[R-P] [CUPV] Homenaje al Libertador, en el 177 aniversario de su muerte
Patricia
desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Mar Dic 18 06:49:06 MST 2007
Nº 407 – Lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta
hoy (Bolívar por Martí)
El 17 diciembre de 1830, en marcha hacia el exilio,
perseguido, abatido, abandonado, en bancarrota,
“viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado,
calumniado y mal pagado” (como él mismo escribiría
días antes), murió el inmenso Libertador Simón José
Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar [cf. el envío
Nº 29 en www.agendadereflexion.com.ar, una nota
biográfica de Bolívar y unas citas de su Carta de
Jamaica]. Había nacido en Caracas, capital de la
Capitanía General de Venezuela, provincia del imperio
español, el 24 de julio de 1783. Después recorrió
123.000 kilómetros, más que lo que hicieron Colón y
Vasco da Gama juntos. Fue presidente de la República
de cinco países americanos. Llevó la antorcha de la
libertad a una distancia de 65.000 kilómetros, una
vuelta y media a la Tierra. Diez veces más que Aníbal
y el triple que Alejandro Magno. Su legado político
está más vigente que nunca.
José Martí (1853 – 1895) fue uno de los más grandes
poetas americanos, y el gran héroe de la independencia
cubana, donde se lo conoce y venera como el Apóstol.
Nació en La Habana en 1853 y vivió en España entre
1871 y 1874, deportado a raíz de sus ideas políticas.
Se dedicó a la poesía desde muy joven. A la vez,
estudió en Zaragoza Derecho y Filosofía y Letras.
Residió posteriormente en México desde 1874 a 1877.
Vivió en Guatemala poco tiempo y regresó a México
donde contrajo matrimonio y tuvo un hijo. En su
prolongado destierro vivió en Caracas y en Nueva York,
donde trabajó como traductor de una editorial y
colaboró con varios diarios y revistas, entre ellos La
Nación de Buenos Aires.
En 1889 publicó La Edad de Oro, su revista para niños
[cf. Agendas de Reflexión Nº 6 y Nº 40]. En 1892 fundó
el Partido Revolucionario Cubano y se dedicó a esta
causa en México, Santo Domingo y otros países. En 1895
estalló la Revolución, y se entablaron luchas en la
Isla, adonde habían desembarcado las fuerzas; en un
enfrentamiento, en el Combate de Dos Ríos, José Martí
perdió la vida en 1895 a los 42 años de edad.
Su literatura es de una gran profundidad, sencillez y
ternura, con un excelente manejo del vocabulario
castellano. Fue un escritor que representó la
transición americana entre el romanticismo y el
modernismo literarios. Pero el modernismo de José
Martí se opone a la literatura cargada de artificios
de su época.
Discurso pronunciado por José Martí sobre Simón
Bolívar, en la velada de la Sociedad Literaria
Hispanoamericana el 28 de octubre de 1893, y publicado
en "Patria", Nueva York, el 4 de noviembre de 1893.
Señoras, señores:
Con la frente contrita de los americanos que no han
podido entrar aún en América; con el sereno
conocimiento del puesto y valer reales del gran
caraqueño en la obra espontánea y múltiple de la
emancipación americana; con el asombro y reverencia de
quien ve aún ante sí, demandándole la cuota, a aquel
que fue como el samán de sus llanuras, en la pompa y
generosidad, y como los ríos que caen atormentados de
las cumbres, y como los peñascos que viven ardiendo,
con luz y fragor, de las entrañas de la tierra, traigo
el homenaje infeliz de mis palabras, menos profundo y
elocuente que el de mi silencio, al que desclavó del
Cuzco el gonfalón de Pizarro. Por sobre tachas y
cargos, por sobre la pasión del elogio y la del
denuesto, por sobre las flaquezas mismas, ápice negro
en el plumón del cóndor, de aquel príncipe de la
libertad, surge radioso el hombre verdadero. Quema, y
arroba. Pensar en él, asomarse a su vida, leerle una
arenga, verlo deshecho y jadeante en una carta de
amores, es como sentirse orlado de oro el pensamiento.
Su ardor fue el de nuestra redención, su lenguaje fue
el de nuestra naturaleza, su cúspide fue la de nuestro
continente: su caída, para el corazón.
