[R-P] 6/12/1866 La Proclama de Felipe Varela, "El Quijote de los Andes"
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rmermet en yahoo.com.ar
Mar Dic 11 06:12:34 MST 2007
Mando dos notitas, para refrescar la memoria, a
proposito de la Guerra de la Triple infamia, Mitre y
la resistencia popular y federal.
Rolo
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La proclama de Felipe Varela, el Quijote de los Andes
Vale detenerse un momento en la figura de Felipe
Varela. Nacido en Huaycama (departamento de Valle
Viejo, Catamarca), estanciero en Guandacol (La Rioja),
combatió en la Coalición del Norte y bajo las órdenes
de Peñaloza e intervino junto a éste en las
sublevaciones de 1862 y 1863. Al percibir la
impopularidad de la guerra del Paraguay, se fue a
Chile. Cuando leyó el texto del tratado secreto de la
Triple Alianza, Varela, indignado, vendió su estancia,
compró armas, equipó unos cuantos exiliados argentinos
y atravesó los Andes con dos batallones formados por
chilenos y algunos emigrados argentinos dispuestos a
enfrentar al gobierno de Mitre.
Llevaba una bandera con las consignas "¡Federación o
Muerte! ¡Viva la Unión Americana! ¡Viva el ilustre
Capitán General Urquiza! ¡Abajo los negreros traidores
a la Patria!" Llegó a Jáchal y desde allí lanzó su
proclama revolucionaria, fechada el 10 de diciembre de
1866:
¡Argentinos! El pabellón de mayo que radiante de
gloria flameó victorioso desde los Andes hasta
Ayacucho, y que en la desgraciada jornada de Pavón
cayó fatalmente en las ineptas y febrinas manos del
caudillo Mitre, ha sido cobardemente arrastrado por
los fangales de Estero Bellaco, Tuyuty, Curuzú y
Curupayty. Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes,
tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan
engalanada en glorias, ha sido humillada como una
esclava, quedando empeñada en más de cien millones y
comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes
destinos por el bárbaro capricho de aquel mismo
porteño, que después de la derrota de Cepeda
lagrimeando juró respetarla.
Tal es el odio que aquellos fratricidas porteños
tienen a los provincianos, que muchos de nuestros
pueblos han sido desolados, saqueados y asesinados por
los aleves puñales de los degolladores de oficio:
Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazával y otros
varios dignos de Mitre.
¡Basta de víctimas inmoladas al capricho de mandones
sin ley, sin corazón, sin conciencia! ¡Cincuenta mil
víctimas inmoladas sin causa justificable dan
testimonio flagrante de la triste e insoportable
situación que atravesamos y que es tiempo de contener!
¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores
de la Patria! ¡Abajo los mercaderes de las cruces de
Uruguayana, a precio de oro, de lágrimas y de sangre
argentina y oriental!
Nuestro programa es la práctica estricta de la
constitución jurada, del orden común, la paz y la
amistad con el Paraguay, y la unión con las demás
repúblicas americanas.
¡Compatriotas nacionalistas! El campo de la lid nos
mostrará el enemigo. Allí los invita a recoger los
laureles del triunfo o la muerte, vuestro jefe y
amigo.
FELIPE VARELA.
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La Proclama de Felipe Varela (6-12-1866)
El seis de diciembre de 1866, al cruzar entre los
boquetes e la cordillera, el coronel Felipe Varela da
a conocer su proclama, dando un profundo sentido
nacional y americano a la lucha montonera que han
reiniciado Aurelio Zalazar en Catuma y los “colorados”
en Cuyo.
El caudillo catamarqueño, que fuera segundo jefe del
Chacho, y como tal admirado y respetado en el noroeste
argentino, llega marcialmente de Chile con su
inconfundible figura estilizada, su gran sombrero y
sus largos bigotes canos. Le acompañan pocos hombres y
escaso armamento pero sabe que lo espera una nación
sometida por la fuerza y convulsionada, que sólo
engrillada admite ir a pelear contra sus hermanos
paraguayos. Cada sufrido hombre de nuestro interior
provinciano es montonero que está esperando nada más
que la voz de su jefe para incorporarse al combate.
“¡Compatriotas, a las armas!” es la invitación de
Felipe Varela. Mas, a diferencia del Chacho, su
“Proclama” enuncia un programa concreto y
revolucionario. No se trata sólo de una lucha
romántica contra el tirano de Buenos Aires y sus
mandantes europeos. Dirá Varela: “¡Soldados
Federales!” Nuestro programa es la práctica estricta
de la constitución jurada, el orden común, la paz y la
amistad con el Paraguay, y la unión con las demás
Repúblicas Americanas”. Y no vacilará en enjuiciar con
severos y definitivos trazos la política mitrista:
“Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes, tan grande
en poder, tan rica en porvenir, tan engalanada en
glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando
empeñada en más de cien millones fuertes, y
comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes
destinos por el bárbaro caprichote aquél mismo porteño
que, después de la derrota de Cepeda, lagrimando juró
respetarla".
