[R-P] Para que se entienda

Julio Fernández Baraibar fernandezbaraibar en gmail.com
Vie Dic 21 16:30:25 MST 2007


Como muy bien dice un tremebundo comunicado hecho conocer en esta lista, 
días atrás envié un mensaje personal a mis amigos para informarles de lo 
acontecido con Patria y Pueblo y mi humilde persona. Evité enviarlo a la 
lista por considerar que, ni todos los miembros de la lista son mis amigos, 
ni muchos de ellos tienen interés en estas cuestiones de sacristía. Pero 
como Patria y Pueblo sí ha enviado su punto de vista a la lista, hago 
extensivo mi mensaje a los amigos, a los enemigos e indiferentes, para que 
tanto unos como otros sepan a que se refiere el comunicado en cuestión.
Y no volveré, como digo al terminar este envío, a hablar de ello.

A todos los amigos
Este es un mensaje personal que envío a todas mis relaciones políticas. 
Sepan disculpar la extensión del mismo. Se refiere a circunstancias 
ocurridas a lo largo de tres riquísimos años, durante los cuales el pueblo 
argentino reinició el camino de su liberación y el de la unidad 
latinoamericana.
En octubre de 2004 un grupo de compañeros, encabezado por mí, decidió 
sumarse al pequeño grupo partidario Patria y Pueblo con las siguientes 
consideraciones:

Por qué y para qué nos integramos a Patria y Pueblo

Han pasado diez años del fallecimiento de Jorge Abelardo Ramos y, hace tan 
sólo un par de meses acaba de irse Jorge Enea Spilimbergo. Los dos 
fundadores, militantes y cons­tructores políticos de la Izquierda Nacional 
ya no están con nosotros, pero han dejado tras de sí un importante y 
trascendental legado. Hay una generación de militantes de nuestra corriente 
que accedieron a la vida política con los fuegos insurreccionales de 1969 y 
tiene hoy la edad y la madurez necesarias para tomar la posta dejada por los 
fundadores. Pero también existe una nueva camada de jóvenes militantes, del 
campo social, del movimiento estudiantil y del movimiento sindical, que se 
ha sumado a nuestras filas como resultado de las grandes movilizaciones del 
nuevo siglo, que ha recogido las bande­ras de la Izquierda Nacional y las 
despliega a los nuevos vientos que hoy soplan en nuestra América Latina.
Muchas de las tareas que hemos intentado desarrollar a lo largo de estos 
últimos cuarenta años han comenzado a hacerse fuerza social y política.

La Patria Grande

La Unidad de la Patria Grande ha dejado de ser una consigna para desplegar 
agitativamente y se ha convertido en bandera estratégica para un decisivo 
número de estados de nuestra balcanizada tierra. Argentina, Brasil, Paraguay 
y Uruguay están consolidando un Mercosur que ha dejado de estar en manos de 
economistas y empresarios, para pasar a ser iluminado con proyectos 
culturales, políticos, científicos, territoriales y militares. A este grupo 
inicial de países se le ha sumado la Venezuela Bolivariana, que bajo la 
conducción del Comandante Hugo Chávez despliega para el conjunto de nuestros 
pueblos las antiguas aspiraciones del Libertador.
El mapa político de Suramérica ha comenzado a dibujarse con el mismo lápiz 
con que Pe­rón, como presidente y estratega del movimiento nacional 
argentino, y Jorge Abelardo Ra­mos, en la lucha ideológica y política desde 
el llano, esbozaron, hace ya cincuenta años, nuestro inevitable destino 
continental.
Nunca, desde los tiempos de las guerras por la Independencia ha sido tan 
fuerte, tan só­lido y tan operativo el sentimiento de pertenencia a una 
misma Patria. Desde todos los puntos de nuestro inmenso continente llegan 
expresiones de gobierno y de pueblos que anhelan sumarse a este Mercosur, 
que ha logrado poner coto al ALCA, la política nortea­mericana de dominación 
en el área. Lejos de afirmarse, el ALCA ha debido posponer sus planes, 
gracias a la presión mancomunada del Mercosur, que ha encontrado en las 
cancille­rías de Brasil y Argentina la coincidencia de objetivos que 
faltaban durante estos últimos diez años. Cada semana se amplía y 
profundiza, en reuniones presidenciales, ministeriales y diplomáticas, la 
institucionalización de nuestro gran espacio. Si bien, existen dificultades 
en países del Pacífico, como Chile o Perú, que se resisten, por razones 
históricas y sociales, al impulso de unidad, es cada día más evidente la 
confraternidad y comunidad de intereses y objetivos que existen entre los 
países de la Cuenca del Plata y entre sus respectivos gobier­nos.

