[R-P] [Mariano Grondona] ¿Es posible, todavía, emular a Brasil?
Néstor Gorojovsky
nmgoro en gmail.com
Lun Dic 3 04:26:54 MST 2007
[He aquí el latinoamericanismo de las oligarquías. Entre 1966 y 1969
las FFAA de Argentina y Brasil compitieron para ver quién era mejor
colonizador de su propio país al servicio de EEUU. Mariano Grondona
explica porqué...]
DOMINGO 2 de Diciembre de 2007 - ENVIAR POR E-MAIL
¿Es posible, todavía, emular a Brasil?
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=967364
En 1964, un golpe militar desplazó en Brasil a un demagogo de poca
monta, el presidente Goulart, y lanzó un espectacular proceso de
desarrollo económico al que se llamó "el milagro brasileño", con tasas
de diez por ciento de crecimiento anual que durarían una década.
Por ese entonces, la Argentina tenía un ingreso por habitante tanto
más alto que Brasil, que las cifras de producción global de ambos
países eran similares pese al enorme peso geográfico y demográfico de
nuestro vecino. Si uno consulta la bibliografía de la época,
encontrará abundantes alusiones al liderazgo latinoamericano que
legítimamente pretendía la Argentina en estrecha competencia con
Brasil, porque nuestra ventaja cualitativa compensaba por entonces
nuestra desventaja cuantitativa.
El golpe de 1964 conmovió estas presunciones. Al crecer al 10 por
ciento anual durante los años 60, Brasil se nos empezaba a escapar.
Esta imagen de la escapada de Brasil provocó algo muy parecido al
pánico entre los dirigentes políticos y militares de la Argentina de
la época, lo que favoreció el golpe militar del general Onganía en
1966 detrás de una meta claramente expresada y ampliamente compartida:
mantener a toda costa la paridad con Brasil.
Si los militares brasileños estaban empujando a su país al salto
económico que necesitaba, ¿por qué no podrían hacerlo sus pares
argentinos? Esta idea se divulgó por entonces en la Argentina como
antes lo había hecho en Brasil. El general Castello Branco desde
Brasilia en 1964 y el general Onganía desde Buenos Aires dos años más
tarde parecían destinados a corporizarla.
Encima, el petróleo
Ante estos recuerdos comunes a las dos naciones, las noticias que nos
vienen de Brasil en estos días parecen de otra galaxia. La revista
inglesa The Economist , después de resumir los datos centrales del
formidable desarrollo brasileño actual y después de comprobar que, con
el reciente descubrimiento del campo petrolífero de Tupi en aguas
cercanas a Río de Janeiro, Brasil parece destinado a competir con los
países árabes, remató su nota con esta exclamación: "¡Todo esto y
encima el petróleo!".
Hacía décadas que los brasileños buscaban petróleo sin encontrarlo.
Empeñados en lograr el autoabastecimiento energético, abrieron
entonces la vía de los combustibles renovables como el etanol al mismo
tiempo que los norteamericanos. Mientras esta iniciativa les permitía
avanzar en dirección del autoabastecimiento, no confiaron en sus
propias fuerzas para seguir buscando petróleo; llamaron en cambio a
grandes empresas petrolíferas extranjeras como British Petroleum, que
tenían los recursos y la tecnología para intentarlo. Al fin, cuando
brotó el petróleo en cantidades que no habían imaginado, descubrieron
que Dios es brasileño.
Pero Tupi no habría sido posible con el rechazo sistemático del
capital extranjero que prevalece entre nosotros. Si nosotros
expulsamos a los grandes capitales, que son los únicos capaces de
perforar el mar, y si los brasileños procuran atraerlos, ¿es acaso
sorprendente que el descubrimiento de la nueva cuenca haya ocurrido en
Brasil y no en la Argentina? Brasil atrajo. La Argentina expulsó.
