[R-P] Hernández Arregui, intelectual peronista. Pensar el nacionalismo popular desde e
José María Cavalleri
ingcavalleri en hotmail.com
Lun Dic 17 05:35:52 MST 2007
Comparto con la Lista lo enviado por el amigo Máximo Garcia Reyes, el ninca
bien ponderado capo de PSI
CARLOS PIÑEIRO IÑIGUEZ
Hernández Arregui, intelectual peronista. Pensar el nacionalismo popular
desde el marxismo.
El autor recorre los caminos vinculados a las líneas extendidas entre el
peronismo, diferentes miradas sobre la izquierda (Cuba, Vietnam, China, la
Unión Soviética), cómo repercutieron y sus aspectos nutrientes hacia adentro
del movimiento.
Síntesis argumental:
El autor recorre los caminos vinculados a las líneas extendidas entre el
peronismo, diferentes miradas sobre la izquierda y como repercutieron y de
las que se nutrió este movimiento.
Cuba, Vietnam, China, la Unión Soviética y sus políticas estuvieron a la
orden del día para rearmar una identidad peronista. En el documento
fundacional de 1964 del Movimiento Revolucionario Peronista, por ejemplo,
puede leerse que "el peronismo es un movimiento que entronca con todas las
grandes revoluciones de la humanidad". El propio Perón, en carta a Hernández
Arregui, denota el optimismo de la época y cómo todos los fenómenos
contestatarios del sistema se interrelacionan: "la Revolución está en
marcha”, afirmaba.
Sobre el autor:
Piñeiro Iñíguez es graduado en Economía y en Relaciones Internacionales y
ejerció la docencia en diferentes universidades argentinas. Como diplomático
de la Cancillería argentina cumplió funciones oficiales en Nigeria, España,
Portugal y Uruguay. Fue Embajador Extraordinario y Plenipotenciario ante la
República Dominicana y Bolivia. Actualmente ejerce el mismo cargo en
Ecuador. Dictó conferencias y cursos sobre el pensamiento político
latinoamericano en Argentina y en el exterior, y ha publicado diversos
libros.
Editorial:
Instituto Di Tella / Siglo XXI.
Capítulo ‘Los libros, las luchas y el vértigo de la historia’.
La radicalización masiva
La rebelión cordobesa de mayo de 1969 es sucedida por levantamientos de los
pueblos de casi todas las ciudades grandes y medianas de la Argentina -la
excepción es Buenos Aires-, en medio de un clima de debates en el que lo que
principalmente se discute no es la inexorable y pronta caída de la dictadura
sino las alternativas para su reemplazo. Entre cientos de miles de jóvenes
trabajadores y estudiantes se habla de un gobierno de tipo "obrero y
popular", "revolucionario y socialista"; los contenidos de esas fórmulas
constituyen el motivo de las disputas ideológicas de la época, donde lo que
se discute fundamentalmente es si esa construcción se hará bajo las banderas
del peronismo -opción mayoritaria- o siguiendo un modelo de inspiración
guevarista.
Naturalmente, también hay combinaciones peronistas/guevaristas, y variantes
trotskistas, maoístas o vietnamitas.
Los contrastes que se producen en las luchas a nivel regional -el giro
represivo de los militares brasileños, la derrota y muerte del Che Guevara
en Bolivia- son contrabalanceados por la exitosa resistencia de los
vietnamitas a la invasión norteamericana, el avance de las luchas
anticolonialistas en el África, las perspectivas que se atribuyen a los
avances de la izquierda en Chile y Uruguay, y la originalidad de los
procesos antiimperialistas de Bolivia y Perú.
La persistencia -ya entonces por más de una década- del proceso
revolucionario cubano es central; como afirma Silvia Sigal, "Cuba construyó
un puente entre izquierda, nacionalismo y peronismo, y pudo emerger entonces
una ala izquierda peronista".
