[R-P] Perón y el contrato con la California

Patricia desdemilibertad01 en yahoo.com.ar
Dom Dic 9 17:24:13 MST 2007


Se ruega no sopapear a la mensajera....

Si hay alguien que me pueda desasnar con relación a
este tema le estaré agradecida.
Saludos
Pat
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Perón y el contrato con la California
 

EL SABOTAJE A LA PRODUCCIÓN DE ENERGÍA Y EL CONVENIO
CON LA CALIFORNIA ARGENTINA DE DELAWARE

(...) Y aquí llegamos a la etapa final del peronismo
en relación con la crisis argentina. Perón cayó como
amigo de los yanquis, y enemigo de las ingleses,
cuando negoció con la California Argentina de
Delaware, para remediar la tremenda escasez de
combustibles en que el país había quedado en las
postrimerías de su régimen. Paso con el que pareció
justificar las acusaciones que esporádicamente se le
habían dirigido, de estar enfeudado a los
norteamericanos. Gente que jamás hablaba de la
influencia inglesa en la Argentina, se lo pasaba
denunciando la influencia yanqui hasta en el caudillo
que había hecho del antiyanquismo su caballito de
batalla. De nada valían su dilema Perón-Braden, sus
violentas campañas contra los plutócratas de Wall
Street, el chasco que se llevó con los representantes
de la Asociación Americana del Trabajo, que lo
visitaron a su pedido y salieron haciéndole una
crítica demoledora de su gremialismo, la diatriba del
1º de mayo de 1953 contra los estadistas
norteamericanos a la vez que invitaba, como Marx, a la
unión de los proletarios de todo el mundo. Su adhesión
a Chapultepec bastaba para desvirtuar aquellos
indicios, y como sus opositores fueran de humor a
hablar de influencias extranjeras, estándoles vedado
mentar la inglesa, los yanquis tenían espaldas
bastante anchas para cargar como cliente con uno de
los hombres que más los habían insultado.

Para llegar a semejante contrasentido había que
descuidar todo el proceso del peronismo, que hemos
hecho en este libro, y que para los observadores
atentos no presentó el menor enigma desde que el
improvisado caudillo preponderó en el Estado a partir
de 1944. Sus concesiones a los ingleses desde los
decretos de octubre de aquel año, habían despejado la
incógnita que el falso antiimperialismo de la
propaganda pre y posrevolucionaria pudo crear. Toda su
acción se enderezó al servicio de Su Majestad
Británica, variando sus medios para mantenerse leal a
sus fines. Cuando no se había planteado el problema de
liquidar los saldos de libras bloqueadas, les acordó
todas las ventajas que hasta la oligarquía les había
negado. Cuando los ingleses comprometiéronse con los
yanquis a sanear la economía y las finanzas
iberoamericanas y a liquidar sus inversiones en el
continente, como único medio de pago a su disposición,
les rechazó la oferta, so pretexto de que los
ferrocarriles eran hierro viejo y de que ya los
teníamos aquí. Cuando Norte América vetó en Londres la
sociedad mixta Eady-Miranda que eternizaba nuestro
vasallaje, no tuvo más remedio que aceptar los
ferrocarriles como medio de pago; pero se ingenió para
no cobrar el saldo de las libras bloqueadas durante la
guerra, y los compró por varias veces su valor con la
exportación de 1948. Cuando la mayor parte del haber
británico entre nosotros quedó liquidado en la
compraventa de los ferrocarriles, inventó el sistema
que permitiría a los ingleses abastecerse en la
Argentina sin compensación alguna, envileciendo el
precio de nuestras exportaciones y admitiendo los
mayores precios para nuestras importaciones, a la vez
que aceptaba sin reacción efectiva, primero la
inconvertibilidad, y luego la desvalorización de la
libra.

A este último objeto, de servir graciosamente a S. M.,
el caudillo organizó una escasez artificial de
combustible, que estaba en la mejor tradición del
régimen que él continuaba, diciendo combatirlo. La
manera de poner a la Argentina de rodillas ante el
cliente único (cuando la situación se había invertido)
era simular una tan catastrófica situación en el
abastecimiento de petróleo y carbón que, de no
aceptarse los precios irrisorios ofrecidos por
Inglaterra, se tuviera la sensación de que la vida
económica argentina quedaría paralizada. Su obra
maestra consistió en inculcarle a su pueblo aquella
persuasión, cuando Inglaterra enfrentaba la
perspectiva con que se nos amenazaba a nosotros. En
efecto, las islas británicas paralizaron sus
industrias y quedaron a oscuras por los días en que se
nos obligó a entregar la carne y el cereal a vil
precio por una promesa no obligatoria de mandarnos a
los más altos los abastecimientos que ellas
necesitaban más que nosotros.

