[R-P] Para que se entienda
Julio Fernández Baraibar
fernandezbaraibar en gmail.com
Vie Dic 21 16:30:25 MST 2007
Como muy bien dice un tremebundo comunicado hecho conocer en esta lista,
días atrás envié un mensaje personal a mis amigos para informarles de lo
acontecido con Patria y Pueblo y mi humilde persona. Evité enviarlo a la
lista por considerar que, ni todos los miembros de la lista son mis amigos,
ni muchos de ellos tienen interés en estas cuestiones de sacristía. Pero
como Patria y Pueblo sí ha enviado su punto de vista a la lista, hago
extensivo mi mensaje a los amigos, a los enemigos e indiferentes, para que
tanto unos como otros sepan a que se refiere el comunicado en cuestión.
Y no volveré, como digo al terminar este envío, a hablar de ello.
A todos los amigos
Este es un mensaje personal que envío a todas mis relaciones políticas.
Sepan disculpar la extensión del mismo. Se refiere a circunstancias
ocurridas a lo largo de tres riquísimos años, durante los cuales el pueblo
argentino reinició el camino de su liberación y el de la unidad
latinoamericana.
En octubre de 2004 un grupo de compañeros, encabezado por mí, decidió
sumarse al pequeño grupo partidario Patria y Pueblo con las siguientes
consideraciones:
Por qué y para qué nos integramos a Patria y Pueblo
Han pasado diez años del fallecimiento de Jorge Abelardo Ramos y, hace tan
sólo un par de meses acaba de irse Jorge Enea Spilimbergo. Los dos
fundadores, militantes y constructores políticos de la Izquierda Nacional
ya no están con nosotros, pero han dejado tras de sí un importante y
trascendental legado. Hay una generación de militantes de nuestra corriente
que accedieron a la vida política con los fuegos insurreccionales de 1969 y
tiene hoy la edad y la madurez necesarias para tomar la posta dejada por los
fundadores. Pero también existe una nueva camada de jóvenes militantes, del
campo social, del movimiento estudiantil y del movimiento sindical, que se
ha sumado a nuestras filas como resultado de las grandes movilizaciones del
nuevo siglo, que ha recogido las banderas de la Izquierda Nacional y las
despliega a los nuevos vientos que hoy soplan en nuestra América Latina.
Muchas de las tareas que hemos intentado desarrollar a lo largo de estos
últimos cuarenta años han comenzado a hacerse fuerza social y política.
La Patria Grande
La Unidad de la Patria Grande ha dejado de ser una consigna para desplegar
agitativamente y se ha convertido en bandera estratégica para un decisivo
número de estados de nuestra balcanizada tierra. Argentina, Brasil, Paraguay
y Uruguay están consolidando un Mercosur que ha dejado de estar en manos de
economistas y empresarios, para pasar a ser iluminado con proyectos
culturales, políticos, científicos, territoriales y militares. A este grupo
inicial de países se le ha sumado la Venezuela Bolivariana, que bajo la
conducción del Comandante Hugo Chávez despliega para el conjunto de nuestros
pueblos las antiguas aspiraciones del Libertador.
El mapa político de Suramérica ha comenzado a dibujarse con el mismo lápiz
con que Perón, como presidente y estratega del movimiento nacional
argentino, y Jorge Abelardo Ramos, en la lucha ideológica y política desde
el llano, esbozaron, hace ya cincuenta años, nuestro inevitable destino
continental.
Nunca, desde los tiempos de las guerras por la Independencia ha sido tan
fuerte, tan sólido y tan operativo el sentimiento de pertenencia a una
misma Patria. Desde todos los puntos de nuestro inmenso continente llegan
expresiones de gobierno y de pueblos que anhelan sumarse a este Mercosur,
que ha logrado poner coto al ALCA, la política norteamericana de dominación
en el área. Lejos de afirmarse, el ALCA ha debido posponer sus planes,
gracias a la presión mancomunada del Mercosur, que ha encontrado en las
cancillerías de Brasil y Argentina la coincidencia de objetivos que
faltaban durante estos últimos diez años. Cada semana se amplía y
profundiza, en reuniones presidenciales, ministeriales y diplomáticas, la
institucionalización de nuestro gran espacio. Si bien, existen dificultades
en países del Pacífico, como Chile o Perú, que se resisten, por razones
históricas y sociales, al impulso de unidad, es cada día más evidente la
confraternidad y comunidad de intereses y objetivos que existen entre los
países de la Cuenca del Plata y entre sus respectivos gobiernos.
