[R-P] La última novela del viejo espía británico
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Mie Dic 26 20:13:21 MST 2007
La última novela del viejo espía británico
Por Julio Fernández Baraibar
La historia de los latinoamericanos ha sido y es dura, nuestra resistencia
al imperialismo, a las oligarquías locales, a la fragmentación y a la
dominación extranjera ha sufrido todo tipo de crímenes, saqueos, violaciones
y genocidios. Pero la historia del África subsahariana de los últimos
cuarenta años es el catálogo más completo de la ferocidad, la crueldad, la
ambición sin límites y la total inhumanidad del colonialismo europeo y de su
sucesor, el imperialismo de todas las nacionalidades o, si se quiere, de
ninguna.
La reflexión viene a cuento de la impresión que me ha dejado la lectura de
la novela "La Canción de los Misioneros" (Plaza Janés - Sudamericana (2007),
la última del viejo maestro del género de espionaje, el británico -¿qué,
sino británico puede ser el maestro del espionaje?- John Le Carré.
La caída del Muro de Berlín puso fin a su saga de Smiley, con su
anticomunismo tory, sus probos y cornudos funcionarios, sus rubias demasiado
apegadas al gin, sus traidores oxfordianos y homosexuales. Pero amplió la
perspectiva de sus temas hacia el amplio escenario del viejo Imperio
Británico, es decir, el mundo.
Sus tramas dejaron de ser el frío juego cerebral entre dos inteligentes
torturados, el flemático George Smiley -con el rostro exacto de Alec
Guinnes-, que lleva con dolor el estigma de una esposa infiel, y el
enigmático Karla, con la culpa sangrante de una hija disidente. Se
desentendió, por así decir, de la lucha contra el comunismo y se aventuró en
el más proceloso mundo semicolonial, en los rincones de ese Tercer Mundo
donde siempre hay un inglés- un ex misionero anglicano dipsómano acollarado
a una jovencita morena y de carnes duras- e intrigas, proyectos de golpes de
estado, invasiones o asesinatos ejecutados por el mero fin de apropiarse de
unos yacimientos de uranio, unas minas de diamante, unas cuentas off shore
en Las Caimanes o unos depósitos clandestinos de armas atómicas.
Y así, la mirada del viejo maestro ha adquirido experiencia y se ha
ampliado. Ha decidido poner bajo el amparo de su prosa a pequeñas e
insignificantes personas, por lo general no inglesas o inglesas a medias -de
la antigua Alemania Oriental, de Panamá, de Serbia o, como en este caso, del
Congo oriental, a orillas del lago Kivu.
"La Canción de los Misioneros" comienza con una cita de su célebre maestro,
el polaco Joseph Conrad, tomada de su libro que transcurre a lo largo del
río Congo, y que es la novela clásica del colonialismo europeo en el África,
"El Corazón de la Tinieblas": "La conquista de la tierra, que en esencia
consiste en arrebatársela a quienes tienen una piel distinta o la nariz un
poco más chata que la nuestra, no es un hecho agradable cuando se lo examina
con atención".
Su talento de narrador nos interna en las consecuencias destructivas de uno
de los colonialismo más infames -si hay una escala en esta infamia- de todos
los tiempos, el de la muy pacífica, mansa y tranquila Bélgica, cuyo rey y
cuyas tropas expedicionarias cometieron los más monstruosos crímenes que
pueda haber cometido el hombre blanco en un continente que fue escenario de
la desatada violencia salvaje y homicida que puede ejercer el hombre blanco,
dispuesto a arrebatarle la tierra y la riqueza a sus legítimos dueños.
Nos enteramos de la existencia de un mineral denominado coltan, acrónimo de
un misterio llamado técnicamente columbita-tantalita, imprescindible para
que los niñitos del mundo civilizado reciban su Play Station en el arbolito
de Navidad o para que Motorola, Nokia, Erikcsson y Sony inunden al mundo con
sus teléfonos celulares[1].
Nos enteramos que en el Congo Oriental, justamente a orillas del lago Kivu,
a los pies de las montañas Mulenge, se encuentra la reserva estratégica más
importante de coltan del mundo y que han sido los grisáceos montículos,
acumulados en la puerta de los yacimientos para así aumentar su precio, la
causa y financiación de las llamadas Primera y Segunda Guerra del Congo, con
el resultado de unos 3.800.000 muertos directa o indirectamente por ellas.
