[R-P] El uso perverso de la lengua

Edgar Schmid condornacional en yahoo.com.ar
Lun Feb 5 08:09:10 MST 2007


El uso perverso de la lengua
Política
Vicente Romano
Rebelión
 
La política es “la expresión más condensada de la
economía” (Lenin). En ella cristalizan los intereses
fundamentales de clase. La política penetra todas las
esferas de la vida social. La actuación política
persigue conquistar consolidar y ampliar el poder del
Estado e imponer y garantizar los intereses dominantes
(de clase).
 
El poder se adquiere con la apropiación de los
productos del trabajo. Una vez asegurado, se convierte
él mismo en fuente de riqueza. La política surge donde
hay que repartir riquezas. Toda política es reparto de
cosas. Los ricos se tienen por especialistas del
reparto y de la custodia de los bienes. El conjunto de
estos especialistas se denomina Gobierno y
Administració n. Los especialistas han aumentado su
autonomía a lo largo del tiempo. Poco a poco se ha ido
difuminando el nexo entre ricos y especialistas del
reparto.
 
Cuando hubo personas bastante ricas para someter a
otras surgió lo que se llama Estado. El Estado es un
conjunto de instituciones de derecho que detenta el
monopolio de la violencia dentro de unos límites
territoriales. “Quien tiene la tierra tiene el poder”,
decía Oppenheimer. Cierto, las potencias navales y
aéreas también necesitan lugares, bases, suelo bajo
los pies. Espacios que el individuo o el colectivo
limita, deslinda. La tolerancia es un fenómeno
espacial. Sobre los desacuerdos deciden también los
lugares en los que se efectúan: mercados, púlpitos,
páginas de periódicos, estudios de radio y televisión,
gabinetes, bolsas de valores, etc. [1] En la medida en
que se perfeccionan los métodos de producción también
lo hacen los de represión, lo que requiere una serie
de aparatos coercitivos. Pero para gobernar no basta
solamente con policías, cárceles y ejército.
 
A la hora de gobernar, el Estado se encuentra hoy con
dos nuevos fenómenos:
 
1) la mecánica del dominio se complica cada vez más y
se hace más impenetrable; 2) el desarrollo de los
mediadores públicos de información durante los últimos
decenios, la omnipresencia de la radio, la televisión,
la prensa y, ahora, Internet. Casi todos los medios de
comunicación están controlados por los ricos o por los
representantes del Estado. Los sindicatos apenas
pueden hacer nada contra esta presión. Una parte de su
dirección pertenece a la máquina de represión. Con
esta maquinaria se puede engañar a la población hasta
el punto de que aplauda su propia sentencia de muerte.
Cuando escuchamos las palabras de los representantes
del Estado o de los comentaristas de los medios de
producción masiva de comunicación no podemos constatar
si vivimos en una democracia, en contraste con los
atenienses, que sí podían hacerlo.
 
La palabra “Estado”, que en los últimos doscientos
años se ha utilizado como posición de fuerza exterior
e interior de un país, va íntimamente unida a la
narración de lo que se considera digno de ser
transmitido: la “historia”. La de los dos últimos
siglos es la del Estado. Los hombres que hacen
“historia”, porque casi todos han sido hombres y no
mujeres, los que aparecen en la narración, se designan
“hombres de estado”, estadistas. Lo que ellos hacían
se denominaba “asuntos de Estado”.
 
Cuando desaparece la confianza en las palabras peligra
el Estado, puesto que se fundamenta en ellas. Este
nace y muere con la convicción de que las palabras que
se emplean para su justificación no son vanas, sino
que significan lo que pretenden significar. Si no se
puede mantener la confianza en la palabra pública se
desmorona el nexo que designa [2] .
 
El cambio del lenguaje se refleja también en el de sus
funciones interdependientes, la semántica, sintáctica
y pragmática. Su interdependencia significa que la
modificación de una implica la de las otras [3] . El
uso inflacionario de algunas palabras conduce a su
desgaste, a la pérdida de significado. Esta, a su vez,
lleva a su aplicación general en condiciones y estados
de cosas distintas. El desgaste de las palabras es un
fenómeno conocido bajo diversas denominaciones: lemas,
consignas, frases hechas, expresiones de moda,
refranes, etc. Metafóricamente son como “vainas
vacías”. [4] Como ejemplo de uso inflacionario y su
consecuente desgaste pueden servir las palabras
democracia, solidaridad, seguridad, terrorismo, etc.
 