Desde 1949 se sabía por los propios obreros de Y.P.F.
que en Comodoro Rivadavia faltaban hasta los repuestos
más insignificantes, que se habrían hallado en las
ferreterías de la Capital Federal; de modo que se
creaba una escasez artificial de envases y una
paralización de las máquinas, para rebajar la
producción, se desplazaban los recursos de la empresa
hacia una mal llamada justicia social, incompatible
con su marcha antieconómica. Una propuesta de la firma
S.I.A.M. para fabricar perforadoras de pozos
petrolíferos, fue desechada. Al mismo propósito de
ponernos de rodillas ante el abastecedor único se
debieron las trabas que el peronismo opuso a aquellos
agentes que tomaron al pie de la letra instrucciones
patrióticas que alguna vez se les impartieron. Un
embajador en Venezuela proyectó un trueque de petróleo
venezolano por alimentos argentinos, y no recibió de
sus jefes los medios para concretarlo. Otro embajador,
en México, negoció con el presidente Alemán una
operación de esa especie, y viajó en un flamante
petrolero mejicano que trajo diez mil toneladas de
combustible. Mas la contraparte argentina tardó meses
en cumplirse, porque las reparticiones oficiales
jugaban a la pelota con el expediente destinado a
hallar los frutos del país que debían constituirla.
Hasta que por último los testaferros de Juan Duarte
fueron personalmente a México a decir que: o la
Argentina pagaba dólares por el petróleo mejicano, o
no lo importaba más de esa procedencia. Como el
gobierno del altiplano repusiera que su interés al
exportar el combustible a nuestro país estaba en
trocarlo por nuestras materias alimenticias, ese
intercambio cesó.

Otro aspecto del sabotaje a la producción de energía
se vio en la construcción de los diques y superusinas,
que se terminaron, sin que se hubiese pensado en las
conexiones que debían llevar la corriente a los
consumidores. El Nihuil de San Rafael podría abastecer
a toda la provincia de Mendoza. Pero aunque la usina
hidroeléctrica funciona, para que no se deteriore,
arroja al río Atuel su corriente inutilizada. Por el
mismo motivo el dique de Viñas Blancas no puede
abastecer a Córdoba. Sobre la usina de San Nicolás el
actual gobierno dijo lo suficiente para comprender que
el plan de crear plantas productoras de energía sin
los trasmisores necesarios era general. Sobre el
carbón de Río Turbio el ministro Alsogara y reveló que
una maquinaria extractora, importada de Inglaterra,
debió ser demontada por inservible, caso que debe
subsidiariamente llamar la atención sobre les
resultados de atarnos al cliente privilegiado que nos
da libras inconvertibles; cuando hasta la vieja Europa
se surte de máquinas instrumentales en Norte América.

¿Pueden ser casuales todos esos fenómenos? El menos
suspicaz tiene derecho a pensar que no lo son. Y que
estaban calculados para insertarse en el plan general
de arruinar las posibilidades nacionales y servir a
Inglaterra, que hemos descrito en este libro. De otra
manera ¿cómo explicarse la tarea destructora realizada
par el régimen? De no ser deliberada, costaría admitir
que un hombre que reveló algunas condiciones
personales, por lo menos para encumbrarse, no fuese
capaz de evitar una parte de los errores que cometió.

A la luz de los antecedentes expuestos, el convenio
con la empresa norteamericana sobre el petróleo se nos
presenta en su verdadero significado. El gobernante
que organizó el sabotaje a la producción de energía
con la amplitud y el espíritu sistemático que hemos
visto, debía saber que la solución del problema
energético no era difícil si reveía toda su política.
Con apelar resueltamente al comercio americano, le
habría sido facilísimo obtener por trueque, petróleo
boliviano o mejicano a cambio de frutos argentinos; y
remediada de ese modo la actual escasez, quitando
trabas a la industria nacional, ésta se pondría muy
pronto en condiciones de extraer el petróleo por sí
misma, con un mínimo de ayuda técnica exterior.