La novela del viejo Le Carré tiene como protagonistas los lenguajes y
dialectos que se hablan en la región de los Grandes Lagos: el suajili, la
lengua franca del centro de África, el lingala del noroeste del Congo, el
shi de los congoleses, el bembe del lago Tanganika, el kinyarwanda hablado
por los tutsis, el kinyamulengue hablado por los pastores bunyamulengues de
los montes Mulengues, al sur del lago Kivu. Y como telón de fondo el saqueo
de las riquezas minerales del oriente congolés por parte de los ruandeses
para enriquecimiento de sus putrefactos gobiernos y de los consorcios
ingleses, norteamericanos, belgas y holandeses. Sobre los sentimientos de
odio que los tutsis de Ruanda han hecho nacer en el corazón de los
pobladores del norte del lago Kivu, con sus incursiones de pillaje y
violación, ante la indiferencia de los cascos azules de las Naciones
Unidas -y el beneficio de varios miembros de su Consejo de Seguridad-sobre
la desprotección de los piadosos pastores bunyamulengues -primo hermanos de
los odiados tutsis- ante la venganza que los congoleños se toman sobre
ellos, Le Carré ha construido una novela que no transcurre en África, sino
en la neblinosa Londres y en una isla más neblinosa aún del Mar del Norte. Y
sus actores tras las sombras son los organismos de espionaje británicos, una
misteriosa empresa off shore, un aristócrata esponsor de ongs preocupadas
por el África y los miserables agentes al servicio de la civilizada Europa.
El principal protagonista es un hijo mulato ("cebra", lo llama otro africano
puro) de un misionero jesuita irlandés y de una belleza congoleña que curó
sus heridas y apagó su sed, inscripto secretamente y bajo una falsa
paternidad en el consulado inglés de Nairobi, a quien su vida en la misión
le permitió desarrollar un prodigioso y versátil conocimiento de las lenguas
bantúes, así como del inglés y el francés.
Se trata en suma del camino de este negro adaptado, criado con mimos
excesivos e ilegales por otro sacerdote jesuita, al morir su propio padre,
que encuentra en el transcurso de una semana el verdadero sentido de su
vida, el amor de una hermosa nativa de la ciudad de Goma, en el corazón de
las tinieblas.
Pero, el viejo fabulador de Poole, el anciano contador de historias de
espionaje, expone, sobre todo, el drama sin fin del gran continente cuyas
riquezas siguen siendo usufructuadas por "the burden of the white man", la
carga, la responsabilidad del hombre blanco.
Porque como ha escrito Ramiro de Altube en la página de Afrol News: "Sobre
la tumba de los 2000 niños y campesinos africanos que mueren por día en el
Congo, podemos, distraídos, seguir usando nuestros celulares".
[1] De acuerdo a lo que parecen ser propiedades fisico-químicas "mágicas",
este mineral es fundamental para las industrias de aparatos electrónicos,
centrales atómicas y espaciales, misiles balísticos, video juegos, aparatos
de diagnóstico médico no invasivos, trenes sin ruedas (magnéticos), fibra
óptica, etc. Sin embargo el 60 % de su producción se destina a la
elaboración de los condensadores y otras partes de los teléfonos celulares.
El coltan permite que uno de los sueños occidentales se haga realidad; con
él las baterías de los minicelulares de bolsillo mantienen por más tiempo su
carga, ya que los microchips de nueva generación que con él se elaboran
optimizan el consumo de corriente eléctrica. Después de ser usado en un
principio para los filamentos de las "lamparitas", luego fue reemplazado en
esta función por el más barato y accesible tugsteno, y parecía condenado al
olvido.
Sin embargo en las últimas décadas el valor volvió a preñar al coltan,
volvió a darle vivacidad, a convertirlo en mercancía. Mucho más cuando se
produjo el boom comercial de los teléfonos móviles que en número de 500.000
inundaron el mercado en el 2000. Desde unos años antes, sin embargo, el
colombio-tantalio que era extraído en Brasil, Australia y Tailandia había
empezado a escasear. La japonesa Sony, por ejemplo, tuvo que aplazar el
lanzamiento de la segunda versión del juguete preferido de los niños
occidentales, el Play Station, debido a este incordio. El gran aumento de la
demanda ha hecho establecer un mercado ilegal paralelo en el Africa central.
Afrol News: http://www.afrol.com/es/especiales/13258
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