[R-P] [redial_s_bolivar] DIARIO DE LA DEMOCRACIA

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Dic 23 15:41:54 MST 2007


Diario de la democracia 

Hilary Wainwright
Transnational Institute

Aunque Hugo Chávez perdió el referéndum sobre la
reforma constitucional, la democracia interna del
movimiento chavista en sí mismo -con su compromiso con
el pluralismo, el debate crítico y la autonomía
popular- se ha reforzado. 

El día del referendo en Caracas empezó de forma
oficiosa a las tres de la mañana, cuando los votantes
empezaron a hacer estallar petardos y a hacer sonar
las bocinas para celebrar el amanecer del día en que
se decidiría el destino de las propuestas de reforma
constitucional del presidente Chávez. Estas reformas
conllevaban una ambiciosa combinación de derechos
sociales en materia de vivienda, seguridad social y
educación, y una semana laboral más corta, junto con
propuestas para consolidar los consejos comunitarios,
formalizar el estatus de Venezuela como estado
socialista, otorgar al presidente una amplia gama de
poderes de emergencia y permitir a Chávez volverse a
presentar como candidato a la presidencia después de
que termine su segundo mandato en 2012.

Supervisando las votaciones

Para mí, el día del referendo empezó a una hora algo
más decente, a eso de las siete de la mañana, cuando
me abroché la chaqueta gris del equipo de observación
internacional. Éramos un grupo de unas 80 personas de
organizaciones académicas, de prensa y de la sociedad
civil con la misión de supervisar los procedimientos
de voto del referendo. Nos repartimos en diez
camionetas y partimos hacia distintos puntos de
Caracas y sus alrededores. Yo me encontré en el Grupo
10, con el que visité seis centros electorales en el
barrio de Catia La Mar, una zona de clase medio baja,
trabajadora, cercana al aeropuerto. Después, al
finalizar la jornada, acudimos a una gran escuela de
secundaria del centro de Caracas a observar la
inspección manual de los votos electrónicos.

Cuando llegamos a nuestro primer destino, la gente
hacía cola para comprobar que su nombre constaba en
las listas que colgaban en la pared del centro
electoral y saber cuál de las ocho mesas se les había
asignado. Después se dirigían a la sala pertinente con
su documento de identificación, firmaban y dejaban su
huella dactilar junto al nombre impreso. Triple
comprobación de la identidad; todo un contraste
comparado con el informal sistema de tarjeta electoral
británico.

A continuación, emitían su voto en secreto, tras una
improvisada pantalla de cartón o, más bien,
presionaban el botón deseado en una máquina
electrónica. Esa misma máquina imprimía entonces el
voto, el votante lo supervisaba y, después, lo
depositaba en una urna que después serviría para
certificar el buen funcionamiento del voto
electrónico. Se supervisaron, de forma aleatoria, el
54 por ciento de las máquinas. Por la noche, en la
escuela del centro de Caracas, vimos cómo se
examinaban cuidadosamente unas 360 papeletas de una de
aquellas urnas y se cotejaban con los votos
electrónicos. Para el alivio de todos los presentes,
los números cuadraban.

Finalmente, todos los votantes salían del centro
electoral con el dedo pintado con tinta púrpura
indeleble. En uno de los centros electorales, un
votante cuestionó que fuera imborrable, y tanto él
como los observadores fuimos testigos de un
experimento con lejía y amoníaco con el que se puso a
prueba la tinta púrpura, que resultó ser realmente
imborrable.

El encargado de todo este proceso era el joven
personal del Consejo Nacional Electoral (CNE), un
organismo establecido por la Constitución Bolivariana
de 1999 con la responsabilidad de desarrollar y
aplicar los procedimientos de organización de las
elecciones. Es una institución independiente del
Gobierno, que cuenta con una junta designada por la
Asamblea Nacional de entes académicos, organizaciones
de la sociedad civil y el defensor del pueblo. Los
centros electorales estaban custodiados por personal
igualmente joven de las fuerzas armadas –tanto hombres
como mujeres– que llevaban sus metralletas colgadas en
bandolera. Evidentemente, no se puede confiar en la
policía.