Lo que pasa es que no podía variar la orientación de
su política económica, ya que para trocar nuestros
frutos por los combustibles de nuestros hermanos,
debía cesar la integración de nuestra economía en la
del imperio británico. Y eso no lo podía hacer Perón,
el que había salvado en gran medida las finanzas
imperiales, cuando los ingleses perdieron casi todos
sus capitales en la Argentina y en el mundo,
permitiéndoles absorber la mayor cantidad de nuestras
exportaciones, cuando no tenían con qué pagarlas.

Puesto en ese callejón sin salida, su convenio con la
California Argentina de Delaware parece, o un
movimiento impremeditado, de un hombre acorralado por
las influencias que lo dominan, y cree posible apelar
a otras más poderosas, sin emanciparse de las
primeras; o un hombre resignado a eliminarse, y que
busca una compensación, hipotecando al país cuyo
gobierno sabe que deberá abandonar, para conservar
como particular el provecho que antes le sacaba como
gobernante con su totalitarismo económico y político.
La extraterritorialidad otorgada a los productores
extranjeros, las franquicias de todo orden que los
convertían en habitantes privilegiados, las
condiciones establecidas para el arbitraje de las
divergencias sobre la aplicación del contrato, y sobre
todo la falta de reciprocidad entre las penalidades
previstas para una y otra parte, en caso de rescisión,
permiten suponer que el convenio social no estaba
calculado para cumplirse, sino al contrario para
suscitar un pleito que el socio extranjero y sus
favorecedores locales debían ganar a ciencia cierta,
de acuerdo a las condiciones del contrato, y dejando
hipotecado todo el subsuelo argentino por varios miles
ele millones de dólares. Esto se confirma en las
cláusulas referentes a la inversión extranjera,
insignificante en relación a la cuantía del negocio y
a las penalidades previstas contra la Argentina, y que
no se acercaba ni de lejos a la capacidad nacional
para procurarse divisas con qué importar los
materiales indispensables a Y.P.F. para incrementar su
producción en la medida necesaria. Los enormes
defectos del arreglo con la California Argentina
revelan que en él se procedió como en todo el resto
del manejo económico-financiero del país. Más que el
trato pampa entre una potencia imperialista y un
Estado débil, el convenio incriminado era a todas
luces una maniobra de plutócratas nacionales y
extranjeros, asociados en turbias circunstancias, para
hipotecar el porvenir de un país rico pero ignorante
de sus posibilidades, en beneficio de sus pasajeros
gobernantes, ocultos tras la careta de un consorcio
internacional.

El profesor Silenzi de Stagni, cuyo oportuno libro
movió sin duda muchas voluntades militares, dijo del
tratado con la California: “Ningún jeque, califa o
sultán del Medio Oriente ha entregado hasta ahora una
concesión parecida” (“El petróleo”, vol. I, Bs. As.,
1955). No conozco los convenios a que alude el autor
citado, en sus textos, como el de Perón con los
yanquis, sino por referencias librescas. La
comparación es incisiva, y no perdería nada de su
vigor aunque no fuera de una exactitud precisa. Porque
aun el gobernante árabe que por ser independiente y
tener conciencia de su posición obtuvo mejores
condiciones, como las que Ibn-Saud obtuvo de la
ARAMCO, no podía negociar como su colega argentino. El
fundador de la Arabia Saudita vivió y murió agradecido
a la empresa yanqui que descubrió el petróleo en su
desierto, y repetía como un anatema este dicho:
“¡Créanme! Conozco el valor de la ARAMCO y sabré
defenderla contra quienquiera pretendiese hacerle
daño”. La compañía le pagaba la regalía en oro
metálico (que como vimos antes una vez compró en la
Argentina); y cuando en el Cercano Oriente empezó
después de la segunda guerra mundial la agitación
nacionalista contra los petroleros anglosajones
acusados de ser inicuos explotadores, elevó
espontáneamente la regalía al cincuenta por ciento (el
fifty-fifty, según la expresión ahora de moda), el
mejor reparto hasta hoy alcanzado entre un Estado con
jurisdicción sobre un subsuelo rico en petróleo ,y una
empresa concesionaria extranjera (Benoist-Mechin, “Le
loup et le léopard”. Ibn-Séoud, 1 vol., Albin Michel,
París, 1955, pág. 411. El autor refiere que la ARAMCO
modificó la parte del contrato sobre la regalía, antes
de que expirase, y además de aumentarla por cada
barril de petróleo, reconoció al jefe del Estado el
derecho de cobrar réditos a las ganancias de la
sociedad. Todo este capítulo de Benoist-Mechin es
utilísimo para esclarecer el problema petrolera en
Medio Oriente. Por ejemplo, sobre el lío anglopersa,
explica que se originó en un abuso inglés, consistente
en que teniendo la Anglo-Iranian un convenio de
repartir las ganancias en un 50 % para cada parte, el
gobierno laborista empezó a gravar de tal modo a la
sociedad, con impuestos cobrados antes de distribuirse
los beneficios, que la parte correspondiente al
gobierno de Teherán empezó a disminuir
catastróficamente, hasta llegar a ser el 30%); educó
la mano de obra indígena, la empleó en proporción cada
vez mayor, hasta reducir al mínimo la americana, aun
en los cuadros directivos, creó escuelas de
enfermeras; levantó fábricas manufactura, astilleros,
pistas de aterrizaje, etc., etc., y le admitió la
prohibición del alcohol en el recinto más reservado de
la compañía. Pero todas estas ventajas, que tienen sus
inconvenientes, no equivalen a las que reporta un país
de explotar por si mismo su propio subsuelo.

