ingresos de la fiscalía española, procedentes de los
diezmos y contribuciones normales, ni los metales preciosos y dinero
de Indias que le entregaba la Casa de la Contratación. Desde 1520, en
que Hernán Cortés le hizo llegar la primera remesa, el oro americano,
fue a pagar deudas contraídas con los Fugger, lo que no impidió al
embajador polaco decir de él:
"Pero no paga a nadie, y empeña los oficios y cuanto puede".11
Su grandioso sueño de monarquía cristiana universal, corría peligro
de naufragar por menudas cuestiones de dinero.
El emperador del mundo
Mientras se desataba la furiosa rebelión de las germanías valencianas
artesanos y siervos contra los ricos hombres los consejeros de Carlos
maquinaron la convocatoria de las cortes castellanas en Santiago de
Compostela, lejos de los focos revolucionarios y en una comarca
carente de ciudades con representación ante la asamblea nacional.
El traslado de Barcelona a Santiago fue una verdadera odisea para el
rey ín partibus infidelium. Al pasar por Valladolid seis mil hombres
armados salieron a las calles a exigir que no abandonase España; el
pobre amo del mundo pudo franquear las puertas de la ciudad, en su
disparada, gracias a las espadas de sus acompañantes.
Ya en Santiago la maniobra del círculo áulico quedó a la vista:
quería obligar a las ciudades a otorgar poderes omnímodos a sus
representantes con el propósito de manejar a éstos a su antojo, pero
aquéllas, conscientes de lo que se tramaba, prohibieron secretamente
a sus enviados que algo aprobasen a no ser a cambio de concesiones.
Los diputados de Salamanca fueron expulsados de las cortes por su
permanente hostilidad al monarca y los de Toledo se retiraron a
preparar la insurrección armada. A los de Cuenca y a uno de los de
Valladolid los compró el rey con dinero en pago del que esperaba
recabar por las contribuciones que ellos se obligaban a sancionar con
sus votos.
Trasladadas las cortes a Coruña, Carlos volvió a aceptar solemnemente
las exigencias de las ciudades -del tenor de las ochenta y ocho
peticiones catadas- y logró que los procuradores mercenarios
aprobaran contribuciones por tres años. Podía escapar a la furia
popular en procura del imperio universal.
Del grupo cortesano nació la idea, antes de la partida de Carlos, de
hacer del rey que figuraba, del rey abstracto, la cabeza de una
monarquía católica universal. Así, en medio de una orfandad casi
total, odiado y escarnecido por el pueblo, el Habsburgo fue
proclamado, por su mandato y en las cortes de Santiago-Coruña,
emperador del mundo. La ceremonia estuvo a cargo del obispo de
Badajoz, Pedro Ruiz de la Mota, que declaró:
"Agora es vuelta a España la gloria de España que muchos años pasados
estuvo adormida. Dicen los que escribieron en loor de ella, que
cuando las otras naciones enviaban tributos a Roma, España enviaba
emperadores: envió a Trajano, a Adriano, a Teodosio (...) y agora
vino el Imperio a buscar el emperador a España y nuestro rey es fecho
rey de Romanos y emperador del mundo".
A nadie podía ocultársele al oír semejante exaltación histórica que
el obispo y limosnero mayor de Carlos se dejaba en el pecho lo
principal: las cortes habían sido convocadas para arrancar a España
tributos destinados a saldar deudas con banqueros alemanes y comprar
votos de electores también alemanes. España no enviaba a Alemania un
nuevo Trajano: a España le hacían el regalo de un emperador que debía
mantener con el sacrificio de sus hijos y el oro de América.
Quien más andaba detrás de esos tejemanejes era el nuevo canciller,
sucesor de Le Sauvage muerto de peste, el piamontés Mercurino
Gattinara, admirador de Erasmo y hombre de gran influencia sobre el
monarca. Los maquinadores de la teoría imperial, orientados por
Gattinara y De la Mota, decían que Carlos no podía ser considerado un
rey igual a los otros reyes, sino un rey excepcional, un auténtico
rey de los reyes, tanto por su ascendencia genealógica cuanto por la
extensión de los territorios y la cantidad de súbditos que le tocaba
gobernar. Agregaban que Castilla constituía el centro o eje de sus
dominios y llegaban a la conclusión de que para extirpar la herejía
que apuntaba en Alemania y someter a los indígenas de América, el
dedo de Dios señalaba al hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso
para instaurar el imperio del mundo. Las ideas erasmistas de
Gattinara -ministro adecuado para un imperio heterogéneo 12-
compaginaban perfectamente con la concepción de un trono ecuménico.