La Argentina y la crisis del modelo imperialista
En nuestro país, el partido justicialista, que sigue conteniendo a las
grandes mayorías nacionales, se encuentra en la confusa encrucijada de un
laberinto. Limitado y agobiado por los años de sumiso silencio y callada
obediencia a la política oficial menemista, a los mitos monetaristas del
liberalismo y a la voluntad de la potencia imperialista hegemónica, EE.UU.,
tiene dificultades insalvables para reencontrarse con sus ideales y programa
históricos. Ha dejado de ser ese mero instrumento electoral al que el
General Perón acudía para ratificar en las urnas la legitimidad que
previamente residía y era ejercida en el seno del pueblo, para convertirse
en un partido del régimen.
Es por eso que el partido justicialista ha dejado inevitablemente afuera a
los mejores elementos del peronismo, a los sectores más profundamente
vinculados a su experiencia histórica y a las nuevas generaciones de
hombres y mujeres del pueblo que saben de ésta tradición, pero no
encuentran el cauce político que la exprese.
El 19 y 20 de diciembre de 2001, los sectores populares argentinos, los
trabajadores, las grandes masas de desocupados y amplios sectores de la
clase media empobrecida, hicieron temblar hasta sus cimientos el modelo
político y económico de dominación imperialista, haciendo renunciar al
ideólogo del mismo, el ministro de Economía Domingo Cavallo y al impávido,
conservador y reaccionario presidente radical Fernando de la Rúa. Durante
unos días nuestro pueblo fue dueño de las calles y factor determinante y
exclusivo para la constitución de una nueva relación de fuerzas en la
Argentina. Pero el alzamiento popular no se convirtió en una revolución. La
debilidad de los trabajadores, la liquidación del aparato productivo, el
retroceso gigantesco de las conquistas alcanzadas habían sido de tal
magnitud que imposibilitaron que esa nueva relación de fuerzas se
convirtiese en acción política revolucionaria. Y las elecciones no hicieron
sino reflejar estas limitaciones.
Por un lado, Carlos Menem, el autor y responsable del desmantelamiento del
aparato del Estado y de la entrega de nuestras empresas y riquezas
nacionales a la voracidad imperialista, intentaba continuar y profundizar
su vasallaje, con un programa que, de cumplirse, impediría para siempre
nuestro desarrollo soberano y pondría en riesgo la marcha y profundización
del proceso de unidad continental expresado en el Mercosur.
Por otro lado, Adolfo Rodríguez Sáa, quien en unos días como presidente,
puso al país nuevamente de pie y lleno de entusiasmo y fe en el futuro, al
declarar la moratoria de la deuda externa, lanzar un amplio plan de lucha
contra la pobreza y la desocupación y volver a las fuentes tradicionales del
movimiento nacional, expresó en su programa y en su campaña el proyecto más
osado y radical: un retorno a la política histórica del peronismo en el
marco de la necesaria reconstrucción del Estado nacional desguazado.
Y por fin, la candidatura de Néstor Kirchner aparece como resultado
exclusivo de tres negativas: la de Eduardo Duhalde a presentarse como
candidato en los días en que el miedo producido por el asesinato de
Santillán y Kostecki le hacían decir cualquier cosa; la de las encuestas
electorales a la candidatura de José Manuel de la Sota; y la de Carlos
Reuteman a aceptar la invitación del PJ. Ungido a último momento, logró
acumular el peso del aparato partidario bonaerense, formado sobre la base
del más crudo clientelismo político en manos de los intendentes del gran
Buenos Aires. Fue este candidato el que asumió la presidencia, cuando el
candidato que había obtenido más votos, Menem, se negó cobardemente a
presentarse al balotaje.