“Compatriotas, desde que aquel (Mitre) usurpó el
Gobierno de la Nación, el monopolio de los tesoros
públicos y la absorción de las rentas provinciales
vinieron a ser el patrimonio de los porteños,
condenando al provinciano a cederles hasta el pan que
reservara para sus hijos. Ser porteño, es ser
ciudadano exclusivita; y ser provinciano, es ser
mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta
es la política del Gobierno de Mitre. Tal es el odio
que aquellos fraticidas tienen a las provincias qeu
mucho de nuestros pueblos han sido desolados,
saqueados y guillotinados por los aleves puñales de
los degolladores de oficio: Sarmiento, Sandes,
Paunero, Campos, Irrazábal y otros varios dignos de
Mitre”. (“¡Viva los pueblos libres!” Manifiesto de
Felipe Varela impreso en Potosí, enero de 1868.
Biblioteca Nacional. Buenos Aires)”.
Ante el pronunciamiento de Felipe Varela, el mitrismo
vacila. Comprende que se ha iniciado en nuestro país
una revolución popular americana; sabe bien que el
lema que el caudillo montonero lleva al combate – “La
Unión Americana de las Repúblicas del Sud contra las
Potencias Europeas” – no es una frase de
circunstancias, pues el coronel Varela al titularse
“Representante y Defensor de la Unión de Americana”
está entroncando su pronunciamiento en la reacción
continental contra los planes del Imperio Británico de
apoderarse definitivamente de América.
El Imperio Británico y El Apoderamiento Continental
Efectivamente, hacia 1860 y en los años sucesivos el
Imperio Británico realiza una genial y sutil maniobra
tendiente a lograr el apoderamiento definitivo del
continente sudamericano, eliminando las resistencias
nacionales y la competencia internacional que pudiera
perturbar sus planes de dominio.
El momento histórico elegido para ello no es casual:
la guerra de la Secesión, eliminaba a los Estados
Unidos del plano competitivo internacional, a su vez
que la coyuntura económica inglesa permitía la
realización del plan imperialista: hacia esos años ya
se encontraba aceleradamente desarrollado el proceso
de acumulación de capital de concentración bancaria e
industrial.
La crisis mundial del algodón y la necesidad de nuevas
áreas de cultivo, así como el aseguramiento del
fertilizante que permitiese una producción algodonera
intensiva, movieron al Imperio Británico y a su Alta
Banca a proyectar una gran política imperialista de
apoderamiento, cuya sutileza y genialidad consistió en
permanecer oculta tras fuerzas y diplomáticos de otras
naciones. La maniobra se vio facilitada por el
sometimiento financiero que el Imperio Británico había
logrado a su favor tanto de la Europa continental como
de los países americanos.
En esa intrincada red de empréstitos y dependencia,
Baring Brothers jugaba un papel esencial.
El ataque a México, la Guerra del Guano y la de la
Triple Alianza, así como las demás guerras y
atropellos territoriales que soportó América en esa
década de 1860, tuvieron un único responsable,
invisible y oculto: el Imperio Británico.
El ataque de México tuvo su origen inmediato en la
deuda de esta nación con la Alta Banca europea, en
especial con la inglesa. Y si bien el ataque se inicia
por las fuerzas combinadas del Imperio, España y
Francia, tras la “Convención de Soledad” ésta última
nación será la ejecutora visible de los planes de
conquista, tendientes a asegurar, en su fin último, el
cobro de la deuda externa y dominar absolutamente la
política y economía mexicana mediante la concreción de
nuevos empréstitos con las bancas Rotschild y Jecker.
La Guerra del Guano, por su parte, es otra cruel
evidencia de los complejos planes del Imperio
Británico y su Alta Banca. Mientras la Francia de
Napoleón III atacaba México, la escuadra española
dirigía sus naves hacia las costas del Perú, hacia
donde llega a fines de 1864 para asolar a América con
una nueva guerra de exclusivos fines económicos, cuyo
beneficiario no es el atacante visible –España– sino
su mandante financiero: el Imperio Británico a través
de Rothschild y su testaferro el banquero español José
de Salamanca.
El guano, fertilizante necesario para el consumo del
algodón, corría peligro de salir del control británico
por decisión nacionalista del gobierno peruano. De
allí esta absurda guerra, en que la ocupación de la
Isla de Chinchas y el bombardeo a la indefensa ciudad
chilena Valparíso, no reconocían otra razón que el
propósito de asegurar que el guano garantizara la
deuda externa del Perú con la Alta Banca británica y
su control directo por parte de las compañías
explotadoras, también inglesas.
