[R-P] [CUPV] Por qué Santander envenenó a Bolívar

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Jue Dic 27 17:23:20 MST 2007


Por qué Santander envenenó a Bolívar 
Por: José Sant Roz 
Fecha de publicación: 27/12/07   
    
No hubo un pensador que definiera de manera más
contundente y definitiva el carácter de Francisco de
Paula Santander que Miguel Peña; en abril de 1828, le
presentó unos perfiles del personaje a Bolívar, que
son de una asombrosa clarividencia y profundidad,
“¿Sabe usted cuál es en mi concepto, la verdadera
cuestión que se discute en el día? Los efectos del
odio y rivalidad que Santander profesa a Usted, es a
Usted a quien él dirige ahora sus tiros para sacarle
de la escena, y a mi parecer Usted rechaza sus golpes
con un desdén generoso que conviene poco con un
enemigo ambicioso, cruel y cuyo carácter lo forman la
codicia y la venganza. Santander no perdona medio para
desacreditarlo a Usted dentro y fuera de Colombia; se
ha valido de la calumnia porque no halla en la
conducta de Usted acciones que censurar; la corona que
él le atribuye, y que es obra exclusiva de su
imaginación, es la misma que el senado romano y los
enemigos del ilustre Tiberio Graco le atribuyeron
cuando se puso las manos en la cabeza para pedir
auxilio contra el inminente peligro que amenazaba su
vida...Y Usted oyendo los gritos de la justicia, ha
levantado su voz y su mano contra la corrupción y los
vicios que han degradado nuestra patria, y Santander
que los había entronizado y protegido por su propio
provecho, ha recurrido a la corona de Tiberio para
inflamar los pueblos contra Usted, pero en realidad
para continuar su dominación con el título plausible
de defensor de las libertades públicas... Santander es
enemigo muy temible; todas las arterías de Maquiavelo
están en su cabeza y todos los crímenes de la edad
media están en su corazón.”

Todos los procedimientos de los Borgias por su
conocida afición a brebajes y venenos, utilizados para
obtener poder y librarse de quienes se interpusieran
en sus designios, sugiere Peña, estaban en el alma de
Santander.

Existen ocho emblemáticos personajes, enemigos de
Francisco de Paula Santander, que murieron de manera
muy misteriosa (fusilados, emboscados o envenenados),
casi todos sorpresivamente: 

1- El General y Precursor Antonio Nariño (traductor
del francés de la "Declaración de los Derechos del
Hombre y del Ciudadano". Fue también Presidente de
Cundinamarca, y lo más grave, le disputó en 1821 a
Santander, la Vicepresidencia de la Gran Colombia.
Haremos un estudio sobre su extraña muerte.

2- El General José Antonio Anzoátegui, quien muere a
los 30 años, en Pamplona, de manera súbita, y quien le
quitó a Santander todos los laureles en la Batalla de
Boyacá, la única batalla memorable en la que éste
participó.  

3- El coronel Leonardo Infante, afrodescendiente,
valiente y una de las mejores lanzas llaneras. Decían
de él, que “no veían en la ciudad sus increíbles
hazañas, sino sus desordenados apetitos. Burlaba a
uno, ponía espanto al otro, reía de todos, codiciaba a
casadas, pagaba a celestinas y vivía en poblado con
aquel desembarazo primitivo, brusco donaire y altivez
salvaje de llanero”. El odio de Santander contra
Infante provenía del conocimiento que éste tenía de
sus debilidades como militar durante la campaña que
tuvo como fin la Batalla de Boyacá. Como ya hemos
dicho, se cuenta que en pleno ardor de la batalla,
Santander bajó y se ocultó en un puente que había en
el lugar. Hasta allá fue Infante y tal vez por
petulancia quiso hacerle sentir su superioridad y,
tomándole por la solapa le gritó: “¡Ven y gánate como
nosotros, las charreteras!” La molestia de Franciscote
Paula contra Infante se inflaba al verlo usar
lujosísimos uniformes, “sombrero de gala, y sable
soñador”; es bien sabido que el Vicepresidente sentía
aversión hacia los afrodescendientes y más todavía si
era llanero venezolano. Se quiso convertir este caso
en ejemplo de resolución y de lo que era capaz el
gobierno civil ante un crimen que debía castigarse sin
contemplaciones y de manera ejemplar, y fue fusilado.
Esto preludiaba otras sentencias dictaminadas en tan
breve tiempo, y en la mira del tinglado estaba el
belicoso Páez.