El gobierno de Kirchner
Asume entonces el gobierno un sector del peronismo con una base
predominantemente pequeño burguesa, cuyos dirigentes habían sido ejecutores
complacientes de las políticas desnacionalizadoras del menemismo, sin muchos
vínculos con el movimiento sindical, con una visión bastante provinciana de
la realidad política nacional y que es tributario de su triunfo al poderoso
aparato que maneja con mano firme Eduardo Duhalde. El gobierno del
presidente Kirchner llegaba, entonces, al gobierno como resultado de una
profunda división en el seno del peronismo.
A casi dos años de estos hechos, este gobierno ha dado muestras de sus luces
y sus sombras.
Nos encontramos con un gobierno débil, con muy escasos cuadros
administrativos propios y con una alta concentración del poder en la figura
del presidente, que intenta reconstruir el aparato del Estado en sus
aspectos esenciales, que, con una paciencia a veces exasperante, pretende
resistir las presiones sin límites de las empresas privatizadas y que ha
asumido una negociación de la deuda externa con dignidad y firmeza. Se trata
de un gobierno que ha planteado como estratégica la continuación del
Mercosur y ha sabido aislar a estas negociaciones de los altibajos del
comercio regional y de los reclamos sectoriales, pero que no se atreve a
revisar en profundidad los postulados económicos liberales y ha sido
incapaz, pese a algunos esfuerzos, de dar solución rápida y profunda al
hambre que sufre un inmenso sector de nuestro pueblo. Estamos frente a un
gobierno que ha reivindicado la soberanía argentina sobre las Islas
Malvinas y a los combatientes que en ella lucharon como no había ocurrido
durante los veinte años de democracia formal, pero cuyo ministro de
Economía se resiste a reactivar el mercado interno por la vía del aumento
salarial y mantiene un conservador superávit fiscal, en momentos en que la
creación de nuevas fuentes de trabajo y la reactivación económica deberían
constituir el único objetivo de la conducción del área.
Este gobierno ha intentado a lo largo de dos años de independizarse del
poder generado por el sistema de caciques del partido Justicialista y ha
buscado ampliar su base de sustento hacia sectores de la clase media
progresista, fundamentalmente de la ciudad de Buenos Aires, y con cierta
inserción en sectores desocupados de la ciudad y del Gran Buenos Aires.
Estos intentos han tenido un escaso éxito, razón por la cual, y ante la
inminencia de elecciones legislativas en el 2005, el presidente Kirchner y
sus amigos han debido reparar los puentes con la maquinaria electoral del
justicialismo y su sistema de aprietes y favores. El gobierno se encuentra
así sostenido por un minoritario sistema de dirigentes vinculados a cierto
progresismo izquierdista, con escaso poder electoral, y por la estructura
del PJ, sus gobernadores, intendentes y punteros, educados políticamente en
el menemismo, que desconfían orgánicamente del santacruceño y sus intentos
reformistas. El concepto elaborado y sostenido por Alberto Guerberof de "un
gobierno sin partido en un país sin estado" sintetiza con claridad la
debilidad orgánica tanto del gobierno como de la sociedad en su conjunto,
después del vendaval que liquidó la herencia del peronismo, del
yrigoyenismo, como YPF y hasta del roquismo, como el correo, el agua y el
ejército nacional fundado en el servicio militar obligatorio.
La oposición
Del otro lado, lo enfrenta el conjunto del sistema imperialista, los
acreedores externos, las privatizadas, el sector agrario enriquecido por la
devaluación y enemigo declarado de las retenciones a las exportaciones, los
viejos y nuevos representantes de los sectores enriquecidos durante los
noventa a costa del empobrecimiento de la mayoría de los argentinos, con sus
López Murphy, Macri y Sobisch. Estas clases sociales han gobernado el país
desde el golpe de estado de 1976 y, por primera vez, se encuentra sin una
dirección unificada y con un enorme descrédito social y político. Hasta
ahora no han podido confrontar con el gobierno sino a través de la figura
mediática del señor Blumberg en el tema de la seguridad pública,
fundamentalmente alrededor de los secuestros extorsivos.
El cuadro opositor se completa con la sistemática campaña de descrédito
desplegada por la señora Lilita Carrió con gran repercusión en la prensa
comercial y en las usinas políticas del neoliberalismo. La ex diputada
alfonsinista encabeza un amplio frente opositor que abarca desde un tibio
progresismo hasta sectores ultraizquierdistas que creen vivir en una
situación preinsurreccional y llevan adelante una política de confrontación
que, si bien no puede alcanzar el poder, socava al gobierno facilitando y
hasta dando excusas a la acción de la derecha imperialista.