El clima de época se expresa en que una de las organizaciones guerrilleras
peronistas -"formaciones especiales" en la denominación de Perón- usa como
consigna la de "venceremos en un año o venceremos en diez, pero venceremos",
ante la impaciencia de quienes creen que el triunfo puede estar mucho más
cercano. El propio Perón, en carta a Hernández Arregui de diciembre de 1969
-que es incluida en la segunda edición de ‘La formación de la conciencia
nacional’, denota el optimismo que se vive y cómo todos los fenómenos
contestatarios del sistema parecen interrelacionarse: "la Revolución está en
marcha. Como en 1789, ha comenzado por La Bastilla. Por primera vez parecen
ser contemporáneos todos los hombres. Hemos presenciado el 29 y 30 de mayo
de 1969 en las ciudades argentinas el mismo espectáculo que un año antes
impulsaba a las barricadas en el Barrio Latino de París. Podemos exclamar
como André Malraux: el ensayo general de este drama suspendido anuncia la
gran crisis de la civilización occidental. El encuentro de la juventud con
el proletariado es un fenómeno sin precedentes".
Tanto en otras cartas a Hernández Arregui como en sus diferentes
manifestaciones públicas -filmaciones, grabaciones-, Perón adopta por
entonces la fórmula del "socialismo nacional" dentro de un contexto
internacional donde "el mundo marcha inexorablemente hacia el socialismo", y
las citas y comparaciones con Fidel Castro y Mao Tse Tung menudean. Así, por
ejemplo, en su ‘Mensaje a la Juventud’ del 20 de octubre de 1965, Perón
sostiene que "porque buscamos el poder para esa clase mayoritaria, es que
debemos prevenirnos contra el posible ’espíritu revolucionario’ de la
burguesía. Para la burguesía, la toma del poder significa el fin de su
revolución. Para el proletariado -la clase trabajadora toda- la toma del
poder es el principio de esta revolución que anhelamos, para el cambio total
de las viejas y caducas estructuras demo-liberales", o en su carta al
Movimiento cuando la muerte del Che, afirma que "las revoluciones
socialistas se tienen que realizar; que cada uno haga la suya, no importa el
sello que tenga".
Naturalmente, esto facilita mucho el proceso de nacionalización de los
sectores medios, que encuentran menos contradicciones para que su
radicalismo ideológico propio de los tiempos entronque con el movimiento
político que representa a los -algo endiosados- trabajadores manuales.
Hernández Arregui goza ya de un sólido prestigio entre sectores medios que
ven en él a un adelantado, al arribar a conclusiones a las que ahora ellos
están llegando.
En la síntesis de Esquivada, "una figura cuyos textos resultarían centrales
para dos jóvenes revolucionarios... las lecturas históricas de Hernández
Arregui tenían la riqueza de la heterodoxia". Se ha dicho incluso que él fue
el introductor en el peronismo de conceptos como "colaboracionista",
"burócrata" y "reformista", aunque la afirmación requeriría arduas
demostraciones.
Esta influencia puede rastrearse, por ejemplo, en la recolección de textos
de organizaciones revolucionarias de entonces que incluye Carlos Altamirano
en su volumen ‘Bajo el sigilo de las Tasas’. En el documento fundacional de
1964 del Movimiento Revolucionario Peronista, dirigido por Gustavo Rearte,
puede leerse que "el peronismo es un movimiento que entronca con todas las
grandes revoluciones de la humanidad" y que "debe desprenderse de los
elementos que lo frenan y superarse"; en el programa liminar del Ejército
Revolucionario del Pueblo (ERP) -1970- se plantea el concepto de la
continuidad de las luchas históricas populares y la necesidad de solucionar
para siempre la cuestión agraria argentina, y en la declaración de
Montoneros de ese mismo año también está la idea de la continuidad
histórica, en este caso más concretamente con la resistencia peronista. En
todos los casos, aquellas son ideas que Hernández Arregui desarrolló con
precisión, y probablemente también por primera vez en Argentina.
Fueron pocos los grupos que -como el ERP- proviniendo de la llamada Nueva
Izquierda heterodoxa se resistieron a la prédica, de la cual Hernández
Arregui era adalid, en cuanto a asumir la identidad peronista.