4- Antonio José  de Sucre. El 30 de enero de 1827, le
escribe Santander a Bolívar: “Son muy pocos los
venezolanos que no me detestan de muerte, quién sabe
por qué; el colmo de esta gratuita detestación lo he
visto en el general (Bartolomé) Salom, que parecía
impecable”. Era que Salom se había penetrado de las
calumnias que Santander soplaba contra Sucre. (Quedaba
a las claras para muchos patriotas que las acusaciones
contra Páez, eran un mero capricho de la elite
“liberal” de Bogotá). Es por ello por lo que, viéndose
descubierto en sus intenciones, inmediatamente (el 19
de febrero de 1827) escribe al Libertador
prometiéndole redactar un brillante artículo a favor
de Sucre, “a quien lejos de aborrecer o envidiar, como
dictamina el justo General Salom —lo de justo es una
indirecta venenosa contra el Libertador, que así lo
llamaba-, aprecio y venero en muy alto grado”.
Totalmente falso, Santander jamás, entre 1830 y 1840
cuando él muere, jamás recordó la gesta de Sucre ni
tuvo un minuto de consideración para su inmensa obra
(idéntico en esto a Páez). Incluso, apoyó al Congreso
que en 1832, declaró OLVIDADO el Crimen de Berruecos.
Más aún, protegió con férrea locura, como a su propia
vida, a quienes le asesinaron: los generales José
Hilario López y José María Obando. Los círculos
herméticos que se formaron en Bogotá para matar a
Sucre, todos eran dirigidos por íntimos y fervorosos
seguidores de Santander, de modo que es evidente que
esa orden emanó de él.  El noble de Sucre en aquellos
días le escribía a Santander desde Chuquisaca: “El
Libertador me escribe desde Neiva muy disgustado de
las diversas opiniones que se presentaban en los
Departamentos. Creo que tampoco debería estar contento
de varios papeles de Bogotá, que aunque,
indirectamente, lo han zaherido de un modo duro e
injusto. La ingratitud es el peor de los vicios, y
cuando se ejerce por puro placer aumenta sus grados de
maldad”. Esto por supuesto ofendía a Santander, por
ver en Sucre otro serio enemigo de sus ambiciones. Él
coincidía con el general Santa Cruz, en que: “Hay que
ponerse muy en guardia con Sucre, con quien toda
desconfianza y prudencia no es bastante. Es preciso,
precavernos con mil ojos con él, siempre franco y
siempre justo.” Nos detenemos un instante ante esta
afirmación monstruosa de Santa Cruz y no puede, uno
sino pensar que ya a Sucre le habían declarado su
muerte, (desde el momento en que aquellos bárbaros
supieron que era generoso, valiente y tolerante).

Cuando en 1827, Santander apoya la sublevación del
granadino José Bustamante contra Bolívar, en el Perú,
Sucreescribía en agosto al Libertador:  “No sabe
Santander cuánto daño ha hecho a la República
aprobando la insurrección de Bustamante; de todos los
errores de su administración, éste es el mayor, y si
los otros pueden justificarse como buena intención,
éste le manchará su nombre. Poco tiempo pasará para
experimentar cuánto va a sufrirse en el Sur, por esta
aprobación de un amotinamiento militar… A fuerza de la
estimación que tiene la división se le ha preservado
de contagiarse. No tiene Usted idea de la multitud de
papeles que le mandan de Bogotá para inducirle a la
rebelión: no sé lo que proponen más que dar escándalo
o servir a la Santa Alianza, desmoralizando los
mejores cuerpos de Colombia”.[1]

5- El general José Sardá, español, de Navarra, quien
había servido en las fuerzas de Napoleón en Italia.
Cuando José Bonaparte fue proclamado rey de España,
Sardá regresó a su país para enfrentar a los
franceses. Estuvo preso en Francia, participó más
tarde en la campaña napoleónica en Rusia, y caído en
desgracia el famoso corso, se refugió en Inglaterra.
Aburrido de una vida sin destino decidió venir al
Nuevo Mundo; se unió a una expedición, junto con otros
españoles para luchar por la independencia de México,
y luego por la independencia de la Nueva Granada.
Acusado por Santander de conspirador, le mandó a
matar, y lo hizo de manera cruel, en octubre de 1834. 