Junto al ataque a México y la Guerra del Guano contra
Perú y Chile, se destaca el sangriento drama americano
que es la destrucción del Paraguay nacionalista del
mariscal Solano López.
Pero América no permaneció indiferente. La respuesta
continental no se dejó esperar. Ella fue la de la
“Unión Americana de las Repúblicas del Sud del Nuevo
Continente”.
Una “Unión Americana”, definida en sociedades
políticas a o largo del continente desde la ciudad de
México hasta Buenos Aires, puesta de manifiesto en
Congresos y publicaciones por los intelectuales
nacionales y encarnada en acto, por las empobrecidas
masas americanas, que tras Benito Juárez, Francisco
Solano López, Felipe Varela, enfrentaron al invasor
extranjero y sus mandatarios locales, en defensa de un
continente que se negaba a ser definitivamente
balcanizado y sometido.
El Defensor de la Unión Americana y Baring Brothers
“Entonces –recordará Felipe Varela en su “Manifiesto”
– llevado del amor a mi Patria y a los grandes
intereses de América, creí un deber mío, como soldado
de la libertad, unir mis esfuerzos a los de mis
compatriotas, invitándoles a empuñar la espada (...)”.
Tras el combate de Nacimientos (La Rioja) el dos de
enero de 1867, hasta el de Salinas de Pastos Grandes,
el doce de enero de 1869, en sucesivas campañas,
incansables testimonios de heroicidad y grandeza, el
caudillo catamarqueño y americano, luchará
denodadamente contra los ejércitos de línea,
expresiones concretas de un política imperialista en
cuyo vértice se encontraba la Alta Banca británica y
en lo que a la Argentina se refiere, Baring Brothers.
Dos meses antes del pronunciamiento varelista. Baring
Brothers – como en los tiempos de Rivadavia – había
logrado la “nacionalización” de la deuda externa. De
esta manera lograba el control total de las finanzas
públicas provinciales, las que con sus desvastadas
economías garantizarían y abonarían los servicios de
esa “deuda” con la Alta Banca británica.
En efecto, por ley 206 del 1° de octubre de 1866 se
establecía que a partir del veinticinco de mayo de
1867 “quedaban a cargo de la Nación, las siguientes
deudas comprendidas en la garantía acordada a la
provincia de Buenos Aires: 1°) El empréstito inglés
(es decir, la deuda con Baring Brothers); 2°) Los
veinte millones de fondos públicos creados por la ley
del 5 de mayo de 1859 (en poder de Mauá-Rothschild);
3°) Los veinticinco millones de fondos públicos
creados por la ley del 8 de junio de 1861”.
Por eso Baring Brothers comprendía con claridad que el
pronunciamiento varelista no sólo hacía peligrar la
estabilidad del Gobierno de Mitre, sino que con sus
postulados eminentemente nacionalistas y americanos y
con su categórica defensa de las empobrecidas
economías provinciales, era una formal declaración de
guerra al Imperio Británico y a la banca cuyos
intereses representaba.
De ahí que cuando el veintisiete de enero de 1867, el
agente de Su Majestad Británica, Mr. George B. Mathews
entrevista al Ministro de Relaciones Exteriores Rufino
Elizalde y le ofrece el apoyo total de Inglaterra
contra la revolución popular de Felipe Varela, que a
su juicio “amenaza con dominar todo el país”, no hace
más reconocer el peligro que importaba para los
intereses británicos y en especial para Baring
Brothers, la montonera argentina dispuesta a cambiar
el destino de la patria y con ella de todo el
continente sudamericano.
Bartolomé Mitre, súbdito inglés por su vocación de
entrega, dirá, satisfecho del ofrecimiento de
intervención directa del Imperio Británico contra la
heroica montonera del caudillo catamarqueño: “Me ha
impresionado agradablemente tan noble proceder que a
la vez testifica la cordialidad de nuestras relaciones
con la Gran Bretaña, revela elocuentemente la amistad
y simpatía que profesa a la administración argentina
el ilustrado caballero Mathews”.
Mientras tanto, como bien dice Dardo de la Vega Díaz,
“por donde Varela pasa, los ranchos van quedando
vacíos”. El jefe revolucionario con voz grave y serena
irá enrolando tras sí a las masas criollas tras
explicarles el sentido de su “Cruzada Libertadora”
para terminar con “los tiempos del coloniaje” como los
califica, ya que sabe bien que “los liberticidas”,
“los servidores del círculo del general Mitre”
tratarán de hacerlo aparecer como un bárbaro bandolero
– calificación que perdurará luego en toda la
historiografía oficial – para descalificar su lucha y
justificar la sangrienta represión.
A tales infamias responderá irónicamente Felipe
Varela: “ser amigo de la libertad, de las provincias y
de que entren en el goce de sus derechos ¡oh! eso es
ser traidor a la patria y es por consiguiente un
delito que pone a los ciudadanos fuera de la ley!”
