[R-P] [E. Lacolla] 2007, el año de la divisoria de aguas?
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Mie Dic 19 13:46:53 MST 2007
¿2007, el año de la divisoria de aguas?
Por ENRIQUE LACOLLA
Ciertos síntomas indican que la pandilla neoconservadora de Washington
podría estar siendo frenada en los pasillos del poder de su propio
país.
Sobre el final del ejercicio de 2007 se acaba de producir un episodio
que quizá sirva para marcar un momento definidor, una divisoria de
aguas en el curso preponderante que ha tenido la política mundial
desde el colapso de la Unión Soviética para acá. El informe de la
Comunidad de Inteligencia Norteamericana que desvirtúa la posibilidad
no sólo de que Irán esté en vías de hacerse con la bomba atómica, sino
que a su vez informa que ese país había renunciado a su programa
armamentista nuclear ya en 2003, el año de la agresión norteamericana
a Irak, desnuda la retórica belicista que George W. Bush, el lobby
fundamentalista integrado por los neoconservadores, el grupo de
presión proisraelí, el complejo industrial militar y los magnates del
petróleo implementaron para programar un Medio Oriente y un Asia
central diseñados a la medida de sus intereses.
Pero ese informe revela tácitamente algo más, el probable colapso de
la insensata inflexión de la política norteamericana generada al
conjuro de su triunfo en la guerra fría.
Durante esta, si bien Estados Unidos era la potencia hegemónica
indiscutible en el bando occidental, su autoridad era aceptada por
todos sus socios mayores, en el marco de lo que Eric Hobsbawm llamara
una "coalición de los comulgantes". Podía haber fricciones entre los
aliados, pero esa superioridad era aceptada de buen grado tanto por
los gobiernos como por las mayorías populares del mundo desarrollado,
inquietos por el presunto peligro que venía del Este. Y Estados Unidos
correspondía a esa aceptación con el cumplimiento de ciertas reglas
mínimas de cortesía en el tratamiento hacia sus socios.
La implosión de la URSS liberó de pronto una ostentación feroz del
poder de Estados Unidos. Sin acordarse de pedir la opinión de nadie,
los estrategas de Washington se lanzaron a remodelar el mundo. La
atracción de los países del ex glacis soviético a la esfera de
influencia norteamericana y la ampliación de la Unión Europea de modo
de poner en eventual minoría a los Estados fundadores (calificados con
desdén como "la vieja Europa" por el ex secretario de Defensa Donald
Rumsfeld) al oponerles a los recién venidos, todavía temerosos de
Rusia y boquiabiertos por el esplendor y la magnificencia aparente de
los norteamericanos; el fomento estadounidense a las "revoluciones
naranja" en los estados de la ex URSS, para disociarlos de Rusia, la
separación de Ucrania, el anunciado despliegue misilísitico en Polonia
y la República Checa, y la instalación militar en Irak, Afganistán y
algunos estados del Asia central, configuran una maniobra de pinzas
que encierra a Rusia, amenaza a China y, por supuesto, pasa por encima
de las voluntades de los pueblos que se ven involucrados en la
operación. En especial de aquellos que, como Irak y Afganistán, la
padecen en carne propia y a los que no se les ahorrado nada: desde el
embargo comercial que los estrangula, hasta la invasión directa con su
secuela de bombardeos, exterminios, humillación y saqueo. Que algunos
a veces califican de "efectos colaterales".
De una inflexión a otra
La orientación norteamericana hacia una imposición agresiva de sus
puntos de vista, sin tomar en cuenta ni siquiera los intereses de sus
socios más allegados, se expresó incluso antes de la débacle de la
Unión Soviética, cuando esta agonizaba y era incapaz del menor
sobresalto para defender su lugar en el tablero mundial. La primera
guerra del Golfo tuvo lugar cuando Mijail Gorbachov se encontraba aun
en el poder. En consonancia con esto las actividades para fundar la
globalización del mercado libre se hicieron arrolladoras de parte del
conglomerado noroccidental y sometieron a Rusia a una humillación sin
paralelo. Durante el período eltsiniano esta remedó, a una escala
gigantesca y con consecuencias no menos catastróficas, el siniestro
experimento neoliberal que por esos años el menemismo estaba poniendo
en práctica en la Argentina y que se propagaba, bajo otros rótulos y
otros rostros, al resto de América latina y al mundo entero.