6- El general Mariano París, también acusado de
conspirar contra Santander: El día 28 de julio, con
aire canallesco, partió de Bogotá el capitán Calle
Suárez para dar ejemplo de cómo se castigaba a un
faccioso. Es detenido Mariano París, y de inmediato se
hacen los preparativos para trasladarlo a la capital;
lo llevan rodeado de guardias y pasan por la venta La
Fiscala, al avistarla, don Mariano pica espuelas y se
da a la fuga. De aquí en adelante las distintas
versiones tratan de justificar cómo se captura a un
muerto. Un tal cabo Tomás Muñoz consigue darle un tiro
por la espalda; luego el sargento Eusebio Velásquez lo
remata con un perdigón. Cuando se acercan al cuerpo y
lo notan todavía convulso, el capitán Calle, para que
“no penara”, lo remató de un tiro por la cabeza.

 

El infeliz fue echado sobre una bestia y como “res
muerta” y ensangrentada, lo presentaron por algunas
céntricas calles de Bogotá. Avanzaba aquel cadáver por
entre las calles concurridas, y lo pasaron también por
la propia casa de la familia París. Era hasta el
momento el trofeo más contundente de la lucha que
estaba dando el gobierno contra el atraso, la
violación de los derechos humanos y la entronización
de esas injusticias, del calibre de las que padeció su
mayor representante cuando estuvo aherrojado en las
fortalezas de Bocachica. Santander, que había vuelto
de su destierro conmovido por lo implacable que eran
los gobiernos civilizados ante estos execrables
procedimientos, nada hizo contra la acción de Calle
Suárez y su gente. Nunca pudo probarse que ciertamente
don Mariano París estuviera envuelto en la llamada
conspiración de Sardá.[2]  

7- El botánico e intelectual Francisco Antonio Zea,
quien presidió el Congreso de Angostura y fue
Vicepresidente de la Gran Colombia en el Departamento
de Venezuela. Se opuso severamente al fusilamiento por
parte de Santander del general Barreiro y de los
treinta y nueve oficiales españoles que cayeron
prisioneros en la Batalla de Boyacá. Sale en comisión
a Europa y al poco tiempo, a los 52 años, muere en
Inglaterra. Fue agriamente atacado por Santander.

8- Y por último, el acoso que Santander mantuvo de
manera despiadada y sin cuartel contra el Libertador
Simón Bolívar, a quien todo el mundo suponía en buen
estado de salud, en 1830 cuando deja la capital. A tal
tan punto esto es cierto, que todas las cartas de
Rafael Urdaneta (y demás amigos que le escriben a
Bolívar desde Bogotá), en todo momento, lo considera
con suficientes fuerzas como para que regrese y asuma
nuevamente la Presidencia. En el camino a Cartagena
pudo haber sido envenado por los hombres que le
preparaban la comida. Hay que recordar que al llegar a
Cartagena se siente muy mal del estómago y desea tomar
un botecito e internarse en el mar para ver si
consigue marearse y expulsar la bilis revuelta que
lleva en el organismo, que lo fastidia horriblemente.
Era un método que se usaba entonces. Puede verse la
copiosa correspondencia de esta época, y seguir tramo
a tramo todas las inmensas ideas y proyectos que le
embargaban, de lo cual se puede deducir que en
absoluto cuando partió de Bogotá se encontraba
tuberculoso (por lo menos). Téngase en cuenta que casi
todos los atentados que se urdieron contra Bolívar
para eliminarlo a partir de 1828, los llegó a conocer
Santander. El más grave, el del 25 de septiembre, como
se sabe, lo supo en detalle y sin embargo lo dejó
correr. 

LAS ARTERÍAS MAQUIAVÉLICAS DEL VICEPRESIDENTE
SANTANDER.