Cada mesa de voto tenía un presidente y un secretario,
elegidos al azar entre los habitantes del barrio, que
habían recibido formación específica para desempeñar
un papel activo en el proceso. Había también dos
testigos: uno por el ‘sí’ y otro por el ‘no’. En todos
los centros electorales que visité, todos estos
testigos se mostraron de acuerdo con lo justo de las
reglas y la integridad y transparencia del proceso. En
la mayoría de los casos, estos testigos locales
mostraron también un grado de respeto mutuo que no se
correspondía en absoluto con la imagen de
confrontación presentada en la prensa nacional y
visualizada en las calles del centro de Caracas. En
uno de los centros, un testigo por el ‘no’ empezó a
despotricar contra las propuestas del referendo y, en
otro, oímos que la chulería con que se habían
comportado los partidarios del ‘sí’ mientras votaban
habían obligado a irse al testigo del ‘no’. Pero, por
lo demás, todo eran sonrisas.

Estado de conmoción

Cuando terminó el día, las sonrisas de los partidarios
del ‘sí’ se habían esfumado y sólo quedaba la mirada
perdida de la conmoción. Todo el mundo sabía que los
resultados estarían muy ajustados, pero las encuestas
a pie de urna habían indicado una ventaja de entre el
6 y el 8 por ciento a favor del ‘sí’. Nos informaron
de que los resultados se conocerían a última hora de
la tarde. (El proceso electrónico se había concebido,
en parte, para garantizar que el recuento fuera rápido
y evitar las tensiones de la espera.)

Nos reunimos en un anexo del edificio del CNE, en el
centro de Caracas, y esperamos. Y seguimos esperando.
Estaba claro que los resultados iban a estar más
ajustados de lo que todo el mundo había esperado.

A medianoche, seguíamos sin conocer los resultados.
Empezó a correr el rumor, confirmado después por las
pantallas de televisión, que militantes de la
oposición estaban irrumpiendo en el edificio del CNE,
al interpretar el retraso como un indicio de que
estaba pasando algo raro. La verdad era que los
centros electorales habían cerrado tarde (la regla era
mantener el centro abierto después de la hora de
cierre, fijada a las cuatro de la tarde, siempre que
aún quedara gente en la cola) y que el proceso de
inspección había llevado más tiempo del previsto.

Entre bambalinas, se respiraba un clima de tensión. El
día anterior al referendo, se habían producido
episodios de enfrentamiento político de gran
violencia, en uno de los cuales incluso había muerto
una persona. Los prudentes organizadores del CNE
habían programado llevar a los observadores
internacionales al hotel, pero se decidió que
resultaría demasiado peligroso. Cada vez que la gente
corría a arremolinarse en torno al estrado, una
pensaba que se estaba produciendo algún tipo de
asalto. Pero sólo era gente que venía corriendo desde
los vestíbulos al salón principal porque pensaba que
estaba a punto de realizarse algún anuncio. Poco
después de la una de la mañana, la presidenta del CNE,
Tibisay Lucena, subió con calma al estrado y,
plantando cara a todo un ejército de cámaras y
micrófonos, anunció los resultados.

Dos mujeres se abrazaron frente al estrado. La sala se
vio inundada por un silencio de conmoción. Los
observadores internacionales fueron acompañados hacia
el autobús; caminamos hasta el aparcamiento
flanqueados por dos hileras de guardias armados. De
hecho, todo parecía muy tranquilo (al día siguiente,
varias personas comentaron que, en caso de que los
resultados hubieran sido desfavorables a la oposición,
se habrían producido numerosos estallidos de violencia
en todo Caracas).

Los críticos de la izquierda

En el autobús, escuchamos a Chávez, con tono humilde
pero confiado al mismo tiempo. ‘El pueblo ha hablado’,
dijo, subrayando la forma en que el resultado
fortalecía la legitimidad de las instituciones
democráticas de Venezuela. Chávez aceptó que las
propuestas constitucionales habían sido derrotadas.
‘Por ahora’, añadió, repitiendo una expresión que ya
había usado en una derrota anterior pero que resultó
ser una precursora de la victoria: en una
retransmisión que siguió al golpe militar fallido que
él mismo había encabezado en 1992 contra los oligarcas
reaccionarios del corrupto Estado venezolano.

El legado de estas instituciones perdura. La
burocracia y la corrupción siguen dominando en todos
los niveles, lo cual bloquea la capacidad de Chávez
para hacer llegar el dinero del petróleo a los que lo
necesitan. Para Chávez, el objetivo de las reformas
constitucionales consistía en transformar este Estado
oligárquico, en destruir su legado para siempre. Y
aunque el respaldo a su presidencia sigue siendo muy
elevado –según los sondeos, supera el 60 por ciento–
sus propuestas de reforma son profundamente polémicas
entre muchos de aquellos que apoyan firmemente el
proceso de democratización bolivariano, de poder
popular y de creación de un nuevo tipo de socialismo.