Mientras tales pensamientos ambiciosos bailaban en las cabezas de los
bien forrados consejeros de Carlos, he aquí la descripción que nos
dejó su modesto ayuda de cámara:
"( ...) es cosa verdadera haber visto niños recién nacidos, que han
sido hallados, en el tiempo más frío del invierno, echados en el
suelo, abandonados de padre y madre y en el peligro de ser devorados
por las bestias, los cuales de hambre y de frío gritaban
lastimeramente, de tal modo que, era como cosa intolerable, por
demasiado lamentable, el verlos tendidos sobre la tierra; y no sé
pensar como la Naturaleza podía permitir, principalmente a la madre,
el abandonar así su sangre y dejarla en tal ruina y miseria" 13
El fiel servidor no imaginaba que la responsabilidad de esos
espantosos cuadros correspondía íntegramente a la banda de asaltantes
que había saqueado a España y a los grandes señores, que no la
dejaban levantarse del marasmo en que había caído por su culpa.
La pintura que hizo el sacerdote Juan Maldonado para poner en
evidencia la corrupción del clero, en su obra Pastor bonus, no es
menos impresionante:
"Pillaje de los soldados; exacciones de los colectores de impuestos;
acaparamiento de granos, cuyos precios se encargan de mantener
elevados los arrendatarios de los diezmos; escandalosas fortunas de
los prósperos mercaderes importadores de productos exóticos, que
trafican en las plazas de Flandes, Inglaterra o Alemania, que tienen
la vanidad de ennoblecer a sus hijos y de mandar esculpir escudos de
armas nuevecitos en suntuosas capillas; engañifas de toda naturaleza
en la cómplice media luz de las trastiendas en que se venden los
brocados de oro, las sedas, los damascos, los paños o las telas;
sisas de los sastres, zapateros, mercenarios, carniceros, panaderos y
taberneros; avaricia sórdida y tramposa de esos matrimonios de
tenderos unidos por su afán desorbitado de lucro; supercherías de los
médicos para prolongar indefinidamente las enfermedades; medicinas
adulteradas que llenan los tarros de los boticarios; trampas inicuas
de los chalanes; imposturas de los corredores de toda clase que se
interponen entre compradores y vendedores, so capa de hacer las
transacciones mas fáciles y seguras (...) En Burgos pueden verse
desde los magnates del negocio internacional hasta los campesinos
oprimidos y hasta los artesanos reducidos, por la decadencia de los
oficios, a la mendicidad o al suicidio" 14
Tal era el estado social de España en los días iniciales de la
conquista de América y cuando Carlos se aprestaba a apoderarse del
mundo. Veamos ahora lo que pasaba en el polo opuesto de la sociedad
española.