En 1823, Santander se muestra enemigo de la Federación
tan sólo porque él es el eje del gobierno central y
porque Nariño y algunos venezolanos la sugieren este
sistema como la mejor forma de gobierno. Al mismo
tiempo ataca a Zea, otro prócer granadino. Santander
-obcecadamente ambicioso- se propone destruirlos (a
Zea y a Nariño) porque sabe que la vicepresidencia es
forzosamente cargo para los granadinos más sabios y
distinguidos. Siendo Bolívar Presidente de la
República y procurando éste la creación de la Gran
Colombia -aunque había venezolanos de altas luces como
Pedro Briceño Méndez, Mariano Montilla, Rafael
Urdaneta, Miguel Peña, Carlos Soublette y el propio
Sucre-, no podía, por elementales razones de política,
dejar todos los altos cargos en manos de sus paisanos.

¡Qué afortunado Santander, que nació en el Rosario de
Cúcuta, a pocos kilómetros de la frontera con
Venezuela! Sólo ese hecho, ese azar, forjó su ambición
y todo su destino político. De otro modo -ya que sus
triunfos eran básicamente militares- en Venezuela
habría estado por debajo de Páez, Mariño, Bermúdez,
Arizmendi, Soublette, Urdaneta.

Los ataques de Santander a Zea y Nariño llegan casi al
frenesí, a una obstinación enervante. Bolívar no
sospecha que detrás de ese carácter legalista y
sutilmente venenoso del vicepresidente, se encuentra
su propia ruina moral, la anarquía y la catástrofe de
Colombia. Algunos se lo advierten, pero el Libertador
no es hombre de habladurías. No puede creer que Zea se
muestre como un personaje de dudoso patriotismo, como
se lo pinta el Vice, y que Nariño, un intrigante y un
canalla que no hace más que instigar al caos o a la
federación; que es un viejo ambicioso y pervertido.

Santander, pretendiendo defender al presidente de los
cargos que él mismo inventa, no busca otro motivo que
limpiar el camino de quienes le puedan cerrar el paso
hacia la gloria definitiva que es coronarse jefe
máximo de la República aunque sea en un pedazo de su
propia tierra granadina. Nariño -que hacía poco le
había disputado la vicepresidencia- por sus dotes de
patriota y su resplandeciente pasado político, era
enemigo nato de sus pretensiones. Zea, por su parte,
había cometido el inexcusable error de criticarle
públicamente el fusilamiento de los treinta y nueve
oficiales españoles tomados en Boyacá.

La frecuencia con que Santander se queja de estos dos
granadinos alarma y preocupa al Libertador, porque lo
hace directamente, a través de la prensa, por anónimos
y con la ayuda de diputados inescrupulosos como lo son
Francisco Soto y Vicente Azuero. Y finalmente sus
ataques parecen darle buenos frutos, porque comienza a
aparecer entre sus connaturales del Congreso como el
posible sucesor político del Libertador. Comprende por
primera vez que los Azueros y Sotos son los secuaces
ideales para su ambición. ¡Con estos hombrecitos
Santander haría su partido, su República!

No se comprende -en su amor a las glorias del
Libertador- ese modo agresivo y obcecado que despliega
Santander contra Nariño. Estaba el pobre Nariño
desesperado, cansado de insultos y calumnias;
decepcionado de los sacrificios hechos a la patria, de
sus cicatrices, de sus canas, de sus desvelos. No hay
un lugar de paz para sus huesos, ni ningún respeto
para su pasado. Bolívar no ha tenido tiempo para
aconsejarlo, para atenderle, y el Vicepresidente
-temiendo que no muera lo más pronto posible- no le
busca una posición donde él pueda desplegar sus
talentos políticos o militares. Se encuentra Nariño
incomunicado y ofendido por el chismorreo, por los
habladores de pasillo, que en aquellos días se
concentraban en Bogotá. Y el centro de las habladurías
sangrantes las coordinaba el propio Vice, quien las
transmitía al Libertador. Bolívar contemplaba con
pavor aquellas miserias, donde no veía otra final que
el de su propio infierno, la maldición desintegradota
de los partidos que acabaría con América. Fue una de
las razones por la que siempre despreció las oficinas
de gobierno. Allí no había más que intrigas,
corrupción y petulancia.