Dícese Bolívar, y ya se ve delante el monte a que, más
que la nieve, sirve el encapotado jinete de corona, ya
el pantano en que se revuelven, con tres repúblicas en
el morral, los libertadores que van a rematar la
redención de un mundo. ¡Oh, no! En calma no se puede
hablar de aquel que no vivió jamás en ella: ¡de
Bolívar se puede hablar con una montaña por tribuna, o
entre relámpagos y rayos, o con un manojo de pueblos
libres en el puño y la tiranía descabezada a los
pies...! Ni a la justa admiración ha de tenerse miedo,
porque esté de moda continua en cierta especie de
hombres el desamor de lo extraordinario; ni el deseo
bajo del aplauso ha de ahogar con la palabra hinchada
los decretos del juicio; ni hay palabra que diga el
misterio y fulgor de aquella frente cuando en el
desastre de Casacoima, en la fiebre de su cuerpo y la
soledad de sus ejércitos huidos, vio claros, allá en
la cresta de los Andes, los caminos por donde
derramaría la libertad sobre las cuencas del Perú y
Bolivia. Pero cuanto dijéramos, y aun lo excesivo,
estaría bien en nuestros labios esta noche, porque
cuantos nos reunimos hoy aquí, somos los hijos de su
espada.
Ni la presencia de nuestras mujeres puede, por temor
de parecerles enojoso, sofocar en los labios el
tributo; porque ante las mujeres americanas se puede
hablar sin miedo de la libertad. Mujer fue aquella
hija de Juan de Mena, la brava paraguaya, que al saber
que a su paisano Antequera lo ahorcaban por criollo,
se quitó el luto del marido que vestía, y se puso de
gala, porque «es día de celebrar aquél en que un
hombre bueno muere gloriosamente por su patria»;
—mujer fue la colombiana, de saya y cotón, que antes
que los comuneros, arrancó en el Socorro el edicto de
impuestos insolentes que sacó a pelear a veinte mil
hombres; —mujer la de Arismendi, para la cual la mejor
perla de la Margarita, que a quien la pasea presa por
el terrado de donde la puede ver el esposo sitiador,
dice, mientras el esposo riega de metralla la puerta
del fuerte: «Jamás lograréis de mí que le aconseje
faltar a sus deberes»; —mujer aquella soberana Pola,
que armó a su novio para que se fuese a pelear, y cayó
en el patíbulo junto a él; —mujer Mercedes Abrego de
trenzas hermosas, a quien cortaron la cabeza porque
bordó, de su oro más fino, el uniforme del Libertador;
—mujeres lo que el piadoso Bolívar llevaba a la grupa,
fieras indómitas de sus soldados, cuando a pechos
juntos vadeaban los hombres el agua enfurecida por
donde iba la redención a Boyacá, y de los montes
andinos, siglos de la naturaleza, bajaban torvos y
despedazados los torrentes.
Hombre fue aquél en realidad extraordinario. Vivió
como entre llamas, y lo era. Ama, y lo que dice es
como florón de fuego. Amigo, se le muere el hombre
honrado a quien quería, y manda que todo cese a su
alrededor. Enclenque, en lo que anda el posta más
ligero barre con un ejército naciente todo lo que hay
de Tenerife a Cúcuta. Pelea, y en lo más afligido del
combate, cuando se le vuelven suplicantes todos los
ojos, manda que le desensillen el caballo. Escribe, y
es como cuando en lo alto de una cordillera se coge y
cierra de súbito la tormenta, y es bruma y lobreguez
el valle todo; y atajos abre la luz celeste la
cerrazón, y cuelgan de un lado y otro las nubes por
los picos, mientras en lo hondo luce el valle fresco
con el primor de todos sus colores. Como los montes
era él ancho en la base, con las raíces en las del
mundo, y por la cumbre enhiesto y afilado, como para
penetrar mejor en el cielo rebelde. Se le ve
golpeando, con el sable de puño de oro, en las puertas
de la gloria. Cree en el cielo, en los dioses, en los
inmortales, en el dios de Colombia, en el genio de
América, y en su destino. Su gloria lo circunda,
inflama y arrebata. Vencer ¿no es el sello de la
divinidad? ¿Vencer a los hombres, a los ríos
hinchados, a los volcanes, a los siglos, a la
naturaleza? Siglos, ¿cómo los desharía si no pudiera
hacerlos? ¿No desata razas, no desencanta el
continente, no evoca pueblos, no ha recorrido con las
banderas de la redención más mundo que ningún
conquistador con las de la tiranía, no habla desde el
Chimborazo con la eternidad y tiene a sus plantas en
el Potosí, bajo el pabellón de Colombia picado de
cóndores, una de las obras más bárbaras y tenaces de
la historia humana? ¿No le acatan las ciudades, y los
poderes de esta vida, y los émulos enamorados o
sumisos, y los genios del orbe nuevo, y las
hermosuras? Como el sol llega a creerse, por lo que
deshiela y fecunda, y por lo que ilumina y abrasa. Hay
senado en el cielo, y él será, sin duda, de él. Ya ve
el mundo allá arriba, áureo de sol cuajado, y los
asientos de la roca de la creación, y el piso de las
nubes, y el techo de centellas que le recuerden, en el
cruzarse y chispear, los reflejos del mediodía de
Apure en los rejones de sus lanzas; y descienden de
aquella altura, como dispensación paterna, la dicha y
el orden sobre los humanos. — ¡Y no es así el mundo,
sino suma de la divinidad que asciende ensangrentada y
dolorosa del sacrificio y prueba de los hombres todos!