La Argentina y la crisis del modelo imperialista

En nuestro país, el partido justicialista, que sigue conteniendo a las 
grandes mayorías na­cionales, se encuentra en la confusa encrucijada de un 
laberinto. Limitado y agobiado por los años de sumiso silencio y callada 
obediencia a la política oficial menemista, a los mitos monetaristas del 
liberalismo y a la voluntad de la potencia imperialista hegemónica, EE.UU., 
tiene dificultades insalvables para reencontrarse con sus ideales y programa 
histó­ricos. Ha dejado de ser ese mero instrumento electoral al que el 
General Perón acudía para ratificar en las urnas la legitimidad que 
previamente residía y era ejercida en el seno del pueblo, para convertirse 
en un partido del régimen.
Es por eso que el partido justicialista ha dejado inevitablemente afuera a 
los mejores ele­mentos del peronismo, a los sectores más profundamente 
vinculados a su experiencia histó­rica y a las nuevas generaciones de 
hombres y mujeres del pueblo que saben de ésta tradi­ción, pero no 
encuentran el cauce político que la exprese.
El 19 y 20 de diciembre de 2001, los sectores populares argentinos, los 
trabajadores, las grandes masas de desocupados y amplios sectores de la 
clase media empobrecida, hicieron temblar hasta sus cimientos el modelo 
político y económico de dominación imperialista, haciendo renunciar al 
ideólogo del mismo, el ministro de Economía Domingo Cavallo y al impávido, 
conservador y reaccionario presidente radical Fernando de la Rúa. Durante 
unos días nuestro pueblo fue dueño de las calles y factor determinante y 
exclusivo para la constitución de una nueva relación de fuerzas en la 
Argentina. Pero el alzamiento popular no se convirtió en una revolución. La 
debilidad de los trabajadores, la liquidación del apa­rato productivo, el 
retroceso gigantesco de las conquistas alcanzadas habían sido de tal 
magnitud que imposibilitaron que esa nueva relación de fuerzas se 
convirtiese en acción política revolucionaria. Y las elecciones no hicieron 
sino reflejar estas limitaciones.
Por un lado, Carlos Menem, el autor y responsable del desmantelamiento del 
aparato del Estado y de la entrega de nuestras empresas y riquezas 
nacionales a la voracidad imperia­lista, intentaba continuar y profundizar 
su vasallaje, con un programa que, de cumplirse, impediría para siempre 
nuestro desarrollo soberano y pondría en riesgo la marcha y profun­dización 
del proceso de unidad continental expresado en el Mercosur.
Por otro lado, Adolfo Rodríguez Sáa, quien en unos días como presidente, 
puso al país nuevamente de pie y lleno de entusiasmo y fe en el futuro, al 
declarar la moratoria de la deuda externa, lanzar un amplio plan de lucha 
contra la pobreza y la desocupación y volver a las fuentes tradicionales del 
movimiento nacional, expresó en su programa y en su cam­paña el proyecto más 
osado y radical: un retorno a la política histórica del peronismo en el 
marco de la necesaria reconstrucción del Estado nacional desguazado.
Y por fin, la candidatura de Néstor Kirchner aparece como resultado 
exclusivo de tres ne­gativas: la de Eduardo Duhalde a presentarse como 
candidato en los días en que el miedo producido por el asesinato de 
Santillán y Kostecki le hacían decir cualquier cosa; la de las encuestas 
electorales a la candidatura de José Manuel de la Sota; y la de Carlos 
Reuteman a aceptar la invitación del PJ. Ungido a último momento, logró 
acumular el peso del apa­rato partidario bonaerense, formado sobre la base 
del más crudo clientelismo político en manos de los intendentes del gran 
Buenos Aires. Fue este candidato el que asumió la presidencia, cuando el 
candidato que había ob­tenido más votos, Menem, se negó cobardemente a 
presentarse al balotaje.