Un brutal crecimiento de las desigualdades económicas y sociales entre
el norte y el sur del mundo, e incluso en el seno de las sociedades
que se ubican en la parte privilegiada del planeta fue la consecuencia
de la aplicación a rajatabla de los consejos de los organismos de
crédito internacionales, respaldados por la parafernalia política del
mundo desarrollado y, en especial, de las administraciones
norteamericanas, emanación casi directa de los grupos de poder que se
funden en su seno y cuya voluntad, mucho más que la del electorado, es
la que orienta sus pasos.
Esta dirección recibió un impulso decisivo después de los atentados
del 11 de Septiembre de 2001, que abrieron la fase desvergonzadamente
imperialista del grupo neoconservador que se había hecho con las
palancas del poder en Washington y que se precipitó a explotar ese
acto de terrorismo (nunca transparentado con claridad en sus
componentes, por otra parte) para explayar su intención de imponer su
supremacía global mediante la fuerza militar.
Este proyecto marchó a tambor batiente a través de Irak y de
Afganistán, en un principio; pero, tras las primeras, descontadas y
fáciles victorias, comenzó a empantanarse ante una mixtura de
resistencias locales, insuficiencia de fuerzas terrestres para
asegurar el espacio ocupado, fuga de aliados, desprestigio
internacional y crecientes peligros derivados de una clásica ecuación
político-militar que resulta de la conjunción de la dispersión de
fuerzas, de los ingentes presupuestos bélicos que no tienen otro fin
que ellos mismos y de la guerra asimétrica que puede ridiculizarlos.
Pues los pobres pueden hacer frente a los ricos si están imbuidos de
la voluntad de enfrentarlos con la miniaturización y dispersión de sus
efectivos, el hostigamiento y la capacidad de sufrimiento. Elementos
contra los cuales la pesada parafernalia tecnológica concebida para
pelear conflictos a gran escala termina desgastando su eficacia, lo
cual a su vez acarrea la falta de respaldo doméstico a las aventuras
en el extranjero.
Por otra parte la fragilización constante de la economía
norteamericana, que consume más de lo que produce y que se encuentra
sujeta a la buena voluntad que puedan tener los chinos y los países
productores de petróleo en el sentido de que los primeros no vuelquen
sus reservas en dólares al mercado y de que los segundos no adopten
otro signo monetario como elemento de cambio, ponen al Imperio en una
situación difícil.
En este contexto las amenazas de Bush contra Irán y el martilleo
constante de la "guerra infinita" contra el eje del mal y las
declamaciones sobre una democracia a la que se niega con los actos, no
constituyen propuestas políticas sino fórmulas publicitarias que
indican la absoluta desorientación de la cabeza mundial y la
inexistencia de otro proyecto que no sea el irrealizable de imponer su
poder por la fuerza bruta, aplicada de forma continua, sistemática y
estéril, pues lo único que puede dejar esa conducta es una tierra
devastada de la que brotarán siempre los problemas.
Suicidar la historia
Se dirá que ese es el proyecto, mantener la agitación sin fin para
presumir el fin de una historia que habría de subsumirse en su propia
violencia y cerrar así el paso a cualquier evolución superadora.
Pero se trata de una fórmula suicida, y no es de extrañar que en los
pasillos del poder en Washington algunas de las mentes más claras
estén preocupadas ante esta deriva catastrófica y procuren frenar su
marcha. De ahí a pensar que el informe de la Comunidad de Inteligencia
es el producto de una decisión política originada en los sectores más
sensatos del poder no hay más que un paso. Estos sectores más sensatos
con seguridad no van a renunciar a la primacía que Estados Unidos
tiene en el mundo moderno, pero quizá estén deliberando acerca de la
forma de adecuarla al nivel de sus reales posibilidades. Y como
primera medida deben estar percibiendo la necesidad de remover a
quienes se han emborrachado con su verborragia y se proponen
intervenir a diestra y siniestra en un mundo que no entienden.
La imagen de Hinkel-Hitler jugando con el globo terráqueo en El Gran
Dictador se adecua para describir la naturaleza del momento actual.
Debería existir un nuevo Charles Chaplin para pintar la ridiculez
catastrófica del presente.
Esperemos que Bush y compañía encuentren en su propio país la
contención que los frene en su carrera hacia el abismo, pues en ella
nos pueden arrastrar a todos. Y en ese caso el desbarajuste originado
por el Tercer Reich sería un juego de niños frente a las
potencialidades catastróficas que encierra el presente.
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