Gaspar Contarini, futuro cardenal y embajador de la República de
Venecia ante Carlos V, a quien acompañó en su viaje a Alemania, decía
en la Relación de su estancia en España que las rentas de los cuatro
arzobispados y veintisiete obispados de Castilla ascendían a
trescientos mil ducados y las de diez ducados, once marquesados y
cuarenta y dos condados, también de Castilla, a un millón cien mil
ducados, siendo esta última cifra igual a las entradas del reino,
incluido el oro de las Indias, lo que da una idea cabal de las cargas
que pesaban sobre los trabajadores de la tierra y los artesanos de
las ciudades. Acerca de la forma de recaudar la renta extraordinaria,
o de cruzada y bula, decía Vicente Quirini:
"(...) se usa en esto una grandísima crueldad y tiranía con los
pobres aldeanos y el pueblo bajo, ya que, cuando se predican estas
bulas, todos se ven obligados a ir a la predicación; y aquellos que
por las buenas no quieren ir, los obligan tanto, a ir, que los pobres
hombres, para no perder del todo el poder atender a sus oficios y a
vivir, lo hacen por la fuerza, y así se recaudan estos dineros".15
Las enormes rentas de la corona, de la nobleza y del clero, que
consumían las riquezas de España y las Indias, se repartían entre
numerosos hijos legítimos, naturales, bastardos y allegados que
vivían sin trabajar y disponían de sus propios séquitos. Juana la
Loca mantenía, según el embajador Quirini, siete mil hombres armados
que le costaban ciento cuarenta mil ducados. Los camareros,
maestresalas, escuderos, sumilleres, aposentadores, confesores,
capellanes, secretarios, heraldos, maceros, trompeteros, rompones,
pífanos, alabarderos, etc., que servían al rey, a la reina, a los
altos dignatarios eclesiásticos y a los grandes señores se contaban
por centenares y hasta por millares en cada casa. El rey tenía a su
servicio personal tanta o más gente que un gran hotel de nuestros
días: veinticuatro camareros, cinco criados, doscientos treinta
escuderos (veinte para la bebida, setenta para la mesa, setenta para,
trinchar carne y setenta para cuidarle los caballos cuando
cabalgaba), cuarenta y cinco jóvenes para ayudarlo a vestirse y hacer
compras, dos sumilleres para guardarle la ropa, veinticuatro
cantores, seis secretarios, etcétera.
Los grandes señores castellanos, descontentos de la política
centralizadora de los Reyes Católicos que cercenaba sus privilegios,
aclamaron a Carlos desde antes que el de Gante conociera España, pues
"confiaban en que el príncipe don Carlos, al ser rey de Castilla,
obraría a la borgoñesa, y daría pensiones a todos los grandes del
reino, cerca de 800 títulos, hasta, unos 100,000 ducados 16
Como las rentas de toda España y de toda América no alcanzaban para
hacer frente a tan gigantesca dilapidación, el rey nombraba
inquisidores e inquisidores con la misión de apoderarse de los bienes
de los judíos, de los marranos y aun de los sospechosos de herejía. A
pesar de los expeditivos procedimientos financieros, Carlos cerraba
cada año con elevados déficit, por lo que se veía obligado a recurrir
a contribuciones extraordinarias de las ciudades y a préstamos
usurarios de los banqueros alemanes e italianos.
Los comuneros y la derrota de Villalar
La tremenda succión de las fuentes cada día más secas del trabajo
español, tenía necesariamente que levantar una ola de descontento.
Para colmo de males, Carlos dio antes de partir una nueva prueba de
su política felona: impuso como regente de España, violando el
juramento de no designar funcionarios extranjeros, al futuro Papa, el
cardenal Adriano de Utrecht.
El dinero de los Fugger y las ambiciones de sus consejeros le
hicieron olvidar la angustia y la protesta de su amada Castilla. Tuvo
la dicha de tener a su lado durante el viaje al alemán Jorge
Sauermann, que combatió el mareo volcando su internacionalismo de
cepa eramista en la redacción de Hispaniae Consolatio, tratado en el
cual proclamaba la necesidad de crear un superestado hispanogermánico
e invitaba a los españoles a reflexionar sobre lo que para ellos
significaría ser substancia de tal imperio universal. Bajo tan
excelentes auspicios el nuevo César marchó a Aix-la-Chapelle (o
Aquisgrán, Aquis Granum, agua fértil) a recibir la primera corona
imperial, pues allí, siete siglos antes, Carlomagno centralizó la
unidad feudal europea cristiana. Una vez en sus dominios germánicos,
y preocupado de ganar el cielo después de ganar la tierra, convocó a
la dieta de Werms (1521) para que el cismático Lutero explicara
democráticamente la razón de sus herejías, se retractara de ellas y,
como no lo hizo, fulminarlo con el anatema de la Iglesia y
proscribirlo de sus Estados. Los cardenales premiaron tantos méritos
acumulados declarando en el consistorio del 6 de julio de 1530 que
"el emperador Carlos es el ángel enviado del cielo Para la salvación
de la Cristiandad'.
No creemos pecar de maliciosos si relacionamos la apologética
definición de los purpurados con el saqueo de Roma y la prisión del
Papa consumados por los soldados del ángel enviado del cielo solo
tres años antes.