El gobierno de Kirchner

Asume entonces el gobierno un sector del peronismo con una base 
predominantemente pequeño burguesa, cuyos dirigentes habían sido ejecutores 
complacientes de las políticas desnacionalizadoras del menemismo, sin muchos 
vínculos con el movimiento sindical, con una visión bastante provinciana de 
la realidad política nacional y que es tributario de su triunfo al poderoso 
aparato que maneja con mano firme Eduardo Duhalde. El gobierno del 
presidente Kirchner llegaba, entonces, al gobierno como resultado de una 
profunda división en el seno del peronismo.
A casi dos años de estos hechos, este gobierno ha dado muestras de sus luces 
y sus sombras.
Nos encontramos con un gobierno débil, con muy escasos cuadros 
administrativos pro­pios y con una alta concentración del poder en la figura 
del presidente, que intenta recons­truir el aparato del Estado en sus 
aspectos esenciales, que, con una paciencia a veces exas­perante, pretende 
resistir las presiones sin límites de las empresas privatizadas y que ha 
asumido una negociación de la deuda externa con dignidad y firmeza. Se trata 
de un go­bierno que ha planteado como estratégica la continuación del 
Mercosur y ha sabido aislar a estas negociaciones de los altibajos del 
comercio regional y de los reclamos sectoriales, pero que no se atreve a 
revisar en profundidad los postulados económicos liberales y ha sido 
incapaz, pese a algunos esfuerzos, de dar solución rápida y profunda al 
hambre que sufre un inmenso sector de nuestro pueblo. Estamos frente a un 
gobierno que ha reivindi­cado la soberanía argentina sobre las Islas 
Malvinas y a los combatientes que en ella lucha­ron como no había ocurrido 
durante los veinte años de democracia formal, pero cuyo mi­nistro de 
Economía se resiste a reactivar el mercado interno por la vía del aumento 
salarial y mantiene un conservador superávit fiscal, en momentos en que la 
creación de nuevas fuentes de trabajo y la reactivación económica  deberían 
constituir el único objetivo de la conducción del área.
Este gobierno ha intentado a lo largo de dos años de independizarse del 
poder generado por el sistema de caciques del partido Justicialista y ha 
buscado ampliar su base de sustento hacia sectores de la clase media 
progresista, fundamentalmente de la ciudad de Buenos Aires, y con cierta 
inserción en sectores desocupados de la ciudad y del Gran Buenos Aires. 
Estos intentos han tenido un escaso éxito, razón por la cual, y ante la 
inminencia de elec­ciones legislativas en el 2005, el presidente Kirchner y 
sus amigos han debido reparar los puentes con la maquinaria electoral del 
justicialismo y su sistema de aprietes y favores. El gobierno se encuentra 
así sostenido por un minoritario sistema de dirigentes vinculados a cierto 
progresismo izquierdista, con escaso poder electoral, y por la estructura 
del PJ, sus gobernadores, intendentes y punteros, educados políticamente en 
el menemismo, que des­confían orgánicamente del santacruceño y sus intentos 
reformistas. El concepto elaborado y sostenido por Alberto Guerberof de "un 
gobierno sin partido en un país sin estado" sinte­tiza con claridad la 
debilidad orgánica tanto del gobierno como de la sociedad en su con­junto, 
después del vendaval que liquidó la herencia del peronismo, del 
yrigoyenismo, como YPF y hasta del roquismo, como el correo, el agua y el 
ejército nacional fundado en el ser­vicio militar obligatorio.

La oposición

Del otro lado, lo enfrenta el conjunto del sistema imperialista, los 
acreedores externos, las privatizadas, el sector agrario enriquecido por la 
devaluación y enemigo declarado de las retenciones a las exportaciones, los 
viejos y nuevos representantes de los sectores enrique­cidos durante los 
noventa a costa del empobrecimiento de la mayoría de los argentinos, con sus 
López Murphy, Macri y Sobisch. Estas clases sociales han gobernado el país 
desde el golpe de estado de 1976 y, por primera vez, se encuentra sin una 
dirección unificada y con un enorme descrédito social y político. Hasta 
ahora no han podido confrontar con el go­bierno sino a través de la figura 
mediática del señor Blumberg en el tema de la seguridad pública, 
fundamentalmente alrededor de los secuestros extorsivos.
El cuadro opositor se completa con la sistemática campaña de descrédito 
desplegada por la señora Lilita Carrió con gran repercusión en la prensa 
comercial y en las usinas políticas del neoliberalismo. La ex diputada 
alfonsinista encabeza un amplio frente opositor que abarca desde un tibio 
progresismo hasta sectores ultraizquierdistas que creen vivir en una 
situación preinsurreccional y llevan adelante una política de confrontación 
que, si bien no puede alcanzar el poder, socava al gobierno facilitando y 
hasta dando excusas a la acción de la derecha imperialista.

