[R-P] ¿La hora de los no políticos ?

Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar en gmail.com
Sab Dic 29 14:22:20 MST 2007


Notable reflexión política de un hombre de La Nación, sobre los no políticos 
metidos a políticos, o consejos para que la oposición deje de hacer el 
ridículo.

Julio Fernández Baraibar
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¿La hora de los no políticos ?
Por Jorge Fernández Díaz
De la Redacción de LA NACIÓN

Prensa Alternativa Diario Mar de Ajó (el diarito) Prensa Popular

Un gerente piensa que el arte y la política pueden gerenciarse. Así como un 
editor piensa que hasta cierto punto la vida puede editarse como un diario o
 un noticiero de televisión. Un viejo editor me dijo alguna vez: "El 
matrimonio es una larga crisis que se administra. Por más que estemos en el 
peor momento, un beso antes de dormirse, un beso al despertar y un ramo de 
flores los domingos. Si usted sabe editar la realidad, puede también editar 
su matrimonio". Se refería a la posibilidad de manejar los tiempos y las 
cosas, desechando lo inconveniente y resaltando lo necesario.

Ojalá fuera cierto, pero la verdad es que nadie puede editar la vida, y que 
es infinitamente difícil gerenciar una pasión. Se la puede administrar, no 
voy a negarlo. Se pueden hacer negocios editoriales y pictóricos, pero esas 
operaciones del mercado nada tienen que ver con gerenciar el arte, que está 
hecho de la materia de los sueños y que es, por lo tanto, ingobernable.

No digo que la política sea asimilable a la literatura o a la pintura, pero 
les aseguro que también es un arte mayor y que su praxis necesita una 
vocación tan profunda y absorbente como la que se autoimpone cualquier 
artista verdadero.

En veinticinco años de periodismo no he conocido a un solo dirigente de 
primer nivel que no fuera un animal político. Un hombre sin tiempos libres, 
un enfermo de la materia que domina. Como esos cracks futbolísticos que al 
evocar su infancia solamente se recuerdan jugando a la pelota, día y noche, 
con una de cuero, con un bollo de papel o con una chapita, obsesionados 
gozosamente por desarrollar su vocación profunda. O como esos adolescentes 
que, abstraídos, se olvidaban de comer, de estudiar y hasta de dormir 
tocando como posesos la guitarra o el piano, o dibujando o escribiendo en 
cuadernos o en reveses de facturas contables. Las vocaciones volcánicas 
borran al hombre del mundo, ponen en suspenso a sus familias y a las 
necesidades mundanas, y, como todo acto de amor torrencial, son un acto de 
obsesión. Nadie llega a la primera fila de las butacas sin ese fuego 
sagrado.

Comparar la política real con la política corporativa de las empresas es, 
por lo tanto, un malentendido amargo. La política, por más gurúes y 
politicólogos que valgan, resiste las reglas del management ortodoxo y de la 
ciencia pura. En el mundo de los negocios, uno más uno es dos. En política, 
como todo el mundo sabe, no necesariamente dos más dos son cuatro.

Toda esta introducción viene a cuento de un hecho indiscutible: la actual 
oposición tiene entre sus filas a muchos hombres de empresa. Muchachos por 
lo general bienintencionados que se han pasado, no hace mucho, a la política 
creyendo que ésta sólo necesita buenos gestores.

Los no políticos son hombres de ideología pasteurizada, que igualmente 
merodean las posiciones de "centro" y el libre mercado, y que han comenzado 
a meterse en el barro de la historia.

A unos, los resultados electorales de octubre los dejaron nocaut. A otros, 
los pusieron muy nerviosos: deben realizar ahora lo que prometieron en la 
campaña. Sólo a Elisa Carrió, para la cual hubiera sido una tragedia ganar y 
tener que hacerse cargo del barco, abandonando los cómodos camarotes de la 
indignación, este período de cristinismo se le presenta plácido y apetitoso. 
Los demás, incluso los nuevos referentes de ARI, tienen en la boca el 
regusto agrio de la decepción y del miedo. No lo dirán nunca en público, 
pero así están los opositores políticos en la Argentina de hoy.

Se sienten, en el fondo de sus corazones, injustamente derrotados por 
"políticos mediocres" y "burócratas clientelísticos". Ellos, los príncipes 
de la nueva política, eficientes y limpios, pasaron por la universidad y 
conocen el mundo: son muy viajados. "¿Cómo puede ser que nos derroten estos 
políticos de cabotaje, estos impresentables de siempre?", se preguntan.

Algunos de estos gerentes de la nueva política duermen con la valija cerrada 
al lado de la cama. Están siempre listos para volver al sector privado 
rumiando una queja: "Soy demasiado bueno y honesto para la política".

Olvidan que los verdaderos militantes políticos no tienen dónde volver, 
porque pertenecen, en cuerpo y alma, a la lucha política. Porque no podrían 
hacer otra cosa, porque nacieron para eso, porque quemaron las naves. Un 
gerente es demasiado cerebral y tiene demasiado "sentido común" para 
quemarlas.

Un militante se mide no por cómo reacciona ante una victoria, sino por cómo 
se recupera de las derrotas. ¿Se recuperarán estos muchachos o tomarán la 
valija y volverán, sanos y salvos, a casita?

