[R-P] Cortaron la flor, no la primavera

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Lun Dic 10 20:19:30 MST 2007


Cortaron la flor, no la primavera

Homenaje a 30 años del secuestro y desaparición de
Azucena Villaflor.

Por Roberto Muñoz

Azucena Villaflor.
Aquella mañana del 10 de diciembre de 1977, dos Ford
Falcon le cortaron el paso a Azucena Villaflor cuando
iba a cruzar la avenida Mitre, a la altura de Sarandi.
En ese barrio vivía con su familia. 

Atenazaron sus brazos, la tironearon y cuando cayó al
suelo, gritando, la golpearon. Enseguida la empujaron
por la nuca y la apretaron en el suelo de uno de los
automóviles. 

Azucena tenía 53 años, su marido, cuatro hijos y dos
nietitas. 

Testigos relataron que había ido a parar al altillo
llamado "Capuchita" de la Escuela de Mecánica de la
Armada. Era el rincón para los detenidos más
"secretos". Allí también estaba la monja Leonie
Douquet, secuestrada hacía dos días, durante una
reunión en la iglesia Santa Cruz, junto a otras dos
madres de detenidos sin destino. 

En su mañana última, Azucena iba con una bolsa a la
pescadería y de paso, a comprar el diario La Nación
donde iba a salir la primera solicitada, que ella
promovía, con una lista de nombres de personas
detenidas-desaparecidas. Era el Día Internacional de
los Derechos Humanos y la dictadura de Jorge Rafael
Videla ultimaba a plomo y palos todo gesto opositor. 

La historia de esta mujer con nombre florido, había
comenzado el 30 de noviembre de 1976, cuando se enteró
que a su hijo Néstor Devicenti, un militante de la
Juventud Peronista de la Facultad de Arquitectura, lo
habían llevado "vivo, pero muy golpeado". Lo habían
sorprendido en el pequeño taller de su novia Raquel. 

Azucena comenzó a peregrinar por comisarías,
hospitales y dependencias del ministerio del Interior.
Pero todo era incertidumbre, que a poco se
transformaba en miedo y desesperación. 

En esos recorridos sórdidos, fue conociendo a otras
madres que también buscaban a sus hijos. El cansancio
y hasta cierta desazón por el silencio de autoridades,
jueces y políticos, fueron colmando de indignación a
Azucena. Fue cuando llegó el día en que convocó en voz
alta: "Vamos a la reunirnos a la Plaza de Mayo para
que todos se enteren. Basta de mendigar información". 

Ese día lluvioso fue sábado 30 de abril de 1977. Eran
catorce madres en quienes la decisión y el dolor,
habían crecido más que el miedo. 

Pero la imprevisión les jugó en contra. Habían
olvidado que ese día no trabajaban ni bancarios, ni
empleados públicos. Era poca la gente que transitaba
la Plaza. Pero a la semana siguiente se encontraron el
viernes. 

La tercera ronda fue el jueves a las tres y media de
la tarde. Y desde entonces los jueves fueron
consagrados para las históricas marchas. 

Los policías que habían ido a custodiar la zona,
aquella primera vez, no les permitieron estar juntas,
ni inmóviles. "Circulen, circulen" era la orden que
imprimía el Estado de Sitio. Así, el caminar de a dos,
sin querer, selló la forma de la ya histórica Ronda de
las Madres de Plaza de Mayo. 

Todos los días, Azucena y sus compañeras no dejaban un
momento sin proseguir las búsquedas de sus hijos. Y en
esa marcha angustiante llegó el 15 de agosto de 1977
en que promovieron acciones para la atención de sus
enormes dramas. 

Había llegado a la Argentina el subsecretario de
Estado norteamericano, Terence Todman y una semana
después, se sumaba el secretario de Estado Cyrus
Vance. 

En octubre de 1977 avanzaron con una misa por el Día
de la Madre en la iglesia porteña San Nicolás de Bari,
en la avenida Santa Fe. 

A la salida, Villaflor conoce a un joven rubio que, le
comenta, busca el paradero de su hermano. Se presentó
llamándose Gustavo Niño. En realidad era el oficial de
Marina Alfredo Astiz, en misión de infiltrado. 

"Vos siempre dudas de todos" le respondió Azucena a su
prima Lidia Moeremans cuando ésta le advirtió:"Cuidado
que es un cana". 

"Toda ella era un enorme abrazo, aunque había algo que
la hacía diferente: esa mirada intensa y desafiante,
un gesto que nunca imaginó le costaría la vida" la
describio en un nota, Diana Piazzola. 

Cuando el 8 de diciembre de aquel mismo año, se
consuman ocho secuestros en la iglesia de la Santa
Cruz, entre ellos las Madres Teresa Careaga y María
Ponce, Azucena estaba en otro lado. Se concentraba en
dar los últimos retoques a los originales de la
solicitada que saldría en el diario La Nación. 

Con su alma dolorida, denunció a "los que torturaban
con cara de perro y los que delataban con cara de
niño" en la solicitada por los 15 años del legendario
movimiento. 

En ese mismo texto donde atribuyen su vigencia a " un
milagro donde los hijos parieron a sus madres, las
madres se multiplicaron y de sus almas salieron nuevos
hijos". En la noche del domingo 11 de diciembre dicen
que Azucena fue arrastrada y dejada sin conocimiento
tras una sesión de tortura. Tenía puesto el mismo
vestido floreado con el que iba a cruzar la avenida
Mitre, y no la dejaron. 

"Si me pasa algo, ustedes sigan" les había pedido a
sus compañeras de tragedia. Y su súplica forjó una
esperanza que conmovió el mundo.

La Política OnLine

  "Ella funde lagrimas con cada lluvia y se pregunta si tantas despedidas valieron la pena. El hoy es tan frio y duro aún en verano que el amor suele traer apenas gotitas de alegria. Mejor es no mirar atrás ni mucho para adelante. La calle es para ir, nunca para volver... Cada despedida un final incierto. Los tiempos son inseguros y muertos aunque el sol nos esté calentando."



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