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Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mie Dic 26 18:13:46 MST 2007


Viaje a las tinieblas 

Nadie imagina todavía la magnitud de los crímenes
atroces que cometieron los grupos paramilitares. Los
descuartizamientos de personas vivas fueron numerosos.
¿Por qué se llegó a tanta inhumanidad? 

Fecha: 12/08/2007 -1336 

Hombres crucificados a los que les taladran los
huesos, personas que son quemadas vivas en piras
hechas con llantas de carros, cepos rodeados de
hormigas devoradoras que pueden matar lentamente a un
ser humano, gente que es cortada literalmente en
pedazos, antes de morir. Parecen cuentos de espanto,
pero no lo son. Se trata de confesiones de
paramilitares que están hablando ante los fiscales de
Justicia y Paz, o de historias que relatan a viva voz
las víctimas.

La magnitud de lo que se vivió en las dos décadas
pasadas, y que quizá aún está ocurriendo, rebasa todo
lo imaginado sobre la servicia y el horror. Incluso,
supera en gran escala las atrocidades vividas durante
la Violencia de los años 50, período que aún es un
trauma sin completa superación. En el peor momento de
esa violencia, el país llegó a tener 36 homicidios por
cada 100.000 habitantes. Hace menos de una década, en
pleno auge paramilitar, la tasa llegó a ser de 63.
Como a los bandoleros de aquella época, a los
paramilitares no les bastaba con matar. Querían marcar
su territorio con sangre, y dejar una huella que se
recordara por siempre en las poblaciones que atacaron.


¿Puede la ideología contrainsurgente explicar tanta
sevicia? ¿Qué motivó tantos excesos? ¿Por qué
necesitaban matar y contramatar?

Pueblos arrasados 
Desarmando cuerpos 
Carnadas humanas 
Cementerios de agua y piedra 
Crímenes invisibles 
Rituales de sangre 
 
En junio de 2004 los paramilitares masacraron 34
personas en La Gabarra, Norte de Santander 
 
Los paramilitares también involucraron animales en sus
atrocidades 
 
Algunos cuerpos lanzados a los ríos fueron recuperados
cuando flotaban 
 
Día a día, los investigadores de la Fiscalía constatan
el horror vivido en Putumayo 
Quienes actúan en la guerra siempre están movidos por
una mezcla de razones, intereses y sentimientos.
Razones que con frecuencia son discursos ideológicos
que justifican sus actos, intereses económicos o
políticos, y emociones que desatan el instinto
destructivo que anida en los humanos. 

Los analistas coinciden en que las masacres, por
ejemplo, son típicas de las guerras civiles, y su
razón de ser es la conquista de un territorio, a
través de la expulsión de su población. La masacre se
hace para matar, pero también para despojar. En
Colombia todos los grupos armados han masacrado a
civiles. Las Farc lo han hecho cuando se disputan un
territorio a muerte con los paramilitares. Ejemplos de
ello fueron la matanzas de la Chinita (1994), en
Urabá, donde murieron 35 personas; la de La Gabarra
(2003), en Norte de Santander, donde fueron asesinados
32 recolectores de hoja de coca, y la de San Francisco
(2004), Arauca, donde además de 14 adultos, les dieron
muerte a cuatro niños.

Pero quienes hicieron de las matanzas una práctica
sistemática fueron las autodefensas. La expansión
paramilitar a finales de los años 90 tuvo su pico más
alto entre 1999 y el año 2000, justo cuando el país se
embarcaba en un proceso de paz con las Farc en el
Caguán. En este período las autodefensas cometieron
una masacre cada dos días. Más de 200 en un año. La
estigmatización que había sobre pueblos enteros como
bases de la guerrilla, hizo que fueran indiscriminadas
y más atroces. En las peores solía haber una carga de
venganza y castigo. Una de las más recordadas será por
siempre la ocurrida en 1988 en Segovia, Antioquia,
donde los hombres de Fidel Castaño -fundador de los
grupos paramilitares- entraron a la plaza del pueblo y
dispararon contra todos quienes se encontraron. La
razón, según se dijo, era que las Farc le habían
robado ganado al jefe paramilitar. 