Incluso el grupo liderado ideológicamente por José Aricó, expulsado del
Partido Comunista en 1962 al comenzar la publicación de la prestigiosa e
influyente revista ‘Pasado y Presente’, ya en 1965 parecía plantear que ésa
era la única opción. Aricó mismo se interrogaba: "cerrado el camino de un
partido de izquierda como única y concreta vía de aproximación a la clase
trabajadora, ¿cuál es la posibilidad que se le ofrece al joven intelectual
proveniente de las capas medias de fundirse con la clase obrera?".
Centrando el análisis en Hernández Arregui, Gustavo Morello afirma:
"posiblemente se debió a estos grupos el hacer creíble el peronismo para las
organizaciones revolucionarias".
Aun cuando Hernández Arregui considerara la Universidad como el ámbito
privilegiado en el que se reproducía la colonización cultural de las clases
medias, a fines de los años 1960 se dio también allí un proceso
contracultural en el que sus ideas cumplieron un papel protagónico. Desde el
análisis de Néstor Kohan, "en apenas quince años Hernández Arregui logra una
increíble tarea pedagógica subterránea y extra-institucional (muchas veces
anti institucional), coronada con el ingreso de sus textos como bibliografía
obligatoria en la universidad en 1973".En uno de sus centros más
prestigiosos -la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos
Aires- surgieron las llamadas "cátedras nacionales", orientadas por el
sociólogo Roberto Cárdenas y por el sacerdote Justino O’Farrell, que
intentaban "repensar, a la luz de la problemática política del momento, las
corrientes de pensamiento europeas y formular teóricamente las cuestiones
que tenían que ver con la liberación nacional. Para ello leían a Hernández
Arregui y Jauretche, pero también a la Escuela de Frankfurt, Habermas,
Sartre, Hegel". Cárdenas sostendría por entonces que "la construcción de una
sociología nacional es posible, como así también la elaboración de las
herramientas conceptuales necesarias para las tareas de investigación y
procesamiento teórico, pero siempre y cuando el sociólogo realice sus tareas
al servicio del Movimiento Nacional de Masas... el Peronismo leal a Perón".
Algunos de los títulos de las materias que dictaban en esas cátedras
parecían extraídos de los libros de Hernández Arregui: Problemas
Socio-Económicos Argentinos, Proyectos Hegemónicos y Movimientos Nacionales,
etc106.
En la reedición de ‘La formación de la conciencia nacional’, Hernández
Arregui reproduce dos documentos que le han enviado desde este sector; una
Convocatoria a los Profesores Universitarios Argentinos, firmada por Justino
O’Farrell, BIas Alberti, Carlos Grosso y Arturo Fernández, y una Declaración
de los Docentes Peronistas de la Carrera de Sociología, firmada por Juan
Pablo Franco, Jorge Carpio, Susana Checa, Alcira Argumedo, Gunar Olsson,
Pedro Krotsch, Eduardo Jorge, María E. Cubiló, Fernando Álvarez, Ricardo
Sidicaro, Ernesto Villanueva, Alejandro Peyrou, Horacio González, Daniel
Portela y Roberto Carri; este último dirá en ‘Poder imperialista y
liberación nacional’: "aquí, en la Argentina, todo intento por universalizar
abstractamente la ciencia se convierte en una teoría de apoyo a la
dominación imperial. La verdadera alternativa para un sociólogo consiste en
producir científicamente desde nuestra propia realidad como país y desde
dentro del movimiento popular, que aquí no es otro que el peronismo".
La lucha por identificar peronismo y socialismo
‘Peronismo y socialismo’, publicado en 1972, quiere ser -y así consta en sus
páginas- un libro para los trabajadores: Hernández Arregui resuelve ofrecer
un texto en donde el proceso de fusión entre lo afirmativo nacional y lo
socialmente revolucionario sea explícito, accesible incluso para lectores
sin formación previa. Al lector del siglo XXI, que vive en medio de una
intensa degradación de los hábitos de lectura y de la formación cultural de
nuestros pueblos -un fruto consciente de las políticas neoliberales de
estupidización-, el texto no le parece fácil (a modo de consuelo, puede
recordar que Karl Marx escribió ‘El Capital’ pensando también en los
obreros, y hoy es, por su supuesta complejidad, un libro incomprensible para
los estudiantes de economía).
Como libro, ‘Peronismo y socialismo’ está entre los menos logrados de su
autoría.