El reagrupamiento de la Izquierda Nacional, hacia un nuevo movimiento 
nacional

En los últimos casi treinta años la Izquierda Nacional sufrió los embates y 
las derrotas que experimentó el conjunto del pueblo argentino. Se produjo 
entonces un largo proceso de escisiones y rupturas que llevaron a una 
completa dispersión de sus cuadros y organizaciones. Algunos compañeros 
pasaron por el justicialismo y, decepcionados, volvieron a su casa. Otros 
compañeros desarrollaron distintas experiencias políticas a lo largo de 
estos años, organizando alguna forma de nucleamiento político en su 
provincia o en su ciudad o comprometiendo su acción militante en 
organizaciones gremiales. Hay compañeros que con sus organizaciones lograron 
establecer vínculos de estrecha colaboración y respeto con sectores del 
nacionalismo, tanto de origen militar como peronista. Hay compañeros y 
organizaciones que han desarrollado un intenso trabajo de organización 
social, agrupando a obreros desocupados y sus familias y llevando adelante 
emprendimiento productivos solidarios. En todos ellos ha permanecido vivo el 
pensamiento estratégico de la Izquierda Nacional y los acontecimientos 
históricos de los últimos años no han hecho sino reafirmar esta convicción. 
Entendemos que es necesario, sin plazos y sin condiciones, iniciar un 
movimiento unificador de toda esta fuerza en un diálogo y cooperación 
sinceros y fraternales, en donde nos reconozcamos en nuestras experiencias 
sin anteojeras ideológicas y sin prejuicios derivados de enfrentamientos que 
ya tienen un cuarto de siglo. Este proceso de reencuentro y unificación 
deberá plantearse sin ideas preconcebidas acerca de la organización que nos 
daremos y dando cara a la magnitud de las tareas que los nuevos tiempos y la 
juventud argentina nos exigen.
Pero este objetivo sólo adquiere sentido en la realización de la otra tarea 
estratégica: la de la recreación del gran movimiento nacional revolucionario 
que exprese al conjunto de las clases y sectores esquilmados por el 
imperialismo, a los trabajadores sindicalizados y a la vasta multitud de 
obreros desocupados, campesinos sin tierra, empleados con sueldos 
miserables, profesionales sin destino en la producción y estudiantes sin 
futuro, a las nuevas generaciones de militares que anhelan unas Fuerzas 
Armadas al servicio de la integridad territorial y del desarrollo económico 
soberano de la Patria. Con el aporte de miles de dirigentes y militantes 
peronistas que no fueron corrompidos por el menemismo, de miles de 
dirigentes gremiales que han resistido durante todos estos duros años, de 
miles de esforzados dirigentes sociales que hicieron frente al hambre de sus 
compatriotas y los ayudaron a organizarse y enfrentar al poder, de miles de 
hombres y mujeres, jóvenes y viejos las banderas históricas del pueblo 
argentino volverán a flamear victoriosas como lo hicieron el 17 de octubre 
de 1945.
Entendemos que la mejor manera de poner en acción estos puntos de vista y 
alcanzar estos objetivos es dando un paso concreto hacia esa unidad, no para 
cristalizar particularidades, sino para respetarlas y asumirlas en el 
movimiento general. Vemos a la Izquierda Nacional como un gran torrente 
político e ideológico necesario para enfrentar los combates que vienen.
El movimiento Patria y Pueblo, con quien hemos mantenido permanente 
contacto, con quien hemos participado en la campaña del Movimiento Nacional 
y Popular en las últimas elecciones, ha logrado constituir en la región 
metropolitana una importante organización militante con presencia en el 
movimiento de desocupados, en el movimiento barrial y en el movimiento 
estudiantil. A su vez, ha desarrollado una tarea de reagrupamiento de los 
cuadros de la IN con una visión amplia y fraterna que compartimos.
En esta perspectiva y con las convicciones aquí expresadas, los abajo 
firmantes hemos decidido integrarnos al movimiento Patria y Pueblo, desde 
donde continuaremos luchando por la liberación nacional y la unidad 
latinoamericana.

