[R-P] fair-play inglés

Lizardo Sánchez lizardosanchezcordoba en yahoo.com.ar
Lun Dic 17 18:43:04 MST 2007


De Antología apócrifa, de Conrado Nalé Roxlo. Lo
leído acerca del fair play me lo trajo a la
memoria.

Lizardo Sánchez

EL HONOR DEL TENIENTE PAMELO GARDEN PARTY

(A la manera de Rudyard Kipling)

El palacio de verano del Virrey de la India en
Simla brillaba aquella noche con todas sus luces,
como una enorme joya caída de la corona del
Imperio en el abismo azul del cielo indostánico.

Se bailaba. Todo el gran mundo colonial estaba
presente, a juzgar por la enorme cantidad de
choferes, portadores de palanquines y asistentes
que aguardaban a la puerta contando chismes de
sus amos en cuatro mil dialectos hindúes y siete
u ocho de los barrios bajos de Londres.

Cuando Pamelo Garden Party, teniente de la cuarta
compañía de Lanceros de Bengala, cruzó el salón
para ir a besar la mano de lady Violeta Corned
Beef, joven y encantadora esposa del viejo sir
Reginaldo Corned Beef, Virrey de la India, sintió
que todas las miradas estaban fijas en él. Pero
no era como otras veces la mirada de admiración
de las damiselas y de gula de las jamonas.

Era la mirada de horror que lanzan las damas
coloniales cuando se encuentran su primera
serpiente de cascabel dentro de un zapato, o
cuando su cocinera anamita les comunica -ya con
la mesa llena de invitados- que el "curry" se ha
convertido en una pasta innoble o que no hay
hacha capaz de partir la torta.

Como si esto no bastara para confundirlo, detrás.
de un centenar de abanicos igual cantidad de
bocas de rosa exclamó: ¡shocking!

La actitud de los hombres no era más
tranquilizadora.

Corrió al tocador de las damas, al que siempre
entraba como Peter por su casa, y resueltamente
se encaró con el espejo. Pero a su uniforme de
gala no le faltaba un detalle; al cinto llevaba
la espada de reglamento y no una sombrilla de
Coromandel, como pensó en un principio; todos sus
botones estaban castamente abrochados en sus
respectivos ojales y por ninguna parte le salía
la camisa.

Desde que su aspecto era correcto, habia que
buscar por otro lado la causa del repudio de la
sociedad colonial femenina y del ejército en
general.

Un golpe de abanico lo hizo saltar, como mordido
por una serpiente. Ante él estaba la anciana lady
Vellorita Ponney:

-¡Niño, niño -murmuró lady Vellorita-, lo que
acabas de hacer te puede costar la carrera!

-¿Pero qué diablos pude hacer, por vida del
Bramaputra? -exclamó el joven.

-Casi nada; presentarte fresco en la fiesta del
Virrey cuando toda la sociedad colonial está en
su más alto grado de presión alcohólica, romper
de un torpe manotazo la página más respetada del
código de las conveniencias sociales, más severo
que el mismo código militar. 

Semejante falta de respeto y consideración a tus
semejantes, te coloca al margen de la sociedad.
¡Mira que es audacia pasar derecho como un criado
indio, cuando tus superiores se daban de cabeza
contra las columnas del salón!

Procediste como un boy-scout. ¡Bien pudiste
disimular tu reprochable estado, tropezar con las
alfombras, hacer unas eses discretas! ¡Qué diría
el Rey Arturo si levantara la cabeza! .

Pamelo Garden Party, de la cuarta compañía de
Lanceros de Bengala, tuvo súbitamente la visión
de su falta y de su ruina.

-Trata de rehabilitarte -le dijo lady Vellorita
Ponney, sacando del cálido nido de su seno una
botella de whisky.

El teniente Pamelo se la bebió sin respirar, pues
tenía un excelente declive y, besando en la
frente a su anciana bienhechora, corrió al salón.
Pero ya era tarde. La fiesta había terminado, se
apagaban las luces, y los boys anamitas recogían
a sus amos de detrás de las butacas.

Regresó a su casa agarrado a la cola de su
caballo, pero no tuvo la suerte de que alguien lo
viera.

