[R-P] El judaísmo oficial y la dictadura - Herman Schiller

Boletín Bambú bambuprensa en yahoo.com.mx
Jue Dic 20 00:23:53 MST 2007


El judaísmo oficial y la dictadura
Por Herman Schiller


A principios del gobierno de Alfonsín, en una durísima
discusión que tuvo lugar en un local del ala progre del
sionismo ubicado en Junín al 200, la inolvidable Renée
Epelbaum, una de las fundadoras de las Madres de Plaza de
Mayo que tenía a sus tres hijos desaparecidos, acuñó
aquella frase que durante mucho tiempo se hizo carne entre
los familiares de detenidos-desaparecidos de origen judío:
“No quisiera enterarme que a mis hijos judíos los mataron
con armas israelíes”.

En abril del ’99, después que testimonié ante el juez
Baltasar  Garzón en Madrid, el Partido Socialista de Israel
(“Meretz”) me invitó a participar en su país de una serie
de actos. En ese contexto tuve oportunidad de hablar en  
la Universidad Hebrea de Jerusalem y, por supuesto, me
referi al papel nefasto que los distintos gobiernos
israelíes y la estructura institucional judeoargentina
jugaron en la época de la dictadura.

Sobre el tema de los pertrechos bélicos me respondió Alex
Ben Tzví, ex consejero de la embajada de Israel en Buenos
Aires, con quien en 1996 había mantenido un altercado
radial: “Nuestros enemigos exageran el tema, porque el
Estado de Israel solamente (sic) le vendió a los militares
argentinos el 13% de sus necesidades armamentistas”.

Aquellas palabras de Ben Tzví, que causaron sonrisas entre
los presentes, deben haber sido seguramente la más clara
confesión  oficial israelí sobre ese sucio negocio.

Hace unos cinco años, en un programa televisivo de la
comunidad judía local conducido por Daniel Schnitman,
participaron Eduardo Luis Duhalde (entonces juez federal,
hoy secretario de Derechos Humanos de la Nación ), Oscar
Kuperman (uno de los líderes piqueteros), María Gutman
(integrante de la Asociación Madres de Plaza de Mayo) y yo.

Duhalde, en su intervención, narró de qué modo, sobre los
finales de la dictadura y junto al poeta Vicente Zito Lema,
entrevistaron en Europa a Peregrino Fernández, un policía
que se quebró y confesó buena parte de las atrocidades
cometidas por él y sus compinches durante la égida del
terrorismo de Estado. Duhalde, en su intervención,
transmitió que Peregrino, durante la extensa confesión, dio
pormenores de cómo Herzl Inbar, ministro consejero de la
embajada de Israel en la Argentina , les daba
“instrucciones antisubversivas”.

Las declaraciones del policía se registraron en 1983 y, al
tomar estado público, familiares de desaparecidos judíos se
dirigieron a la embajada de Israel   --entre ellos Fanny
Bendersky, que luego trabajara durante muchos años en el
Cels--  para que ratifiquen o rectifiquen la afirmación de
Peregrino. Nunca hubo una respuesta.

Pasó casi un cuarto de siglo. De un tiempo a esta parte
estamos asistiendo a una feroz ofensiva del judaísmo
oficial  --israelí y local--  para autoblanquerase en este
tema. No resulta fácil generar anticuerpos para
contrarrestar esta orgía de mentiras, porque no son pocos
los cómplices fuera del judaísmo que, por cálculos
pragmáticos u oportunistas, se unieron a la farsa.
Probablemente influya en ésto la reducción de la otrora
poderosa izquierda judía a la minima expresión. De todos
modos hay algunos elementos puntuales que merecen
señalarse. Por ejemplo, el libro de Marcel Zohar “Shlaj et
amí lazalzel” (Manda a mi pueblo al diablo) que en 1991
apareció en Israel con denuncias muy parecidas a las mias y
que fuera comentado en su momento por el matutino Pagina
12. Y, también, el incisivo articulo de un escritor y
docente universitario israelí como Itzjak Laor publicado en
el matutino Haaretz de Tel Aviv muy pocos días después de
la masacre de la Amia.

El artículo se titulaba “Zejer haneedarim bearguentina” (En
memoria de los desaparecidos en Argentina) y fustigaba con
mucha energía la doble moral desarrollada por Israel, que
envió urgentemente una delegación  de socorro en
oportunidad del atentado de la calle Pasteur, pero nada
hizo, ni siquiera levantó el teléfono para protestar,
“cuando los militares asesinos se llevaban a los judíos por
centenares durante la dictadura militar”.

Durante toda la etapa aciaga del ’76 al ’83, el judaísmo
oficial, allí y aquí  --eso incluye a los distintos
gobiernos israelíes y a la casi totalidad de las
organizaciones judeoargentinas establecidas--,  solían
caracterizar a los desaparecidos como “antiisraelíes al
servicio del terrorismo”. Inclusive los dirigentes del
sector izquierdoso del sionismo, cuando eran entrevistados
en Israel en los primeros años del horror por algún
familiar o amigo de desaparecido que reclamaban
desesperadamente “hagan algo” (hay varios testigos),
respondían que “esto les había pasado por no recibir
educación sionista”(sic).

Y como la vida institucional judía (religiosa, cultural,
sociodepor-iva) se desarrollaba en la Argentina  con
absoluta normalidad -y los famosos countrys judíos como los
de Hebraica y Hacoaj se inauguraron precisamente en esa
etapa nefasta del país--  resultó normal, casi obvio, el
alineamiento explícito del judaísmo oficial con los
militares, “quienes no sólo apoyan a Israel en los
distintos foros internacionales, sino que también facilitan
nuestra actividad comunitaria”.