De hecho, un indicio más incómodo de la fortaleza de
la democracia venezolana para Chávez ha sido el
florecimiento del debate y las críticas entre sus
propios partidarios. Por ejemplo, una de las voces de
izquierda que ha manifestado unas críticas más
contundentes contra Chávez es Edgardo Lander, un
académico socialista muy respetado que fue uno de los
negociadores venezolanos para el ALCA (Área de Libre
Comercio de las Américas). Lander subraya su apoyo al
proceso bolivariano y, al mismo tiempo, critica el
grado en que las reformas centralizan el poder en
manos del presidente y tratan al poder popular como
parte del Estado y no como una fuente de poder
autónoma que está por encima de éste. A pesar de no
tener tratos con la oposición de derechas, Lander
insiste también en que las reformas conllevaban una
revisión tan profunda de la Constitución que deberían
haber sido sometidas a un auténtico proceso
constituyente de participación popular. (Para conocer
con mayor detalle los argumentos de Lander.)

La mirada desde los barrios

¿Qué relevancia tienen los argumentos de estos
críticos socialistas? ¿Qué está sucediendo entre los
partidarios de Chávez que explique el rechazo a sus
propuestas en un momento en que el presidente cuenta
con un gran apoyo?

Me pareció que el mejor lugar en el que encontrar una
respuesta a estas preguntas estaba en los barrios
pobres de Caracas. Fue aquí, entre las bases populares
de Chávez, donde se había producido el giro decisivo.
En torno a 7,3 millones de personas votaron por Chávez
en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006,
pero sólo 4.380.000 personas votaron a favor de sus
propuestas de reforma. Sin embargo, los 4.504.000
votos del ‘no’ sólo superaban ligeramente el número de
votos que recibió el candidato de la oposición en
2006. De modo que el quid de la cuestión debía
hallarse en la abstención de unos tres millones de
votantes de Chávez. ¿Qué se esconde tras esta tremenda
abstención?

Cuando Pablo Naverrete (redactor de la sección sobre
América Latina y Venezuela del blog de la revista Red
Pepper) y yo llegamos al centro del barrio conocido
como 23 de Enero –por la ocupación de los bloques de
apartamentos que forman su núcleo, el 23 de enero de
1958–, uno de los símbolos que explicaba uno de los
factores de la abstención saltaba a la vista y al
olfato. Montañas de basura.

‘La frustración con la burocracia, la falta de
respuesta a nuestros problemas por parte del Estado,
debe de ser uno de los motivos por el que muchos
chavistas no votaron’, opina Maryluz Guillén, una
votante crítica del ‘sí’ que se dedica casi
exclusivamente a mejorar las capacidades del consejo
local para solucionar estos problemas o presionar a la
administración municipal para que los resuelva. Los
programas gubernamentales conocidos como ‘misiones’,
que cuentan con ayuda de Cuba en el sector de la salud
y la formación deportiva, han sido una solución
extremadamente positiva a la falta de capacidad social
constructiva del Estado en materia de educación,
sanidad y distribución de alimentos. El resultado, sin
embargo, es un precario sistema dual que, además,
tiene un ámbito de acción limitado en cuestiones como
la vivienda, el saneamiento, los residuos y la
planificación urbanística que, en teoría, son
responsabilidad de las instituciones estatales.

Partidarios de la reforma

Los partidos de la reforma dirían que esta frustración
popular generalizada con el Estado es precisamente el
motivo por el que las propuestas pretendían
transformar el Estado aumentando el poder de Chávez
para forzar el cambio desde arriba y fortaleciendo el
poder de la democracia popular desde abajo. ‘Sabe
escuchar’, afirma Gustavo Borges, un promotor de hip
hop y diseñador que vive en el 23 de Enero. Además de
muchas otras actividades, Borges gestiona el excelente
sitio web www.el23.net) y ayuda a su padre, militante
chavista, a elaborar un periódico vecinal con un
diseño impresionante, Sucre En Comunidad.

‘Las reformas surgieron porque Chávez escuchó a la
gente’, insiste Borges en contra de los que opinan
que, a diferencia del proceso mediante el que se
redactó la Constitución Bolivariana original, hubo
poca participación popular (las propuestas se
publicaron sólo un mes antes del referendo). Para él,
la abstención se explica fundamentalmente porque la
dirigencia del partido de Chávez –el Partido
Socialista Unido de Venezuela (PSUV)– no supo explicar
las propuestas y contrarrestar la ‘campaña mediática
de terror’ de la oposición. (La campaña incluía, entre
otros, anuncios que afirmaban que las reformas
supondrían que el Estado expropiara los pequeños
negocios y que retirara la custodia de los niños a sus
familias para cuidarse de ellos.)