El reagrupamiento de la Izquierda Nacional, hacia un nuevo movimiento
nacional
En los últimos casi treinta años la Izquierda Nacional sufrió los embates y
las derrotas que experimentó el conjunto del pueblo argentino. Se produjo
entonces un largo proceso de escisiones y rupturas que llevaron a una
completa dispersión de sus cuadros y organizaciones. Algunos compañeros
pasaron por el justicialismo y, decepcionados, volvieron a su casa. Otros
compañeros desarrollaron distintas experiencias políticas a lo largo de
estos años, organizando alguna forma de nucleamiento político en su
provincia o en su ciudad o comprometiendo su acción militante en
organizaciones gremiales. Hay compañeros que con sus organizaciones lograron
establecer vínculos de estrecha colaboración y respeto con sectores del
nacionalismo, tanto de origen militar como peronista. Hay compañeros y
organizaciones que han desarrollado un intenso trabajo de organización
social, agrupando a obreros desocupados y sus familias y llevando adelante
emprendimiento productivos solidarios. En todos ellos ha permanecido vivo el
pensamiento estratégico de la Izquierda Nacional y los acontecimientos
históricos de los últimos años no han hecho sino reafirmar esta convicción.
Entendemos que es necesario, sin plazos y sin condiciones, iniciar un
movimiento unificador de toda esta fuerza en un diálogo y cooperación
sinceros y fraternales, en donde nos reconozcamos en nuestras experiencias
sin anteojeras ideológicas y sin prejuicios derivados de enfrentamientos que
ya tienen un cuarto de siglo. Este proceso de reencuentro y unificación
deberá plantearse sin ideas preconcebidas acerca de la organización que nos
daremos y dando cara a la magnitud de las tareas que los nuevos tiempos y la
juventud argentina nos exigen.
Pero este objetivo sólo adquiere sentido en la realización de la otra tarea
estratégica: la de la recreación del gran movimiento nacional revolucionario
que exprese al conjunto de las clases y sectores esquilmados por el
imperialismo, a los trabajadores sindicalizados y a la vasta multitud de
obreros desocupados, campesinos sin tierra, empleados con sueldos
miserables, profesionales sin destino en la producción y estudiantes sin
futuro, a las nuevas generaciones de militares que anhelan unas Fuerzas
Armadas al servicio de la integridad territorial y del desarrollo económico
soberano de la Patria. Con el aporte de miles de dirigentes y militantes
peronistas que no fueron corrompidos por el menemismo, de miles de
dirigentes gremiales que han resistido durante todos estos duros años, de
miles de esforzados dirigentes sociales que hicieron frente al hambre de sus
compatriotas y los ayudaron a organizarse y enfrentar al poder, de miles de
hombres y mujeres, jóvenes y viejos las banderas históricas del pueblo
argentino volverán a flamear victoriosas como lo hicieron el 17 de octubre
de 1945.
Entendemos que la mejor manera de poner en acción estos puntos de vista y
alcanzar estos objetivos es dando un paso concreto hacia esa unidad, no para
cristalizar particularidades, sino para respetarlas y asumirlas en el
movimiento general. Vemos a la Izquierda Nacional como un gran torrente
político e ideológico necesario para enfrentar los combates que vienen.
El movimiento Patria y Pueblo, con quien hemos mantenido permanente
contacto, con quien hemos participado en la campaña del Movimiento Nacional
y Popular en las últimas elecciones, ha logrado constituir en la región
metropolitana una importante organización militante con presencia en el
movimiento de desocupados, en el movimiento barrial y en el movimiento
estudiantil. A su vez, ha desarrollado una tarea de reagrupamiento de los
cuadros de la IN con una visión amplia y fraterna que compartimos.
En esta perspectiva y con las convicciones aquí expresadas, los abajo
firmantes hemos decidido integrarnos al movimiento Patria y Pueblo, desde
donde continuaremos luchando por la liberación nacional y la unidad
latinoamericana.