#####

Intentamos integrarnos, entonces, a una organización política preexistente, 
con estas consideraciones y objetivos. Fui elegido en un plenario como 
miembro de la Mesa Nacional del partido y, a partir de ese momento actué 
persiguiendo la realización de los objetivos planteados en la declaración 
precedente, realizando una intensa labor tendiente a la unificación de 
distintos sectores con origen común en la Izquierda Nacional, así como en la 
elaboración de la política nacional y latinoamericana del movimiento.
Desde el principio mismo de la incorporación surgieron algunas diferencias 
con respecto a dos puntos:
En primer lugar, al tipo de organización que debíamos crear. Mi opinión, 
junto con la de algunos otros compañeros, era la construcción de una amplia 
organización que nuclease a afiliados y militantes que coincidieran con los 
grandes lineamientos de la Izquierda Nacional expresados por Patria y Pueblo 
en la coyuntura política que nos tocaba vivir, mientras que otros 
compañeros, mayoritarios en la conducción del partido, insistían en la 
formación de una cerrada estructura de cuadros descripta con abundancia de 
metáforas militares, del tipo "ejército en marcha". Se insistía en un 
criterio formalista según el cual cierto modo de organización partidaria, 
con cuadros regimentados bajo un cercano control de la dirección, fundado en 
deformados conceptos de origen leninista, aseguraría la incorruptibilidad de 
los cuadros y la intransigencia de la política. Pese a que el partido 
fundado por el propio Lenin, según sus estrictos criterios, fue el que 
entregó la propiedad estatal rusa a una mafia formada por los propios 
cuadros partidarios, los demás integrantes de la mesa de PyP se aferraban a 
estas viejas concepciones. En lugar de plantearse el problema de dotar de 
nuevas representaciones a las grandes masas a las que los grandes partidos 
tradicionales ya no pueden representar - como se expresaba en nuestro 
documento- se optaba por el pequeño cenáculo, con sus reuniones de núcleo 
presididas por un miembro de la dirección, con la obligatoriedad de 
concurrir a ellas y demás preceptos de la liturgia de los grupos de 
izquierda. La discusión quedó abierta y postergada. Mi opinión era que el 
desarrollo de la política generase las condiciones necesarias para 
resolverla, habida cuenta de que, era mi punto de vista, esta diferencia no 
podía interferir en nuestra voluntad de construir una formación política 
numerosa, influyente y capaz de generar y hacer política.