Y muere él en Santa Marta del trastorno y horror de
ver hecho pedazos aquel astro suyo que creyó inmortal,
en su error de confundir la gloria de ser útil, que
sin cesar le crece, y es divina de veras, y corona que
nadie arranca de las sienes, con el mero accidente del
poder humano, merced y encargo casi siempre impuro de
los que sin mérito u osadía lo anhelan para sí, o
estéril triunfo de un bando sobre otro, o fiel
inseguro de los intereses y pasiones, que sólo recae
en el genio o la virtud en los instantes de suma
angustia o pasajero pudor en que los pueblos,
enternecidos por el peligro, aclaman la idea o
desinterés por donde vislumbran su rescate. ¡Pero así
está Bolívar en el cielo de América, vigilante y
ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca
al lado y el haz de banderas a los pies; así está él
calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no
dejó hecho, sin hacer está hasta hoy: porque Bolívar
tiene que hacer en América todavía!
América hervía, a principios del siglo, y él fue como
su horno. Aún cabecea y fermenta, como los gusanos
bajo la costra de las viejas raíces, la América de
entonces, larva enorme y confusa. Bajo las sotanas de
los canónigos y en la mente de los viajeros próceres
venía de Francia y de Norteamérica el libro
revolucionario, a avivar el descontento del criollo de
decoro y letras, mandado desde allende a horca y
tributo; y esta revolución de lo alto, más la levadura
rebelde y en cierto modo democrática del español
segundón y desheredado, iba a la par creciendo, con la
cólera baja, la del gaucho y el roto y el cholo y el
llanero, todos tocados en su punto de hombre: en el
sordo oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme,
vagaban con el consuelo de la guerra por el bosque las
majadas de indígenas, como fuegos errantes sobre una
colosal sepultura. La independencia de América venía
de un siglo atrás sangrando: — ¡ni de Rousseau ni de
Washington viene nuestra América, sino de sí misma! —
Así, en las noches amorosas de su jardín solariego de
San Jacinto, o por las riberas de aquel pintado Anauco
por donde guió tal vez los pies menudos de la esposa
que se le murió en flor, vería Bolívar, con el puño al
corazón, la procesión terrible de los precursores de
la independencia de América: ¡van y vienen los muertos
por el aire, y no reposan hasta que no está su obra
satisfecha! Él vio, sin duda, en el crepúsculo del
Ávila el séquito cruento...
Pasa Antequera, el del Paraguay, el primero de todos,
alzando de sobre su cuello rebanado la cabeza: la
familia entera del pobre inca pasa, muerta a los ojos
de su padre atado, y recogiendo los cuartos de su
cuerpo: pasa Túpac Amaru: el rey de los mestizos de
Venezuela viene luego, desvanecido por el aire, como
un fantasma: dormido en su sangre va después Salinas,
y Quiroga muerto sobre su plato de comer, y Morales
como viva carnicería, porque en la cárcel de Quito
amaban a su patria; sin casa adonde volver, porque se
la regaron de sal, sigue León, moribundo en la cueva:
en garfios van los miembros de José España, que murió
sonriendo en la horca, y va humeando el tronco de
Galán, quemado ante el patíbulo: y Berbeo pasa, más
muerto que ninguno —aunque de miedo a sus comuneros lo
dejó el verdugo vivo—, porque para quien conoció la
dicha de pelear por el honor de su país, no hay muerte
mayor que estar en pie mientras dura la vergüenza
patria: ¡y, de esta alma india y mestiza y blanca
hecha una llama sola, se envolvió en ella el héroe, y
en la constancia y la intrepidez con ella; en la
hermandad de la aspiración común juntó al calor de la
gloria, los compuestos desemejantes; anuló o enfrenó
émulos, pasó el páramo y revolvió montes, fue regando
de repúblicas la artesa de los Andes, y cuando detuvo
la carrera, porque la revolución argentina oponía su
trama colectiva y democrática al ímpetu boliviano,
¡catorce generales españoles acurrucados en el cerro
de Ayacucho, se desceñían la espada de España!