Sobre la mesa de luz encontró una carta de sus
compañeros del cuarto de Lanceros de Bengala, en
la que le prometían ocultar a su madre su
deshonor, cosa fácil pues se ignoraba su
paradero, y un revólver de reglamento. 

Comprendió. Pero su brazo, ya levantado, cayó con
desaliento a lo largo de la franja. dorada de su
pantalón de gala: desde el espejo lo miraban dos
Pamelos. 

Bien sabía él que uno era el doble alcohólico, el
fantasma de la borrachera, ese otro yo que todo
inglés lleva a su lado en las grandes
solemnidades y que permite decir a los redactores
de "The Times" que, para las fiestas de la
coronación o para la Navidad, la multitud se
superó en mucho numéricamente. Bien sabía que se
trataba de su cuerpo astral-alcohólico y que era
el mismo que su padre, que también tomaba lo
suyo, vio en su cuna y que hizo que lo anotara
como mellizo en el registro parroquial del
condado de Kent. Lo que tenía que hacer era matar
primero a su doble y después matarse él. Pero,
¿cómo identificarlo? Porque si por un error se
mataba primero él, su fantasma vagaría errante y
estúpido por los lugares en que vivieron,
asustando a los niños, y dando origen a una
inaceptable leyenda escocesa.

Renunció al doble suicidio por falta de datos y
porque se caía de sueño. Cuando despertó le
comunicaron que su coronel quería verlo.

En contra de su costumbre, el anciano héroe lo
recibió en la cocina, con un delantal a cuadritos
y las manos en la masa de un budín de ciruelas.

Pamelo Garden Party comprendió que era una
discreta estratagema para no estrechar la diestra
de un hombre deshonrado y tragó con sereno
estoicismo la humillación.

-Tengo una delicada misión que confiarle,
teniente Garden; si la cumple como es debido,
volverá a ocupar el lugar de honor que siempre
tuvo en el ejército. Salga hoy mismo para el sur
y demuestre al rajah de Fajala, que anda
haciéndose el loco, que lo que más le conviene es
acatar las órdenes de la corona. Hágale ver, sin
derramamiento de sangre, la superioridad del
Imperio.

-Gracias, mi coronel -respondió el teniente
Pamelo, y partió inmediatamente para el lejano
Estado de Fajala, montado en su elefante Jumbo. 

Ocioso sería describir las penalidades del largo
viaje; los tigres que mató, los cocodrilos a los
que les bajó los dientes, las hordas de leprosos
que tuvo que afrontar. 

El viejo rajah de Fajala lo escuchó impasible y
cuando hubo terminado de enumerar los jinetes,
los infantes, los cañones y aviones de que
disponía el Imperio, sin olvidarse de mostrar le
una fotografía de la columna de Nelson, le dijo:.

-Sois fuertes como el cocodrilo y el rinoceronte
de doble cuerno, pero nosotros disponemos de
fuerzas y fluidos espirituales contra los que
chocará siempre vuestro ejército.

Después, con fina sonrisa y largos dedos color de
dátil, sacó de entre los pliegues de su turbante
de seda color pecho de faisán venerado, el reloj
del joven oficial, que había hecho pasar allí
valiéndose de las oscuras potencias que el indio
conoce y domina, y, devolviéndoselo, le dijo:

-Esto es la India. 

-Bah -dijo el teniente Garden, por decir algo-;
atrasa de un modo asqueroso.

Pero no se dio por vencido y apelando a recursos
que le enseñara su asistente, que antes de ser
lancero de Bengala había sido lancero en las
aglomeraciones londinenses, hizo pasar a sus
manos el hermoso reloj de oro y diamantes del
rajah. Pero no se lo devolvió, sino que
guardándoselo en el bolsillo le dijo:

-Esto es el Imperio.

El rajah de Fajala, viendo la diferencia, se
entregó a discreción. Y Pamelo Garden Party pudo
volver a Simla, donde fue ascendido y pronto se
olvidó el triste incidente del baile del Virrey.
.

Siempre que Pamelo Garden Party contaba esta
historia, daba cuerda distraídamente al valioso
reloj del rajah de Fajala.



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