Los imperialistas estadounidenses y sus cipayos
europeos y sionistas han ido desgastando la palabra
democracia hasta perder ya todos sus significados
primigenios. Si las elecciones no las ganan quienes
ellos quieren, no valen, como las de Venezuela,
Palestina, Bielorrusia, etc. La “democratizació n
patrocinada por los EEUU consiste en intervenir en los
asuntos internos con el propósito de desestabilizar
gobiernos e imponer reformas radicales de “libre
mercado”. Democracia, imperio de la ley, etc., han
sido con frecuencia justificaciones para la
expropiación económica. Las metáforas usadas,
desgastadas, muertas, se convierten en palabras
corrientes, sin poder evocativo. Se usan para
ahorrarle a la gente que invente frases. Ejemplos:
talón de Aquiles, nueva singladura, canto del cisne,
pescar en río revuelto.
 
Los Estados y los intereses económicos han llevado
conjuntamente la aceleración (la circulación del
capital) a su ritmo actual. La ventaja la tienen los
mercados financieros gracias a la técnica de la
comunicación, y muy en particular lo que se conoce
como tecnologías de la información y la comunicación
(TIC). El ritmo del negocio bursátil marca hoy el
miedo por el puesto de trabajo, igual que el compás de
la máquina lo regía en la época de la máquina de
vapor.
 
El lenguaje es un instrumento que utilizamos para
lograr nuestros propósitos. Como se dice más arriba,
la actuación política persigue la conquista del poder.
En la democracia parlamentaria eso se efectúa, entre
otras cosas, mediante el lenguaje. En los últimos
decenios se ha hecho más política con las palabras que
con la acción.
 
Hoy día, cuando se acumulan las malas noticias, la
política no puede renunciar al lenguaje embellecedor y
enmascarador. Un buen político no sólo tiene que ser
un buen orador sino también un vendedor que domine el
arte del reclamo, de la persuasión, de la publicidad
comercial. Los conceptos políticos los crean, a cambio
de mucho dinero, las empresas publicitarias y de
relaciones públicas.
 
¿Penetra el ciudadano de a pie los eufemismos del
lenguaje político? La creciente abstención a la hora
de votar, como en el caso de la Constitución Europea,
parece indicar el hastío de los ciudadanos, su
desideologizació n, el pasotismo de los jóvenes. Pero
hay que tener cuidado con los juicios rápidos. Porque,
con frecuencia, no es que los ciudadanos pasen de la
política, sino que están hartos de falsas palabras y
de promesas incumplidas. Ya no estamos acostumbrados a
pensar en grandes conceptos, en realidades
abarcadoras. Por eso es fácil sucumbir a las mentiras.
 
En un clarividente ensayo de 1946, George Orwell
afirmaba que el lenguaje político está diseñado para
que las mentiras parezcan verdades, el asesinato una
acción respetable y para dar al viento apariencia de
solidez. [5] Refiriéndose al inglés de entonces decía
que la mezcla de vaguedad e incompetencia era su
característica más destacada, especialmente en los
escritos políticos. La prensa consiste cada vez menos
en palabras elegidas por su significado y más en
frases hilvanadas como secciones de gallineros. [6]
 
Cuando el ambiente general es malo también lo es el
lenguaje. Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje,
éste también puede corromper aquél. Cuanto mayor sea
el control del Estado sobre el lenguaje que oiga y las
imágenes que vea una población tanto más fácil será
desarrollar el consenso “democrático”.
 
La lección que se puede aprender del nazismo es que la
gente muy “civilizada” como el pueblo alemán se
convierte en asesinos potenciales si se les convence
de la “justicia” o “necesidad” de sus acciones.
 
Quien hace uso inapropiado de las palabras como
instrumentos de afirmación y perversión, abusa de una
debilidad esencial del ser humano. Toda persona tiende
a la credibilidad de los conceptos, se aferra a
determinados conceptos, sobre todo a los que apelan a
sus esperanzas, nostalgias y sentimientos.
Los estrategas políticos y demagogos dan tantas
vueltas a una misma palabra que puede utilizarse según
se necesite, adaptarse a cualquier contexto. Paz,
distensión, solidaridad.
 
El presidente Gerald Ford estaba tan harto de la
confusión de conceptos que dijo: “Ya no empleo el
término distensión. No es más que una palabra que se
acuñó una vez y no creo que sea ya aplicable”.

[1] Cf. Pross, Harry: Lob der Anarchie, Berlín 2004,
p. 95.
[2] Pross, Harry, ibidem, p. 21.
[3] Cf. Klaus, Georg: Moderne Logik, Berlín 1964, p.
64.
[4] Cf. Prakke, Henk et alt.: Kommunikation der
Gesellschaft, Münster 1968, p. 89.
[5] Cf. Orwell, G.: “Politics and the English
Language”, Horizont, abril 1946, incluído en: The
Collected Essays, Journalism and Letters of G. Orwell,
vol. IV (1945-1950), Secker & Warburg, Londres 1968,
pp. 127.140
[6] Ibidem.

Vicente Romano es catedrático jubilado de Comunicación
Audiovisual de la Universidad de Sevilla. Es miembro
de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la
diversidad lingüística.


	

	
		
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