De las palmas de las costas, puestas allí como para
entonar canto perenne al héroe, sube la tierra, por
tramos de plata y oro, a las copiosas planicies que
acuchilló de sangre la revolución americana; y el
cielo ha visto pocas veces escenas más hermosas,
porque jamás movió a tantos pechos la determinación de
ser libres, ni tuvieron teatro de más natural
grandeza, ni el alma de un continente entró tan de
lleno en la de un hombre. El cielo mismo parece haber
sido actor, porque eran dignas de él, en aquellas
batallas: ¡parece que los héroes todos de la libertad,
y los mártires todos de toda la tierra, poblaban
apiñados aquella bóveda hermosa, y cubrían, como
gigante égida, el aprieto donde pujaban nuestras armas
o huían despavoridos por el cielo injusto, cuando la
pelea nos negaba su favor! El cielo mismo debía, en
verdad, detenerse a ver tanta hermosura: —de las
eternas nieves, ruedan, desmontadas, las aguas
portentosas: como menuda cabellera, o crespo vellón,
visten las negras abras árboles seculares; las ruinas
de los templos indios velan sobre el desierto de los
lagos: por entre la bruma de los valles asoman las
recias torres de la catedral española: los cráteres
humean, y se ven las entrañas del universo por la boca
del volcán descabezado: ¡y a la vez, por los rincones
todos de la tierra, los americanos están peleando por
la libertad! Unos cabalgan por el llano y caen al
choque enemigo como luces que se apagan, en el montón
de sus monturas; otros, rienda al diente, nadan, con
la banderola a flor de agua, por el río crecido;
otros, como selva que echa a andar, vienen costilla a
costilla, con las lanzas por sobre las cabezas; otros
trepan un volcán, y le clavan en el belfo encendido la
bandera libertadora. ¡Pero ninguno es más bello que un
hombre de frente montuosa, de mirada que le ha comido
el rostro, de capa que le aletea sobre el potro
volador, de busto inmóvil en la lluvia del fuego o la
tormenta, de espada a cuya luz vencen cinco naciones!
Enfrena su retinto, desmadejado el cabello en la
tempestad del triunfo, y ve pasar, entre la
muchedumbre que le ha ayudado a echar atrás la
tiranía, el gorro frigio de Ribas, el caballo dócil de
Sucre, la cabeza rizada de Piar, el dolmán rojo de
Páez, el látigo desflecado de Córdoba, o el cadáver
del coronel que sus soldados se llevan envuelto en la
bandera. Yérguese en el estribo, suspenso como la
naturaleza, a ver a Páez en las Queseras dar las caras
con su puñado de lanceros, y a vuelo de caballo,
plegándose y abriéndose, acorralar en el polvo y la
tiniebla al hormiguero enemigo. ¡Mira, húmedos los
ojos, el ejército de gala, antes de la batalla de
Carabobo, al aire colores y divisas, los pabellones
viejos cerrados por un muro vivo, las músicas todas
sueltas a la vez, el sol en el acero alegre, y en todo
el campamento el júbilo misterioso de la casa en que
va a nacer un hijo! ¡Y más bello que nunca fue en
Junín, envuelto entre las sombras de la noche,
mientras que en pálido silencio se astillan contra el
brazo triunfante de América las últimas lanzas
españolas!