Viendo el Libertador que la campana contra Nariño -con
todos los aperos de las más rudas acusaciones- está
basada en una supuesta defensa de su propia
reputación, se dispone a parar el trote. Recapacita
sobre su anterior conducta y trata de llamar a la
cordura al Vicepresidente. Fastidiado, por tener que
hablar de mezquindades y rabietas pueriles, le escribe
a Santander: “No he leído ni encontrado los papeles
insultantes -se refiere a los que el Vicepresidente
dice que Nariño escribe contra él- de que usted hace
mención; tampoco he leído los números del Patriota del
13 en adelante. Lo único que puedo decir a usted es
que, en el caso que usted está, debe mostrar
moderación y generosidad de principios. Rousseau decía
que las almas quisquillosas y vengativas eran débiles
y miserables y que la elevación del espíritu se
mostraba por el desprecio de las cosas mezquinas. Yo
he ganado muchos amigos por haber sido generoso con
ellos, y este ejemplo puede servir de regla. Si esos
señores son justos, apreciarán los talentos y los
servicios de usted, y si no lo son, no merece que
usted se mate por ellos... Recorro muy velozmente la
comparación que usted hace de Nariño y yo; ya esto es
llegar a las manos, y ya también es tiempo de ir
parando el trote del caballo por una y otra parte.”

Insiste el Libertador en sus consejos y le dice que
trate de ganarse a todo el mundo, para que haya
quietud y fuerza; de otro modo -le advierte- “no habrá
sino disensiones, contradicciones y penas, y después
flaqueza y más flaqueza de ánimo y de medios.”

¿Pero qué hace Santander ante estos consejos?
Realmente no comprende o no quiere comprender el alma
grande del Libertador. Se queda siempre en los huesos
raquíticos de las palabras, en las formulaciones
legalistas de las ideas, en la testarudez de sus
abstracciones. Responde a Bolívar con un prurito y una
afectación odiosa, profundamente amanerada: “Por mi
parte jamás le diré (a Nariño) ni indirecta ni nada
que pueda ofenderle -pero aclarando-, mientras su
Señoría no me toque.” 

El propio Bolívar había dicho una vez que luchar
contra los elementos de partido era como luchar contra
lo imposible. “Yo no puedo -decía- luchar contra la
naturaleza de esta tierra ni variar el carácter de los
hombres débiles.”

Así pues, que comprendiendo Bolívar que el odio de
Santander a Nariño era enfermizo, no podía él
identificarse con sus quejas personales; le aconseja
moderación, que domine su carácter. Que no le conviene
-le dice- que siga escribiendo panfletos y anónimos,
porque eso no es propio de uno de los primeros
magistrados de la República. Al mismo tiempo el
Libertador se siente adolorido y hasta culpable por la
situación moral de Nariño, quien recientemente le
había escrito diciéndole que quería irse de Colombia o
llegarse hasta él, en Guayaquil. Aquella carta debió
haber impresionado mucho a Bolívar, porque Nariño
vivía una resignación angustiosa y humillante; era que
se moría -porque estaba enfermo en una cama- sin
gloria, hundido en la ingratitud de sus compatriotas y
abandonado de la patria que tantos servicios le debía.
Horrenda pudo haber sido la visión que entonces tuvo
Bolívar de su propio destino. La canalla que le
rodeaba le reservaba, a él, el mismo fin.

Luego de aquella imploración le responde el Libertador
que quiere verle y ayudarle, para sacarle del
laberinto de la capital. Al mismo tiempo -con
remordimiento de culpa por haberlo atacado (a Nariño),
tal vez injustamente e influenciado por Santander- le
escribe al Vicepresidente las siguientes líneas:
“Nadie puede hablar de sí sin degradar de algún modo
su mérito (era muy propio de Santander alabarse en
demasía cuando atacaba a sus enemigos). Es tan fuera
de propósito el que el primer magistrado sea redactor
de un papelucho, que no puede imaginarse el mal que se
hace.” Le pide que no siga utilizando ese
procedimiento aunque sea para defender a Colombia o
aterrar a sus enemigos, porque ese sistema, aunque
produce bienes, hace odiosos a sus creadores. Le
asegura que muchas cosas son útiles y los que lo
ejecutan quedan para siempre aborrecidos, desahuciados
de sí mismos y de la sociedad.