#####
Intentamos integrarnos, entonces, a una organización política preexistente,
con estas consideraciones y objetivos. Fui elegido en un plenario como
miembro de la Mesa Nacional del partido y, a partir de ese momento actué
persiguiendo la realización de los objetivos planteados en la declaración
precedente, realizando una intensa labor tendiente a la unificación de
distintos sectores con origen común en la Izquierda Nacional, así como en la
elaboración de la política nacional y latinoamericana del movimiento.
Desde el principio mismo de la incorporación surgieron algunas diferencias
con respecto a dos puntos:
En primer lugar, al tipo de organización que debíamos crear. Mi opinión,
junto con la de algunos otros compañeros, era la construcción de una amplia
organización que nuclease a afiliados y militantes que coincidieran con los
grandes lineamientos de la Izquierda Nacional expresados por Patria y Pueblo
en la coyuntura política que nos tocaba vivir, mientras que otros
compañeros, mayoritarios en la conducción del partido, insistían en la
formación de una cerrada estructura de cuadros descripta con abundancia de
metáforas militares, del tipo "ejército en marcha". Se insistía en un
criterio formalista según el cual cierto modo de organización partidaria,
con cuadros regimentados bajo un cercano control de la dirección, fundado en
deformados conceptos de origen leninista, aseguraría la incorruptibilidad de
los cuadros y la intransigencia de la política. Pese a que el partido
fundado por el propio Lenin, según sus estrictos criterios, fue el que
entregó la propiedad estatal rusa a una mafia formada por los propios
cuadros partidarios, los demás integrantes de la mesa de PyP se aferraban a
estas viejas concepciones. En lugar de plantearse el problema de dotar de
nuevas representaciones a las grandes masas a las que los grandes partidos
tradicionales ya no pueden representar - como se expresaba en nuestro
documento- se optaba por el pequeño cenáculo, con sus reuniones de núcleo
presididas por un miembro de la dirección, con la obligatoriedad de
concurrir a ellas y demás preceptos de la liturgia de los grupos de
izquierda. La discusión quedó abierta y postergada. Mi opinión era que el
desarrollo de la política generase las condiciones necesarias para
resolverla, habida cuenta de que, era mi punto de vista, esta diferencia no
podía interferir en nuestra voluntad de construir una formación política
numerosa, influyente y capaz de generar y hacer política.
La segunda diferencia importante era un punto de vista crítico de mi parte a
subrayar las diferencias surgidas en la Izquierda Nacional hace treinta
años, cuando se inició el alejamiento entre Ramos y Spilimbergo. Si bien
tanto los compañeros más veteranos como yo habíamos permanecido junto al
último en aquellas jornadas y lo habíamos acompañado durante todas o algunas
etapas del camino, consideraba que reabrir la discusión sobre aquellos
lejanos tiempos sólo serviría para ahondar el distanciamiento entre los
diversos grupos de IN, cuando la tarea central era la convergencia, tal como
lo expresaba nuestra declaración.
Actuamos y actué en consonancia con ella. Fui uno de los impulsores de la
publicación de la revista Política y, hasta último momento, busqué el
acuerdo con otros grupos de IN para que fuese una edición conjunta y no sólo
el producto de PyP. Tuve que luchar contra la inoportunidad y el sectarismo
de algún compañero que, en medio de las negociaciones con el movimiento
Causa Popular, conducido por Alberto Guerberof y que acompañó a Ramos en las
querellas de 1975, saliera públicamente con un intempestivo brulote contra
Jorge Abelardo Ramos, en evidente actitud rupturista.
Di charlas y conferencias en todas partes del país expresando el punto de
vista sostenido por PyP y, pese a la cautelosa y desconfiada actitud de
varios miembros de la mesa, mis intervenciones públicas, personales, por
escrito, por radio, televisión e internet, jamás entraron en colusión con la
línea política de PyP, sino que, por el contrario, abrían perspectivas para
la acción política de nuestro movimiento.
No obstante ello, a lo largo del tiempo, se fue desarrollando una
desconfianza y una falta de confraternidad, cuyo origen, según pude
enterarme hace unos días, radicaba en lo que dieron en llamar mi "concepción
sobre la construcción partidaria", es decir en mi negativa a conformar una
secta salvacionista, y mi insistencia en construir un partido en el que los
argentinos de carne y hueso, sin mayores dones que su mera preocupación por
su patria y su futuro pudieran encontrar un lugar de lucha.