Y luego, poco tiempo después, desencajado, el pelo
hundido por las sienes enjutas, la mano seca como
echando atrás el mundo, el héroe dice en su cama de
morir: «¡José!, ¡José!, vámonos, que de aquí nos
echan: ¿adónde iremos?» Su gobierno nada más se había
venido abajo, pero él acaso creyó que lo que se
derrumbaba era la república; acaso, como que de él se
dejaron domar, mientras duró el encanto de la
independencia, los recelos y personas locales, paró en
desconocer, o dar por nulas o menores, estas fuerzas
de realidad que reaparecían después del triunfo:
acaso, temeroso de que las aspiraciones rivales le
decorasen los pueblos recién nacidos, buscó en la
sujeción, odiosa al hombre, el equilibrio político,
sólo constante cuando se fía a la expansión, infalible
en un régimen de justicia, y más firme cuanto más
desatada. Acaso, en su sueño de gloria, para la
América y para sí, no vio que la unidad de espíritu,
indispensable a la salvación y dicha de nuestros
pueblos americanos, padecía, más que se ayudaba, con
su unión en formas teóricas y artificiales que no se
acomodaban sobre el seguro de la realidad: acaso el
genio previsor que proclamó que la salvación de
nuestra América está en la acción una y compacta de
sus repúblicas, en cuanto a sus relaciones con el
mundo y al sentido y conjunto de su porvenir, no pudo,
por no tenerla en el redaño, ni venirle del hábito ni
de la casta, conocer la fuerza moderadora del alma
popular, de la pelea de todos en abierta lid, que
salva, sin más ley que la libertad verdadera, a las
repúblicas: erró acaso el padre angustiado en el
instante supremo de los creadores políticos, cuando un
deber les aconseja ceder a nuevo mando su creación,
porque el título de usurpador no la desluzca o ponga
en riesgo, y otro deber, tal vez en el misterio de su
idea creadora superior, les mueve a arrostrar por ella
hasta la deshonra de ser tenidos por usurpadores.
¡Y eran las hijas de su corazón, aquellas que sin él
se desangraban en lucha infausta y lenta, aquellas que
por su magnanimidad y tesón vinieron a la vida, las
que le tomaban de las manos, como que de ellas era la
sangre y el porvenir, el poder de regirse conforme a
sus pueblos y necesidades! ¡Y desaparecería la
conjunción, más larga que la de los astros del cielo,
de América y Bolívar para la obra de la independencia,
y se revelaba el desacuerdo patente entre Bolívar,
empeñado en unir bajo un gobierno central y distante
los países de la revolución, y la revolución
americana, nacida, con múltiples cabezas, del ansia
del gobierno local y con la gente de la casa propia!
«José!, José!, vámonos, que de aquí nos echan: ¿adónde
iremos?»...
¿Adónde irá Bolívar? ¡Al respeto del mundo y a la
ternura de los americanos! ¡A esta casa amorosa, donde
cada hombre le debe el goce ardiente de sentirse como
en brazos de los suyos en los de todo hijo de América,
y cada mujer recuerda enamorada a aquél que se apeó
siempre del caballo de la gloria para agradecer una
corona o una flor a la hermosura! ¡A la justicia de
los pueblos, que por el error posible de las formas,
impacientes, o personales, sabrán ver el empuje que
con ellas mismas, como de mano potente en lava blanda,
dio Bolívar a las ideas madres de América! ¿Adónde irá
Bolívar? ¡Al brazo de los hombres para que defiendan
de la nueva codicia, y del terco espíritu viejo, la
tierra donde será más dichosa y bella la humanidad! ¡A
los pueblos callados, como un beso de padre! ¡A los
hombres del rincón y de lo transitorio, a las panzas
aldeanas y los cómodos harpagones, para que, en la
hoguera que fue aquella existencia, vean la hermandad
indispensable al continente y los peligros y la
grandeza del porvenir americano! ¿Adónde irá
Bolívar?... Ya el último virrey de España yacía con
cinco heridas, iban los tres siglos atados a la cola
del caballo llanero, y con la casaca de la victoria y
el elástico de lujo venía al paso el Libertador, entre
el ejército, como de baile, y al balcón de los cerros
asomado el gentío, y corno flores en jarrón,
saliéndose por las cuchillas de las lomas, los mazos
de banderas. El Potosí aparece al fin, roído y
ensangrentado: los cinco pabellones de los pueblos
nuevos, con verdaderas llamas, flameaban en la cúspide
de la América resucitada: estallan los morteros a
anunciar al héroe —y sobre las cabezas descubiertas de
respeto y espanto, rodó por largo tiempo el estampido
con que de cumbre en cumbre respondían, saludándolo,
los montes. ¡Así de hijo en hijo, mientras la América
viva, el eco de su nombre resonará en lo más viril y
honrado de nuestras entrañas!
Publicado por Agenda de Reflexión el Diciembre 17,
2007 08:05 AM
"Ella funde lagrimas con cada lluvia y se pregunta si tantas despedidas valieron la pena. El hoy es tan frio y duro aún en verano que el amor suele traer apenas gotitas de alegria. Mejor es no mirar atrás ni mucho para adelante. La calle es para ir, nunca para volver... Cada despedida un final incierto. Los tiempos son inseguros y muertos aunque el sol nos esté calentando."
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