Ellos, ahora, nadan en petróleo. Nosotros vamos a importarlo. ¿Quiénes
han tenido razón entonces? ¿Los brasileños, guiados por un sentido
práctico y un auténtico nacionalismo, o los argentinos, encandilados
por un patrimonialismo que prefiere que el Gobierno maneje todo lo que
hay junto con sus amigos, aunque ese "todo" sea bien "poco"? ¿Los
brasileños, que se abren al mundo, o los argentinos, que, según la
reciente encuesta de Latinobarómetro, son los latinoamericanos que
menos confían en los Estados Unidos y en las fuerzas del mercado?
Brasil se nos escapa cada vez más lejos. Recibe capitales en
abundancia. Descubre tanto petróleo como tiene Venezuela. Ya no nos
aventaja sólo cuantitativamente, sino también cualitativamente. El
pánico de los años sesenta se ha concretado.
Negar, imitar, emular
¿Qué hacer frente a esta comparación tan lamentable como innegable?
Una alternativa es ignorarla viviendo satisfechos en medio del
monopolio estatal que manejan el Gobierno y sus amigos mientras al
pueblo se lo distrae con ráfagas de consumismo. Ignorar asimismo que,
si hasta los años 60 la Argentina aventajaba a Brasil, ello no había
resultado de una preferencia divina, sino del talento y el esfuerzo
extraordinarios de varias generaciones argentinas a partir de las de
1853 y 1880. Finalmente, también podríamos envidiar al gigante
brasileño como hemos envidiado al gigante norteamericano, diciéndonos
que sus diplomas son falaces, producto de la explotación y no del
mérito.
O podemos, al revés, reconocer que nos han sacado una enorme ventaja
por sus propios aciertos y por nuestros propios errores. ¿Qué tiene
hoy Brasil que no tenemos nosotros? Tiene a su favor una inmensa
corriente de inversiones internacionales. Tiene a su favor el escorzo
de un sistema bipartidista, con el Partido de los Trabajadores, de
Lula, y el Partido Socialdemócrata, de Cardoso, sin que ninguno de sus
dos presidentes haya pretendido un tercer período consecutivo como
Chávez, Morales y Correa, y potencialmente los Kirchner; prefirieron
en cambio la permanencia de las instituciones a la fugacidad del
personalismo. Tiene Itamaraty, que administra los objetivos
internacionales de largo plazo. Tiene fuerzas armadas respetadas y
poderosas, cada vez más "armadas" porque sólo este año aumentarán sus
gastos en un 50 por ciento. No tiene Montoneros ni represores en una
guerra infinita. Tiene políticas de Estado más allá de las variaciones
de sus gobiernos. No padece la brusca sucesión de facciones
antagónicas en el poder. Es, en suma, una nación.
Estas características explican por qué Brasil se nos ha alejado. La
ausencia de ellas explica por qué nosotros nos hemos quedado. Pero si
no queremos acudir a la refutación engañosa de la envidia, tenemos que
saber que a Brasil, todavía, nos es posible emularlo. El verbo
"emular" proviene de la raíz latina im- , del cual también deriva
"imitar". Pero "emular" apunta más lejos. Así lo consigna el
Diccionario de la Lengua Española cuando define "emular" de esta
manera: "Imitar las acciones de otro procurando igualarlas e incluso
excederlas".
Todavía nos es posible emular a Brasil porque su actual superioridad
no es un destino fatal, sino apenas una importante ventaja a lo largo
de una carrera secular, todavía inconclusa. Para la generación de
nuestros padres era ofensivo que nos compararan con Brasil. Mi
generación ha visto, en cambio, cómo se nos escapaba Brasil.
Corresponderá a la próxima generación imitar al Brasil de hoy para
superarlo otra vez, acaso, en el futuro. La carrera entre las dos
naciones principales de América del Sur no ha terminado. Es una
maratón que las estimula. Cuando Brasil era imperio, la Argentina no
era nada. Para la Argentina de la generación del ochenta, nuestro
adelanto sobre Brasil era aparentemente insuperable. Mi generación
asistió al adelantamiento de Brasil. La animosa carrera entre la
Argentina y Brasil duró y durará siglos. Para mantenernos en ella, lo
primero que tendremos que hacer los argentinos de hoy es imitar a
Brasil cual si él fuera nuestro mañana.
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