La segunda diferencia importante era un punto de vista crítico de mi parte a 
subrayar las diferencias surgidas en la Izquierda Nacional hace treinta 
años, cuando se inició el alejamiento entre Ramos y Spilimbergo. Si bien 
tanto los compañeros más veteranos como yo habíamos permanecido junto al 
último en aquellas jornadas y lo habíamos acompañado durante todas o algunas 
etapas del camino, consideraba que reabrir la discusión sobre aquellos 
lejanos tiempos sólo serviría para ahondar el distanciamiento entre los 
diversos grupos de IN, cuando la tarea central era la convergencia, tal como 
lo expresaba nuestra declaración.
Actuamos y actué en consonancia con ella. Fui uno de los impulsores de la 
publicación de la revista Política y, hasta último momento, busqué el 
acuerdo con otros grupos de IN para que fuese una edición conjunta y no sólo 
el producto de PyP. Tuve que luchar contra la inoportunidad y el sectarismo 
de algún compañero que, en medio de las negociaciones con el movimiento 
Causa Popular, conducido por Alberto Guerberof y que acompañó a Ramos en las 
querellas de 1975, saliera públicamente con un intempestivo brulote contra 
Jorge Abelardo Ramos, en evidente actitud rupturista.
Di charlas y conferencias en todas partes del país expresando el punto de 
vista sostenido por PyP y, pese a la cautelosa y desconfiada actitud de 
varios miembros de la mesa, mis intervenciones públicas, personales, por 
escrito, por radio, televisión e internet, jamás entraron en colusión con la 
línea política de PyP, sino que, por el contrario, abrían perspectivas para 
la acción política de nuestro movimiento.
No obstante ello, a lo largo del tiempo, se fue desarrollando una 
desconfianza y una falta de confraternidad, cuyo origen, según pude 
enterarme hace unos días, radicaba en lo que dieron en llamar mi "concepción 
sobre la construcción partidaria", es decir en mi negativa a conformar una 
secta salvacionista, y mi insistencia en construir un partido en el que los 
argentinos de carne y hueso, sin mayores dones que su mera preocupación por 
su patria y su futuro pudieran encontrar un lugar de lucha.
No voy a poner a quienes hayan llegado hasta aquí en la penosa tarea de 
conocer las pequeñas maniobras, las zancadillas arteras o la hipocresía que 
tuve que sufrir por mi resistencia a convertirme, a mi edad, en un boy 
scout, para quien debería ser más importante ser orgánico que ser político. 
Todo tipo de personajes, incluso ajenos al partido -lo que no deja de ser 
paradójico en un grupo autorreferenciado a su sacramental organicidad- 
desfilaron en la campaña de desprestigio previa a la ejecución. El teléfono 
dejó de sonar para comunicarme la suspensión de reuniones o las novedades 
del movimiento. Había comenzado la acción de enfriamiento.
El hecho es que la mayoría de la mesa nacional de PyP decidió expulsarme, el 
sábado último, por el hecho de que mi "inorganicidad ha generado un mal 
ambiente en la mesa", aún cuando "soy la persona que más coincide 
políticamente con PyP" y dándole a la expulsión la forma cínica de una 
licencia no solicitada. Como no se animaron a votar una expulsión -cosa que 
propuse-, concientes de la naturaleza sectaria que tal actitud comportaba, 
encontraron este cínico recurso, inútil para ocultar la naturaleza sectaria 
y excluyente de la actitud.
De manera, estimados amigos, que por decisión de la dirección de PyP y de su 
rampante celotismo he dejado de pertenecer al agrupamiento, y que, por lo 
expuesto, han resultado incorrectas nuestras presunciones sobre que, desde 
allí, podríamos llevar adelante un proyecto de unificación de la Izquierda 
Nacional. Si han sido incapaces de convivir con quien ha marcado un punto de 
vista diferencial en un par de cuestiones, es imposible que de ese 
agrupamiento surja política unificadora alguna, la que tendría que absorber 
diferencias más complicadas y con un desarrollo identitario de años de 
militancia. Quienes hoy dirigen PyP, he llegado a la conclusión, quieren 
construir, tan sólo, una pequeña secta sin voluntad integradora, 
autocomplaciente con su estrechez y doctrinarismo, orgullosa de su pequeña 
talla y su dogmatismo.
Libre de los compromisos que traté de preservar y respetar, continúo como 
siempre en la lucha por la liberación nacional y la unidad latinoamericana a 
la que me sumé a los veinte años. Las ideas de la Izquierda Nacional siguen 
siendo un instrumento irremplazable en esa tarea. Sigo considerando, como lo 
expresamos en aquella declaración de hace tres años que "es necesario, sin 
plazos y sin condiciones, iniciar un movimiento unificador de toda esta 
fuerza en un diálogo y cooperación sinceros y fraternales, en donde nos 
reconozcamos en nuestras experiencias sin anteojeras ideológicas y sin 
prejuicios derivados de enfrentamientos que ya tienen un cuarto de siglo. 
Este proceso de reencuentro y unificación deberá plantearse sin ideas 
preconcebidas acerca de la organización que nos daremos y dando cara a la 
magnitud de las tareas que los nuevos tiempos y la juventud argentina nos 
exigen".
Cuando el pueblo argentino, después de la última elección, ha ratificado la 
política del presidente Kirchner de reasumir el rumbo de nuestra revolución 
nacional latinoamericana, cuando las declaraciones de la nueva presidente 
Cristina Fernández de Kirchner ratifican y profundizan esa voluntad popular, 
al responder con patriótica firmeza y dignidad la alevosa provocación del 
imperialismo yanqui, a través del mismísimo FBI, se hace, también, más 
necesaria que nunca "la recreación del gran movimiento nacional 
revolucionario que exprese al conjunto de las clases y sectores esquilmados 
por el imperialismo, a los trabajadores sindicalizados y a la vasta multitud 
de obreros desocupados, campesinos sin tierra, empleados con sueldos 
miserables, profesionales sin destino en la producción y estudiantes sin 
futuro, a las nuevas generaciones de militares que anhelan unas Fuerzas 
Armadas al servicio de la integridad territorial y del desarrollo económico 
soberano de la Patria", como sosteníamos hace tres años.

Esta seguirá siendo mi lucha y será ésta la última vez que hable sobre estos 
lamentables incidentes.

Pântano do Sul, Isla de Florianópolis, Santa Catarina, Brasil

13 de diciembre de 2007
Julio Fernández Baraibar
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