Ahora bien, Ibn Saud no podía hacerlo. Porque cuando
en su desierto descubrióse petróleo, el gran caudillo
partía de cero. Acababa de fundar su imperio en ruda
lucha contra sus rivales en la. península y las
dificultades del mundo; no gobernaba un país
urbanizado; no tenía un cobre, y su presupuesto (que
aún no tiene regularidad), estaba reducido a lo que
pudieran dejarle los peregrinos de la Meca, ciudad
santa del islamismo, que él acababa de ocupar y que
debía tranquilizarse después de la conquista antes de
redituar nada; no eran súbditos suyos los que habían
descubierto el petróleo, sino los norteamericanos que
él había llamado para explorar el subsuelo en busca de
agua; en suma, no podía sacar del hallazgo más de lo
que le dio la ARAMCO.

Pero la Argentina de Perón disponía de muy otras
posibilidades. Tenía una institución oficial
riquísima, que había dado pruebas de lo que era capaz.
Extraía un combustible descubierto hacía medio siglo,
en décadas de labor que habían formado una mano de
obra y cuadros directivos propios que poco podían
envidiar a los ajenos. Tenía ya una industria que se
ofrecía a suplir los abastecimientos extranjeros que
faltasen. No necesitaba la acción civilizadora que el
capital yanqui puede realizar en países, poco
desasarrollados, porque era un país civilizado y
urbanizado como no lo estaba, ni lo está la Arabia
Saudita con todas, las millonadas de dólares que le da
la ARAMCO. Y disponía de abastecedores en las
fronteras, que le habrían resuelto la escasez de
combustIbles, con sólo que él hubiese querido
intensificar el intercambio con los países vecinos.

Por añadidura, el problema difería aun para los dos
países en otro aspecto fundamental. Cuando lbn Saud
firmó su contrato con la ARAMCO sus reservas
petrolíferas eran inmensas, y se calculaba que podían
durar siglo y medio, mientras su producción era
ínfima. Cuando Perón firmó su arreglo con la
California, la Argentina figuraba entre los países
cuyas reservas estaban calculadas en una duración de
tres lustros y, pese a todo el sabotaje, producía
muchísimo más que la Arabia Saudita de 1943. De modo
que para el monarca árabe, el problema de gastar sus
reservas, para conservar las norteamericanas, no era
el mismo que para el monarca argentino, que debía y
podía cuidar el porvenir de nuestros combustibles
líquidos mientras dispusiese de abastecedores
equitativos, como son los países vecinos y hermanos,
que nos dan sus productos y reciben los nuestros al
precio del mercado internacional.

Que el argentino fuera tan manifiestamente inferior al
árabe resultó exclusivamente de que éste era
independiente y lo aprovechaba, mientras aquél estaba
enfrentado a la peor influencia extranjera.

Nota: Los párrafos que hemos transcripto pertenecen al
libro de Julio Irazusta “Perón y la crisis argentina”,
Ed. Independencia S.R.L., 2ª edición, Bs. As., 1982,
Cap. XXVI.


  "Ella funde lagrimas con cada lluvia y se pregunta si tantas despedidas valieron la pena. El hoy es tan frio y duro aún en verano que el amor suele traer apenas gotitas de alegria. Mejor es no mirar atrás ni mucho para adelante. La calle es para ir, nunca para volver... Cada despedida un final incierto. Los tiempos son inseguros y muertos aunque el sol nos esté calentando."



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