Pero no nos adelantemos a los sucesos. Al alejarse de Coruña las
naves que conducían al rey de los reyes a su imperial destino, el
pueblo de Castilla respondió a los atropellos y al nombramiento del
flamenco Adriano con la insurrección de los comuneros, iniciada por
el Cabildo de Toledo para oponerse al avasallamiento de los fueros
comunales, agitando en su comienzo, más que una bandera de
republicanismo o go-bierno democrático, la reivindicación de la
monarquía na-cional, tal como la quería el último de los reyes godos
y los revolucionarios la proyectaban en su hija Juana, de cuya in-
sania siempre dudaron.
Al levantamiento de las comunidades castellanas -que por los sectores
sociales que abarcaban, por la participación di-recta de la plebe y
por su gran combatividad superaban a las antiguas hermandades,
organizadas por la burguesía de las ciudades para defenderse de la
opresión de la nobleza- se plegó, al comienzo, la parte descontenta
de los nobles que se mantenía fiel a la tradición nacionalista de los
Reyes Católicos y era partidaria de Juana y su hijo Fernando. El
conde de Benavente rechazó la orden borgoñesa del Toisón de Oro.
Dijo:
"Soy castellano. No deseo más honores que los de mi pa-tria, que es,
en mi opinión, superior a cualquier otra"
El marqués de los Vélez declaró que
"no quería servir al rey mientras el ladrón de monsieur de Chiévres
entendiese en el gobierno".
También la mayoría del clero, y con particular ardor el clero bajo,
estuvo con los comuneros en oposición a los altos dignataríos de la
Iglesia que rodeaban al cardenal Adríano.
El pueblo español empuñó las armas, imbuido de un fuer-te sentimiento
nacionalista, para defenderse del hambre y la humillación a que lo
condenaban un rey, que tartamudeaba un castellano de cocoliche, y sus
consejeros y prestamistas, que saqueaban las riquezas de España y las
Indias, al mismo tiempo que acariciaban la idea de unir al Viejo y el
Nuevo Mundo, al mundo entero, en un imperio universal cristiano que
en la práctica iba adquiriendo la forma de universalización de la
miseria y centralización del poder y del dinero.
La ira popular se cebó, ante todo, en los procuradores que en las
cortes de Santiago-Coruña traicionaron sus mandatos y se vendieron al
monarca; varios de ellos fueron ahorcados y los demás se escondieron
para salvar sus vidas.
Segovia se sublevó con Juan Bravo al frente y preparó en la plaza una
horca reservada al alcalde Ronquillo, siniestro personaje designado
por el regente para aplicar la más cruel represión. Corrieron en
socorro de los segovianos con fuer-zas populares el famoso Juan de
Padilla desde Toledo, y el va-liente Juan Zapata desde Madrid. El
curtidor Villorio acau-dilló el levantamiento de Salamanca. En León
capitaneó a los insurrectos el prior del convento de Santo Domingo y
los apoyó la noble familia de los Guzmán. La rebelión se inició en
Murcia con la horca para el corregidor y los alguaciles. Los
comerciantes de Medina del Campo se batieron heroica-mente junto al
pueblo, y una vez derrotados por los merce-narios de Alonso Fonseca,
este, servidor del regente hizo arrojar alquitrán sobre la ciudad y,
además de novecientas casas, quedaron reducidos a cenizas los
depósitos de merca-derías mayores de España, en -torno de los cuales
se realiza-ban tres ferias al año de renombre en toda Europa.
El incendio de Medina del Campo intensificó al movi-miento y lo
extendió a otras regiones de la península. A pro-puesta de la ciudad
de Toledo y con centro en Ávila se formó entonces la Junta Santa,
elegida en una asamblea integrada con representantes de todas las
clases sociales, desde los no-bles hasta los más humildes labriegos y
artesanos. Los limi-tados objetivos que se asignó se concretaron en
la siguiente carta enviada por Toledo a las demás ciudades
(continuará):
11 Juan Dantisco, 1, p. 805.
12 Konrad Hibler: Geschichte Spaniens under den Habsburgen, I, ps. 52-
53.
13 Lorenzo Vital, p. 723.
14 Cit. Marcel Bataillon, I, ps. 390-393.
15 Vicente Quirini, I, p. 607.
16 Ibidem, I, p. 608.
Este correo lo ha enviado
Néstor Miguel Gorojovsky
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