No voy a poner a quienes hayan llegado hasta aquí en la penosa tarea de
conocer las pequeñas maniobras, las zancadillas arteras o la hipocresía que
tuve que sufrir por mi resistencia a convertirme, a mi edad, en un boy
scout, para quien debería ser más importante ser orgánico que ser político.
Todo tipo de personajes, incluso ajenos al partido -lo que no deja de ser
paradójico en un grupo autorreferenciado a su sacramental organicidad-
desfilaron en la campaña de desprestigio previa a la ejecución. El teléfono
dejó de sonar para comunicarme la suspensión de reuniones o las novedades
del movimiento. Había comenzado la acción de enfriamiento.
El hecho es que la mayoría de la mesa nacional de PyP decidió expulsarme, el
sábado último, por el hecho de que mi "inorganicidad ha generado un mal
ambiente en la mesa", aún cuando "soy la persona que más coincide
políticamente con PyP" y dándole a la expulsión la forma cínica de una
licencia no solicitada. Como no se animaron a votar una expulsión -cosa que
propuse-, concientes de la naturaleza sectaria que tal actitud comportaba,
encontraron este cínico recurso, inútil para ocultar la naturaleza sectaria
y excluyente de la actitud.
De manera, estimados amigos, que por decisión de la dirección de PyP y de su
rampante celotismo he dejado de pertenecer al agrupamiento, y que, por lo
expuesto, han resultado incorrectas nuestras presunciones sobre que, desde
allí, podríamos llevar adelante un proyecto de unificación de la Izquierda
Nacional. Si han sido incapaces de convivir con quien ha marcado un punto de
vista diferencial en un par de cuestiones, es imposible que de ese
agrupamiento surja política unificadora alguna, la que tendría que absorber
diferencias más complicadas y con un desarrollo identitario de años de
militancia. Quienes hoy dirigen PyP, he llegado a la conclusión, quieren
construir, tan sólo, una pequeña secta sin voluntad integradora,
autocomplaciente con su estrechez y doctrinarismo, orgullosa de su pequeña
talla y su dogmatismo.
Libre de los compromisos que traté de preservar y respetar, continúo como
siempre en la lucha por la liberación nacional y la unidad latinoamericana a
la que me sumé a los veinte años. Las ideas de la Izquierda Nacional siguen
siendo un instrumento irremplazable en esa tarea. Sigo considerando, como lo
expresamos en aquella declaración de hace tres años que "es necesario, sin
plazos y sin condiciones, iniciar un movimiento unificador de toda esta
fuerza en un diálogo y cooperación sinceros y fraternales, en donde nos
reconozcamos en nuestras experiencias sin anteojeras ideológicas y sin
prejuicios derivados de enfrentamientos que ya tienen un cuarto de siglo.
Este proceso de reencuentro y unificación deberá plantearse sin ideas
preconcebidas acerca de la organización que nos daremos y dando cara a la
magnitud de las tareas que los nuevos tiempos y la juventud argentina nos
exigen".
Cuando el pueblo argentino, después de la última elección, ha ratificado la
política del presidente Kirchner de reasumir el rumbo de nuestra revolución
nacional latinoamericana, cuando las declaraciones de la nueva presidente
Cristina Fernández de Kirchner ratifican y profundizan esa voluntad popular,
al responder con patriótica firmeza y dignidad la alevosa provocación del
imperialismo yanqui, a través del mismísimo FBI, se hace, también, más
necesaria que nunca "la recreación del gran movimiento nacional
revolucionario que exprese al conjunto de las clases y sectores esquilmados
por el imperialismo, a los trabajadores sindicalizados y a la vasta multitud
de obreros desocupados, campesinos sin tierra, empleados con sueldos
miserables, profesionales sin destino en la producción y estudiantes sin
futuro, a las nuevas generaciones de militares que anhelan unas Fuerzas
Armadas al servicio de la integridad territorial y del desarrollo económico
soberano de la Patria", como sosteníamos hace tres años.
Esta seguirá siendo mi lucha y será ésta la última vez que hable sobre estos
lamentables incidentes.
Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil
13 de diciembre de 2007
Julio Fernández Baraibar
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