Aún así, se muestra prudente con la idea de ‘culpar a
los dirigentes. La comunidad también debe asumir
responsabilidades. Los consejos comunales no deben
limitarse a gestionar proyectos; deben ser también
espacios políticos. Deberían haber asumido mayor
responsabilidad ante las propuestas de reforma’.

Chávez ‘secuestrado’

Edgar Pérez profundiza en esta idea de la
responsabilidad comunitaria. Pérez es un amable líder
comunitario en el sector de Las Casitas, en lo alto
del barrio de La Vega. Nos reunimos con él en la Casa
de Alimentación, un centro para distribuir alimentos
entre los pobres, bajo el famoso cuadro de Frida Kalho
de la mujer con lirios.

Las Casitas es una comunidad que pregona su
autogobierno en las paredes que marcan sus límites.
Puede que previsiblemente, dados sus antecedentes de
militancia por el autogobierno, Pérez cree que el
error de las reformas y el hecho que no convencieran
tienen menos que ver con cómo se explicaron y más con
cómo se elaboraron: ‘Deberíamos haber contado con un
proceso constituyente, con la posibilidad de que todas
las comunidades realizaran sus aportaciones’.

Sin duda, si hay que juzgar por la comunidad de Pérez,
esa idea tendría muchos aspectos positivos. Pérez
habló de sus luchas, la mayoría de las cuales
terminaron con éxito, para dirigir los recursos
públicos hacia las necesidades de la gente. Mientras
hablaba, hizo una distinción entre Chávez y el Estado
y sus funcionarios, apuntando a otra fuente de
frustración: ‘El presidente es mucho menos accesible
de lo que solía ser. Ellos [los funcionarios] lo han
secuestrado’.

Los comentarios de Pérez conectan muy directamente con
algo escrito en la revista electrónica Aporrea la
mañana que siguió al día del referendo por Javier
Biardeau, un columnista y académico muy respetado y
cercano al proceso (todo el mundo se refiere al
proceso bolivariano, la revolución chavista, los
cambios en Venezuela como ‘el proceso’).

‘La gran responsabilidad de la derrota es de aquellos
que convencieron a Chávez de que la revolución depende
exclusivamente de su figura personal’, escribía
Biardeau. ‘Error. Probablemente sin Chávez no haya
revolución, pero sólo con Chávez tampoco. Hay que
corregir esta tendencia de minimizar el papel
protagónico del pueblo a la hora de las grandes
deliberaciones y decisiones. El “chavismo de aparato”
(dirección PSUV) fue derrotado. La revolución se
construye desde abajo, o se desgasta desde arriba’.

Acabando con el vanguardismo

Oí hablar del artículo de Biardeau por primera vez
cuando éste surgió en una discusión con un grupo de
jóvenes activistas intelectuales, que se autodefinen
como ‘chavistas de base’, mientras analizaban los
resultados del referendo en su restaurante chino
preferido. El ministro de Comunicación e Información
había solicitado a uno de ellos que recopilara
opiniones entre las bases respecto a la derrota en las
urnas. Mientras hablaban, aludían una y otra vez a los
comentarios de Biardeau, considerando que resumía el
mensaje que querían hacer llegar al presidente:

‘Hay que lograr no sólo la máxima inclusión social
sino la inclusión política, no sólo la igualdad social
sino la igualdad política. Hay que enterrar el
imaginario jacobino de las revoluciones dirigidas
desde arriba, desde vanguardismos y personalismos
esclarecidos. Es tiempo de profundas reflexiones en la
dirección revolucionaria. Tiempos para acabar con el
pragmatismo de la derecha endógena y con el
estalinismo de la ultra-izquierda también endógena.
Tiempos para liquidar el burocratismo y la corrupción.
Tiempos para liquidar la deriva cesarista-populista.
Tiempos para renovar el pensamiento crítico
socialista. Incluso tiempos, para pedir perdón y
mostrar humildad por tantos maltratos proferidos’. Sin
duda, un mensaje potente. 

