[R-P] Deserción, sinagoga, contranatura, CIA y amarillismo
Boletín Bambú
bambuprensa en yahoo.com.mx
Dom Dic 9 14:58:10 MST 2007
Algo sobre Fe y Milicia, Adoración y Acción, Espada y
Cruz... Escribe uno de los propietarios monopólicos del
nacionalismo en Argentina...
* * *
Antonio Caponnetto
[Fragmento]
Mucho se viene publicando sobre el nacionalismo en los
últimos tiempos. El tema se ha puesto enfermizamente de
moda, y los libelos de circunstancia que van apareciendo
compiten en ficciones. En todos ellos las referencias
Tacuara y a Alberto Ezcurra resultan inevitables. Pero no
entienden nada. Roberto Bardini escribe desde la deserción
del nacionalismo católico, Daniel Gutman, Leonardo Senkman
o Daniel Lvovich desde la Sinagoga , Sebrelli desde la
contranatura, David Rock desde la CIA , Marcelo Larraquy y
Roberto Caballero desde el amarillismo periodístico. ¿Cómo
podrían desde tan mezquinas perspectivas rozar apenas la
intelección de un alma como la de Alberto Ezcurra?
Contestarles sus dislates sería darles la entidad de
interlocutores válidos. Quede apenas señalada nuestra
protesta, y sigamos adelante.
Porque algo quiso decirnos el Señor con su vida. Y bien
podría ser —entre tantas cosas— el que comprendamos
definitivamente que son posibles la Fe y la Milicia, la
Adoración y la Acción , la Espada y la Cruz, el amor a Dios
y el amor a la Patria. Que es posible —como él mismo lo
escribió hablando de su admirado Codreanu— la regeneración
de las naciones cristianas sometidas, si se advierte que
“la lucha no puede ser meramente política”. Es necesario
para instaurar el Orden Nuevo, formar al hombre nuevo del
que nos habla el Apóstol. Y ese hombre nuevo no se labra
desde la sociología sino desde la teología. Se forma en la
contemplación del Santo y del Mártir, del Místico y del
Profeta; en la imitación ascética de las conductas
heroicas, en la disciplina de la oración y del sacrificio,
del trabajo y del combate. “Cuando un pueblo es arrastrado
por sus gobernantes a la corrupción... no queda para la
reconquista otro camino que el de la Cruz y el del
martirio... El mal no se agota en las formas externas de un
sistema político falso o injusto: tiene raíces en el orden
sobrehumano del espíritu. Por ello sólo tiene sentido una
lucha que abarque toda la complejidad de estos distintos
aspectos”. Son palabras suyas que lo contestan todo. Y que
descifran el misterio —si aún permanece tal para alguien—
de por qué Alberto Ezcurra abraza la universalidad del
sacerdocio sin olvidarse jamás de esta singular Argentina.
De por qué su concepción de la política y de la guerra
pendiente por el honor nacional, no podía sino conducirlo a
la Viña del Padre, para sembrar y cosechar allí,
abundantemente, los más altos y preciados frutos. Para él
parecen escritos los versos de Verlaine que tradujera
Castellani, hablando de la convergencia de los amores a
Dios y a la Patria : “. . .y si es crucificado y verdadero,
ya son un solo amor, ya no son dos...”. Y bien podría
escribirse sobre su tumba aquello de Marechal que conocía
de memoria: “Yo siempre fui un patriota de la tierra y un
patriota del Cielo”.
En 1992, hablando postreramente en Buenos Aires, volvió a
ratificar su doble condición de católico y nacionalista.
Era en una fecha a su medida: el 20 de noviembre; y sólo su
enorme fortaleza y su abundante generosidad le permitieron
sobreponerse a las limitaciones físicas y darle con su
prestigio un espaldarazo de maestro y amigo a mí libro El
deber cristiano de la lucha, que le había pedido me
presentara junto al Coronel Guevara. Muchísima gente se
había congregado para escucharlo, en el viejo salón de la
Asociación Patriótica Española. Se sabía, se presentía a
regañadientes que, salvo milagro, sería aquella la última
vez que podría hablar públicamente en su ciudad natal. Un
viejo y leal camarada, el “Chiche” Lapadula había
empapelado el centro anunciando el acto. Otro entrañable
camarada, José María Trelles, había editado el libro,
corriendo con los riesgos, como siempre. Entonces tomó la
palabra Alberto y dijo en un momento, pausada y
enérgicamente: “Ya no soy joven y estoy enfermo, pero si
hay algún motivo por el cual podría pedirle a Dios que me
prolongue la vida sería solamente por esto: para seguir
luchando. Porque vale la pena luchar y tenemos esa
obligación”. Todos supimos, sin decirlo, que era la
despedida y a la vez el legado. En mi vida he vuelto a
escuchar un aplauso tan prolongado. Aquellas palmas eran
las manos amigas que le hacían saber de este modo que
estaban con él hasta el final.
Pues ésto nos ha dejado el Padre Alberto Ezcurra. El
ejemplo de una trayectoria épica, alegre y clara; el modelo
de una contienda viril al estilo de los caballeros
templarios. Como el Cid Campeador al Abad Don Jerónimo
podría decirse de él: “¡Dios, qué bien lidiaba!”. Y en
tanto la causa ejemplar produce efectos de vida y de
espíritu que sobrepasan los lindes del cuerpo y de la
materia, debe afirmarse con certeza que Dios ha escuchado
su pedido, le ha prolongado la vida. Está junto a nosotros,
como siempre, presente en nuestro afán.
“Sin duda al llegar al Cielo vio a los muertos de Obligado
que lo estaban esperando. Y en el celeste prado florecieron
las estrellas federales y los ceibos”. Y habrá visto a José
Antonio y al Capitán Legionario. A los caídos de Malvinas y
a los soldados de todas las guerras justas que exaltara. A
los maestros de la Realeza de Cristo y de la Esclavitud
Mariana. A los testigos de la Fe hasta el derramamiento de
sangre y a los Caudillos del buen combate y de la recta
doctrina. Habrá visto cara a cara la Luz y la Gracia. Y
ángeles con tacuaras le salieron al encuentro para
ratificar en lo Alto el juramento aquél que pronunciara
aquí abajo: “Juro con el corazón y el brazo señalando el
testimonio de Dios, defender con mi vida y con mi muerte
los valores permanentes de la Cristiandad y de la Patria ”.
No es comprensible entonces que a alguno se le escape,
siquiera por rutina, la cansada expresión aplicada a los
difuntos: “¡Pobre Padre Ezcurra!”. Bienaventurado Padre
Ezcurra y pobres de nosotros si no somos capaces de merecer
su destino.
Ahora descansa su cuerpo sobre la tierra de San Rafael.
Pasarán las estaciones y las siembras, las fiestas de la
Ascención y las de la llegada del Paráclito. Pasarán los
trigales y los viñedos sobre los campos y los cálices.
Vendrán nuevos y antiguos sacerdotes que sentirán su nombre
entre campanas.
Pero un día —cuando el Señor de las Batallas disponga la
Ultima Avanzada — llegará hasta su tumba la canción
entrañable que lo convoque de nuevo a la marcha que nunca
abandonó. Y sentirá sus sones repitiendo:
“Despierta camarada, que fresca de rocío
la voz de los clarines te llama a tu deber.
La media luz del alba ya alumbra los caminos:
¡Despierta Camarada! Llegó el amanecer.”
Roberto Bardini
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