La composición resulta a veces repetitiva -se notan huellas de trabajos
anteriores que han sido reciclados-, y el tono de ciertos países resuena
decididamente dogmático. Una idea central del volumen es que la crisis del
imperialismo capitalista se ha trasladado al Tercer Mundo, y que es allí
donde se están librando las batallas decisivas para el porvenir de la
humanidad, inexorablemente socialista. Se trata de una visión bastante
cerrada, donde el "hippismo" -por poner un ejemplo- sólo se considera como
expresión de la decadencia del sistema, y la admisión de la homosexualidad
como prueba de su estado de putrefacción. Hay también intuiciones certeras
acerca del papel que están cumpliendo los nuevos medios de difusión, pero
Hernández Arregui está convencido -hoy parece difícil sostenerlo- de que
perderán inexorablemente la partida, pues la verdad de sus mistificaciones
pronto se develará.
La violencia se presenta como única alternativa para la liberación, y las
ideas de los que han quedado en el camino -Scalabrini Ortiz, John W Cooke-
se impondrán por esa vía.
Como en su primer libro, el análisis se centra en el fenómeno imperialista,
que aquí el autor describe fundamentalmente a través de los escritos
clásicos de Lenín. El desarrollismo es la fórmula con la que ha intentado
encubrirse en América Latina, pero ya los pueblos han descubierto la
tramoya. Más lo preocupa un fenómeno interno a la subjetividad
revolucionaria: la creciente cooptación de dirigentes sindicales -algunos
con digna trayectoria previa- por las centrales doctrinarias de Estados
Unidos, que desea despolitizar a los sindicatos y transformarlos en algo así
como mutuales ajenas a la liberación, lucha por la Hernández Arregui
sostiene la idea de un sindicalismo de clase, que lleve a cabo
intervenciones -huelgas y movilizaciones- aun más allá de la lucha
reivindicativa. En el caso del peronismo, cuya naturaleza movimientista no
le permite articularse como partido revolucionario, los sindicatos deben
cumplir en parte esa función; de algún modo, está presente la influencia de
la fórmula trotskista del "partido revolucionario basado en los sindicatos".
En el capítulo III, el autor vuelve a la necesidad de la lucha cultural en
los sectores medios, considerando que los dos grandes terrenos de esa lucha
son el Ejército y la Universidad. Hay que recuperar ambas instituciones para
disminuir los dolores de parto de la nueva sociedad; la izquierda, que no
termina de aceptar al peronismo -el Partido Comunista es el núcleo más
irreductible en este aspecto- sigue jugando un papel contradictorio, pues se
opone al único movimiento que puede lograr los fines transformadores que
ellos proclaman perseguir: los del socialismo. Éste es explicitado en
contraposición respecto del capitalismo en el capítulo siguiente; la sección
es especialmente maniquea, pues el modelo socialista se presenta ubicado en
una total superioridad, tanto en los aspectos económicos como culturales,
sociales, etc. Cuando Hernández Arregui ejemplifica, lo hace con los logros
de la Unión Soviética, que ya habría superado a los Estados Unidos en todos
los temas significativos. Aquí, su visión parece fuertemente determinista;
resalta la inevitabilidad del cambio de sistema, y apenas aborda ciertas
asincronías que se constatan entre -por ejemplo- los diversos países
iberoamericanos; en Asia y África los procesos son presentados como más
homogéneos.
El libro termina con un estado de la situación política argentina: el Gran
Acuerdo Nacional propuesto por los militares para garantizarse una retirada
honrosa hace agua por la multitud de factores que lo enfrentan; luchas
sociales, organizaciones armadas, sindicatos, intelectuales nacionalizados.
Factores que, inevitablemente, operan al servicio de la estrategia de Perón,
quien en este momento ya no oscila, y apuesta fuerte al regreso al país y al
poder. Hernández Arregui hace un vuelo por sobre los últimos veinte años de
nuestra historia sociopolítica, y señala los retrocesos que han significado.