El análisis de Biardeau cristalizaba el tema común
entre los chavistas de base con los que nos
encontramos en 23 de Enero y La Vega, votaran por el
‘sí’, se abstuvieran o incluso, en algunos casos, se
decantaran por el ‘no’: la necesidad de volver a
dirigir ‘el proceso’ hacia la democracia popular. A
juzgar por el nivel de actividad y la creciente
interrelación entre las organizaciones en los barrios,
los lugares de trabajo y las zonas rurales – los
comités de tierras urbanas, los comités de salud, las
organizaciones de los sin tierra, las redes de
cooperativas y las fábricas gestionadas por los
obreros–, la base organizativa, así como el deseo
político, sigue estando ahí, y es necesario
desarrollarlo y apoyarlo.

Esta base tiene autonomía de Chávez y, al mismo
tiempo, es la fuente de su respaldo. En los barrios se
quiere a Chávez, pero no se trata de una adoración
ciega. No es nada comparable con la política pasiva de
celebridad y espectáculo de Occidente. Se basa en las
mejoras materiales de sus vidas y en el aumento de
oportunidades y de espacios que Chávez les ha abierto
para que se labren su propio futuro, para que
desarrollen su propio poder. Y están ocupando esos
espacios hasta un punto que aquellos que rodean a
Chávez no parecen apreciar.

Tensiones democráticas

El proceso venezolano ilustra la tensión entre dos
interpretaciones de la democracia y del liderazgo
democrático. Por un lado, está la idea de que una vez
alcanzado el mandato democrático, la voluntad de la
gente está representada por el vencedor –sea el
presidente o el alcalde–, y que el liderazgo consiste
en imponer esta voluntad con firmeza, resistiendo a
todas las fuerzas hostiles. Por el otro, está la idea
de que el poder del mandato popular se debe
profundizar y desarrollar activamente fomentando la
autoorganización popular en toda su pluralidad y
liderazgo; y que se trata de utilizar las posiciones
de legitimidad y autoridad para fomentar esta
autoorganización y deliberación como una fuente más
profunda, duradera y creativa de poder democrático.

Los últimos comentarios de Chávez muestran signos de
que el presidente está reconociendo el valor de esta
última interpretación y cree en el fortalecimiento de
la naturaleza participativa del proceso bolivariano.
En una entrevista que se le realizó tras la derrota de
sus propuestas, Chávez reiteró que el principal
objetivo debe seguir siendo la transformación del
Estado, pero reconoció que ‘ahora es momento de
análisis, reflexión y autocrítica verdadera. Pero el
pueblo venezolano tiene la potestad y el derecho de
presentar, si así lo quiere el pueblo, una solicitud
de reforma antes de que termine este período para el
cual faltan cinco años’.

Chávez se refiere a una disposición constitucional por
la que una petición respaldada por el 15 por ciento de
los votantes registrados les daría el derecho a
presentar una propuesta de reforma constitucional.
Edgar Pérez, de Las Casitas, y sus redes ya se han
puesto manos a la obra y están empezando a organizarse
en esta línea. Una plataforma de organizaciones de
base, que se unió a raíz de las críticas contra las
reformas de Chávez, podría muy bien ser el punto focal
de una nueva iniciativa de base.

Hemos visto cómo, en respuesta a la derrota, Chávez
reivindicó la fortaleza de la democracia venezolana.
Se estaba refiriendo a los procesos electorales y a la
institución del CNE que observé durante el día del
referendo, y a la forma en que el Gobierno respetó el
proceso.

Como apunta Josh Lerner en su excelente web
www.venezuelanalysis.com): ‘Puede que tenga más razón
de lo que cree. El referendo no solo demostró que el
Gobierno respeta el proceso democrático, sino que
también ha influido en la gente de una forma hasta
ahora desconocida. Si, en el pasado, Chávez sacó a la
gente de la complacencia y la pasividad, esta vez
puede que los haya sacado del apoyo incondicional y de
suposiciones fijas. Ahora más que nunca, millones de
partidarios de Chávez cuestionan abiertamente los
deseos de su dirigente y discrepan de ellos’.

Así, al comenzar mi visita como observadora
internacional de la democracia de este proceso
electoral –que en muchos sentidos encontré más
democrático que el nuestro–, acabé también observando
la democracia interna del propio movimiento chavista y
topándome con sus raíces: un compromiso ejemplar con
el pluralismo, el debate crítico y la autonomía
popular del que tanto debemos aprender.



"Me entregaré a Tí confiada... Confiada de que no me respetes, de que abuses de mí a cada instante. Explores mis carnes. Te adueñes de ellas. Sin advertencia alguna penetres. Sin piedad me dejes. Me entregaré a Ti confiada de que me harás sufrir de ganas, de desearte hasta el alma, tus jugos correrán por mi rostro, los míos bañarán la cama, que tus manos desgarren mis nalgas y mis labios no existirán mañana."



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