Con frecuencia muchos señores de la guerra castigan a
la población por los actos atroces que cometen los
guerrilleros. Así también se ha explicado la sevicia
que usó el paramilitar Rodrigo Peluffo, 'Cadena' en
Sucre. En las masacres de Chengue, Salado, Macayepo y
Pichilín se usó el garrote para matar. 'Cadena' era un
hombre conocido en toda la región, había sido víctima
de la guerrilla, empezó como informante de las Fuerzas
Armadas, hasta que se puso al servicio de
terratenientes de la Costa que, asolados por el
secuestro y la extorsión, decidieron aplicar la infame
consigna de 'quitarle el agua al pez'. La crueldad de
'Cadena' no tuvo límites con sus propios vecinos y
conocidos. 

Pero si las masacres se explican por la disputa de
territorio, ¿qué lógica tienen la tortura, la
violación y el descuartizamiento? Sicólogos y
antropólogos creen que la sevicia nace del odio. A
pesar de que muchas personas no creen que en la guerra
colombiana el odio sea una motivación para matar, lo
que cada día encuentran los fiscales de Justicia y Paz
demuestra lo contrario. Si bien no es un odio étnico,
o religioso, sí es un sentimiento que mueve a la
crueldad y que convierte a la víctima en menos que una
presa de caza.

Las personas que fueron blanco del odio paramilitar (y
que siguen siéndolo de grupos emergentes y de la
guerrilla) fueron opositores políticos; imaginarios o
reales colaboradores de la guerrilla; personas que a
los ojos del sistema autoritario paramilitar no
merecían vivir: el ladrón, el drogadicto, el
homosexual. Y con mucha frecuencia, los peores
episodios de violencia se cometieron contra hombres de
sus propias tropas que habían traicionado al grupo o a
sus jefes de alguna manera. A esos, se les infligían
los peores castigos. Quizá porque, como dice el
historiador canadiense Michael Ignatieff, "no hay
guerra más salvaje que la civil, ni crimen más
violento que el fratricidio, ni odio más implacable
que el de los parientes cercanos". 

El caldo de cultivo de ese odio era también la disputa
de territorios. En la medida en que uno de los grupos
armados no tenía el control completo de una zona,
temía ser atacado. "Eso genera una profunda
inseguridad y se convierte en un miedo que en
condiciones de guerra puede alcanzar dimensiones de
pánico y transformarse en odio profundo", dice el
profesor de la Universidad de los Andes Iván Orozco.
Pero el odio también es un sentimiento alimentado por
los prejuicios y que en ocasiones se legitima desde
las instancias de poder. 

Sólo por el odio es posible interpretar prácticas como
la tortura, que no siempre se ha usado como un
instrumento para obtener información, sino como un fin
en sí mismo. Como una manera de degradar la víctima al
máximo. Similar análisis se puede hacer con el abuso
sexual a las mujeres, que hería no sólo el cuerpo sino
la dignidad de ellas y sus familias, al punto que el
tema de las violaciones se ha vuelto innombrable en el
proceso de Justicia y Paz. 

El descuartizamiento de personas vivas, algo que
muchos creían episódico, ha resultado ser realmente
una práctica común entre los paramilitares. Destrozar
los cuerpos, con machete o motosierra, tenía un triple
objetivo. Primero, desaparecer a la víctima física y
simbólicamente. Segundo, era utilizada con frecuencia
como un ritual de iniciación para los combatientes
jóvenes. A través de esta práctica macabra se mataba
la sensibilidad de los muchachos que ingresaban a las
filas paramilitares. Por último, tenía una explicación
práctica: el esfuerzo para cavar la fosa es menor si
el cuerpo está partido. Basta con un hueco de unos 60
centímetros para depositar allí un ser humano
despedazado.

A diferencia de las fosas que van a ras de la tierra,
el daño que se ha hecho con la desaparición de los
cuerpos de las víctimas es profundo. Sin cuerpo no hay
duelo. Y sin duelo se abre una grieta enorme en el
alma de las comunidades. Los cadáveres insepultos son
un trauma colectivo difícil de superar. La búsqueda de
fosas y el conocimiento de la verdad son apenas el
principio de la reparación. Pero sólo eso, el
principio. 



"Me entregaré a Tí confiada... Confiada de que no me respetes, de que abuses de mí a cada instante. Explores mis carnes. Te adueñes de ellas. Sin advertencia alguna penetres. Sin piedad me dejes. Me entregaré a Ti confiada de que me harás sufrir de ganas, de desearte hasta el alma, tus jugos correrán por mi rostro, los míos bañarán la cama, que tus manos desgarren mis nalgas y mis labios no existirán mañana."



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