Pero los verdaderos traidores a la Patria, de espaldas
al país e inclinados ante Baring Brothers, ponían
precio al pueblo levantado en montonera.
La Misión de Norberto de la Riestra
Mientras el gobierno mitrista en nota oficial
manifestaba su total oposición a toda “Unión
Americana” y afirmaba enfáticamente que: “la República
está identificada con la Europa hasta lo más que es
posible”, Norberto de la Riestra, enviado especial de
Mitre en Londres trataba de demostrar en los hechos el
servilismo total que el propio Gobierno reconocía en
sus declaraciones diplomáticas.
El británico de la Riestra, llevaba por misión
contraer un empréstito de doce millones de pesos en
Londres, de acuerdo a la ley 128 de 1865.
De más está aclarar que la gestión de la Riestra era
ante la Casa Baring. Esta, sólo adelantará 200.000
libras, de las cuales llegaran a Buenos Aires
escasamente 100.000. El resto del empréstito queda
supeditado a que la Argentina “peticione conjuntamente
con el Brasil”. La Alta Banca británica quería
asegurar de tal manera que el eje Rothschild-Baring
contara con total control financiero de la “Alianza”
contra el Paraguay.
Norberto de la Riestra, al igual que el Barón de Mauá
urgía en la City que se llevara a cabo el empréstito
que le permitía al gobierno de Mitre terminar con el
tirano del Paraguay y los bárbaros montoneros.
Para “facilitar” la gestión se resuelve “reducir” el
precio del empréstito, aumentando de tal manera las ya
cuantiosas ganancias aseguradas a Baring Brothers.
Con fecha cuatro de febrero de 1868, Mitre presta su
conformidad para que se reduzca a 70 el precio del
empréstito. Finalmente, en junio de dicho año, el
enviado plenipotenciario comunica al gobierno
argentino la realización del nuevo préstamo, destinado
a financiar la destrucción de la resistencia armada
americana: 2.500.000 libras, con una supuesta
recepción real de 1.735.703 libras, 6s.10 d…
Este empréstito, pagado con “el hambre y sed
argentina” resultaría hasta 1883 m$n 8.417.515 como
renta y m$n. 7.618.968 en calidad de amortización,
quedando aún 988.300 libras, que Agote calculaba (en
aquel año) que no iban a poder ser canceladas antes de
1889...
Es decir que sobre 1.735.703 libras recibidas
teóricamente, debieron pagarse más de 4.000.000 de
libras, para satisfacción de Baring Brothers.
El Fin de La Patria Grande
Felipe Varela y los hombres de la revolución, contaban
con el levantamiento del litoral argentino, con sus
caudillos Justo José de Urquiza y Ricardo López
Jordán. El mercader Urquiza, especulará, como hemos
visto, con su supuesto apoyo a la montonera – que no
se producirá nunca – para obtener notables ganancias
en negocios con el Banco de Londres, mientras sueña
con la candidatura presidencial. Ricardo López Jordán
logrará pronunciarse tardíamente, recién después de la
muerte de Urquiza en san José.
Circunscripta al noroeste argentino, la revolución
varelista se convierte en una heroica epopeya, con el
último grito montonero de protesta ante el avance de
la “civilización portuaria”, pero inexorablemente
condenado al fracaso en el terreno de las armas.
Tinogasta, Paso de San Ignacio, Pozo de Vargas, Salta
y Jujuy, darán testimonio esperanzado del paso del
caudillo y su montonera, hambreada y sin recursos,
pero siempre dispuesta a cumplir la palabra empeñada
por su jefe en el “Manifiesto”: “Siempre que la suerte
quiera ayudarme, siempre que el cielo quiera
protegerme, combatiré hasta derramar mi última gota de
sangre por mi bandera y los principios que ella ha
simbolizado”.
La muerte galopará hacia el caudillo americano en
Chile, tísico y postrado, pero con los ojos puestos en
su patria sufriente un 4 de junio de 1870.
Coetáneamente cesaba la última resistencia del
mariscal Francisco Solano López, muriendo con él el
Paraguay nacional y proteccionista.
Ya nada se oponía a los planes Británicos. La
Argentina convertida en una “gran estancia” otorgaba
el máximo de garantías a los “inversores” británicos.
El ocaso de la nacionalidad se cotizaba
satisfactoriamente en el mercado de valores
londinense. El nombre de Baring Brothers brillaba con
mayor esplendor que nunca.
Fuente: Ortega Peña, Rodolfo y Eduardo Luis Dualde.
“Baring Brothers y la Historia Política Argentina”.
Editorial “La Estrella” 1968) García Mellid, Atilio.
Proceso a los falsificadores de al guerra del
Paraguay. Ediciones Theoría. Buenos Aires 1964
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