Nariño no tuvo tiempo de ver al Libertador y murió
repentinamente en un abandono parecido al que habría
de sufrir el padre de la Patria y tantos otros
forjadores de nuestra libertad. Unos historiados como
José María Samper dice que se suicidó, pero lo más
seguro fue que lo envenenaron.

En nuestra revolución de independencia pudieron más
los materialistas habilidosos que los verdaderos
principios republicanos. Por la ineptitud moral de
Santander para comprender las enseñanzas del
Libertador se ve que no era más que un simple
individuo de partido, un administrador de bufete,
plagado de ideas terrestres, vanidades y deseos de
figuración. Nunca siguió uno sólo de los consejos del
Libertador -lo que prueba que era bastante cínico,
además de hipócrita-, porque siguió en su manía de
escribir anónimos contra sus enemigos desde la
Vicepresidencia. Más tarde como Presidente haría lo
mismo y su estilo insultante y ofensivo fue su diario
laborar hasta la muerte. No aceptaba la menor réplica
ni contrariedad de aquéllos que eran sus subalternos,
y una agria polémica con un general granadino lo llevó
prematuramente a la tumba. Jamás se retractó de una
sola de sus acciones, aunque ellas hubiesen destrozado
para siempre a Colombia.

Cuando Bolívar llegaba moribundo en Santa Marta,
Santander libaba el vino de su venganza en Europa.
Finalmente Colombia se escindía: por un lado Pedro
Briceño Méndez, Mariano Montilla, Juan Francisco,
Revenga, Castillo y otros pocos pretendían revivir el
país a la cabeza de Urdaneta; del otro lado estaban
los liberales apoyados por Soto y Azuero secundados
por Páez, Mariño, Miguel Peña y Leocadio Guzmán en
Venezuela. Los indiferentes eran la gran mayoría;
algunos desintegraban al país, incluso de buena fe,
obnubilados con un nacionalismo de pequeño alcance y
confundidos con una falsa ilusión de bien.

Más pudo en aquella revolución la necesidad del mero
sobrevivir a costa de lo que fuese, que todas las
ideas grandiosas de la unión colombiana, de la gran
confederación latinoamericana y de todos los
principios morales y humanos que propugnaba el
Libertador. Triunfó un Páez que, después de la
independencia, luchó sólo para conservar sus haciendas
y su poder. Triunfaron un Santander y los asesinos de
Sucre, José Hilario López (también presidente) y José
María Obando (tres veces presidente de la Nueva
Granada). 

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[1] General O’Leary, Memorias.

[2] Incluso, se supuso que aprovechándose la gran
confusión reinante en el país, don Mariano París pudo
haber sido víctima de una venganza. Al menos así se
desprende de una carta de su hermano, el general
Joaquín París, en la que le dice a Santander que
creerá siempre que el asesinato de Mariano haya sido
“decretado por algún Magistrado de segundo orden,
desde que se supo permanecía tranquilo, y se mandó un
oficial escogido que se prestó a hacer un servicio
semejante; y si no fuera así, mi General, ¿no era
responsable de su proceder? ¿No era responsable de la
vida de un preso que halló desarmado y pudo conducir
con toda seguridad? En fin, si este hombre hubiera
procedido por su propio antojo, no puedo persuadirme
que quedara sin castigo bajo un régimen legal”. Véase
Archivo Santander, Tomo XX, pp. 165, 166.

jrodri en ula.ve

 
 



"Me entregaré a Tí confiada... Confiada de que no me respetes, de que abuses de mí a cada instante. Explores mis carnes. Te adueñes de ellas. Sin advertencia alguna penetres. Sin piedad me dejes. Me entregaré a Ti confiada de que me harás sufrir de ganas, de desearte hasta el alma, tus jugos correrán por mi rostro, los míos bañarán la cama, que tus manos desgarren mis nalgas y mis labios no existirán mañana."



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