El genocidio pareció  importarles muy poco y priorizaban
que el “ishuv” pudiera expresar su identidad judía sin
inconvenientes. Y este cuadro de situación se ahondó aún
más cuando el gran rabino de la comunidad Shlomo Benhamú,
luego de participar a principios de 1977 de una reunión de
religiosos de distintos credos con Videla, elogió la
personalidad del dictador y enfatizó especialmente que, en
plena Casa Rosada, le habían servido comida “casher”.

En declaraciones que, en su momento, merecieron el repudio
de Marshall Meyer y mío y la publicación de comunicados muy
críticos por parte de algunos familiares como Gregorio
Lerner; el presidente de la DAIA , doctor Mario H.
Gorenstein, llegó a decir por lo menos dos veces (una en la
“kehilá” de Bahía Blanca y otra en el Centro de Estudios
Judaicos que funcionaba en la calle Ayacucho donde hoy está
el Instituto Científico Judío IWO) que a la comunidad judía
le convienen más los gobiernos de facto que los
constitucionales “porque los militares tienen mayor
capacidad operativa para controlar el antisemitismo y el
antisionismo”.

La izquierda y los terroristas están junto a quienes
anhelan destruir al Estado judío, solían expresar los
dirigentes judíos una y otra vez. Y, a través de sus
declaraciones, discursos, comunicados, notas en la prensa
adicta y demás, surgía claramente que sus posiciones a
favor del régimen autoritario no era un tema táctico, sino
de íntima convicción: “Los militares se encuentran de
nuestro lado; en cambio, los subversivos alientan a
nuestros enemigos”.

Eso se potenció hasta el hartazgo cuando Firmenich y Vaca
Narvaja se fotografiaron junto a Arafat en el Líbano (y los
dirigentes judeoargentinos corrieron a decirle a los
militares “ven, ven, los enemigos de ustedes también son
nuestros enemigos”) y algo parecido ocurrió en 1978, cuando
el teniente general israelí Jaim Laskov se entrevistó con
Videla y luego tuvo palabras de encomio hacia el gobierno
militar en el Luna Park, en oportunidad de celebrarse el
trigésimo aniversario del Estado de Israel. Acto, dicho sea
de paso, que fue la única expresión permitida en esos días
de persecución y muerte, con la presencia estelar y
ovacionada del integrante de un gobierno de facto anterior:
el almirante Isaac Francisco Rojas. 

En esa misma línea también debe inscribirse al general
Ariel Sharón que, en 1980, cuando era ministro de Defensa
de Israel, dijo sin ruborizarse en oportunidad de visitar
al general Policarpo Paz, jefe de la dictadura hondureña,
que en esos días era denunciada en todo el mundo por su
política criminal en materia de derechos humanos: “Israel
no sólo le vende armas a Honduras por negocios, sino porque
está con nosotros en la lucha común contra el comunismo
internacional”.

En ese momento llegó a Buenos Aires Menajem Hacohen, un
rabino ortodoxo que integraba en la Knéset el bloque
opositor laborista. Al preguntarle en una entrevista acerca
de esas declaraciones de Sharón, Hacohen me respondió:
“Hemos creado el Estado judío para que sea distinto, justo
y socialista, y no para convertirlo en proveduría de
armamentos para las dictaduras militares de América
latina”.

Durante mi mencionada visita a Israel de abril del ’99,
estaba pronunciando una conferencia en “Tzavta” de Tel Aviv
sobre la caracterología fascista y antisemita de la
represión dictatorial en Argentina,cuando sorpresivamente
se presentaron dos ex ministros del gobierno de Itzjak
Rabín: Iosi Sarid y Amnón Rubinstein. Ambos señalaron que
no sólo habían concurrido para “rendirle homenaje a un
luchador por los derechos humanos que dignifica al pueblo
judío”   --lo que para mí resultó una abrumadora
gratificación en contraste con los palos que habitualmente
recibo por parte de la reaccionaria dirección comunitaria
judía local--,  sino también para denunciar “el papel
nefasto de Israel como cómplice de las peores dictaduras
latinoamericanas y del apartheid sudafricano”.

Y Iosi Sarid, que en aquellos días todavía era considerado
como el líder del ala izquierda de su partido, agregó:
“Israel debería pedir perdón a todos los familiares de las
víctimas de esos regímenes sangrientos”.

Quiero puntualizar dos cosas antes de concluir: no estoy
tratando de levantar mi persona y de disminuir todo lo que
esté enfrente. No es que en esa época yo era bueno y ellos
eran malos --a lo mejor, y seguramente, debe haber sido al
revés, porque no puedo ni debo omitir que cometí muchos
errores--,  sino que se trataba de los criterios
filosóficos e ideológicos, absolutamente antagónicos, con
que se tomó el asunto desde el principio: para mí los
desaparecidos eran mis compañeros de lucha, muchos de ellos
combatientes de las organizaciones armadas populares,
mientras que para el judaísmo oficial eran terroristas que
estaban en la vereda de enfrente.

Todos los desaparecidos judíos (hasta ahora se llevan
contabilizados alrededor de 2000), que entregaron su vida
generosamente, y aunque no lo supieran o dijeran lo
contrario, estaban para mí infinitamente más cerca de las
utopías de justicia social de los antiguos profetas de
Israel que de los corruptos burgueses que desde añares
vienen conduciendo las instituciones judías locales.



Roberto Bardini
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