Necesitan un examen profundo para entender lo que les ocurre. Son amateurs 
jugando a ser profesionales. No dominan del todo la materia y, en el fondo, 
la desprecian un poco. Toda la nueva oposición está llena de estos 
personajes tiernitos y bienintencionados: aves de paso queriendo comerse 
crudas a las fieras.

No se le puede enseñar política a un negado, así como no se le puede enseñar 
música a quien no tiene oído. Entender la política, entenderla de verdad, es 
un don: se tiene o no se tiene. Es un saber que no se adquiere en los libros 
ni en los claustros. Se adquiere en la calle y con las entrañas.

Pero el ser humano desarrolla las habilidades que necesita, de manera que no 
todo está perdido. La nueva oposición está llena de sordos y zoquetes. Hay 
muy pocos afinados y casi ningún oído absoluto. Pero tiempo al tiempo.

Luego, por supuesto, está todo ese asunto de los personalismos. En la 
Argentina, todo gira en torno de tres o cuatro dirigentes que lucen bien en 
los programas del cable, que suelen ser bastante autoritarios dentro de sus 
propios partidos y que no saben adónde van. Quiero decir, parecen poseer 
grandes convicciones y son buenos "tribuneros" (no deberían quejarse tanto 
del atril, porque ellos lo llevan incorporado), pero carecen de paciencia y 
flexibilidad para armar partidos políticos consistentes, con alas izquierdas 
y derechas, con democracia interna y participación.

Descaradamente personalistas, un día tienen tres millones de votos y otro 
día no tienen nada. Poseen una extraña alergia, que les contagiaron los 
encuestadores y la "opinión pública" más ramplona de los contestadores 
automáticos de las radios, que consiste en creer que toda alianza es la 
Alianza, o sea, un rejunte invertebrado e incoherente que fracasa 
gobernando. Y también que todo pacto político es el Pacto de Olivos, es 
decir, un contubernio para repartir favores.

Pero hagamos nombres propios: si Carrió y Ricardo López Murphy hubieran 
entendido de verdad la política, habrían recreado el espacio histórico 
electoral de la Unión Cívica Radical. Pero como no la entienden, terminaron 
en esta nada insípida, inodora e incolora, oposición para la gilada 
televisiva, que no puede juntar porotos y que no logrará ponerle freno a la 
hegemonía.

La Alianza era una bolsa de voluntades dispersas y el Pacto de Olivos era un 
contubernio, pero el peronismo es una bolsa del mismo estilo, aunque 
verticalista cuando se juega en serio, y el Pacto de la Moncloa era, al fin 
y al cabo, un acuerdo político, aunque con buena prensa.

Algo tiene para enseñarle el oficialismo a la oposición. Para empezar, su 
voluntad de poder. El peronismo no tiene un puñadito de dirigentes 
destacados: tiene cien candidatos potables en las gateras, con ganas de 
comerse la cancha. No es dogmático y principista: acoge en su seno a hombres 
ubicados en las antípodas ideológicas, aunque dispuestos, por las buenas o 
por las malas, a aguardar su turno y a trabajar coordinadamente cuando la 
tormenta arrecia y cuando el que manda tiene claro el horizonte y buena 
sintonía con la mayoría electoral. Casi nadie, por cuestiones del pasado, 
queda fuera del colectivo, y nadie se rasga las vestiduras por hacerse amigo 
de un enemigo de antes, o por codearse con un dirigente que piensa el país 
desde la otra orilla.

El radicalismo posmoderno tuvo estómago delicado, y así lo pagó. No pudo 
tolerar las diferencias internas y expulsó de sus filas a los opuestos, que 
a su vez se transformaron en estómagos delicados incapaces de digerir las 
mínimas discrepancias. Y así hasta el infinito. Es decir, hasta la 
atomización y la anécdota. Como la izquierda argentina, una diáspora 
interminable y minoritaria con dirigentes inflexibles que se pelean por 
palabras vacías.

Sin dominar la materia, sin vocación ni visión política, sin sentido común, 
sin pragmatismo y sin humildad, sin capacidad para acordar lo mínimo ni para 
construir una idea, la oposición se juega en una comuna, es decir, en una 
baldosa.

Hasta Néstor Kirchner está decepcionado de la oposición. Admite, a 
regañadientes, que ninguna democracia exitosa económica e institucionalmente 
prospera con partido único y sin alternancias ni bipartidismo. Sabe que, si 
no evoluciona por afuera, una oposición de centroderecha surgirá tarde o 
temprano del propio peronismo y que sobrevendrán como siempre la crueldad, 
el destripamiento, la lucha sin cuartel y la amnistía y, al final, la 
cohesión. La guerra peronista hace temblar a los peronistas que detentan el 
poder, porque saben que del otro lado no hay muchachos testimoniales con la 
valija armada al lado de la cama, sino políticos con hambre que quieren 
cambiar la historia.

Sólo se cambia la historia con ese apetito insaciable, con esa pasión que un 
frío gerente no puede gerenciar. Tal vez ni siquiera pueda comprender.

La nueva política no puede madurar en manos de los no políticos. 




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