Sin embargo, en su análisis parece más importante lo que se ha acumulado en
el otro plato de la balanza. La creciente radicalización hace que el modelo
ya no sea el de la comunidad nacional organizada del primer peronismo, sino
el del socialismo que -en su lectura- se impone en todo el mundo. La clave
está en que los sectores revolucionarios, que ahora sí cuentan con el apoyo
decidido de Perón, puedan derrotar a los sectores burocráticos y
reaccionarios que siempre han existido en el movimiento, pero que ya no son
funcionales más que a los fines de la contrarrevolución.
Juan José Hernández Arregui entra por entonces en un período de gran
exposición pública; la revista Primera Plana -el semanario político más
leído en la Argentina de aquellos días-le hace un espacio107, y
constantemente participa en charlas, debates y paneles. En una mesa redonda
sobre el Socialismo Nacional realizada en la Federación de Obreros y
Empleados Telefónicos (FOETRA), el 22 de septiembre de 1972, comparten la
tribuna con él Julio Guillán -máximo dirigente de ese gremio-, el abogado
laboralista y defensor de presos políticos Luis Cerrutti Costa, Ricardo
Carpani, Antonio Carballeda del Peronismo Revolucionario y los sindicalistas
Benito Romano y Tomás Saraví.
Es interesante medir el grado de radicalización tomando como referencia los
discursos de tres de los participantes. Cerrutti Costa, por entonces ya un
hombre de edad, sostiene que "otra característica que es esencial al
socialismo es el internacionalismo proletario. Ningún auténtico marxista y
cristiano puede aceptar que la solidaridad humana con los oprimidos se agota
en la propia patria. Mientras exista un hombre oprimido en el último rincón
del planeta, ningún revolucionario puede considerar su misión cumplida. Pero
la mejor manera de llegar al objetivo final es luchando por la liberación de
la propia patria, y dentro de la misma por la liberación del hombre".
Por su parte, Tomás Saraví agrega: "hay que evitar caer en el capitalismo de
Estado, a la luz de la experiencia histórica y del Movimiento. La
nacionalización no debe ser una simple estatización. Los sectores básicos
(siderurgia, electricidad, bancos, frigoríficos, petróleo, comercio
exterior) deberán ser los puntos centrales del proceso de socialización, al
mismo tiempo que se realicen las reformas agrarias y urbanas".
Finalmente, Julio Guillán afirma que "en esta etapa de desarrollo
revolucionario de nuestra patria, podemos pensar -y lo propongo como tema de
discusión- que el Socialismo Nacional es la consecuencia de la lucha de la
humanidad misma. Es nacional porque se desarrolla en cada patria, hasta el
momento en que el mundo se integre en el socialismo internacional"108.
Por su trayectoria, por su erudición, por su compromiso, Hernández Arregui
ha devenido un referente intelectual para una amplia gama de organizaciones
-en su mayoría constituidas por las nuevas generaciones- que buscan una
salida revolucionaria a la crisis. Jauretche sigue haciendo su aporte en el
campo de una sociología criolla, y Puiggrós y Ramos en el plano de la
historia; los debates por la izquierda nacional han perdido hasta cierto
punto su sentido previo, pues las grandes opciones ahora parecen
establecerse en términos de peronismo revolucionario e izquierda
revolucionaria. El costo de la exposición de Hernández Arregui como
referente peronista revolucionario es alto: casi en simultáneo con la
aparición de su libro, grupos fascistas -indeterminados, aún hoy no se sabe
si militares o de la derecha peronista- ponen una bomba en su casa que casi
mata a su mujer. La solidaridad que recibe entonces es amplia: muchos
comprenden que se ha atentado contra la figura más notoria, pero que
inexorablemente los grupos del terror blanco irán por ellos si no se los
detiene. Hernández Arregui no da un razonable paso al costado: como tantos
otros entonces, confía en que esos coletazos de guerra civil pasarán pronto,
con la imposición del peronismo que ya sólo puede ser posible en su versión
revolucionaria.
Perón resuelve regresar en noviembre de 1972, y se convoca a una amplia y
heterogénea comitiva para acompañarlo: sindicalistas de distintas
corrientes, actores, cantantes, historiadores, escritores. La idea es que,
con sus prestigios y figuración pública, presten seguridad al retorno.
Hernández Arregui es invitado y participa del viaje, que culmina sin
incidentes. Pero aún entonces la candidatura de Perón es imposible, y éste
elige como su reemplazante a su delegado de entonces: Héctor Cámpora,
conocido por su extrema fidelidad al viejo líder. En la fórmula lo acompaña
un conservador, Solano Lima: pareciera que Perón quiere tener un gesto hacía
los sectores moderados que coincida con su por entonces autoproclamada
imagen de "león herbívoro". Sin embargo, si Cámpora fuera vetado, el
candidato de reemplazo sería el teniente Licastro, una opción indigerible
para los militares. Finalmente el peronismo, que ha articulado un frente con
sectores de poca significación -numérica e ideológicamente- triunfa, con una
consigna atractiva pero que debilitará la autonomía del nuevo gobierno:
"Cámpora al gobierno, Perón al poder".
El estado de agitación y movilización social es enorme; por sí mismas, las
masas que se han reunido para asistir a la asunción de Cámpora el 25 de mayo
de 1973 -y que aclaman en la Plaza de Mayo a los presidentes de Cuba y
Chile, Dorticós y Allende- marchan a la cárcel de Villa Devoto y liberan a
los presos políticos antes de que el Congreso vote la ley que así lo
determina.
Durante aquellos días se ocupan tierras, viviendas, fábricas: toda una
oleada de reivindicaciones contenidas por casi dos décadas quiere encontrar
de inmediato su realización. Perón envía mensajes de "prudencia y
sabiduría", convoca a los jóvenes a hacer "todo en su medida y
armoniosamente", lo cual resulta casi imposible. En el nuevo gobierno los
sectores radicalizados tienen una representación minoritaria pero activa; la
prensa "seria" denuncia el caos y las tendencias "comunistas" del gobierno.
Perón resuelve hacerse cargo personalmente, y regresa de España, a donde
había vuelto luego de su breve visita anterior.
La angustia de un intelectual comprometido y responsable
El día del regreso -20 de junio de 1973- iba a ser una fiesta para los
millones de argentinos que concurrieron a recibir a su líder en Ezeiza. Pero
devino en tragedia. Los sectores de la extrema derecha peronista desataron
una masacre que terminó con gran cantidad de muertos y heridos. Para el
peronismo revolucionario, no fue sólo ése el impacto del retorno, sino que
el General adoptó -al día siguiente de su llegada- definiciones muy poco
proclives a su tendencia: desapareció de su lenguaje lo del "socialismo
nacional" porque "no hay nuevos rótulos que califiquen a nuestra doctrina ni
a nuestra ideología: somos lo que las veinte verdades peronistas dicen".
Esas "veinte verdades" -de cuya existencia muchos jóvenes venían a enterarse
recién entonces-, no moldeaban una sociedad socialista sino más bien el
modelo implementado entre 1945 y 1955, el de la comunidad organizada, el que
Hernández Arregui había caracterizado como la forma de la revolución
democrática burguesa en la Argentina.
Por añadidura a lo anterior, pronto quedó en claro que Perón había decidido
tomar las riendas del gobierno, para lo que se convocaron nuevas elecciones.
El interinato quedó en manos de Raúl Lastiri, cuyo único mérito era ser
yerno de López Rega, quien ya se perfilaba como referente de los sectores de
extrema derecha del peronismo.
Entrar en los motivos de aquel giro de Perón excede las ambiciones de este
trabajo. Puede apuntarse algo obvio: el contexto regional era muy poco
propicio, pues a la dictadura brasileña se le sumaron en pocos meses la de
los militares uruguayos y la de Pinochet en Chile. No era, precisamente, un
momento de auge revolucionario en América Latina. Y las fuerzas armadas
argentinas estaban dispuestas a aceptar -a regañadientes y, como se
demostraría, por poco tiempo- un gobierno peronista ortodoxo, pero no uno
revolucionario.
Como complemento de aquel marco, no parecía viable convencer a los jóvenes
revolucionarios que se sentían protagonistas de un movimiento social.
_________________________________________________________________
Consigue aquí las mejores y mas recientes ofertas de trabajo en América
Latina y USA: http://latam.msn.com/empleos/
Más información sobre la lista de distribución Reconquista-Popular